El amanecer de los dragones (Dragonborn 1) Capítulo 26
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Capítulo 26

A lex aterrizó sobre nada, con suavidad, como si hubiera golpeado contra una montaña de mil almohadas. Se quedó flotando a tres metros del suelo.

Pups estaba bajo sus pies, con expresión reconcentrada y una mano envuelta en un guante plateado elevado hacia ella. Con cuidado, la hizo descender hasta el barro y entonces agitó los dedos metálicos.

—He encontrado uno de repuesto.

Alex se volvió hacia el combate, golpeó el botón entre sus hombros, una y otra y otra vez, mientras la desesperación le pesaba cada vez más sobre el pecho.

—Vamos…

Pero las alas no se agitaron siquiera.

—Alex, deja de preocuparte. Tampoco es que ahí arriba puedas marcar la diferencia.

—¡No deberías estar aquí, Pups! —gritó Alex—. No es seguro.

—Oh, confía en mí, nadie ha considerado nunca que Archibald Puppinsworth sea una amenaza.

Bonburra rugió mientras las balas repiqueteaban contra sus escamas y soltó la cola. El latigazo hizo que un avión comenzara a girar dentro de una nube de humo. Alex no llegó a ver si su piloto se las arreglaba para escapar a tiempo.

Pups seguía cotorreando:

—«No es más que un vejestorio», decían. La gente siempre ha subestimado al pobre Pups. Pero, claro, ¿acaso no era ese el objetivo?

—Pups, ¿quieres callarte de una vez? Tengo que ayudarlos.

Él se apoyó con fuerza en el bastón y observó el caos que había en las alturas.

—Ya te lo he dicho, Alex… No puedes detener esto.

Es inevitable. Humanos y dragones enzarzados en una batalla, igual que en los viejos tiempos.

Solo que esta vez con aviones. —Se palpó los bolsillos de los pantalones e hizo una mueca de disgusto—.

¿No me he traído papel y bolígrafo? Es una historia que valdrá la pena poner por escrito: ¡el día en que la Guerra volvió a estallar!

—¡Pups, esto es serio! —gritó Alex, señalándose las alas—. ¿Puedes hacer algo para arreglarlas? Espera un momento… —Se detuvo a mirar a Pups de arriba abajo—. ¿Cómo has llegado hasta aquí?

Pero el anciano seguía mirando el cielo, melancólico y fascinado por sus propias palabras.

—Siempre se me ha dado bien contar historias.

De hecho, llegaría al extremo de afirmar que es mi punto fuerte.

Ah, son notables de verdad, Alex. Las historias.

Y es que, con una buena historia, puedes hacer que la gente crea lo que quieras.

—Se dio unos golpecitos en el bolsillo del chaleco—.

Ah, justo lo que buscaba —dijo, y sacó la Filacteria.

Alex retrocedió, tambaleándose.

—Pups… —Tragó saliva, sintiéndose como si estuviera bajo una ducha helada—. ¿Qué… qué haces con eso?

—¿Humm? Oh, ¿la Filacteria? Te la robé cuando estabas llorando encima de Erik.

—La hizo girar entre las manos y entonces soltó una risita—.

Un ejército dentro de una caja, bueno, esa es una buena historia.

Wigberto los engañó bien con esa profecía suya: la mitad del mundo ha estado tirándose de los pelos por encontrar una cajita.

Podría haber dicho que contenía la inmortalidad, claro, o riquezas, sí, eso también podría haber funcionado.

Pero lo que la gente ansía de verdad, Alex, es el poder.

—Pegó la Filacteria a su pecho y miró a la muchacha—.

¿Te gustaría saber lo que hace de verdad?

A Alex, el corazón le latía con tanta fuerza que apenas podía oír sus ideas.

—Ya me dijiste lo que hace: sirve para encontrar espíritus de dragones.

—No, no, no, no, no. —Agitó un dedo hacia ella, y sus ancianos ojos parecieron de repente irritados—.

Eso no fue más que otra historia. Y tú me creíste, por supuesto que sí: ¿por qué iba a intentar engañarte el tonto de Pups?

Yo solo te dije que hace lo que más desees, Alex.

La verdad es que deberías haber leído el libro del Hermano Berrywinkle: ese querido monje no menciona en ningún momento para qué sirve la Filacteria en realidad.

—Pero… pero la he usado. ¡La he usado hoy mismo! Estaba en las profundidades de Undwin y he notado que Erik estaba en la superficie.

Pups abrió más los ojos.

—¿Eso has hecho? ¡Estupendo, es lo que esperaba! Pero no ha tenido nada que ver con la Filacteria, has sido tú solita. Tú puedes percibir los espíritus de dragón, Alex, ¿o es que no te has dado cuenta? Los de los muertos y los de los vivos. Lo descubrí el día que nos conocimos.

Bajó la vista hacia la caja y pasó el pulgar por uno de los dragones plateados de su superficie.

—Gracias por encontrarla. Llevo toda la vida buscándola.

Varias vidas, de hecho. Tantas vidas, Alex…

He sido reyes, emperadores… ¿te lo imaginas?

He quemado ciudades enteras en su busca.

—Sujetó la caja con fuerza—. Fui un profeta loco, que embaucó a millones con una profecía estúpida para que me encontraran esto.

—Se rio—. Claro que funcionó un poco demasiado bien: ¡siempre acababan matándose entre sí antes de que yo pudiera hacerme con ella!

He sido inventores famosos, artistas, ¡incluso un vigilante del zoo!

Y entonces me convertí en… en este anciano malhumorado que viajaba por el mundo en busca de artefactos extraños, que contaba historias fantásticas y que hacía amigos en los lugares adecuados.

Pero siempre me han subestimado. El tonto y enfermizo Pups.

No, él nunca daría problemas. Nunca se interpondría en el camino de nadie.

Pero, que Dios lo bendiga, se le da bien encontrar cosas.

Cuando entraste en la tienda apenas te presté atención: no eras más que otra pobre niña que iba camino de sumarse a Oliphos y su inútil causa.

¡Entonces te pusiste a hablar con el cráneo y supe que mi día había llegado!

Llevaba tanto tiempo buscando, sin dejar nada más que muerte y cenizas a mi paso.

¡Pero al final eran los muertos quienes tenían la respuesta!

Alex se alejó otro paso de él.

—¿P-P-Pups?

—Pups ha muerto, Alex. —Se volvió hacia ella, con una sonrisa taimada—. ¿Sabes quién soy?

Alex tenía la garganta seca como la arena.

—Sí —contestó en un susurro.

Él negó con la cabeza.

—No, no lo sabes. —La sonrisa se borró—.

No. —Sus ojos se endurecieron, ganaron seriedad—.

No. —Se irguió, como una planta marchita justo después de que la rieguen—.

No. No tienes ni la menor idea de quién soy en realidad.

He sido muchas historias a lo largo de los años.

Muchos relatos, con muchos títulos. Pero la principal historia habla de un dragón, el más poderoso de todos, cuyas alas traen la venganza, cuyo fuego trae la muerte.

El dragón que desafió a los humanos y su sed de violencia, y que algún día los borrará de la faz de la tierra.

—Sus labios se curvaron para lanzar un gruñido—.

Quemará hasta su recuerdo, hasta que no sean nada. Ni siquiera una historia.

Sus ojos resplandecieron, dorados, mientras levantaba la Filacteria.

—Y ahora tú me has traído a ese dragón.

Alex miró la caja, luego a Pups, luego volvió a mirar la caja.

—Pero…

—Alex, ya te lo he dicho. La caja no contiene un ejército ni tampoco sirve para encontrar espíritus de dragón.

¡Nunca ha servido para eso! Recuerdas nuestra charla del otro día, ¿verdad?

Sobre esos malvados magos humanos y su misión para arrebatarle a un dragón el espíritu del cuerpo…

Bueno. —Los labios de Pups se curvaron con amargura—.

Al final encontraron la manera de hacerlo.

Cuando se hizo el Gran Ensalmo, robaron una parte de su enorme magia y la usaron para arrebatarme el espíritu.

—La miró de repente—. N-no puedo transformarme.

—Por primera vez le tembló la voz, como si se sintiera avergonzado—.

Llevo tres mil años sin adoptar mi forma verdadera.

Inténtalo, Alex, busca al espíritu de dragón que tengo en mi interior.

No lo encontrarás. Pero sí lo harás si buscas aquí dentro.

Alex se quedó mirando la cajita dorada y notó una palpitación sorda en el pecho, que hizo prender una hoguera, y el fuego se derramó por sus venas. Estaba enojada, más enojada que nunca, y a punto de gritar de dolor, pero se obligó a volver la cabeza.

—Qué objeto más pequeño y ridículo. —Pups dio unos golpecitos sobre la caja con la uña—. Se parece bastante a este endeble caparazón de piel y huesos. Cuando encontré a esos magos y les enseñé de qué era capaz este endeble caparazón, bueno… ya lo habían escondido.

Había dejado de apoyarse en el bastón, pero lo sostenía con indiferencia a un lado. Alex no se había dado cuenta nunca de lo alto que era. De lo fuerte que era. Sus ojos nublados se habían vuelto claros, azules como el cielo veraniego.

De repente soltó una tos seca.

—Claro que, sin mi espíritu de dragón y el don de una larga vida, he tenido que recurrir a métodos bastante dudosos para no morir.

—Tosió de nuevo—. Por cierto que lamento que te echaran la culpa…

Créeme, no disfruté en absoluto correteando por la oscuridad con Erik para drenar el alma de esas pobres criaturas.

Criaturas queridas, de hecho, porque alguien debía amarlas para que el hechizo funcionara.

—Lanzó un largo suspiro—. Y pensar en el poder que llegué a detentar.

Hubo un tiempo en que dragones como Rannock habrían sido felices luchando a mi lado. Ah, mira eso. ¿Qué está pasando?

En lo alto, Rannock giraba entre las nubes, rodeada por una decena de aviones cuyas armas desprendían destellos brillantes. Tenía una herida en el ala derecha, que batía con debilidad, y su cuerpo entero se inclinaba hacia un lado. Rugía mientras los aviones le picaban como avispas rabiosas.

Alex se tapó la boca con la mano y buscó al resto de los dragones en el cielo, pero todos tenían sus propias batallas que luchar, todos estaban solos. Desesperada, Alex palmeó el botón de su espalda y las alas lanzaron chispazos de luz mágica.

—¡Haz algo, Pups! —chilló—. ¡No podemos dejar que le hagan daño!