El amante de Susan Ward (Los Ward 3) Capítulo 1
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Capítulo 1

L a nueva visita a Dashford, la campiña donde residía Asher, había sido como un soplo de aire fresco para sus pensamientos.

No solo había disfrutado del pequeño cambio que había sufrido su hermano desde que estaba comprometido con Adeline Hearthry, sino que era un alivio comprobar por sí misma que la relación con él no había cambiado en absoluto.

Asher había sido desterrado de Londres por orden de Dominic para alejarlo de todo escándalo que tuviera que ver con las damas de la temporada.

No era un secreto que la pasión de su hermano era perderse en el lecho de alguna fémina que captara su atención.

Así que lo mandó a Downpour, la mansión que tenía por derecho, lejos del corazón británico, para castigarlo por su conducta.

Lo único con lo que no contaba el actual duque era con que su decisión mermara las heridas invisibles que se dibujaban en la piel de Asher; unas que Susan conocía demasiado bien, al ser la cuarta hermana de los Ward, y que jamás podría borrar por ser mujer.

La tranquilidad escapó en forma de suspiro de los labios de Susan.

La idea de perder al único aliado dentro de su familia le provocaba un doloroso pellizco en el estómago.

Era cierto que adoraba ser independiente, ir de un lado a otro, incluso si no era lo más adecuado para una dama soltera, pero no soportaba la soledad.

Y ahora que Asher no podía volver tras mancillar la reputación de la que sería su esposa, se sentía más abandonada que nunca.

Cuando entró en la mansión, movió el cuello intentando aliviar la tensión que se concentraba en sus hombros.

No se sorprendió de que el silencio reinara en cada rincón del pasillo, pues Dominic siempre se encontraba en su despacho o exhibiendo a su esposa como si fuera el objeto más precioso de su colección.

«Debería subir a mi alcoba. Me marché a ver a Asher a pesar de que nuestra reputación está en un punto bastante cuestionable».

Susan se quitó los guantes con rapidez mientras pensaba en cómo de caliente deseaba el agua de su baño y en si las esencias de rosas la alejarían de la discusión que empezaba a cocerse dentro de la mansión de los Ward o si preferiría flores blancas.

Nada más poner un pie en el primer escalón, su hermano, el actual duque, se encontraba apoyado en una de las columnas que daban al salón principal.

Su mirada fingía despreocupación, aunque la manera en la que cruzaba pies y brazos le advertía que llevaba un buen rato esperando su regreso.

Ella dio un respingo y retrocedió llevándose una mano al pecho. Nunca se acostumbraría a que Dominic se impusiera solo con su presencia.

—Buenos días, Dom —dijo apretando los dientes; sabía muy bien que la reprendería por su aspecto: sus bucles castaños casi rojizos escapaban de su recogido un tanto desaliñados por el viaje—. ¿Ya te marchabas?

La sonrisa que se dibujó en los labios de su hermano no fue amable, tampoco resplandeciente, sino que estaba cargada de ironía.

«Está enfadado conmigo», pensó ella intentando no poner los ojos en blanco.

—¿Qué tal tu nuevo viaje, Sue? —Su tono de voz fue pausado, como si le costara dar voz a cada una de las sílabas sin perder el control—. ¿Ha estado a la altura de tus expectativas?

—Muy... inspirador.

—Ya —Hizo una breve pausa—, por supuesto.

El silencio volvió a hacerse presente entre ambos, como si aquel duelo de miradas hubiera iniciado una conversación sin necesidad de palabras.

Susan resopló, su paciencia era mucho más limitada que la de su hermano.

—Amonéstame de una vez —resopló como cuando era niña—. Estoy preparada para todo discurso que tengas preparado para mí, pero no voy a dejar de ver a Asher porque así lo desees. Es mi hermano, tanto como puedes serlo tú.

—Entre los tres vais a acabar conmigo, al menos aún cuento con Ireth como aliada.

—Dominic se pellizcó el puente de la nariz con pesar—.

Todo tiene un límite, Susan, y esto me parece más frustrante que verte en pantalones en el jardín de Olivia Blunt.

Así que ruego porque me concedas unos instantes de tu tiempo para ir conmigo al salón.

—Deseo darme un ba...

—Ahora.

No tuvo opciones de escapar. Susan caminó detrás de su hermano con los brazos cruzados y el ceño fruncido. Sabía bien que todo desencadenaría en lo mismo de siempre: su soltería.

El cambio que había sufrido el salón principal en los últimos meses aún le resultaba un tanto extraño, pues Dominic no era partidario de las modificaciones dentro de la mansión principal.

La estancia ya no estaba unida en salón-comedor; la mesa ovalada que se utilizaba para las comidas había dado paso a un rincón de lectura compuesto por un par de estanterías, una mesita de cristal donde descansaban algunos licores, además de dos pequeños sofás.

Desde su enlace, su ira había mermado de una manera tan sorprendente que a Susan le resultó extraño que dejara un pequeño beso sobre la frente a la dama que se encontraba acomodada en el sofá.

Wilhelmina Dohaerty: la mujer que había enfrentado a su hermano sin temor y altanería.

—Me alegra ver que has regresado —susurró su cuñada con una tenue sonrisa dibujada en los labios—. ¿Qué tal tu viaje?

—Para mí, apacible; para Dominic, una auténtica tortura, al parecer.

Dominic se dejó caer al lado de su esposa mientras resoplaba, pasó su brazo alrededor de los hombros y acortó los centímetros de distancia que existían entre ellos. Si no fuera por la manera en que Susan se sentía fulminada, diría que estaba tranquilo.

—No podemos seguir con este tira y afloja, Sue.

—Su tono fue más controlado, como si quisiera contener la molestia en cada una de sus palabras—.

Puedes tener todo lo que pidas, dada tu posición, pero sigues siendo una dama.

Si la sociedad se percata de que fraternizas con Asher, cuando en este preciso instante está en una posición poco...

aventajada, serás la comidilla de la ciudad.

—Asher seguirá siendo mi hermano, incluso si ha decidido volar haciéndolo todo añicos —aseguró con tal seguridad que tan solo molestó más a Dominic—. Entiendo que no me beneficia, pero no busco ser un buen partido para ningún caballero.

—Empiezo a cansarme de tu comportamiento.

El tono de Dominic comenzó a alzarse con autoridad, no le agradaba en absoluto que su hermana no cumpliera con sus peticiones; aceptó a regañadientes su desinterés por la temporada, pero no podía permitir que se marchara cuando le viniera en gana.

—Dominic —advirtió con cautela su esposa—, permítele volar un poco más.

—Sabes bien que no puedo. Ya no.

Su hermano volvió a levantarse un tanto inquieto.

Su postura tensa mientras escondía las manos en los bolsillos era similar a la que utilizó el día que su padre murió.

Recordaba bien haber estado en aquella misma estancia, alrededor de una mesa que quedó en su recuerdo, mientras les aseguraba que se encargaría del porvenir de sus cuatro hermanos, pero para ello debían sollozar la muerte del duque dentro de la mansión, pues fuera de su hogar serían mucho más intocables de lo que ya eran.

Un escalofrío recorrió la espalda de Susan, no pudo evitar humedecerse el labio inferior.

¿Qué sería aquello que tanto pululaba por la mente de Dominic?

—No puedo seguir cediendo ante tus caprichos, Susan —comenzó a decir dedicándole tal mirada de advertencia que ella dio un respingo—. No solo me desobedeces continuamente, sino que te inmiscuyes en el foco de toda la problemática del asunto.

—Ser una solterona no me supone ningún problema.

—¡Ninguna de mis hermanas se abrazará a la soledad por puro capricho! —Dominic resopló consternado mientras alzaba una mano hacia la nuca apretando índice y pulgar para contenerse—. Y, menos aún, cuando sé muy bien que tu cama no está vacía, Susan Ward.

Ella se levantó de inmediato.

—No tienes ningún derecho a...

Dominic dio un paso hacia ella.

—Por supuesto que lo tengo. —La fulminó con la mirada para intentar achantarla—. Soy tu hermano mayor.

—Dominic —advirtió una vez más su esposa con una ligera capa de sudor acariciando su rostro.

—Mis intereses amorosos no tienen nada que ver contigo, duque. —Aquella última palabra quemó en el paladar de Susan, que la odiaba mucho más que el apellido que poseía—. Los tres habéis hecho todo cuanto deseabais y no me he quejado. Ahora es mi turno de quedarme al margen.

—Eres una mujer, Susan, y como tal debes cumplir con tu deber.

—Hizo una pausa—. No voy a consentir que todo aquel que ponga tu nombre sobre sus labios se atreva a hablar mal de ti.

Mañana retomarás tu labor dentro de la temporada, encontrarás a un caballero que acepte tu manera de ser y dejarás tus juegos con el magistrado lejos de los muros de esta casa. ¿Queda claro?