El amante de Susan Ward (Los Ward 3) Capítulo 6
39%

Capítulo 6

A quella sensación de asfixia no tardó en entrelazarse alrededor de la garganta de Susan.

Siempre aparecía como si se tratase del siseo de una serpiente: sigilosa y fría, como el filo de una daga cuando acariciaba la piel.

De pronto esa caricia desaparecía, una nueva sensación hincaba las yemas de los dedos en su garganta y el aire perdía fuerzas en sus pulmones hasta que el sueño se hacía tan pesado que tenía que abrir los ojos.

Pero no era lo peor con lo que contaban aquellas pesadillas, sino la fatídica luz que le hacía entornar la mirada. No importaba cuánto fuera arrastrada hacia la oscuridad, aquel mínimo de esperanza encandilaba tanto que se le escapaba de las manos.

«Así guardarás silencio de una vez, Susan».

Sonó un portazo, después el repiqueteo de unos pasos y todo volvía a sumirse en la oscuridad.

Porque no merecía que su voz fuera escuchada, lo más cómodo para los demás era que sus palabras fueran acalladas para siempre.

Después de todo, nadie se percataría de que había desaparecido por unas horas; una noche o unos pocos días.

Se hizo un ovillo abrazándose sus pequeñas piernas y rogó porque el tiempo pasase más deprisa que de costumbre.

Susan se despertó de manera abrupta, sus labios buscaban con desesperación el aire que creía perdido.

Olvidó toda compostura que debía poseer una dama dentro de su alcoba, se incorporó del lecho con torpeza, maldiciendo el pequeño golpe en el tobillo herido.

Entre dientes se acercó a la ventana, la abrió de golpe y buscó ese oxígeno que sus pulmones le exigían.

Poco le importó apoyar parte de su cuerpo en el marco, se limitó a disfrutar de la calidez que le proporcionaban los primeros rayos de sol mientras mitigaban los latidos desesperados de su corazón.

Estaba cansada de las pesadillas. Cansada de sentirse una niña indefensa cada vez que su mente necesitaba arrastrarla de vuelta al pasado.

Por eso no soportaba dormir fuera. Cuando marchó a Dashford, Asher sabía bien esta condición, por lo que la instaló en una de las habitaciones más lejanas a la suya: conocía la impotencia que le causaba y que no quería que nadie la viese en ese estado.

«No importa cuánto intente olvidarlo, él volverá a recordarme que mi existencia no sirvió de nada», suspiró Susan deslizando su mirada hacia la entrada de la casa.

Rowan vivía en una residencia de estilo georgiano.

Poseía una fachada de ladrillo anaranjado, además de unos ventanales terminados en medio punto.

La residencia podría ser más grande, dado su estatus, pero contaba con dos plantas.

Estaba cerca del centro de Londres, pero no lo suficiente para decir que vivía en el corazón de la ciudad.

Contaba con un pequeño jardín de pocos metros en la parte delantera, un salón, una cocina y un despacho en la parte inferior, además de cuatro habitaciones en la superior.

A Susan poco le importaba la majestuosidad de la residencia. Si había ido a buscarle tan solo fue por aquel ademán de celos que había provocado ardor en su piel. Por más que lo pensara en frío en aquel momento, no comprendía qué pretendía reclamar, cuando realmente no deseaba ser elegida.

«Lo acaricias buscando su atención y cuando es recíproco huyes como un cervatillo asustado».

El susurro de unas voces la sacó de sus pensamientos; alguien hablaba de manera animada mientras otra más calmada afirmaba o daba su opinión con cierta galantería.

No tardó demasiado en reconocer el tono aterciopelado que usaba Rowan cuando deseaba arrebatarle la verdad a alguien; le vio salir de la casa con su chistera en azul oscuro y su traje a juego.

A su lado, una muchacha de cabello azabache se agarraba a su brazo.

Tenía una sonrisa tan sincera que incluso los rayos del sol la hacían ver mucho más etérea de lo que podía ser una dama en un día con un ápice de color en Londres.

Era evidente que se conocían. Rowan podía ser cortés y pícaro cuando lo requería la situación, pero no permitía que cualquiera se le acercara. Tenía fama de implacable cada vez que dictaminaba una decisión, por lo que cualidades como el afecto o el cariño no solían salir de él sin motivo.

«Sonríen como si fueran confidentes de toda la vida», pensó Susan con la bilis ascendiendo por su garganta.

Ese pensamiento pareció ser tan sonoro que la mirada del magistrado se elevó hasta su posición; su iris esmeralda se entrelazó con el suyo en una batalla silenciosa, que él quiso ganar levantando el mentón y en la que Susan prefirió retroceder para que no se percatara de la extraña inquietud que emanaba en su corazón.

Ella no podía amar a nadie, porque hacerlo tan solo limitaba sus alas y no debía olvidarlo.

«Debería marcharme a casa», resopló mientras sacudía el polvo invisible adherido a su vestido.

Mientras intentaba por todos los medios no perder el control, Susan caminó un poco tambaleante hacia el tocador que había en la alcoba.

Se acomodó fingiendo indiferencia, pero su corazón latía tan desbocado dentro de su pecho que tuvo que amonestarle de nuevo.

Cepilló sus largos cabellos en tono castaño rojizo, no con demasiado ímpetu, pero sí perdida en sus pensamientos:

No tenía por qué importarle y tampoco podía decir nada.

Su iris esmeralda comenzaba a resquebrajarse mientras contemplaba su reflejo en el espejo.

No podía romperse, porque si lo hacía volvería a bailar bajo el deseo de todo caballero que quisiera exponerla o esconderla para siempre.

Angustiada, intentó tomar el aire perdido; no podía permitir que su coraza se desprendiera al sentir que no tenía el control; sus manos dividieron algunos de sus mechones hasta enlazarlos en una improvisada trenza.

Cuando quiso terminarla, notó que algo se lo impedía: un límite, un tirón, o quizá una nueva prohibición.

—Buenos días, ma rose. —Rowan había entrado en la alcoba en algún instante en el que había perdido la lucidez. Se encontraba detrás de ella, acariciando sus antebrazos, no solo para detener el improvisado recogido, sino también para acariciar su piel—. ¿Qué tal se encuentra tu tobillo?

Susan torció los labios.

—En su lugar.

Él soltó una carcajada tan estridente que le hizo dar un respingo; no dudó ni un instante en deslizar el agarre hasta sus hombros; se inclinó sobre ella y ambos encontraron su mirada en el reflejo.

—Me refería si, a pesar de estar donde de costumbre, se encuentra mejor.

—Me duele menos.

Rowan suspiró de alivio.

—No era una torcedura grave, pero Landon Ward debería contener su recelo hacia Dominic muy lejos de ti. —El aliento de Rowan le hizo cosquillas en el oído; Susan se encogió un poco, pero no lo suficiente para que él no pudiera morder su cuello—. Espero que no tenga asuntos pendientes ante la ley.

—¿Está amenazando a un Ward? —preguntó de manera burlona.

Él volvió a sonreír como tanto le gustaba, tiró de su cuerpo hacia atrás hasta permitirse llegar a sus labios. Ambos se mantuvieron la mirada; desafiantes y anhelantes el uno del otro.

—¿Me expondrá ante su familia, señorita Ward?

—Debería.

—Eso significa que no tiene intención de hacerlo.

Susan protestó, se removió un poco entre sus brazos, pero no lo suficiente para alejarle.

Podía quejarse de lo que había visto, aunque, si lo hacía, él reclamaría algo de ella para lo que no estaba preparada.

La distancia se reducía a cenizas, notaba un ligero cosquilleo en las entrañas que le pedía huir y, a la vez, quedarse un poco más dentro de aquellas ascuas.

«Si no fuera tuya, no buscaría tus atenciones», pensó Susan alzando una de sus manos hasta su mejilla.

—No me conoces lo suficiente. —Tomó ese tono personal que utilizaban desde siempre; ajeno a protocolos y único entre los dos—. ¿Por qué te pondría por encima de mi familia?

—Porque, si te encuentras aquí, poco te importa.

Ella apretó los dientes.

—Canalla.

—¿Hablamos de ti, ma rose , o de mí?

Ella resopló molesta. Era costumbre entre ellos danzar alrededor de un tira y afloja, que siempre acababa con Susan intentando hacerle callar.

Y no fue diferente cuando tomó su mentón con su diestra y rozó sus labios en una invitación silenciosa, que hizo que el magistrado tan solo humedeciera los suyos.

—De nuestra caída al infierno —susurró casi sin aliento—. Ese es el tema.

— Que así sea.

—Hagámoslo, entonces.

Sus bocas se tocaron con una nueva promesa que terminaría reducida a cenizas, pero a ninguno de los dos parecía importarle en ese momento. Porque, mientras Rowan le arrancaba el aliento y la elevaba entre sus brazos, Susan tenía muy claro que deseaba perderse en ellos.

Era muy propensa en caer en sus errores, no sería la primera vez que sería juzgada por tropezar con uno de ellos.