Capítulo 25 #3
Alex volvió la cabeza, vio que otros aviones daban vueltas por encima de la batalla, como esperando la oportunidad para atacar. Al otro lado del prado, Bonburra soltó un chorro de llamas cegadoras que bañaron un avión de color verde lima sin provocarle el menor daño.
—¡Dirígete hacia ese avión verde! —gritó Alex, y Kaida giró las alas para acercarse a él.
Se aproximó tanto que Alex pudo ver la cara de duende que llevaba pintada al frente, la sonrisa del piloto en la cabina y el artilugio negro pegado al techo; el mismo que había visto en el hangar de Undwin. Estiró la mano enguantada, se concentró con fuerza y rogó porque aquello funcionara.
Se oyó un gemido metálico. Una luz anaranjada recorrió el avión. El sudor rodaba por la mejilla de Alex, que notaba una presión cálida y creciente en la palma de la mano.
El artilugio se levantó por una de sus esquinas; un clavo salió escupido y a continuación el aparato se separó por completo del resto de la nave.
—¡Ha funcionado! —gritó Alex de alegría mientras la luminosidad naranja crepitaba y desaparecía.
Kaida y los demás rugieron, victoriosos. El piloto se volvió al oírlo y la carlinga se nubló con sus gritos.
—¡No le hagas daño! —gritó Alex al ver que Ferox se dirigía veloz hacia el avión con las garras enhiestas, relamiéndose—. ¡Tiene que poder lanzarse en paracaídas!
Ferox rugió, molesto, y lanzó una llamarada contra el motor de la nave. Este comenzó a expulsar unas nubecillas de humo negro y el piloto manoteó en busca del botón que tenía junto al asiento. Entonces salió disparado y su paracaídas se abrió de golpe. Lo adornaba un cráneo de dragón.
—¡No, no te lo comas, Ferox! —gritó Alex.
El dragón cerró la boca y dejó que el hombre se alejara volando.
—Uno menos —dijo Alex, sintiendo un chispazo triunfal—. Ya solo faltan noventa y nueve.
Kaida rugió cuando un avión de color negro se dirigió a toda velocidad hacia ellas.
Su ala golpeó a Pan, que chilló echándose a un lado bajo una cascada de chispas anaranjadas, hecha una maraña frágil de alas y patas.
Alex apenas dispuso de un instante para ver la expresión cargada de odio de la mujer en la cabina antes de que abriera fuego. Todas sus armas apuntaban a Kaida.
Shanks golpeó el avión con fuerza; siseó al verse atravesado por la magia anaranjada, pero había desviado su curso. Las balas se desperdigaron por el prado pantanoso que había bajo sus pies; ni una llegó a impactar en Kaida.
Y, mientras el avión las dejaba atrás, Alex estiró el brazo hacia el aparato de su parte trasera y se lo arrancó.
La magia de color naranja parpadeó, desapareció y, al instante, Pan estaba encima del avión, arrancándole las alas como si estuvieran hechas de papel. El tronco mutilado se precipitó hacia el suelo y un puntito minúsculo salió disparado de él en una maraña de cuerdas de paracaídas.
El grito de alegría de Alex se vio interrumpido por un gran rugido que brotó de las profundidades de la tormenta. Un arpón sobresalía del costado de Graddax, y de él brotaba como un lazo la sangre negra del dragón.
—No —gimió Alex—. ¡Esto es demasiado lento! No podemos ir de uno en uno.
Examinó los aviones por debajo de ella, imaginándose que tenía a Erik al lado, como si estuvieran discutiendo la estrategia previa a un tumultoso.
Se dio cuenta de que, en vez de rodear a los tres dragones adultos para abrumarlos con sus balas, estaban desperdigados de manera regular por el cielo.
Como si se tratara de una red enorme, un débil brillo luminoso los conectaba a todos.
Alex se incorporó sobre el lomo de Kaida y paseó una mirada veloz por el prado. La red era idéntica a uno de esos símbolos dorados que Gwinnie dibujaba al realizar sus hechizos.
—Las hadas hicieron esos aparatos —se dijo a sí misma.
Kaida gruñó desde abajo.
—Bueno, porque la magia de las hadas se alimenta de símbolos —le explicó Alex, recordando las palabras de Steen aquella noche—. Mira cómo vuelan… Parece que formaran parte de una red… ¡Eso debe ser lo que da poder a los escudos! Quizá podríamos hacer que se separaran, de alguna manera, o…
Se fijó, en el centro mismo, en un avión de color violeta que volaba en círculos cerrados.
Bajo su mirada, el avión se niveló para perseguir a Rannock.
Un arpón repiqueteaba entre sus escamas, las balas perforaban los huecos entre ellas.
Pero, por alguna razón, en vez de continuar con su ataque, Steen se apresuró a recuperar su posición en la red y dejó escapar a Rannock.
—Él es el centro —dijo Alex—. El centro del símbolo. Quizá, si rompemos el aparato de su avión, también interrumpamos la conexión entre todos ellos.
Oyó el chirrido de unas hélices: tres aviones llegaban a toda velocidad desde abajo. Kaida bufó, se hizo a un lado para evitar la lluvia de balas, y Alex tuvo que aferrarse a ella con fuerza cuando su mundo quedó boca abajo. Vio que perseguían a Pan por las alturas. No encontró a Shanks ni a Ferox.
—¡Kaida! —gritó Alex—. ¡El avión violeta, rápido!
Su amiga se deslizó entre dos aviones. Alex notó la presión del aire contra el cráneo mientras descendían en picado hacia la tormenta.
La inmensa cola peluda de Graddax, de la que sobresalían arpones como si fueran las púas de un puercoespín, pasó junto a ellas.
Un enorme ojo de color rojo parpadeó a su lado.
—¡NO! —rugió Rannock. Alex reconoció la angustia en su tono pese a que había usado su voz de dragón—. ¿QUÉ ESTÁIS HACIENDO AQUÍ?
Kaida chilló cuando un arpón pasó a unos centímetros de su cuerpo.
Y, al apartarse de golpe, Alex salió despedida de su lomo.
El aullido del viento la azotaba, haciéndola girar sin descanso, y pensó que iba a devolver.
Apretó los dientes y, sujetando la espada con fuerza, intentó alcanzar el botón de la espalda.
Sus dedos frágiles lo encontraron al fin, las alas se abrieron de golpe e interrumpieron su caída con una dolorosa sacudida.
Giró para orientarse y gimió al ver que el avión de Emory Steen disparaba contra Kaida, que viraba con brusquedad mientras las balas surcaban veloces el cielo.
—¡Kaida! —rugió Alex, acercándose y rogando porque pudiera oírla por encima del estallido de las armas—. ¡Atráelo y haz que pase por debajo de mí!
Kaida se volvió de inmediato y se dirigió hacia Alex. Con la elegancia de un águila, el avión de Steen hizo un viraje y Alex vio que iba tras su amiga, pero se concentró en el artilugio que llevaba en lo alto. Apagó las alas y cayó a través del aullido del viento. Estiró la mano, temblorosa.
Y, en el último instante, Steen miró de repente hacia arriba y la vio.
Su avión se elevó hacia ella y Alex chilló al ver los chispazos de magia que siseaban sobre su superficie, que saltaban como diminutos pececillos y le mordisqueaban la piel.
Lanzó el guante hacia delante, sus dedos recorrieron el metal en una explosión de chispas azules y naranjas: la magia del guante se estaba enfrentando a la magia del avión.
Alex gritó al notar unas descargas eléctricas en el brazo.
Miró furiosa el artilugio negro, lejos del alcance de su mano.
Levantó la espada y la hizo caer con fuerza.
La hoja atravesó la magia de color naranja con una lluvia de rayos y abolló el metal negro. Alex volvió a golpearlo con un aullido de rabia y el artilugio se estrujó.
A continuación, los aviones que había en el cielo centellearon una vez y dejaron de hacerlo por completo.
El metal se descompuso entre los dedos enguantados de Alex, que perdió su asidero.
Rebotó contra el avión y, llevada por el pánico, accionó las alas.
Pero era demasiado pronto, porque estas rasparon la superficie de la nave y se hicieron astillas resplandecientes.
Entonces, el avión desapareció y Alex comenzó a caer.
—¡KAIDA! ¡KAIDA! —gritó.
Pero no veía a su amiga, ni a ninguno de los demás, y seguía cayendo, y el prado bajo sus pies se acercaba a toda velocidad. El viento hacía que se formaran grandes cortinas de agua de lluvia que brillaban a la luz del fuego de dragón. Era como si mil millones de luciérnagas llenaran el cielo.
Y ella no dejaba de caer.