Capítulo 25 #2
—Eres una auténtica joyita, ¿lo sabías? —dijo Pan.
—Un momento —dijo Alex, que intentó mirar a los ojos de Ferox y acabó bajando la vista hacia sus pies. No podía verlo sin acordarse de sus tesoros quemados—. ¿T-tú sabes cómo salir?
—Si sabes la manera de salir, so idiota —gruñó Pan—, ¿cómo es que estás encerrado ahí dentro?
Ferox abrió la puerta de su celda y salió. Los demás ahogaron un grito.
—¿Por qué estabas ahí si podías salir en cualquier momento? —gritó Shanks.
Ferox se encogió de hombros.
—Oliphos me dijo que reflexionara un poco. Así que he estado reflexionando.
—Ya era hora de que lo intentaras —dijo Kaida—. ¿Te has dado cuenta al fin de que no eres más que montañita de estiércol? ¿Estás preparado para suplicar que te perdonen?
Ferox hizo una mueca desagradable.
—Yo no suplico. Y no hice nada malo.
—¿Qué? —exclamó Shanks—. Lo que le hiciste a Alex fue una maldad.
—Todos vosotros la estáis consintiendo. —Apuntó a Alex con el dedo—. Si no se transforma pronto, su forma de dragón desaparecerá para siempre. Ese tumultoso fue una broma. Tiene que madurar, tiene que dejar de ser una niña pequeña rodeada de juguetes. Quemé sus tesoros para ayudarla.
—Ah, sí, claro. Estabas aterrorizado por la posibilidad de perder —dijo Kaida.
—Hum, quizá de momento deberíamos darle la razón… —susurró Pan—. Para que nos deje salir…
—Relájate. Os dejaré salir de todas maneras.
Ferox se sacó del bolsillo un diente alargado y amarillento. Se puso en cuclillas frente a la cerradura y se mordió el labio, concentrado. Siguió un clic y la puerta se abrió de par en par. Salieron en manada y se dirigieron hacia la escalera.
—Aunque, si vais a pelear con los humanos —dijo Ferox a su espalda—, yo también vengo.
Kaida se rio, burlona.
—Sí, claro. Como que vamos a dejar que vengas con nosotros después de lo que hiciste.
Los demás fueron trepando para salir del abismo, pero Alex se detuvo y se atrevió a mirar a Ferox a los ojos. Vio los tesoros ardiendo, la manera en que él sonrió antes de quemarlos.
—Hiciste algo terrible. Lo peor que me han hecho en la vida.
Ferox entornó los ojos.
—Te hice un favor.
—Esa carta era de mi padre. —Alex se acercó a él. El muchacho le sacaba al menos una cabeza, y apestaba a paja y sudor—. Tenía que leerla al cumplir los dieciocho.
—¿Y qué? —preguntó Ferox—. No era más que un ridículo trozo de papel. Esos tesoros te volvían débil. Esos juguetes de hadas te volvieron débil.
—¡Vamos, Alex! —la llamó Kaida.
Alex notó unas lágrimas cálidas en la cara, pero no se las secó. Había visto a Oliphos llorar delante de los Skarren-Har: no pensaba avergonzarse de ellas. Dio otro paso hacia Ferox, cuyo semblante se alteró ligeramente.
—¿Crees que al destruir mis tesoros me volviste más fuerte?
—preguntó—. ¿Acaso ser fuerte es lo único que te importa?
Yo valoraba esos tesoros porque formaban parte de lo que soy.
Formaban parte de mi padre y… y lo siento por ti, que no tienes más que hierro allí donde debería estar tu corazón.
¿Qué sentido tiene ser fuerte si no amas algo lo suficiente para querer protegerlo?
Se alejó de él en dirección a la escalera, furiosa, y gruñó por encima del hombro.
—Vamos, pues.
—¿Qué? —preguntó Kaida.
Alex miró furiosa a Ferox, y él bajó la vista.
—Se le da muy bien luchar, Ferox es el mejor en los tumultosos… a menos que su rival use «juguetes de hadas», claro. Bueno…
Alex parpadeó.
—Juguetes de hadas… —murmuró, recordando cuando Erik hizo saltar por los aires una pila de papeles—.
¡Un momento! —Levantó los brazos—. En el Trastero hay un guante metálico que puede mover las cosas de un lugar a otro sin tocarlas.
Si uno de vosotros pudiera acercarme volando a los aviones, quizá podría usarlo para arrancarles los artilugios.
Kaida enarcó una ceja.
—¿Acercarte volando a los aviones protegidos con magia y repletos de armas?
—No, tienes razón —dijo Alex, hundiendo los hombros—. Es demasiado peligroso.
—Exacto, es genial —dijo Kaida, tomándola de la mano—. ¡Vamos!
Subieron corriendo hasta la Casa bajo los goterones de lluvia.
Alex dejó a los demás en la puerta y, al pasar junto al Zampador, se asomó y vio que Erik seguía durmiendo profundamente, con la mano de Gwinnie sobre la frente.
Bajó al Trastero, que recibía la débil luminosidad del reflejo de la luna, y avanzó en silencio para no despertar a Pups.
Buscó en los estantes y encontró el guante metálico, las alas de hada y la espada de los orcos, que Pups debía haber rescatado después del tumultoso.
Metió la mano en el guante, que era demasiado grande para ella.
Pero, a los pocos segundos, este se ciñó en torno a sus dedos y se le ajustó a la perfección.
—¿De qué nos servirá eso? —preguntó Pan con el ceño fruncido al ver que Alex salía de la Casa con la espada, ajustándose las tiras de las alas de hada.
Ella la blandió a modo de experimento.
—Supongo que, si me acerco lo suficiente, podré golpear los aviones con ella. Al fin y al cabo están hechos de metal, y la espada genera electricidad.
—Sí, pica de verdad —dijo Ferox, y a continuación se dio cuenta de que los demás lo miraban. Se encogió de hombros—. Podéis creerme.
Alex levantó la mano enguantada en la dirección de un guijarro que tenía junto al pie y se concentró. La piedra se elevó en el aire y se quedó allí, flotando con suavidad.
—Genial —dijo Kaida con una sonrisa—. Es hora de irnos.
—¡Esperad! —pidió Alex mientras los hilillos de humo asomaban en los brazos del resto.
Todas las cabezas se volvieron hacia ella de golpe, en un curioso movimiento dragonil—.
Ninguno de vosotros puede hablar en su forma de dragón y, cuando estemos en el aire, no podréis volver a transformaros.
¿No tenéis ninguna pregunta sobre el plan?
—La verdad es que no —contestó Pan.
—No —dijo Shanks—. Tú ve diciéndonos lo que tenemos que hacer cuando estemos allí arriba.
—Pero…
—Alex —dijo Kaida—, confiamos en ti. Derrotaste a un dragón usando solo tu ingenio, unas alas diminutas y un palito que echaba chispas.
O lo habrías derrotado, en cualquier caso, si Ferox no fuera un gusano baboso.
—Le dio un puñetazo a Ferox en el hombro, juguetón pero a la vez quedó claro que le había hecho daño—.
Bien, ahora tienes que tomar una decisión importante: ¿en cuál de estas cuatro bestias terribles vas a montarte?
Alex miró avergonzada a los demás.
—Oh, bueno, no quiero faltaros al respeto, pero Kaida es la más veloz, así que podrá acercarme a los aviones. ¡Pero los demás también tenéis vuestros puntos fuertes! —se apresuró a añadir, mientras Pan y Shanks hacían mohínes y se pasaban las manos por el pelo.
El aire chisporroteó mientras cada uno de ellos se convertía en humo y, al cabo de un instante, Alex estaba rodeada por cuatro dragones: Kaida, alargada, esbelta y plateada; Ferox, bruto y grueso; Pan, del color verde azulado del mar, y Shanks, de color marrón rojizo.
Kaida se tumbó al lado de Alex. Había otra razón por la cual la había elegido: sus escamas eran lisas, mientras que las de los demás eran punzantes y afiladas, y Alex pudo subirse a su lomo y pasar las piernas a lado y lado sin hacerse ningún corte.
Los demás dragones comenzaron a bajar la montaña.
Ferox era como una roca fuera de control, y fue levantando barro y hierba hasta que se elevó con torpeza por los aires.
Shanks fue el siguiente en saltar, y su cola le arrancó un trozo a un árbol.
Pan se le sumó, rebotando sobre las ramas más gruesas antes de impulsarse sobre las copas de los árboles.
Entonces Kaida salió disparada, veloz como una gacela, y Alex sintió una dolorosa sacudida en la cabeza mientras se aferraba al vello plateado de su lomo.
Por un momento temió que a su amiga le costara elevarse por culpa del peso extra.
Kaida se lanzó por el borde de un acantilado vertical y a Alex se le paró el corazón al notar que caían hacia la negrura del mar.
Llevó la mano al botón de las alas. Oía a Kaida jadear por culpa del esfuerzo, ¡tendría que volar ella sola!
Se pegó a las escamas del dragón, preparada para saltar.
Entonces, Kaida desplegó las alas con un crujido, como si fueran una enorme cometa que aprovechaba el viento, y comenzaron a elevarse más y más.
Alex vio una bandada de frailecillos que las observaban desde abajo desaparecer en la distancia mientras Skralla se volvía cada vez más pequeña.
Rodeó el cálido cuello de Kaida con los brazos, aunque su estómago diera un bote con cada batida hacia abajo de las alas.
—¡Lo has conseguido! —gritó.
Los demás draquis volaban a su lado. Una parte de Alex deseaba devolver, mientras que otra quería gritar de alegría y animarlos. Planearon sobre el mar, atravesando nubes arremolinadas y siguiendo la costa en dirección a la tierra verde grisácea que había más allá.
Donde la batalla ya tenía lugar.
Una tormenta azotaba un gran prado embarrado y la atravesaban unos relámpagos dentados como si fueran lanzas. Era una tempestad obra de los dragones. Con cada destello cegador, Alex oteaba tres siluetas oscuras aladas, rodeadas por un enjambre de moscas diminutas.
Y, entre el estruendo de un trueno y otro, oía el martilleo de las armas.
Los dragones eran perseguidos por el cielo.
Rannock se dejó caer en picado y las nubes de tormenta la protegieron como una armadura mientras una decena de aviones escupían sus balas contra ella.
Pasó al lado de Graddax, y Alex ahogó un grito al ver los chorros de sangre que brotaban de su vello gris.
El dragón lanzó un latigazo con la cola contra el avión más cercano y, de inmediato, el chisporroteo despiadado y anaranjado de la magia recorrió con un centelleo sus escamas.
Graddax aulló y cayó unos quince metros antes de lograr enderezar el vuelo. El avión siguió volando, intacto.