CAPÍTULO 16
Camila
La alarma de mi móvil vibró en la mesita de noche a las seis y media de la mañana en punto del lunes. El sonido metálico y burocrático, que durante años había dictado el inicio de mi monótona rutina, sonó como un insulto al santuario profano en el que se había convertido nuestra habitación.
Abrí los ojos lentamente, parpadeando ante la débil luz que intentaba colarse por las rendijas de las cortinas opacas. Intenté moverme, estirar los brazos, y mi cuerpo entero gritó en respuesta.
No solo estaba adolorida. Estaba destrozada.
Un dolor profundo, agudo y punzante irradiaba desde la base de mi columna vertebral, bajando por mis nalgas y extendiéndose por la parte interna de mis muslos.
Los músculos de las pantorrillas me hormigueaban, agotados de tanto contraerse y estirarse mientras me sostenían en el aire, apretada contra el cristal de la ducha o a gatas en el colchón.
Mi mandíbula crujió cuando intenté bostezar, un recuerdo fantasma del grosor de las pollas de Bruno y Diego atoradas en mi garganta.
Pero el dolor más indescriptible, el que me hacía cerrar los ojos y contener la respiración, se concentraba en el centro de mis piernas.
Mi coño estaba completamente hinchado, los labios mayores sensibles a la menor fricción de las sábanas arrugadas.
Mi canal vaginal palpitaba, un latido sordo y continuo que me recordaba a cada segundo que había sido destrozada una y otra vez, estirada hasta mi límite absoluto por dos hombres que no conocían el significado de la palabra "piedad".
Mi culo también ardía, el escozor residual del pulgar y la brutal invasión que dividió mi anatomía.
Era un dolor delicioso. Era el trofeo físico de mi propia depravación. El recordatorio tangible de que mi perfecta y aburrida vida como esposa corporativa había quedado reducida a cenizas, sustituida por un hedonismo sucio, pegajoso y sin retorno.
Giré milimétricamente el cuello sobre la almohada.
A mi izquierda, la escena era un cuadro de caos.
El colchón king-size parecía haber sido el escenario de una guerra.
Bruno dormía boca abajo, con la cara hundida en la almohada, su ancha espalda, musculosa y bronceada, subiendo y bajando con ritmo pesado.
Y justo detrás de él, el inmenso cuerpo de Diego.
El brazo tatuado del abogado descansaba de forma posesiva y pesada sobre la cintura de mi marido.
La pierna gruesa y oscura de Diego estaba entrelazada con las de Bruno.
Dormían como una sola entidad, una maraña de músculos, pelo, sudor seco y testosterona, completamente desmayados por el agotamiento físico de haberme follado a mí, y el uno al otro, durante todo el fin de semana.
Una sonrisa felina, cargada de lujuria y victoria, curvó mis labios. Había creado a ese monstruo de dos cabezas. Y me encantaba cada parte de él.
Me senté en el borde de la cama con la delicadeza de alguien que pisa cristales rotos.
Mis piernas temblaban. Me levanté y caminé hacia el baño, las rodillas amenazando con ceder a cada paso.
Me di una ducha rápida, el agua tibia lavando los últimos rastros de semen que insistían en pegarse a mi piel.
Me puse mi armadura de diario. Una falda de tubo negra de talle alto que me abrazaba las caderas a la perfección, una blusa de seda perla, una chaqueta de traje bien cortada y unos zapatos de salón negros.
Me cepillé el pelo y me pinté los labios de un rojo intenso.
Me miré en el espejo del baño. La despiadada directora de cuentas, la esposa sofisticada, la mujer que dirigía las reuniones con frialdad.
Nadie en la agencia de publicidad tendría idea de que, bajo esa seda y esa falda de sastre, mis bragas de encaje ya estaban húmedas, cubriendo un coño hinchado que aún olía a la corrida de dos machos.
Salí del apartamento en silencio. No quería despertarlos. Quería que se despertaran juntos, envueltos en las mismas sucias sábanas.
El trayecto a la agencia fue un ejercicio de autocontrol.
El asiento de cuero del coche me parecía demasiado duro.
Cada bache del asfalto, cada frenada en el tráfico, forzaba mi peso contra el asiento, enviando descargas eléctricas de dolor y placer por mi pelvis.
Cuando al fin aparqué en el garaje del edificio con paredes de cristal y caminé hacia el ascensor, tuve que forzar mi postura.
Enderezar la columna requería esfuerzo, y mis pasos estaban meticulosamente calculados para no mostrar el entumecimiento entre mis piernas.
Llegué a mi despacho, tiré el bolso de cuero en el sillón de la esquina y me senté en la silla ergonómica detrás de mi mesa de cristal. El mero hecho de sentarme y cruzar las piernas me arrancó un suspiro tembloroso. La tela de mis bragas rozaba directamente mi sensible clítoris.
Eran las nueve y cuarto de la mañana. El aire acondicionado central zumbaba, el teléfono de mi escritorio parpadeaba con dos llamadas perdidas, mi bandeja de entrada estaba atestada de hojas de cálculo de clientes y aprobaciones de campañas. El mundo empresarial exigía mi alma.
Pero mi cabeza estaba atascada en el piso treinta de mi edificio.
Encendí el ordenador y desbloqueé la pantalla del móvil, dejándolo sobre la mesa.
Intenté centrarme en el informe de métricas de una marca de cosméticos, pero las letras bailaban en la pantalla.
Solo podía pensar en el peso de Diego aplastándome la espalda, en la lengua de Bruno invadiendo mi boca mientras sus caderas me aplastaban los muslos.
Quería estar allí. Quería volver a tener sus bocas.
A las diez y cuarenta, el móvil vibró sobre el cristal de la mesa. La pantalla se iluminó.
Tenía una notificación de un nuevo grupo en WhatsApp.
Mi corazón se disparó en mi pecho. Deslicé el dedo por la pantalla y abrí la aplicación. El grupo no tenía nombre, solo un único emoji: ♠️. Había tres participantes. Bruno, Diego y yo.
El primer mensaje había sido enviado por Diego.
Diego: ¿Es cómoda la silla de vuestra oficina? Porque yo no soy capaz de sentarme bien en la puta silla de cuero de la mía.
Se me cayó el estómago a un pozo caliente.
La sangre me subió furiosa a las mejillas e, inmediatamente, a la entrepierna.
La imagen mental del arrogante abogado penalista, metido en su traje a medida, sintiendo el dolor en el culo en medio de una reunión porque mi marido lo había destrozado sin piedad el día anterior, fue el pensamiento más sucio y excitante que había tenido jamás en un lunes.
Aparecieron los tres puntos de estar escribiendo bajo el nombre de Bruno. Estaba conectado en el banco, probablemente en medio de una sala de cristal, fingiendo analizar el puto mercado financiero.
Bruno: Problema tuyo. La próxima vez, pídeme que te dé más suave. Aunque ayer gemías pidiéndome que te follara más profundo, ¿no?
Contuve la respiración, con los ojos muy abiertos, devorando las palabras en la brillante pantalla.
Se estaban provocando. No había arrepentimientos.
No había el incómodo silencio que sigue a una desastrosa borrachera.
La agresividad depredadora de ambos se desbordaba en la pantalla del móvil a plena luz del día, en horario laboral, y yo era el público VIP.
La respuesta de Diego no tardó ni cinco segundos.
Diego: Yo no te pido que te contengas, marido. Aguanto la paliza. Al contrario que tú, que ayer me tuviste que suplicar que te sacara la polla porque Camila se empezó a correr en tu cara y casi te desmayas.
Diego: Por cierto, ¿dónde está nuestra mujer? Muy calladita. Camila, ¿todavía te palpita el coño?
Me temblaban ligeramente las manos cuando cogí el teléfono.
Sentía cómo se me aceleraba el pulso. Mis bragas ya estaban irremediablemente empapadas, el líquido caliente corría por mi hendidura, manchando el fondo de algodón.
La audacia de aquellos dos lanzándose puyas como perros rabiosos peleando por el tamaño de su ego y arrastrándome al lodo era embriagadora.
Escribí rápido, mordiéndome el labio inferior pintado de rojo.
Camila: Apenas puedo caminar, hijos de puta. Y si tengo que escuchar una palabra más de un cliente hoy, me voy a volver loca. Solo puedo pensar en vosotros dos destrozándome en esa ducha.
La pantalla se quedó estática un segundo. Podía imaginármelos a los dos, en edificios diferentes, tragando saliva en sus escritorios, ajustándose los pantalones de traje por las inmediatas erecciones que les provocaría aquel mensaje.
Bruno: Manda foto.
La orden de mi marido fue corta, gruesa y directa. No dijo por favor. Exigía. El macho territorial quería ver lo que era suyo, y lo que ahora compartía con el otro macho de la manada.
Diego: Apoyo la moción. Vete al baño, Camila. Enséñanos lo hinchada que estás.
Solté el móvil en la mesa como si me quemara la piel.
Miré a través de la pared de cristal de mi despacho.
La agencia iba a mil por hora. Becarios corriendo con carpetas, directores de arte riendo junto a la máquina de café, clientes paseando por el pasillo.
La asfixiante normalidad del mundo real contrastaba con la absurda perversión de mi mundo privado.
Y fue precisamente ese contraste el que me hizo perder la cabeza.
Me levanté de la silla de un salto. El pinchazo en las lumbares me recordó el peso de Diego aplastándome contra el mármol.
Cogí el móvil, me alisé la falda de tubo con manos temblorosas y salí de la oficina.
Caminé por el pasillo en tacones, el sonido de clac, clac, clac resonando con firmeza.
Saludé a la recepcionista con un cortés asentimiento de cabeza y empujé la puerta del baño de ejecutivas.
Pasé el cerrojo de la puerta principal, asegurándome de estar sola.