Capítulo 27
U n rugido rasgó el cielo. Fue un rugido que acalló el martilleo de las armas, el chirrido de los motores. Un rugido tan intenso, tan antiguo, que fue como si la Tierra misma hubiera despertado.
Una cabeza poderosa apareció entre las nubes, una cometa de escamas y dientes y cuernos retorcidos. Las alas, grandes como lagos. Alex se llevó las manos al pecho; al verlo, a su cuerpo lo había inundado el alivio. Era inmenso.
—Se acabó —dijo en un susurro.
En los ojos de Oliphos brillaban luces titilantes, como si galaxias enteras giraran en su interior.
Sus escamas eran del color de las hojas de otoño, estaban arrugadas como la corteza de los árboles, y de su mandíbula colgaba una barba enmarañada de espeso vello gris.
Sus alas batieron una vez y un vendaval barrió el prado.
Los aviones perdieron el control y comenzaron a girar sobre sí mismos.
Dio un coletazo al cambiar de dirección.
Alex no podía creer que algo tan inmenso pudiera moverse a esa velocidad, con ese cuidado.
Oliphos escupió una serpiente enroscada de llamas doradas que formaron un remolino como si tuvieran vida propia y, al expandirse, golpearon a tres aviones a la vez y prendieron fuego a sus motores.
Con una pata arrancó a un cuarto avión del cielo, y sus ojos brillaron de regocijo cuando el hombre que había dentro chilló y saltó de la cabina.
Con las prisas se había olvidado del paracaídas, pero Oliphos lo recogió con la punta de una garra y lo dejó con delicadeza en el barro.
Al otro lado del prado, los demás aviones dieron media vuelta y huyeron.
Kaida y Shanks salieron corriendo de su escondite, aullando y dando gritos de alegría mientras los humanos regresaban a Undwin entre chillidos, dejando un rastro de humo y de metal por el cielo.
En pocos segundos, Oliphos había logrado que solo quedara una decena de aviones.
Emory Steen hizo virar el suyo hacia él, como si por alguna razón pensara que podía derrotar a una montaña viviente.
Con una lanza de fuego, Oliphos incendió la aleta de cola de otro avión, que entró en barrena y cayó directo entre sus mandíbulas expectantes; a continuación, lo escupió entero en un estanque.
Alex puso una mano sobre la cabeza de Rannock.
—Ahora puedes transformarte. Ha llegado Oliphos, la batalla ha acabado. Nadie va a hacerte daño, ni a ti ni a ningún otro dragón.
Rannock suspiró.
—Le encantan las entradas triunfales —dijo la mujer con un susurro antes de abrir el ojo y mirarlo con cariño.
De repente, el ojo le tembló de terror.
Oliphos lanzó un rugido gutural y cavernoso, tan ruidoso que hizo añicos las ventanillas de los aviones que le rodeaban.
Tiró la cabeza hacia arriba mientras la electricidad danzaba sobre sus escamas.
En su costado comenzó a crecer una mancha plateada, como una costra de metal fundido, y de él surgía un rayo de luz.
Drak Midna avanzaba por el prado con el cetro de Rackabimbus en la mano, apuntándolo directamente contra Oliphos.
—¡NO! —gritó Alex.
Una tormenta de humo negro se arremolinó en torno a Oliphos.
Sus gruesos zarcillos lo engulleron mientras no dejaba de retorcerse y bramar.
Alex corrió detrás de Drak Midna, que levantó la mano metálica.
Sintió una ráfaga de aire que fue un puñetazo contra su estómago, y su cabeza dio un golpe seco contra el suelo.
Gimió, intentó ponerse en pie sin dejar de observar la tormenta que se cerraba sobre Oliphos.
Pronto, solo quedaban a la vista sus ojos enormes, las fauces abiertas en un rugido final.
Pero este se interrumpió, la tormenta lo consumió por completo, se encogió y se posó sobre el suelo convertida en una nube diminuta.
Las últimas volutas se esfumaron y por debajo apareció un hombre. Solo y pequeño.
Drak Midna gruñó con el cetro chispeando en su mano. Lo tiró al pantano e hizo una mueca al ver las feas quemaduras que le había dejado en la piel.
—Supongo que solo funciona una vez. Bueno, pero ha valido la pena, ¿no crees? Oliphos no habría hecho más que entrometerse. Tiene buena voluntad, pero nunca ha entendido las cosas. Mientras haya un solo humano con vida, los dragones no estarán a salvo.
Oliphos se puso en pie en el barro. La magia del cetro parecía haberle drenado la energía: se le veía viejo, frágil y agotado. Paseó la mirada por el prado, pero no reparó en la presencia de Alex.
—¡Oliphos! —le llamó ella, pero el chirrido de un motor ahogó su voz.
Un avión de color violeta atravesaba veloz el cielo y se encaraba hacia el suelo.
Hacia Oliphos.
—No —gimió Alex—. ¡No, NO, OLIPHOS! —gritó de nuevo.
Necesitaba que la viera, necesitaba que él supiera que no estaba solo.
—No puedes hacer nada —le dijo Drak Midna—. Oliphos pertenece al ayer. El mañana es mío.
Alex echó a correr a toda velocidad, sus botas chapoteaban en una marisma que parecía querer absorberlas.
El sol comenzaba a asomar poco a poco por el horizonte, su luz se derramó sobre los restos de los aviones y los charcos de fuego.
Se le rompió el corazón al ver mejor a Oliphos, al reparar en la pena de su rostro mientras el avión de Steen se lanzaba hacia él.
Oliphos inclinó la cabeza. Cerró los ojos.
—¡Mira, Alex, ha salido el sol! —gritó Drak Midna, feliz—. Un nuevo amanecer.
Al fin Oliphos la oyó llegar. La miró y le sonrió; no dejó de hacerlo ni cuando el avión comenzó a disparar.
—No —susurró Alex, que se acordó de su padre. Un escalofrío recorrió su piel—. Yo soy el amanecer.
Levantó un brazo, lo vio convertirse en humo.
Ya no tenía miedo.