El Amante de mi Marido CAPÍTULO 15 #2
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CAPÍTULO 15 #2

—Fóllame... joder... ¡Diego, fóllame más!

—suplicó Bruno, su masculinidad reducida a polvo.

Enterraba su propia verga en su mujer con una desesperación ciega.

Cada vez que yo sacaba mi polla, él se alejaba de Camila; cada vez que yo la hundía, él la destrozaba.

Lo estaba usando como mi propia extensión.

Solté las caderas de Bruno. Mi equilibrio perfecto me permitió erguir el torso, arrodillado tras él.

Me incliné sobre la ancha espalda de mi mejor amigo, aplastando mi pecho sudoroso contra su piel.

Apoyé ambas manos en los hombros de Bruno, inmovilizándolo, y bajé mi cara hacia el lateral de su cuello.

Hundí los dientes en la marca que le había hecho antes.

Bruno aulló, echando la cabeza hacia atrás.

Sus manos abandonaron el colchón y se agarró a las sábanas con furia.

Camila, intoxicada por el extraño voyeurismo y la excitación de sentir a su marido siendo devorado encima de ella, levantó el torso.

Agarró a Bruno por la nuca, le tiró de la cara hacia abajo y le besó con desesperación.

La escena me hizo estallar la mente. El sonido de sus lenguas chocando, la saliva brillando, los gemidos ahogados por sus bocas pegadas. Y justo detrás, yo destrozándole las entrañas con furia homicida.

El ritmo se aceleró hasta la locura histérica. ¡Plaf, plaf, plaf, plaf! La cama crujía bajo nuestro peso combinado. El coño de Camila chasqueaba, empapado. El sonido del lubricante hirviendo en el culo de Bruno era obsceno.

Las piernas empezaron a temblarle. Los músculos de su espalda que yo sujetaba estaban duros como el acero, estirados hasta el límite de lo soportable.

Estaba llegando al límite. La sobrecarga de tener su verga sumergida en el calor húmedo de Camila mientras su propia próstata estaba siendo masajeada por mi gruesa polla estaba destruyendo su sistema.

—Se está corriendo... ¡Diego, se está corriendo! —gritó Camila, rompiendo el beso, jadeando. Tenía los ojos en blanco. Su coño empezó a latir violentamente, y sus espasmos ordeñaron la polla de Bruno.

Sentí el cambio. El culo de Bruno se contrajo alrededor de mi verga con una fuerza aplastante, atrapando mi polla en una trampa de carne caliente. La presión era insoportable. La base de su cuerpo se bloqueó.

—¡AAAAAAAAAH! —Bruno soltó un rugido atronador que le desgarró la garganta.

El orgasmo lo golpeó con la fuerza de un rayo.

Pude ver, por el ángulo por encima de su hombro, los chorros calientes y espesos de su semen inundando lo más profundo del coño de Camila.

Todo el cuerpo de Bruno temblaba en un espasmo brutal, las venas abultadas, el cuello estirado.

Chorreaba sin parar, llenando a su mujer con su semen, completamente rendido.

El coño de Camila se contrajo aún más. Gritó mi nombre y el de Bruno, con los pechos rebotando mientras explotaba en su propio orgasmo, con las uñas desgarrando la piel de la espalda de su marido.

La doble succión de mi verga y la visión de mi mejor amigo corriéndose mientras me lo follaba por detrás me hicieron perder el control.

—¡JODER! —grité, con los dientes clavados en el aire.

Agarré los hombros de Bruno con fuerza brutal, enterré mi verga hasta el hueso en un último impacto letal y exploté.

El chorro caliente y pesado de mi semen salió disparado contra las paredes de su recto.

El calor de mi corrida le invadió, espeso y abundante.

Una, dos, tres, cinco veces. Vacié mis testículos dentro de sus entrañas, sintiendo que su cuerpo absorbía cada gota de mi masculinidad.

La fuerza del orgasmo me anestesió las piernas, y solté un profundo gruñido mientras mi verga palpitaba los últimos latidos mortales en su interior.

El colapso fue inevitable y simultáneo.

Los brazos de Bruno cedieron. Su enorme y pesado cuerpo se desplomó sobre Camila, aplastándole los pechos contra el colchón.

El peso del colapso de Bruno tiró de mi cuerpo hacia adelante.

Mi pecho aplastó su espalda. Caímos los tres, amontonados en una montaña de carne sudorosa, jadeante y destrozada.

El silencio se tragó nuestros gritos, reemplazado por el sonido ensordecedor de los tres jadeando desesperadamente luchando por oxígeno.

La polla de Bruno seguía clavada dentro de Camila. Mi verga seguía enterrada en su culo. Estábamos sellados, los engranajes de un sándwich humano bloqueados por el agotamiento absoluto y la suciedad de nuestro propio deseo.

La saliva de Camila mojó el hombro de Bruno. El sudor de su espalda se me pegó al pecho. Podía sentir el corazón de mi amigo latiendo furiosamente contra mi estómago, el mismo estómago que tocaba el suyo.

Poco a poco, a medida que la adrenalina disminuía, Bruno volvió la cara a la derecha, hundida en la almohada junto a la cara de Camila. No se movió para echarme de su interior. Tomó aire con fuerza y sus ojos negros entornados se cruzaron con mi visión periférica.

—Si te crees... que te voy a dejar andar mañana, Diego —jadeó Bruno, con la voz increíblemente débil, pero cargada con la misma promesa sádica que compartíamos—, estás muy jodido.

Solté una carcajada ronca, sin aliento, y mi pecho vibró contra su espalda. Camila soltó un largo y satisfecho gemido debajo de todo ese peso, y sus manos se deslizaron por la espalda de su marido y por mis piernas.

Ya no éramos dos hombres compartiendo a una mujer.

Éramos un organismo vivo, sucio, visceral y absolutamente perfecto.

El matrimonio del anuncio de margarina se había reducido a cenizas.

Y en su lugar, habíamos construido nuestro propio altar.

Y en ese altar, el deseo no tenía reglas.

No tenía límites. Solo estábamos nosotros tres, empapados los unos de los otros para siempre.