Capítulo 8
L as manos de Rowan estaban en todas partes.
Si se centraba en cómo las yemas de sus dedos dibujaban palabras invisibles sobre sus muslos, se despistaba con los besos que dejaba a tan solo unos centímetros del centro de su deseo.
Podía intentar mantenerse serena, pero el ligero temblor de su cuerpo advertía cómo cada parte de su ser estaba en llamas.
Ningún hombre que hubiera conocido se habría postrado ante ella.
Tampoco habría priorizado su excitación por encima de la suya.
Pero, con el desparpajo que tanto la destacaba, había abierto las piernas para él demostrándole que, por más que sus labios le dijeran que deseaba distancia, su cuerpo lo necesitaba demasiado cerca.
—Ábrete para mí, ma rose .
Susan frunció los labios. Odiaba aquel apodo con el que siempre se dirigía a ella.
Rowan justificaba que su belleza era tan hermosa como la de una rosa y tan amenazante como sus propias espinas.
Por eso siempre se dirigía a ella con aquel tono aterciopelado y exigente que Susan esperaba que solo utilizase para ella.
Porque si no fuera así no lo soportaría.
El aliento de Rowan se deslizaba por la cara interna de sus muslos, disfrutaba de cómo su piel se erizaba a su paso.
De cómo la parte más tímida de sí misma intentaba alejarse un poco de él.
Un efímero roce húmedo se deslizó por sus pliegues.
Fue fugaz, cargado de intenciones y, a la vez, le recordó a un pequeño saludo antes de que la boca del magistrado besara sus labios inferiores.
En un principio, Susan creyó que podría controlar sus gemidos, solo tenía que olvidar aquel delicioso cosquilleo que recorría sus entrañas, pero cada caricia era mucho más intensa que la anterior.
—Te he echado de menos —susurró él casi sin aliento—. Tu olor, tu presencia, tu cercanía. Todo de ti.
Susan no correspondió sus palabras, se mantenía fuerte ante tanta galantería. No deseaba que viera lo mucho que le hervía la sangre desde que había partido a la campiña familiar. Tampoco de que sabía que no se encontraba solo allí.
—Palabras vacías, milord.
Él chasqueó la lengua.
—Si fuera así no temblarías por mí —respondió de manera ronca—. Tu humedad no se deslizaría por tu piel. Las mentiras dentro de esta alcoba deberían ser un pecado tan sofocante, Susan, que tendrías que pedir perdón por blasfemar de una manera tan descarada.
—Yo no tiemblo por nadie.
—Querida...
Rowan besó el punto más sensible entre sus piernas.
Aprovechó su reproche para trazar pequeños círculos con su lengua, la sensación embriagaba tanto sus sentidos que fue una tortura para él tener que detenerse.
El sabor de Susan se aferraba a su paladar, de una manera tan insistente que deseaba más de él.
Cada caricia, más húmeda que la anterior, se atoraba en su garganta.
Más aún cuando Susan maldecía y gemía entre dientes.
—Tu orgullo algún día acabará contigo —susurró con más suavidad—. No hay nada que temer, bien lo sabes, permítete desvestirte de él esta noche.
«Si lo hago no podré defenderme de ti, volveré a ser incapaz de controlar todo aquello que me rodea», pensó ella.
—No.
—Sue.
Ella suspiró derrotada. Su diestra tiró de los mechones de Rowan y le obligó a dibujar más caricias en su henchido sexo.
Donde pudo iniciar una discusión, los gemidos opacaron cada protesta y miedo que habitaba en la joven.
Podría haber utilizado sus ridículas reglas para marcharse a casa, pero se sentía tan venerada en sus brazos que sus caderas iniciaron un baile al compás de su lengua.
Era una auténtica delicia disfrutar de los gruñidos de Rowan.
Del ligero sonido de la humedad mientras la torturaba con su lengua.
Más aún cuando su nombre, entre gruñidos y súplicas, quedaba tan bien en sus labios.
—No necesito palabras para saber que deseas estar aquí conmigo, tu cuerpo habla por ti.
Susan notó cómo uno de sus dedos acompañó a sus húmedos besos, primero con unas efímeras caricias que la hicieron retorcerse, después con su intromisión en su interior que le hizo arquear la espalda.
Estaba perdida. Tanto que olvidó pensar para mantenerse impertérrita, como si nada le afectara.
Quería parecer implacable, como los caballeros que yacían con una dama y escondían sus sentimientos.
Cada embestida sobre su sensible entrepierna la hacía perder los estribos.
Porque daba igual cuanto quisiera alejar sus sentimientos de Rowan Grey, él tiraba de ellos para asegurarle que no podría olvidarle.
El placer estalló entre sus muslos; junto a él, un suspiro de alivio escapó de sus labios. Ya no quería que se detuviera, quería que alejara cada una de sus inseguridades.
El silencio que reinaba en la residencia principal de los Ward no le pareció un buen augurio.
Aún era temprano, ni siquiera los primeros rayos de sol filtraban con demasiada fuerza por las ventanas de la mansión.
Susan aprovechó aquel mutismo para quitarse los zapatos.
Era más fácil que ningún sirviente se percatara de su presencia si se descalzaba.
Como una niña que acababa de hacer una trastada, Susan levantó su vestido, tomó con la mano libre sus zapatos y correteó hacia las escaleras.
Emocionada, disfrutó de su pequeña victoria en silencio.
Si Dominic la juzgaba por su desaparición de la noche anterior, le diría que había vuelto pronto a casa.
—Susan.
Incluso ya podía escuchar su tono reprobatorio, como si con él arrasase con cada habitante y edificio de Londres.
«Maldito Dominic y su afán por ser mi verdugo».
—¡Susan Ward! —El grito de su hermano mayor provocó que diera un respingo; no había subido ni dos escalones cuando le vio a pocos centímetros de ella—. A mi despacho. Ahora.
Ella chasqueó la lengua.
—Necesito dormir unas horas.
—¿Y qué ha provocado que mi hermana pequeña no haya podido pegar ojo esta noche? —Su pregunta no buscaba respuesta era más que evidente por el tono molesto de su voz—. ¿Debo enfrentar tus demonios, Sue?
—No hay ninguna necesidad, hermano.
Dominic se pellizcó el puente de la nariz. Era evidente que su enfado no provenía de su nueva salida sin compañía. Había algo más. No sabía bien de qué se trataba, pero había presionado lo suficiente su paciencia como para que quisiera fulminarla con la mirada.
—No me hagas llevarte —amenazó apretando los dientes—. Porque, si te echo sobre mi hombro y pataleas, toda la mansión confirmará que tu amante ha vuelto a la ciudad.
Ambos se mantuvieron la mirada durante tanto tiempo que una tercera persona se unió a su fraternal encuentro. No tardó demasiado en reconocer aquellos ojos azules que la observaban de manera prepotente, que parecían decir: ¿Ves? Tú y yo no tenemos los mismos privilegios.
—Traidor —escupió ella con rabia—. Eres peor que una serpiente, Landon.
Él se cruzó de brazos, no mostraba ni un ápice de culpa.
—Nuestro hermano debe estar al tanto de tus revolcones con el magistrado —comenzó a decir con un tono tan reprobatorio que Susan no tardó en sentirse mal—. Solo hago lo que se debe por esta familia.
Ella alternó la mirada entre los dos. Dominic había estado preocupado por su desaparición tras enviar a su amante lejos de Londres. Era tan iluso que consideraba que Landon había recapacitado y vuelto al núcleo familiar.
—¿Cómo puedes fiarte de él? —El tono de Susan destilaba cierta impotencia; apretó los puños para no perder los estribos, al menos no de momento—. Es un canalla y no tardará en vengarse de ti.
—Deberías tener más respeto a tus hermanos mayores —la amonestó Dominic—. Asher no es el único que debe tener tu comprensión y empatía.
—Esto no se trata de obediencia, se trata de que somos familia y ninguno de los dos es capaz de actuar sin someterme. ¿Os hace sentir mejor?
Susan elevó una ceja esperando una respuesta que jamás llegó.
—Yo no soy madre, no os debo pleitesía a ninguno de los dos.
La ira avivó en los ojos de Dominic, que ignoró la distancia prudencial que existía entre los dos y tiró de su brazo. No soportaba que nadie nombrase a la mujer que había olvidado a sus hijos por un hombre que deseaba destruir a su familia.
—Eres una mujer —dijo Dominic de manera tajante—. Por más que te pese, nunca tendrás los mismos derechos que un hombre. Mi cometido contigo consiste en que la sociedad londinense no te repudie. Te cases y enorgullezcas a nuestro apellido. ¿Tan difícil es eso?
—No voy a ser la posesión de un hombre. Jamás.
Landon soltó una carcajada.
—¿Y ahora que estás siendo de Grey? ¿La yegua que cabalga?
—Landon —gruñó Dominic en señal de advertencia.
—No lo entendéis. Yo tomé esta decisión —aclaró una vez más, cansada de tener que explicarles lo mismo—. Nadie me ha ordenado ni obligado a nada.
Su hermano mayor negó con la cabeza.
—¿Y tu honor, hermana?
—No lo he perdido.
Él apretó los puños con fiereza.
—Bien —respondió con tal suavidad que Susan sintió que un escalofrío le recorría la espalda—. Ya que no necesitas de un caballero y puedes hacer todo cuanto deseas, defiende tu honor. Aún no ha amanecido. Así que vamos.
Landon lo observó consternado.
—No estarás hablando en serio —rio con sorna—. ¿Cómo se te puede pasar por la cabeza tener un duelo con ella? Es una mujer. No tiene nada que defender. ¡Que caiga en desgracia si tanto lo desea!
—No, que defienda su honor si es que considera que puede hacerlo. —Hizo una pequeña pausa—. Tú serás el testigo por ambas partes, así que vayamos al claro antes de que mi esposa se despierte.
Susan quiso protestar, pero no importaba cuántas veces quisiera alzar la voz, ninguno de sus hermanos estaba dispuesto a escucharla.
Como de costumbre.