El amante de Susan Ward (Los Ward 3) Capítulo 9
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Capítulo 9

E l corazón de Susan latía desesperado dentro de su pecho; ni siquiera la suave brisa que acariciaba su rostro era suficiente para controlar la sensación de asfixia que se retorcía alrededor de su cuello.

En otras circunstancias su pecho se habría hinchado de orgullo al ser parte de una hazaña propia de un caballero, pero el miedo que se atoraba en su garganta la hacía temblar como una hoja.

—E-es innecesario —susurró ella temblorosa—. Mi voz debe ser suficiente para defender mi orgullo.

—Permites que un hombre te toque sin ni siquiera considerar la posibilidad de ser su esposa.

—Dominic ni siquiera la miraba, tenía su atención en el maletín que llevaba Landon entre sus manos.

Dentro de él había dos revólveres con las iniciales de la familia Ward—.

Si no puedo tratarte como una mujer, entonces defiéndete como un hombre.

«Nadie te ha ordenado que llores, Susan».

Una voz se hizo eco entre sus pensamientos, erizó su piel y ahogó sus lamentos. Recordaba el tintineo del agua, sus pequeñas súplicas, además del insoportable frío que acompañaba a aquellas palabras.

«Eres invisible, ni siquiera se han dado cuenta de que no estás. Con suerte el invierno te llevará consigo la próxima vez que tenga que venir a verte».

—¿Susan?

Ella dio un respingo, sus ojos esmeralda se resquebrajaban en miles de pedazos tan pequeños que no tardarían en verter sus lágrimas.

—Defiende tu honor ya que no necesitas a nadie —exigió su hermano mayor—. Es tarde para retroceder. Demuéstrame que me equivoco.

—Dom —susurró con cierta súplica—, prefiero un castigo antes de batirme en duelo contigo. Jamás he manejado un arma.

—No quieres mi protección. —Hizo una breve pausa—. Entonces, tendrá que ser de esta manera.

«Lo mejor que podría ocurrirnos es que desaparecieras».

—Aunque esta situación sea un tanto diferente a los duelos ya vividos por los presentes —dijo Landon—, nada de trampas. Señores, comencemos con este ridículo altercado.

Susan contuvo el aliento, el revólver pesaba demasiado en su mano derecha. Podía suplicarle a su hermano por detener aquella locura, pero parecía decidido.

¿A qué exactamente?

—Diez pasos, Susan —advirtió Dominic elevando el arma al cielo—. Cuenta, hermano.

Landon comenzó a contar en voz alta cada paso que alejaba a sus dos hermanos; no parecía inquieto, sino que parecía disfrutar del altercado.

Quizá pensaba que si Dominic caía en aquel duelo podría reclamar su título como duque, o solo necesitaba el ápice de diversión que había perdido en los últimos meses.

Susan temblaba, recordaba qué número sucedía al otro por mera inercia y no porque estuviera pensando.

Podía enfadarse con sus hermanos, reclamar en voz alta todo aquello que consideraba que merecía, pero el enfrentamiento era demasiado para ella.

No era la primera vez que veía un arma tan de cerca.

Los recuerdos volvían como una pesadilla a su mente, se aferraban a cada músculo de su cuerpo y provocaban que se moviera con rigidez.

«Un disparo y podría acabar con tu insoportable voz. Me debes pleitesía, Susan. Así lo ha estipulado el mundo cuando te traje a él».

—¡En posición!

Ella tragó saliva. No podía hacerlo. Quizá en más de una ocasión había deseado hacerle morder el polvo a Dominic. Incluso le habría encantado escucharle replicar a su favor.

Acabar con su vida no era libertad, para ella era un asesinato.

La luz del sol comenzó a iluminar el claro, alejaba los retazos de oscuridad que quedaban sobre los campos para dar paso a un día más soleado que de costumbre. El viento mecía las copas de los árboles y hacía sisear la húmeda hierba debido al rocío de la madrugada.

De pronto el silencio se rompió en mil pedazos, un disparo rasgó el mutismo de la mañana. Los pájaros alzaron el vuelo despavoridos y Dominic Ward hincó las rodillas.

Ella había disparado. Él había alzado los brazos para rendirse.

La inquietud de Willow, su cuñada, era más que evidente. No importaba lo estática que se encontrara sentada en el sillón. Le costaba horrores dejar de juguetear con las manos, suspirar e incluso iniciar una conversación.

Cuando habían salido aquella mañana, ella dormía plácidamente en la cama que compartía con su esposo.

No le sorprendió que Dominic se hubiera marchado del lecho antes de que ella le diese los buenos días.

Su ocupación con la familia le tenía de un lado para otro.

Por eso aprovechó su soledad para lavarse la cara, cepillar su maraña de pelo oscura y tomarse un té en el salón principal de la casa.

Sin embargo, su tranquilidad no tardó en mermar al escuchar las continuas disculpas de Susan, los gruñidos de su esposo y las quejas de Landon mientras lo sostenía en brazos.

—Se pondrá bien.

Susan se encontraba acomodada frente a ella. No había sido capaz de huir de la mansión como solía hacer en incontables ocasiones. La culpa danzaba alrededor de sus ojos verdes como si toda la fortaleza que siempre destilaba se hubiera evaporado.

—Sé bien que será así.

El silencio se alzó una vez más entre ellas creando una tensión tan asfixiante que Susan ahogó un grito.

—No era mi intención dispararle —Susan rompió una vez más el silencio—. Puede que no esté de acuerdo en sus métodos conmigo, pero es mi hermano y me importa.

—Soy consciente que la manera de mi esposo de mantener la armonía dentro de su familia es un tanto cuestionable —comenzó a decir Willow tirando de la falda de su vestido—.

No sería la primera vez que le reprendo por ello, pero nadie me quita de la cabeza que le están extirpando una bala del brazo porque has disparado.

—L-lo lamento muchísimo.

Las lágrimas cayeron silenciosas por sus mejillas. Echaba demasiado de menos a Asher. Quizá si él se encontrara en el salón habría mitigado la tensión que existía entre ambas.

—De verdad que no quería hacerle daño. —Tragó saliva con tanta dificultad que tosió un par de veces—. Te prometo que no atentaré de nuevo contra la seguridad de tu esposo. Si mi libertad implica romperlo todo, me quedaré sin ella.

—Se puede ser libre de muchas maneras, Susan.

Willow se levantó cansada de esperar. Su historia con Dominic no había comenzado con buen pie, pero toda la ira que emanaba de su esposo se convirtió en un amor tan visceral que no podía vivir sin él.

—Solo tienes que encontrar la tuya.

Los días pasaban y el frío habitaba en las calles de Londres.

Para Susan no era un problema lidiar con las bajas temperaturas del corazón británico.

Le resultaba asfixiante el sentimiento de culpa que había perforado sus entrañas y apenas le permitía cruzarse con su hermano por miedo a ser rechazada por él para siempre.

Por eso pasaba la mayoría del tiempo en eventos sociales que habrían complacido a Dominic, pero que mermaban por completo su personalidad.

La compañía del conde Beauford no era tan desagradable como había imaginado.

Era un caballero que tenía muy claros sus intereses.

No le agradaban los escándalos ni tampoco las damas con demasiado ingenio y que pudieran dejarle en ridículo.

Por eso adoraba hablar de los viajes que había hecho al otro lado del continente; la animaba a probar algunas recetas que habría desechado con solo mirarlas y le permitía tomarla de la mano incluso si no lo deseaba.

Puede que los hombres como él sintiesen una gran atracción por las damas rebeldes como ella, pero Susan era como un pastel a punto de ser devorado y tragado para siempre.

Por eso no deseaba aceptar su propuesta de matrimonio. Era fácil mostrar su opinión mientras tomaban el té porque aún no podía prohibirle que guardara silencio, pero si se convertía en su esposa no tendría esa suerte.

Cansada de fingir que las conversaciones con las damas de su edad y el conde eran su pasatiempo favorito, se permitió apoyar la cabeza en la ventanilla del carruaje.

Sentía que no tenía fuerzas para volver a casa; enfrentarse a un Dominic herido le causaba demasiado miedo.

No porque fuera a castigarla, sino porque se sentía avergonzada.

Las calles de Londres se desdibujaban con el movimiento del carruaje. A su alrededor, todo se convertía en una mancha multicolor que borraba a cada muchacha, caballero e incluso a cada transporte con el que se cruzaban.

«Debería instalarme definitivamente en el Heartless, pero tendría que explicarle a Rowan qué ha ocurrido».

Mientras su mente buscaba cualquier alternativa que la ayudara a esconderse, su cochero aminoró la velocidad debido al tráfico.

Podría haber protestado, pero el extraño movimiento en uno de los callejones captó su atención.

No lo veía con demasiada claridad, aunque creyó ver a un hombre aferrando un bastón, alzando y descargando su furia contra el suelo... , o contra algo.

—¡Charles, detente aquí! —ordenó y se apeó del carruaje; no escuchó su respuesta ni tampoco le interesó en absoluto.

Susan se abrió paso entre la gente, poco le importaba que los rumores sobre sus paseos por Londres llegaran a oídos de su familia. Ya había demostrado que era una causa perdida, así que le daba igual si la veían una vez más sola imponiendo sus deseos.

La distancia con el callejón se reducía a cenizas con cada paso que daba en su dirección. No comprendía cómo unos extraños chillidos que le resultaron bastante infantiles pasaban inadvertidos para todo aquel que pasaba cerca.

—¡Maldita cría insolente! —gritó aquel hombre con rabia—. ¡No me sirves para nada! Tu mera presencia no solo me ha quitado a mi pobre hija...

—Deténgase inmediatamente o tendré que denunciarlo ante la policía.

El hombre levantó la cabeza, incrédulo por aquella amenaza.

Parecía bastante mayor; de sus mechones rubios escapaban algunas canas y la barba poblaba sus mejillas.

Pero no fue lo que más desagradó a Susan, sino cómo su pecho subía y bajaba con vehemencia tras haberle propinado una paliza a una niña que no tendría más de siete años.

—Es mi nieta y puedo hacer todo lo que me plazca con ella.

—¿Eso le da poder suficiente para acabar con su vida en un triste callejón? —gruñó Sue mientras apretaba los puños—. Es usted un maldito desalmado.

—Una muchacha inútil solo sirve para criar malvas —gruñó el hombre con tanta molestia que no dudó en darle una patada—. Una descendencia inservible que ni siquiera es capaz de tener modales ni levantar la voz.

Susan sintió cómo la sangre entraba en ebullición.

Quería creer que era imposible que un padre, abuelo o tío pudiera hablar así de sus parientes.

Pero, por más que su mente quisiera avivar el dolor de las heridas de su propio pasado, sabía que, para muchos que se hacían llamar caballeros, las niñas solo eran comodines que usar cuando crecieran.

—Espero que piense lo mismo cuando se vea solo y necesite los cuidados de una hija, esposa o hermana —escupió ella acortando los últimos retazos de distancia—. Lárguese de aquí de inmediato o le aseguro que le haré la vida imposible.

—Usted —dijo con sorna—, como si pudiera hacerlo.

—Los Ward estaremos encantados de que se pudra en el rincón menos lujoso de Londres. ¿Le ha quedado lo suficientemente claro?

La diversión no tardó demasiado en desaparecer de la comisura de sus labios. Parecía acostumbrado a hacer y deshacer a su antojo. Quizá era uno de esos nuevos ricos que habían pasado de burgués a barón en poco tiempo. Aunque a Susan no le pudo dar más igual en ese preciso instante.

—No tiene poder para destruirme.

—Mis hermanos sí —recalcó mientras elevaba el mentón con orgullo—. Y ahora márchese. Si pretendía acabar con la vida de su nieta, déjeme decirle que para usted acaba de morir.

—¿Qué demonios quiere decir?

—Que, si desea que esto no trascienda más allá de un mugriento callejón —hizo una breve pausa recordándole a aquel hombre lo lejos que estaba de su posición; ladeó la cabeza y le mostró aquella sonrisa de autosuficiencia—, su nieta dejará de existir para usted en este preciso instante o me veré obligada a dar con su familia, con su apellido, y acabar con cada cimiento que le ha proporcionado la oportunidad de llevar ese ridículo traje.