Capítulo 26 #2
Él negó con la cabeza con gesto grave.
—Alex, sabes que normalmente lo haría, pero hoy la necesito muerta. —Le mostró la Filacteria—. Los magos dejaron un potente hechizo protector sobre esta caja. Lo único que puede destruirla, y liberar mi verdadero yo de su interior, es la sangre fresca de un dragón muy poderoso. Un dragón como ella.
Señaló a Rannock, que golpeó un avión con la cola y lo hizo caer en barrena al suelo. Pero no reparó en el aeroplano violeta de Emory Steen, que llegaba desde abajo apuntando contra la parte blanda de su vientre. Se oyó un ruido sordo y un arpón salió disparado desde el ala de ese avión.
Se clavó en la base del cuello de Rannock.
—¡NO! —chilló Alex mientras Rannock lanzaba un grito extraño, estrangulado, como si la mitad de su rugido se hubiera extraviado a medio camino, en la garganta.
Cayó veloz, su poderoso cuerpo daba vueltas y su sangre negra rociaba una gran extensión de prado.
Se estrelló contra el suelo, que tembló.
Montañas de tierra y mares de agua pantanosa salieron disparados por los aires.
Rannock rodó sobre sí misma, quedó descansando con un ala torcida por debajo del cuerpo y la otra plagada de agujeros de bala.
Golpeó el suelo con la cola y se quedó quieta.
Alex corrió por el barro, que intentaba tragarla, y se dejó caer junto a la enorme y melenuda cabeza de Rannock. Tenía el ojo rojo medio cerrado, pero miró a Alex cuando se acercó.
—Huye, corderita —le susurró, apenas separando los labios—. Vendrán a rematarme.
En el costado de Rannok había centenares de agujeritos.
—¡Transfórmate! —gritó Alex, mientras el agua a sus pies iba volviéndose negra—. ¡Transfórmate ahora o morirás!
Rannock levantó la mirada con mucha lentitud hacia el cielo.
—Me matarán de una manera u otra. Y, si debo morir, lo haré en mi forma verdadera, no en la de los monstruos que acaben conmigo.
—¡No seas tozuda! —rugió Alex, y golpeó uno de los cuernos de su maestra.
Rannock la miró a los ojos y, por primera vez, Alex pensó que extrañamente parecía tranquila.
—¿Sigues asustada, dragoncita? Bueno, no te preocupes. Yo también.
Exhaló un aliento prolongado y dolorido, que recorrió su cuerpo como una onda y que salió de su hocico convertido en una nubecilla de vapor.
Cerró el ojo. Arriba se oyó el ruido sordo del fuego de ametralladora: Kaida daba vueltas a la mayor velocidad posible, pero tres aviones la perseguían con espadas que eran chorros de balas.
Al otro lado del prado, Shanks soltó un alarido cuando un avión se estrelló contra él y roció el cielo de metal y de fuego.
Unos pasos chapotearon cerca de ella. Él había llegado junto a Rannock y estaba poniéndose en cuclillas al lado de un charco de sangre.
—¡Apártate de ella! —gritó Alex, que corrió hacia el hombre con los puños en alto.
Él ni la miró, se limitó a levantar una mano metálica. Siguió una palpitación grave que levantó a Alex por los aires. Las maltrechas alas quedaron aplastadas bajo su cuerpo cuando cayó.
Él dejó la Filacteria en la sangre de Rannock con el cuidado que pondría alguien al encender una vela en la iglesia. Entonces se puso en pie y comenzó a dar golpecitos de impaciencia con el bastón sobre las escamas de Rannock. Cerró los ojos. Inspiró larga y profundamente.
Y se echó a reír.
—Oh, Rannock. —Negó con la cabeza—. Hasta muerta me decepcionas. —Miró a Alex con lágrimas en las mejillas—. ¿Te puedes creer que su sangre no es lo bastante fuerte?
Cogió la Filacteria del charco con la mano metálica y se sacó un pañuelo del bolsillo para limpiar toda la sangre que había en la caja.
—Aunque, puesto que he tenido que esperar durante tres mil años, ¿qué importa un poco de tiempo más? —Tosió de manera desagradable—. Suponiendo que este… cuerpo patético… pueda aguantar.
Miró un avión que volaba bajo.
—Los humanos son unas criaturitas muy tenaces, ¿verdad?
Y malignas… Sí, yo sé mejor que nadie de lo que son capaces.
Ni siquiera yo… —Se enderezó—. Ni siquiera Drak Midna puede derrotar a la humanidad por su cuenta y riesgo.
Desde la Guerra se han multiplicado como roedores y sus armas se han vuelto mucho más poderosas.
Mucho más crueles. Pero ahora tengo el arma que necesitaba.
Alex miró la cajita en sus manos. Él reparó en su mirada y sonrió.
—Oh, no, esto no, Alex. Tú.
Ella frunció el ceño, distraída, asegurándose de que aún sentía el débil latido del corazón de Rannock.
—¿Qué quieres decir con eso?
Él la señaló con un dedo metálico.
—Puedes sentir sus espíritus. Solo tú puedes saber quién es un dragón y quién no.
Ahí fuera hay un mundo entero de dragones ocultos que están esperando a que los despierten…
y tú los encontrarás por mí. Me traerás un ejército, y la Guerra comenzará otra vez.
Te lo dije, Alex, ¿recuerdas que te lo dije?
Vamos a destruirlos a todos. La medianoche caerá sobre la humanidad y, cuando llegue un nuevo día, será el amanecer de los dragones.
—No pienso ayudarte —gruñó ella.
—Oh, quizá no quieras hacerlo ahora, pero cambiarás de idea.
Mira el cielo, Alex… Mira a tus amigos. Hay muy pocos dragones y demasiados humanos.
Si los dragones quieren sobrevivir, tendrán que luchar.
Y si quieren vencer, bueno, entonces te necesitan.
Solo tú puedes encontrar a los durmientes que hay desperdigados por el mundo.
Si no, en fin, este es el destino que nos espera a todos.
Volvió el dedo hacia la batalla de las alturas, y Alex vio desesperada que Kaida y Shanks se estrellaban juntos contra el suelo, con sangre brotando entre sus escamas.
Se transformaron: una chica y un chico que lloraban abrazándose a la sombra de un árbol mientras la mitad de los aviones del cielo abría fuego contra Graddax.
Rannock emitió un gemido grave. Alex cayó de rodillas.
—No pasa nada —dijo Drak Midna, poniéndole la mano en el hombro—. Van a morir hoy, pero podrás cobrarte venganza. Te lo prometo.
Se sacudió para quitarse la mano de encima y dejó caer la cabeza entre las manos. Las lágrimas se colaron entre sus dedos. La dolorosa esquirla que tenía alojada en el pecho se estaba clavando a mayor profundidad en su corazón. No sentía más que miedo.
Entonces, un trueno resonó en el cielo.
Alex levantó la vista. Las nubes estaban teñidas de tonos de gris oscuro y violeta, las atravesaban columnas de humo, las llamaradas del fuego de dragón que iban desapareciendo. Pero en lo más alto, por encima de todo ello, crecía una sombra. Y la acompañaba el trueno, profundo e interminable.
Otro dragón se estaba sumando al combate. El dragón. Alex abrió mucho los ojos, fascinada.
—Oliphos.