El amante de Susan Ward (Los Ward 3) Capítulo 2
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Capítulo 2

N o era la primera vez que se sentía ridícula siendo parte de una fiesta. El vestido que había elegido Ireth para ella era tan incómodo que olvidaba si tenía que respirar primero o rascarse la espalda para aliviar la picazón que provocaba la tela sobre su piel.

Era de un tono ocre, que le favorecía más bien poco con su cabello castaño casi rojizo.

La presión que ejercía el vestido sobre su pecho apenas le permitía tomar aire, pues toda pedrería en forma de alas de mariposa la hacía ver etérea, pero se vislumbraba una fina capa de sudor sobre su rostro que reflejaba su palidez.

Es más, la tirantez de su recogido, alzado por encima de la nuca, no solo le provocaba un profundo dolor de cabeza, sino que crispaba ligeramente su humor.

Para muchos, Susan podía ser una de las damas más hermosas de la temporada, pero ella se sentía como un pastel a punto de ser degustado por el caballero más canalla y repulsivo.

Después de todo, la observaban con la misma curiosidad que podía suponer la presencia de un espécimen único y diferente.

No era como su hermana pequeña, que acampaba a sus anchas por el gran salón saludando con una sonrisa resplandeciente en los labios.

Ella siempre prefería esconderse tras las columnas, así, con suerte, las intenciones de todo hombre que hubiese puesto su mirada en ella quedarían reducidas a cenizas.

Más aún cuando era incapaz de controlar la sequedad de garganta y tragaba sin cesar, le sudaban las manos bajo los guantes y apenas podía pronunciar palabra.

«Maldito Dominic», pensó consternada.

Su hermano no le había dado demasiadas oportunidades para rechazar su amenaza.

La ira que emanaba de cada uno de los poros de su cuerpo le había advertido que no debía presionar más de la cuenta.

Willow, su cuñada, hizo lo posible para que contuviese su anhelo por elegir él mismo un caballero para ella, pero no se sentía más aliviada por ello.

Era como estar encarcelada en una prisión invisible, donde los grilletes eran tan pesados que apenas le daban la oportunidad de huir.

—Milady.

Susan elevó con ligereza el mentón, podría haber mostrado su desagrado cuando el conde Beauford la alejaba de su oscuridad.

Era un hombre proveniente de la corte francesa, de cabello dorado y repleto de caracoles.

Podría haberse mofado de su bigote, pero imaginó que sin él podría parecer mucho más joven que ella.

Tampoco iba a resaltar ese hecho que empezaba a emerger de sus labios, prefería centrarse en sus ojos de tono índigo antes que ganarse una actitud reprobatoria.

—Ha pasado bastante tiempo desde la última vez que nos encontramos, conde.

No sentía ilusión alguna, pero no podía negarse a aceptar su mano.

La luz de las enormes lámparas en forma de araña bañó su figura.

Quizá para ella la Susan que se mostraba al mundo esa noche poco tenía que ver con la que se fustigaba por estar entre la sociedad londinense, pero fingió que se sentía segura, aunque no fuera cierto.

—Debo decirle que no se deja ver demasiado por estos pequeños eventos.

—Él se inclinó dedicándole una reverencia tan sutil que Susan la habría confundido con educada y no repleta de intenciones; besó el dorso de su mano deseoso de que la nueva pieza de baile diera vida a sus primeros acordes—.

Pero esta vez la he encontrado antes que nadie.

—Eso parece.

Los pasos que iniciaban la danza provocaron que se dibujara un profundo nudo en el estómago de Susan.

Podía girar en los brazos de Beauford, echar el cuerpo hacia atrás como tantas veces le habían insistido cada una de sus institutrices.

Pero las tonalidades que emanaban del salón se convertían en una mancha ante sus ojos, pues no solo la música le molestaba, sino también los murmullos y la multitud.

Todo a su alrededor se convirtió en un eco repleto de voces que no podía comprender; si la presión del vestido apenas le permitía respirar, los continuos giros hacían que todo le diese vueltas.

«Por favor, no hagas lo de siempre», se rogó a sí misma para no perder la compostura, pero la sensación de asfixia era insoportable.

—Me preguntaba si en esta ocasión está interesada en el matrimonio, lady Ward. —La voz de Beauford sonó lejana en sus oídos; quería mirarle, pero estaba más concentrada en decirle a su corazón que se calmara—. Sabe que tiene toda mi atención desde el primer instante en que la vi.

—No lo dudo.

—Quizá podría ir mañana a presentar mis respetos a la mansión Ward —dijo con cautela.

Susan giró en sus brazos tan a su pesar que tuvo que parpadear un par de veces para recordarse que no era el momento de caer desmayada—.

Su hermano es un hombre temible y honorable, quizá mis intenciones sean de su agrado.

—Puede que del suyo sí.

—¿Y usted no piensa lo mismo?

Podría haber respondido que no deseaba ningún esposo que ejerciera su autoridad.

Tenía a sus tres hermanos para recordarle que todo aquello que escapase de su control podía humillarla para siempre.

A excepción de Asher, Dominic no dudaba en ponerla entre la espada y la pared, mientras que Landon tendía a mirarla con desaprobación.

Ya tenía suficiente con no cumplir las expectativas que tenían los Ward en ella. ¿Para qué decorar su cuello con una cadena que pudiera acabar con las pocas alas que poseía?

—Necesito tomar un poco el aire —se excusó con cautela. Agradeció que el ligero agarre que el conde ejercía en su diestra se deshiciera con suavidad—. Hace demasiado calor aquí dentro.

—¿Quiere que le acompañe fuera?

«¿Y que encuentre una excusa para que todos nos vean en una situación comprometida? No soy tan ilusa», pensó fingiendo una sonrisa mientras negaba con las manos.

—Agradezco su preocupación, le veré más tarde.

Con la angustia amenazando con salir de su garganta, Susan alzó ambas puntas de su vestido; llevaba años intentando lidiar con aquella sensación de asfixia, pero era imposible despedirse de ella.

La última vez había sido forzada por Dominic para organizar el cumpleaños de su esposa, motivo por el que Ireth había ignorado su existencia durante al menos tres semanas.

Ella adoraba brillar y no hacerlo en ese momento provocó su decepción.

Durante la celebración fue incapaz de mantenerse firme dando la bienvenida a los invitados, así que tuvo que excusarse para poder huir de allí.

Menos mal que Asher se había quedado al cargo de todo lo que tenía que ver con las directrices de la fiesta; si no, Dominic se hubiera vuelto loco.

La brisa nocturna permitió que el calor que emanaba de su cuerpo comenzara a desaparecer poco a poco.

El aire apenas rozaba sus pulmones, pero la bajada de temperaturas mitigó su malestar.

Susan caminó en dirección al carruaje de los Ward de manera apresurada.

No tenía intención de regresar a la fiesta, ya había sido el plato principal para muchos caballeros que disfrutaron de su presencia.

En ese momento lo único que deseaba era olvidar todas las reglas que debían dictaminar sus movimientos.

Porque, cada vez que tenía que seguir las órdenes de los demás, volvía a sentir que se abrazaba a la oscuridad.

—¿Dónde la llevo, milady? —preguntó su cochero mientras la invitaba a entrar.

—Al Heartless.

Su presencia en el club no era un secreto a voces para los empleados que estaban al mando de Dominic.

Al principio la molestia de Phinneas era más que evidente, pues no solo debía poner al día al duque de todo incidente, sino que poco a poco se acostumbró a las peticiones de Susan, que había conseguido establecerse en una de las habitaciones sin que nadie lo supiera.

El suave olor a tabaco mezclado con el almizcle del lugar no solo hizo que Susan relajase los hombros y se sintiera como en casa.

Fue el alivio que acarició a su cuerpo cuando puso uno de los pies dentro del Heartless, pues quizá no era el mejor sitio para una dama como ella, pero los trabajadores que se encargaban del club tenían tal admiración hacia su hermano que siempre le ofrecían una sonrisa cargada de comprensión.

—Por aquí, lady Ward —susurró Phin mientras le insistía para que caminase más deprisa—. Hoy el club está bastante lleno y no queremos que nadie la vea.

—¿Las apuestas están en su punto más álgido?

Él suspiró, su cabello rojizo destelleaba bajo la luz del pasillo a pesar de que apenas se vislumbraba una ligera caída de vello en su cabeza. Desde que reparó en su presencia, Phin siempre la rasuraba como si el tono de cada mechón le provocase cierto desagrado.

—De nuevo Bastian O’Kelly ha perdido el control. —Hizo una breve pausa al nombrar al conde—. Aunque eso beneficie a la banca, por supuesto.

Susan esbozó una tenue sonrisa; le agradaba la presencia de aquel hombre, pues a pesar de infundir cierto respeto también contaba con ese matiz irónico que llamaba su atención.

No tardó demasiado en guiarla hasta su alcoba.

No era bonita, pero sí acogedora. Toda la estancia destacaba por ese rojo vino que tan poco le gustaba.

Contaba con una cama con dosel, de la que escapaban unas pequeñas cortinas en tono malva; las sábanas eran oscuras con unas ondas dibujadas en dorado, como si quisieran darle cierto prestigio al lugar.

Pero lo que más agradaba a la Ward era la enorme alfombra que decoraba el suelo, ocupaba la mayoría de la estancia con sus formas geométricas en color verde, marrón y rojo.

Aprovechó su soledad para quitarse las incómodas zapatillas; las costuras habían dejado ciertas rozaduras en sus pequeños pies y la presión era insoportable.

No dudó en estirar los brazos, no soportaba la presión que ejercía la tela del vestido sobre su estómago.

Un tenue gemido escapó de sus labios, pues no comprendía cómo algo que debía ser bonito le estaba provocando tanto sufrimiento.

Un tenue golpe en la puerta interrumpió sus lamentos, obligándola a tensarse de inmediato. Era posible que Phinneas hubiera querido traerle algún que otro pastelillo de merengue; siempre lo hacía cuando pasaba la noche allí.

Susan abrió la puerta obviando que Dominic hubiera salido detrás de ella. Solía guardar las formas delante de todo el mundo: si tenía que reprenderla por su conducta prefería hacerlo en un lugar más privado.

Sin embargo, los ojos que la observaban no tenían nada que ver con los de su hermano.

En su lugar se topó con la mirada astuta de Rowan, que apoyaba una mano sobre el marco de la puerta.

Poco le sorprendió que hiciese un escrutinio visual no solo de la habitación —pues quería comprobar cuánto tiempo llevaba allí—, sino del atuendo que había elegido para esa noche.

La ligera curva en sus labios provocó la molestia de Susan.

—Parece un pastel, milady. —Su voz hizo un ligero eco entre aquellas cuatro paredes; jamás admitiría que el tono aterciopelado que provenía de sus labios le provocaba algún que otro escalofrío—. ¿Quién la ha vestido hoy? ¿El cocinero de los Ward?

—No tiene ninguna gracia, Grey.

Rowan no evitó la carcajada, que reverberó en sus cuerdas vocales; podría haber huido del mal humor de la dama, pero llevaba sin verla lo suficiente como para no desearla lejos.

—Lo lamento —se excusó poniendo un pie en la alcoba—, pero es extraño verte vestida de esa manera.

— ¿De esa manera? —Susan enarcó una ceja, no solo quería saber la etiqueta que tan bien se ajustaba a su atuendo de la noche, también se percataba de que se hacía paso al interior de su estancia—. No recuerdo haberte pedido que me hagas compañía.

Él torció los labios con cierta molestia, pero no se lo dijo en ningún momento. Se limitó a centrarse en la pedrería que decoraba su pecho captando su atención hasta elevar sus ojos para perderse en los suyos esmeralda.

—Tu hermano me ha prohibido que me acerque a ti.

—¿Ahora sigues las órdenes de Dominic? —Abrió la boca con asombro y tan cargada de ironía como ella solía hacerlo—. Se supone que tu fama de hombre temible te precede.

—No, querida, no te equivoques.

Rowan dio un paso más dentro de la habitación hasta que pudo cerrar la puerta detrás de sí.

—Solo te informaba de ello, las evidencias siempre tienen que estar encima de la mesa. —El índice del magistrado acarició con fugacidad la mejilla de Susan. Fue un roce delicado y cargado de intenciones; ella se limitó a elevar el mentón para enfrentarle—. Y no suelo ser un mentiroso.

—Poco me importa lo que él desee, sino lo que yo quiero.

—¿Y qué es lo que anhela Susan Ward?

Rowan hundió el índice en el pecho del vestido, tiró de la tela con brusquedad, ganándose un suspiro de alivio de la dama.

—Que contestes mi pregunta.

—Oh —respondió con ese destacable interés que sentía por todo lo que le rodeaba—. ¿Te refieres al vestido? Bueno, tú no eres así.

Un ligero brillo apareció en los ojos esmeralda de Susan.

Pocas veces los demás sentían intriga por ver más allá de su desobediencia.

Tan solo criticaban lo mucho que se alejaba a la perfección, pues, mientras sus hermanos parecían besados por los mismísimos dioses, ella era la oveja negra de la familia.

Y el único que comprendía ese sentimiento era Asher.

—¿Y cómo soy, Rowan?

Él contuvo el aliento.

—Libre, ajena a ataduras.

No había discursos que preparar, tampoco excusas para asegurarle lo mucho que disfrutaba de la joven que hacía y deshacía a su antojo.

Sin pensarlo demasiado, él dio un fuerte tirón del delicado corpiño de muselina hasta que las costuras cedieron provocando la liberación de Susan.

Sus labios buscaban el aire perdido durante toda la noche, como si hubiera sido castigada sin él.

—Tú eres esto. —Rowan le ofreció la mano a pesar de que ella no dudaba de escrutarle fulminante—. Tan mía y tan de nadie a la vez. Así que, ¿por qué no me concedes este baile?

—Has perdido el juicio. —Susan soltó una sonora carcajada; su mano libre intentaba sostener la tela que tapaba su pecho, pues la cremosidad de su piel amenazaba con mostrarse ante él—. Dices de bailar escasa de ropa y sin ninguna pieza musical.

—¿Y qué importa mientras nosotros dos lo entendamos, Sue?

Ambos se miraron largo y tendido. No había mofa, tampoco prejuicios, dado el escándalo que podría producirse si alguien los descubría en aquella tesitura.

Eran solo ellos dos, como tantas veces se habían fundido piel con piel.

Y, mientras el doloroso nudo del estómago de Susan mitigaba, ella aceptó bailar entre sus brazos ignorando que el vestido caía a sus pies.