El amante de Susan Ward (Los Ward 3) Capítulo 5
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Capítulo 5

S u discusión con Landon le impedía conciliar el sueño.

No importaba cuánto se removiera en la cama; sus continuas protestas hacían un eco incesante en su mente, recordándole que la vida que tanto anhelaba sin ataduras era imposible.

Por más que quisiera aferrarse al apellido de los Ward para ser intocable, sabía bien que como mujer tenía pocas posibilidades.

Jamás podría ponerse a la altura de sus hermanos varones, no solo porque serían los primeros en mofarse —a excepción de Asher— de sus deseos tan poco propios de una señorita como ella, sino que jamás apoyarían sus decisiones.

Abrumada por la cantidad de pensamientos que comenzaban a dejarla sin respiración, Susan se incorporó del lecho agitada.

La temperatura esa noche se alejaba de la calidez que su cuerpo necesitaba para no temblar, pero no era el frío lo que la hacía removerse, sino las advertencias de Olivia, que volvían a asediarla:

«Sería contraproducente que sus escarceos amorosos salieran a la luz, cuando cuenta con una prometida esperándole en RichHowl».

Molesta, sacudió la cabeza un par de veces; no iba a permitirse frustrarse, tampoco mostrar ninguna debilidad; los caballeros que conocía jamás mostraban un ápice de clemencia cuando tenían amantes: disfrutaban, saciaban sus necesidades y callaban las heridas del pasado.

¿Por qué iba a atormentarse por algo que los demás jamás habían hecho por ella?

Susan se alejó de toda norma social a la que debía abrazarse.

Se atavió con uno de sus vestidos más sencillos, en un tono rojo vino, con mangas largas y un discreto cuello de barca.

La tela no contaba con demasiados detalles: un sutil brocado floral de hilo dorado y un fino ribete del mismo tono que adornaba los puños.

Se acomodó la capa alrededor de los hombros antes de salir de su alcoba en mitad de la noche.

Lo único que debía tener presente era no ser descubierta.

De todas las decisiones que Susan solía tomar de manera imprudente, la de meterse en un carruaje en dirección a la casa del magistrado Grey no era de las más acertadas. La noche ocultaba el ligero traqueteo del transporte, que se perdía en el silencio de la madrugada.

De vez en cuando deslizaba las cortinas para comprobar que Londres estuviera abrazada a Morfeo, de esa manera ni siquiera el caballero más canalla podría descubrirla haciendo lo que a cualquier dama de su edad jamás se le pasaría por la cabeza.

El cochero se detuvo a unos metros de la residencia de los Grey, podía ver la fachada georgiana ligeramente iluminada por las lámparas de aceite.

Con cuidado descendió del carruaje, no quería levantar sospechas, tampoco ser vista por cualquier alma descarriada que aún se paseara por el corazón de Londres; lo que hacía era una imprudencia mucho más inmensa que encontrarse con él en el Heartless.

Porque allí contaba con la supervisión de Phinneas, incluso sabía bien que Dominic estaba al tanto de sus movimientos para que nadie se percatase de su presencia. Sin embargo, esta vez era diferente:

Estaba sola con sus pensamientos.

El repiqueteo de sus pasos no contaba con un sonido claro y conciso; podía notarse que Susan cojeaba con ligereza mientras se acercaba a la puerta principal. Ella no le dio demasiada importancia, pues Landon la había hecho caer del columpio con tal brusquedad que se había torcido el tobillo.

«Si se atreve a echarme verá lo que es bueno», pensó Susan mientras tocaba a la puerta; conocía bien las costumbres de Rowan y lo poco que solía dormir.

La respuesta desde el interior tardó bastante en llegar.

Las dudas comenzaron a asaltar su mente; quizá se había dejado llevar por su actitud impulsiva y debería volver a casa antes de que su reputación se deshiciera entre sus manos.

Dio un par de pasos hacia atrás notando un doloroso pinzamiento en el tobillo, perdió el equilibrio y se sostuvo de la barandilla.

Susan soltó un leve suspiro de alivio, se maldijo a sí misma por ser tan torpe; tendría que haberse quejado a Dominic por la conducta soez de su hermano, pero prefirió que su encuentro fuera un secreto entre ambos.

Después de todo, el duque lo buscaba porque conocía muy bien el sentimiento que tenía hacia él y no lo quería demasiado lejos.

El quejido de la cerradura la sacó por completo de sus pensamientos.

La puerta se abrió con ligereza permitiendo que una tenue luz iluminara a la persona que tenía delante.

Rowan Grey no esperaba visita esa noche y no se había adecentado lo suficiente para comprobar quién era el extraño invitado que deseaba verle esa madrugada.

Llevaba unos pantalones en color café y una bata aterciopelada en un tono más oscuro que abrazaba su cuerpo.

—¿Sue?

Su tono de voz sonó más pastoso que de costumbre; imaginaba que se había pasado la madrugada leyendo algún que otro incidente que despertaba su crispación.

Después de todo, no era la primera persona que buscaba su consuelo en mitad de la noche para solucionar una deuda o buscar un ápice de justicia.

—No puedo creer que tras perseguirme durante años hayas tenido la osadía de ocultarme que estás prometido.

Las palabras escapaban solas de los labios de la Ward; la rabia y la traición bailaban entre cada una de sus cuerdas vocales.

No necesitó su invitación para fingir que no le dolía el pie, tampoco que iba a entrar igualmente a exigir lo que era suyo.

Después de todo, el inicio de aquella locura había escapado de sus labios y, si tenía que enfrentarle, así lo haría.

Rowan retrocedió unos pasos por mera cortesía; no le asustaba en absoluto ver cómo la molestia resquebrajaba sus ojos verdes.

Sabía bien que podía ser tan terca como orgullosa, así que se limitó a cerrar la puerta tras de sí sin dejar de observarla.

Aquella mujer siempre le había parecido hermosa; poco tenía que ver su apellido, por supuesto.

Adoraba la manera en la que elevaba el mentón en busca de su propia justicia; la forma en la que amenazaba con su mirada y aseguraba que el control de todo lo referente a él estaba en sus manos.

—No lo hacía —respondió con tanta lentitud que Susan se desesperaba—. Tus labios suelen centrarse en otras partes de mí muy ajenas a mi labia o mi vida en sí.

Susan chasqueó la lengua con molestia.

—Eres un...

—¿Presuntuoso? —cortó él mientras se inclinaba sobre su rostro—. ¿Un canalla? Pensaba que tu interés en mí yacía en cada parte de mi cuerpo, no de mi apellido. Tenemos una concepción muy diferente de lo que somos el uno para el otro, Sue.

Ella utilizó su índice para presionar el pecho de Rowan, quien intentaba contener una carcajada apretando la mandíbula.

Adoraba que intentara hacerle diminuto con su carácter soez y su mirada amenazante, pero lo único que anhelaba en ese momento era estrecharla entre sus brazos: no la había visto desde la noche en que se encontraron en el Heartless y ya la echaba de menos.

—¿Y en qué se diferencia?

Rowan acarició con el índice y pulgar la barbilla de Susan.

No buscaba exigencia, tan solo deseaba dejar una ligera caricia sobre su piel.

Lo que más le agradaba de sus encuentros era cómo su cuerpo reaccionaba a su cercanía, la manera en que cada trocito de su ser se erizaba a su paso y cómo sus labios susurraban su nombre cuando sentía que no tenía ninguna escapatoria.

—No escondo que lo que más deseo es que seas mía para siempre, Susan Ward —comenzó a decir de una manera tan aterciopelada que Susan iba a ordenarle que se callara—.

Bien he demostrado que no estoy de acuerdo en que huyas de mí cuando lo deseas, pero también debes comprender que las apariencias infunden respeto y poder.

Ese enlace está pactado mucho antes de que tú y yo nos conociéramos.

Quizá no deberíamos tener esta conversación, pues sabes que mis intenciones hacia ti están muy alejadas de que seas solo parte de mis noches.

Pero eres tan arisca como un gato que busca atención y a la vez no desea ser acariciado.

Susan apretó los labios, hacía todo lo posible por controlar el tono rojizo de sus mejillas. Podía intentar enfrentarle todo cuando deseara, pero no estaba dispuesta a que un matrimonio la atrapara hasta reducir su movilidad fuera del hogar.

Menos aun cuando se sentía una estatua más de la residencia principal de los Ward.

—Eres mío, siempre y cuando yo lo desee.

No dudó ni un instante en darle un empujón, las palmas de sus manos impactaron en el pecho del magistrado, que se tambaleó hacia atrás al no esperar el golpe.

Podría haber recobrado el equilibro, pero prefería mecerse dentro de aquella ligera marea en la que siempre lo envolvía.

Rowan apoyó la espalda en la pared del pasillo; la diferencia de altura entre ambos era más que evidente, sin embargo, se dejó acorralar por ella.

—Estarás en mi cama todo lo que yo necesite y, una vez que no exista nada más que cenizas entre nosotros, seremos meros desconocidos.

Él entornó los ojos.

—No va a pasar.

—Rowan —susurró su nombre más como una maldición.

—No —advirtió él cansado de danzar a su alrededor tal y como deseaba—.

Juguemos a tu juego. Seré tu alfil, me moveré por tu tablero de la manera más efectiva que desees, pero eso no obviará que deseo que nuestras noches no acaben.

Poco me importan las amenazas de Dominic, incluso me importan poco las tuyas. ¿Sabes por qué?

Susan contuvo el aliento.

—¿Por qué?

—Porque deseas tanto como yo que me hunda en ti.

—Su media sonrisa fue tan canalla que Susan obvió el poder que deseaba ejercer sobre él, caminó hacia atrás en busca de cierta distancia, pero Rowan fue mucho más rápido y la acorraló donde se encontraba minutos antes—.

Si no fuera así, no habrías tenido la valentía de venir a mi casa sin toda la protección que Dominic decora a tu alrededor.

—¿Piensas que él acepta todo esto? —rio Susan con sorna.

—Ladra como tanto le gusta hacer, pero si hubiera querido me habría retado a un duelo por tu honor. Debe importarle demasiado lo que tu deseas para obviar una lucha que sería bastante propia en un hombre como él.

Ella enarcó una ceja, conocía lo suficiente a Dominic para saber que los cinco debían dar la impresión de ser tan perfectos como los dioses que adoraban en la época griega.

Le resultaba un tanto extraño pensar que su hermano mayor cedía ante todos sus caprichos, pues más de una vez le había advertido que debía casarse y dejar de pensar en la libertad como una opción para ella.

—Y ahora, ma rose , vamos a la cama.

—¿Pretendes que me quede esta noche? —preguntó un tanto exaltada.

Su dinámica con él era un continuo tira y afloja donde deseaba que redujera la distancia a cenizas o se alejara de ella para siempre.

Susan dio un traspié, no había conseguido imponerse delante de él.

Estaba cansada, agobiada por su conversación con Landon, y lo único que deseaba era recobrar fuerzas para enfrentarle cuando pudiera hacerlo.

—No lo pretendo. —Hizo una breve pausa mientras se agazapaba un poco, para extrañeza de Susan—. Es lo que sucederá. Es más, no estás en condiciones de volver a la mansión de tu hermano así.

—¿Así? —repitió ella un tanto perpleja.

Rowan gruñó.

—¿Qué te ha ocurrido en el tobillo? —preguntó sin ningún tipo de contemplación—. No dejas de apoyar la punta del pie para que no me percate de que te duele. ¿Alguien te ha atacado mientras venías hacia aquí? Si es así...

Si las defensas de Susan amenazaban con atacarle si hacía cualquier movimiento que le desagradara, no tardaron en evaporarse.

Durante su tarde en casa nadie se había percatado de que no caminaba como siempre.

Quizá era algo normal en un hogar donde vivían tantas personas, pero que se hubiese dado cuenta de su dolencia la hizo sentir tan aliviada como débil.

—Landon —respondió sin más—. Recordaba que hablar con él tiende a ser una odisea.

Él no dijo nada, prefirió mantenerse al margen de cualquier rencilla que existiera entre los Ward.

Era cierto que la relación entre los hermanos le resultaba tan peculiar como extraña, pues solían verse en público cuando había un evento donde tenían que demostrar que eran los mejores anfitriones de la alta sociedad.

—Siéntete orgullosa, ma rose —comenzó a decir con tanta suavidad que aprovechó su despiste para cogerla entre sus brazos; ella pataleó por unos instantes, pero terminó apoyando la cabeza en su pecho con los labios ligeramente apretados—. La única que pasará por mi lecho, ahora y siempre, serás tú.

—Tus palabras destilan cierta codicia.

Rowan dibujó una media sonrisa en sus labios.

—Parece que ya has comprendido que, en actos de ganar, esta guerra la tienes perdida.

—¡Eres un...!

—Caballero —terminó él con orgullo—. Era algo que ya sabía, querida.