El amante de Susan Ward (Los Ward 3) Prólogo
6%
El amante de Susan Ward (Los Ward 3)

El amante de Susan Ward (Los Ward 3)

Por Mar Poldark

© inepub.com

Prólogo

S usan siempre se había sentido como un bonito jarrón expuesto dentro del salón.

Firme, llamativo y abrazado al mutismo de una estancia que no deseaba escucharla.

Desde muy niña había comprendido que su voz no llegaba a nadie.

No importaba cuánto quisiera hacerse oír, pues su nacimiento como mujer solo significaba que no era importante.

Lo único que se esperaba de ella era que aprendiera a tocar algún instrumento, supiera reverenciar y solo hablara cuando se le daba el turno de palabra.

Lástima que nunca estuviera dispuesta a ceder.

Quizá ese fue el motivo por el que Asher y ella tuvieran un pacto de silencio para cubrirse las espaldas desde la niñez.

Su hermano mayor, tan solo por unos años, era un protector nato cuando deseaba escabullirse de los salones de baile.

Para ella la vida durante la temporada era una auténtica tortura.

Si ya llevaba consigo el estigma de que la única belleza que poseía era la de un maniquí, la idea de exhibirse le resultaba insufrible.

Por eso aprovechaba el manto oscuro de la noche para hacerse paso entre el murmullo de los caballeros que hablaban, reían y conversaban ajenos a toda limitación.

Y no importaba cuánto se escondiera bajo su capa de terciopelo verde esmeralda que tanto conjuntaba con sus ojos; sentía cómo la sangre de su cuerpo entraba en ebullición de la ira.

Porque todo paso que diera hacia el corazón de Londres, donde se encontraba el Heartless, el club de su hermano Dominic, tan solo le mostraría lo evidente:

Una mujer no poseía libertades, ni tampoco oportunidades. Y, si en algún momento podía tocarlas con las yemas de los dedos, tan solo sería despreciada por la sociedad.

Sin embargo, Susan era una Ward. No se alegraba de ello, pero también le proporcionaba los suficientes privilegios para que el temor a ser expuesta pudiera frenarla.

Por eso se permitió disfrutar de la vida buscando los derechos que también merecía.

Así fue como sus visitas a un club exclusivo de hombres no solo la hizo esconderse de sus temporadas, también la llevó hasta él.

Rowan Grey, el magistrado más implacable de Bow Street.

Al principio lo miró de lejos, pues todo el mundo lo respetaba tanto como deseaba su favor.

A veces se encontraba solo meciendo su copa con tal delicadeza que el líquido ambarino parecía convertirse en una bailarina que únicamente danzaba para él.

Otras, conversaba arrastrando las últimas sílabas recordando al mundo que el control estaba en sus manos.

Pero lo que más sorprendió a Susan no fue cómo conseguía que algunos caballeros apretaran los dientes al no contar con su atención, sino la manera con la que podía dar con su presencia cuando siempre había sabido muy bien cómo esconderse.

En un principio, sus valores le advertían que debía huir de allí.

Si Dominic se percataba de que no se encontraba en cada evento que organizaba su familia, tendría que enfrentar una buena reprimenda.

Aunque ese miedo comenzó a mitigar en el instante en que Phinneas, uno de los hombres que trabajaba para su hermano, le hizo llegar una misiva del mismísimo magistrado en la que ponía lo siguiente:

La belleza debe exhibirse, no esconderse en un rincón. Si gusta podemos conversar en un lugar más apropiado para usted. La veo en la parte de atrás para que me justifique por qué la cuarta hermana de los Ward se esconde entre las sombras. No se preocupe, prometo guardar su secreto.

Con interés y curiosidad, al ser descubierta no tuvo reparo en encontrarse con él.

Rowan era un hombre fornido, de melena morena de la que escapaban algunos reflejos grises.

Sus ojos eran rasgados, similares a los de un depredador.

La observaba con perspicacia y un interés que intentaba ocultar.

Pero lo que más llamaba la atención de Susan era esa fina sonrisa que se dibujaba en sus labios: cercana, modesta y un tanto pícara.

Sus primeros encuentros fueron lo que provocaron cierta adicción en la Ward, pues no solo le ofrecía una copa, sino que la trataba de igual.

Conversaban de cualquier asunto obviando que eran hombre y mujer.

Así, Susan disfrutó de temas de política, apuestas y aprendió a jugar a las cartas.

Hasta que un día se preguntó que, si podía disfrutar de toda situación por igual, ¿por qué no podía hacer lo mismo con el placer?

Desde entonces las largas charlas con el magistrado quedaron ahogadas en sus labios.

Su sonrisa, fresca y un tanto aterciopelada, no hacía eco en la estancia, quedaba eclipsada en la piel de la Ward, que, por primera vez en mucho tiempo, no se sentía invisible, sino poderosa.

Porque no era un hombre quien había tomado la decisión sobre ella, sino la propia Susan, quien tenía entre sus brazos a un hombre poderoso.

Por fin era ella la que tenía el control, y esperaba que nunca se le escapara de las manos.