CAPÍTULO 16 #2
El baño era grande, con unas luces blancas implacables.
Me acerqué al espejo, dejé el bolso en el lavabo y miré mi reflejo.
Mi respiración era tan corta que mi pecho subía y bajaba frenéticamente bajo mi blusa de seda.
Estaba enganchada. Esto era una droga sintética inyectada directamente en mis venas.
La idea de exhibir mi suciedad ante mis dos machos en mitad del horario de trabajo me estaba friendo los sesos.
Abrí la cámara del móvil. Llevé mi mano izquierda a la abertura de la falda de tubo y tiré de ella hacia arriba, arrugando la tela negra hasta dejar al descubierto mis muslos y mis bragas negras. El encaje estaba completamente empapado.
Con mi mano izquierda, tiré de un lado de la braga, apartando la tela y dejando al descubierto mi coño, rojo, hinchado y reluciente por mi propia lubricación y excitación.
El daño físico provocado el fin de semana era perfectamente visible.
La piel castigada por la fricción de aquellas dos inmensas pollas.
Apunté con el teléfono, posicionando el ángulo para captar desde mi ombligo hacia abajo, y tomé la foto.
El flash no saltó, pero la resolución dejó cada detalle a la vista.
Abrí el grupo ♠️ y envié la imagen sin escribir ningún pie de foto.
Me quedé apoyada en el lavabo de mármol del baño, con las piernas cruzadas, frotando mis adoloridos muslos el uno contra el otro, esperando a que explotara la bomba.
La respuesta tardó treinta agónicos segundos.
Diego: Joder. Puta madre. Me voy a volver loco dentro de esta oficina. Mira esto, Bruno.
Bruno: Es mía. Y está así de hinchada porque no tuvimos piedad. Bruno: Métete el dedo, amor. Piensa en mi gruesa polla desgarrando tu entrada. Piensa en Diego dándote por detrás mientras yo te beso en la boca. Graba un audio y envíalo para que podamos escucharte gemir.
La sumisión absoluta que aquellas órdenes me causaban era abrumadora. No eran solo dos tíos con los que follaba; eran mis dueños, y yo era la directora de mi propia sumisión.
Apoyé la cadera en el borde del lavabo de mármol. Bajé la falda y aparté mis bragas a un lado. La hendidura húmeda y ardiente de mi coño quedó expuesta al frío aire del baño. Pulsé el icono del micrófono en la aplicación de WhatsApp, manteniéndolo presionado con el pulgar.
Llevé los dedos índice y corazón de mi mano derecha directamente a mi intimidad. El contacto con mi propia carne hinchada me hizo soltar un gemido largo, ronco y sin filtros en el mismísimo primer segundo de la grabación. No dudé. Introduje ambos dedos en mi canal a la vez.
El agudo dolor mezclado con la excitación me desgarró. Estaba estrecho, sensible, divinamente adolorido.
—Ahhh... —gemí en el audio, mi voz saliendo arrastrada, sucia, ahogada—. Duele... aún me duele tanto. Me destrozasteis... La polla de Diego es tan pesada... La de Bruno es tan gruesa... Echo de menos que me aplastéis...
Movía los dedos en mi interior a un ritmo constante.
Slap, slap, slap. El húmedo sonido de la fricción de mis propios dedos en mi empapado coño quedó perfectamente claro en la grabación de audio.
Quería que oyeran el sonido de mi excitación.
Quería que se volvieran locos en los escritorios de sus oficinas, sintiendo que sus pollas latían a punto de rasgar sus pantalones, sabiendo que yo estaba encerrada en el baño de una agencia destrozándome mentalmente por ellos.
—Quiero volver a tener sus dos bocas en la mía...
—seguí susurrando al teléfono, cerrando los ojos, la cabeza echada hacia atrás, la luz blanca del techo estallando en mi párpado—.
Quiero ver a mi marido gemir el nombre de mi amante...
Quiero volver a verte a gatas para él, Bruno...
Me mojé tanto viéndole destrozarte el culo, amor...
joder... Apreté el clítoris con el pulgar, frotando con fuerza.
La tensión que se había ido acumulando en mi bajo vientre desde el momento en que me desperté y los vi durmiendo enredados alcanzó su punto crítico.
Me empezaron a temblar las piernas. Las contracciones involuntarias de mi musculatura vaginal me aplastaron los dedos.
Solté el botón del micrófono justo en el momento en que el orgasmo me invadió. El audio de cuarenta y cinco segundos fue enviado. El último golpe de la excitación acumulada.
Saqué los dedos de mi interior, jadeando, y se me cayeron las lágrimas por las comisuras de los ojos por el explosivo alivio del orgasmo.
Me arrodillé en el suelo del baño un segundo, con la falda subida por los muslos, tomando aire helado en mis pulmones.
El zumbido en mis oídos ahogó el ruido de la agencia exterior.
Estaba sola, sucia de mí misma, sentada en el suelo de baldosas caras, sonriendo como una lunática.
Me levanté apoyándome en el lavabo. Me lavé las manos con jabón líquido, me eché un poco de agua fría en el cuello y me retoqué el pintalabios.
Mi respiración volvió poco a poco a la normalidad, pero el aura que me rodeaba había cambiado.
Ya no era la profesional aburrida; era la diosa profana de una secta privada formada por tres miembros obsesionados.
El móvil parpadeó en el mármol.
Bruno: Hoy a las 20h. En el apartamento.
Diego: Los follaré a los dos hasta que sus piernas dejen de funcionar. No lleguen tarde.
Bloqueé la pantalla del teléfono, me lo guardé en el bolsillo de la chaqueta y salí del baño con la cabeza alta, los hombros rectos y la postura inquebrantable de ejecutiva perfectamente restaurada. La sonrisa cínica no se me borraba de los labios.
La jornada laboral terminaría a las seis en punto, pero mi verdadera vida, el caos visceral, denso y agresivo que ahora respiraba, empezaría a las ocho en punto.
Y la expectativa de tener a esos dos gigantescos hombres disputándose el territorio y rindiéndose el uno al otro en mi cama era lo único que me mantendría cuerda hasta entonces.