El amante de Susan Ward (Los Ward 3) Capítulo 7
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Capítulo 7

B luestone Lane, la residencia de los Grey en la campiña inglesa, se encontraba a unas cuatro horas del corazón británico.

Rowan no solía pasar mucho tiempo en aquella mansión durante el verano.

La mayoría del tiempo tenía asuntos en Londres, por lo que prefería disfrutar de cuatro días de la compañía de sus padres para después volver a Bow Street.

Además, el asunto del matrimonio era el tema que más se hablaba durante las cenas.

Los Downton y los Grey habían sido amigos desde que su padre no levantaba un palmo del suelo; crecieron, se enamoraron y montaron un negocio que quizá no les permitía la estabilidad que poseía un duque, pero vivían muy bien.

Su éxito tenía que ver con que jamás habían existido rencillas entre los patriarcas de ambas familias, o quizá con que todas las personas que trabajaban para ellos eran de confianza.

Por eso Gerard, su padre, había considerado una gran idea que se casara con la hija de su mejor amigo.

—¡Rowan!

La voz de Martha, la heredera de los Downton, fue lo primero que escuchó cuando se apeó del carruaje; el viaje había sido horroroso debido al calor y llevaba desabrochado los dos primeros botones de su camisa.

—Martha —le hizo una pequeña reverencia—, estás más hermosa que de costumbre.

—Lo dices como si no me hubieras visto recientemente —sonrió agradecida.

Él encogió los hombros con simpleza, le ofreció el brazo y pasearon por el sendero de piedra que conducía hacia la mansión.

No era la primera vez que pasaban unos días juntos allí.

Sus padres solían preparar algunos eventos privados con la intención de desconectar un poco de la bulliciosa vida londinense.

A veces solían ser pequeños torneos de croquet, otras elegían expediciones cerca del bosque.

Siempre tenían una actividad pendiente como futura y única familia.

—¿Cómo van los preparativos?

Martha miraba al frente. Llevaba un vestido de muselina en tono naranja melocotón, sus mangas eran bombachas y dejaban ver un poco de sus antebrazos.

Su pelo oscuro estaba perfectamente trenzado por encima de su nuca; transmitía tanta inocencia como perfección.

Sin embargo, Rowan notó como hincaba los dedos en su piel ante aquella pregunta.

—Mi madre se ha encargado de elegir las flores, organizar las invitaciones e incluso de hablar con la modista para que mi vestido sea similar al que ella tuvo.

—Su sonrisa no mostraba felicidad, temblaba ligeramente intentando ocultar su desasosiego—.

Es evidente que esto la hace más feliz que a mí.

Rowan no dijo nada al respecto. A pesar de su edad, sus padres habían tomado la decisión de arreglarle un matrimonio.

Estaban preocupados por el patrimonio de los Grey.

A pesar de que la dicha era evidente dentro de la relación de sus padres, su madre solo había podido concebirle a él.

Por eso insistían en que formara una familia cuanto antes: no solo por su deseo de tener nietos, sino por el bien de un apellido que había perdurado en el tiempo.

—Han crecido juntos —susurró Rowan agradeciendo la suave brisa que acariciaba su rostro—. Es la excusa que necesitaban las dos familias para no separarse.

—Lo sé.

—Y aun así no te parece justo.

Martha batió las pestañas con suavidad, no quería mostrar cómo las lágrimas se acumulaban en sus ojos.

—Decidimos que nos casaríamos, es cierto.

Sé bien que nuestra unión no supondrá un problema para el otro.

Somos amigos, Rowan. Hemos crecido juntos.

Pero eso no hace más difícil decir el sí quiero cuando no existe amor alguno entre nosotros —suspiró ella con tristeza—.

Yo no pedí casarme en la capilla al lado del lago.

Me basta con poder tomar una decisión por mí misma.

Rowan no contestó de inmediato. Había accedido a las peticiones de sus padres como primogénito complaciente. No tenía ningún deseo de buscar el amor, le bastaba el enlace con Martha para tener hijos.

Y habría sido así si Susan no hubiese aparecido en su vida.

—No hay vuelta atrás, bien lo sabes.

Ella deshizo el agarre en su brazo, dio un par de pasos delante de él y se giró para mirarle.

—¿Incluso cuando tu corazón ya tiene dueña, magistrado?

—Puede que ya pertenezca a alguien, pero ¿qué clase de caballero sería si exigiera que se quedase cuando no desea hacerlo?

Martha lo observó largo y tendido. A pesar de contar con casi la misma edad que Rowan, apenas sentía que había vivido lo más mínimo.

Sus padres, los Downton, tendían a protegerla tanto que pasaba el invierno preparándose para ser la esposa perfecta y el verano a su lado en la campiña.

Siempre se preguntaba cómo sería la vida sin ellos, no porque no los quisiera de manera incondicional, sino para aprender a vivir de manera diferente.

—¿Uno que obtiene todo lo que desea?

Él chasqueó la lengua.

—Cuidado con ese pensamiento. —Hizo una breve pausa—. Ese tipo de caballeros suelen ser peligrosos e indomables.

Su regreso de Bluestone no fue demasiado sonoro. Por más que la fama de Rowan hiciera eco en cada rincón de Londres, prefería pasar desapercibido ante sus salidas de la capital.

Más aún cuando su único pensamiento estaba en la mujer que le hacía perder por completo la cordura.

Rowan no pasó por casa tras su viaje, ordenó a su cochero que le llevase al Heartless donde Susan y él compartían ese pequeño rincón de intimidad que siempre utilizaban.

Estaba agitado, no porque su madre le hubiera comentado que sus escarceos amorosos empezaban a hacer eco por algunos círculos cercanos a la familia.

Poco le importaba.

Martha y él habían acordado buscar el amor lejos de su matrimonio. Jamás se ofenderían el uno al otro, bien era cierto, y no podían prohibirse mutuamente obtener lo que ambos anhelaban.

—¿Está la señorita Ward? —le preguntó a Phinneas nada más poner un pie en el club—. Le hice llegar una misiva hace unos días.

Phinneas no se molestó en hablarle de manera inmediata, su ceño fruncido advertía que la información que le pedía era un asunto más personal de lo que le gustaría; se cruzó de brazos sin despegar la mirada del magistrado.

—Arriba —respondió de manera cortante—. Le aseguro, señor Grey, que mi jefe volverá a estar al tanto de sus encuentros con su hermana.

Rowan chasqueó la lengua, no con molestia, sino con un ápice de diversión.

—No esperaba menos.

Podría haberse quedado discutiendo sobre lo inapropiada que era su aventura con Susan, pero la única opinión que le importaba era la de la mujer que le esperaba arriba.

Subió la escalinata hacia la planta superior sin encontrarse con nadie, sacó la llave que solo ambos utilizaban y entró en la habitación.

El olor a flores frescas le dio la bienvenida. De alguna manera sentía que aquella alcoba era un hogar para él. La tensión que tiraba de cada uno de sus músculos debido al viaje fue mitigando tanto que se deslizó con la chaqueta de su traje.

—¿Me has echado de menos, ma rose ?

Susan se encontraba sentada en la cama que compartían. Llevaba un vestido en color rojo vino, que permitía ver más de lo que le gustaría en ese momento. La visión que tenía de sus pechos era tan adictiva como una auténtica tortura y poco podía decir de la belleza desnuda de sus tobillos.

—Por supuesto que no.

Rowan soltó una carcajada; le había mandado más de una misiva en el tiempo que se encontraba fuera y no fue capaz de responderle ni a una sola.

—Eres tan fría como el mismísimo hielo.

Ella resopló maldiciendo entre dientes, pero no sintió reticencia para no acortar la distancia.

Los pasos de Rowan eran decididos, amplios e incluso ansiosos; su encuentro con Martha siempre le había parecido similar al de dos amigos que siempre se reúnen en verano.

Con Susan era el aire que necesitaba, no solo para ser implacable, sino para ser él mismo.

—Si te desagrada, siempre puedes marcharte.

La diestra de Rowan acarició ligeramente el mentón de la mujer que nublaba cada uno de sus sentidos, lo levantó con suavidad con la intención de perderse en sus ojos esmeraldas. Susan no solo era una Ward, era la luz de sus días y las llamas que lo reducían a cenizas.

—Eres para mí como las sirenas para los marineros.

Susan enarcó una ceja.

—¿Un peligro?

—Así es. —Él se inclinó sobre sus labios, los rozó con lentitud hasta que pudo unirlos con suavidad a los suyos—. Uno que acabaría con mi vida sin dudarlo.

Ambos se sumieron en aquel mar de caricias que acallaba protestas, orgullos y la incertidumbre que danzaba siempre a su alrededor.

Las finas manos de Susan rodearon el cuello del magistrado con tal exigencia que él se sintió complacido cuando le obligó a arrodillarse ante ella.

Rowan no sentía que su orgullo se resquebrajara al rendirle tal pleitesía, tan solo disfrutó de la libertad de sus manos para introducirlas debajo de sus faldas.

Ella pegó un respingo y él aprovechó para hundir las yemas de sus dedos en su carne.

«Está demasiado seria, tanto que no se permite deshacerse entre mis brazos», pensó Rowan extrañado.

—¿Qué es lo que tanto te inquieta?

Susan no respondió.

—Sue —dijo con suavidad y sus manos tiraron del agarre de sus caderas para acercarla más a él—, ¿qué ha ocurrido en mi ausencia?

—He estado pensando.

Él soltó un suspiro, pero no se alejó.

—¿Sobre qué?

—Considero que nuestra cercanía podría desdibujar los límites de nuestra relación.

—La voz de Susan destacaba por su tono frío y monocorde.

No le miraba de frente, tan solo deslizaba la mirada hacia algún punto interesante de la alcoba—.

He recordado en estos últimos días que los amantes no se deben nada: sacian sus necesidades y se marchan. Debemos poner unas normas.

—Normas —repitió Rowan tan incrédulo que detuvo las caricias que dedicaba por su piel—. ¿Qué clase de normas?

—Solo vendrás a mi lecho cuando yo lo desee.

Él humedeció los labios para mitigar el vuelco que le había dado el corazón, no tenía permitido alterarse; si no, sabía bien que se marcharía.

—¿Qué más?

—Los presentes —enumeró con suavidad—, las cenas, las confidencias son innecesarias en esta relación.

—Todo esto es por mi enlace, ¿no es así? —Rowan se puso de pie de inmediato, conocía bien los castigos de su amante. No le importaba arrasar con todo si así conseguía un ápice de distancia—. Te recuerdo que, por más que permita que todo mi mundo gire a tu alrededor, no te casarías conmigo.

—No, no lo haré.

—Entonces, déjame decirte que estás siendo injusta. —Hizo una pausa—. Juegas con mis sentimientos, ma rose .

—¿No es lo que hacéis los caballeros normalmente? No debería ser un inconveniente cuando proviene de una mujer.

Él le mantuvo la mirada, no necesitaba alzar el tono para advertirle que existían límites que era mejor no sobrepasar. Estaba seguro de que habría cumplido cada una de sus fantasías si se lo pidiera, pero el castigo que deseaba ejercer sobre él iba más allá de lo que pudiera sentir.

—¿Es eso lo que tanto anhelas?

Susan se mordió el labio inferior con uno de sus colmillos.

—Así es.

—Bien, pues estoy hambriento tras un largo viaje —comenzó a decir conteniendo el tono para no discutir—, tanto que sería gratificante pedir a algunos de los chicos de Phinneas que nos suba algo de cena.

—No lo necesitas.

Rowan resopló conteniendo la molestia.

—¿Por qué motivo?

—Porque yo seré el manjar que tanto deseas.

Antes de que pudiera pedirle algún tipo de explicación, Susan se acomodó en la cama.

Sus movimientos eran tan lentos, pausados, cargados de tanta intención que paralizó los pensamientos de Rowan.

Su mirada autoritaria tan solo advirtió al magistrado de que continuaría con su tortura, recogió la falda que ocultaba sus piernas y la deslizó por encima de su vientre.

—Susan —articuló él con voz ronca.

Ella separó los muslos, mostrándole la humedad que se deslizaba por cada uno de sus pliegues. Podía aferrarse todo lo que quisiera a la indiferencia, pero su intimidad delataba lo mucho que lo anhelaba.

El pecho de Rowan subía y bajaba debido a la agitación que sentía, intentaba controlar en silencio cada uno de sus más oscuros deseos:

Quería absolutamente todo de Susan Ward.

—¿Por qué no se arrodilla, magistrado Grey?

Un sonido gutural escapó de su garganta, poco le avergonzaba hincar la rodilla una vez más por ella.

Se detuvo antes de terminar una vez más a sus pies.

—Una vez que lo haga, saciaré cada uno de mis deseos. ¿Está segura de que podrá soportarlo, señorita Ward?

—No me ponga a prueba.

—No, querida, no es una prueba. Es una clara intención de intereses.