El amanecer de los dragones (Dragonborn 1) Capítulo 25
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Capítulo 25

U n rugido atravesó la noche.

Alex salió corriendo al frío en el momento en que un enorme dragón de color gris acerado se dejaba caer desde las alturas.

Era Haskir, el Skarren-Har al que había visto por primera vez en Undwin. Se transformó nada más rascar el suelo con las garras y corrió hacia la Casa mientras el humo seguía fluyendo de su capa, con el ceño empapado en sudor.

—¡He tenido que venir volando desde Undwin! —gritó, mientras Rannock se dirigía a su encuentro flanqueada por Graddax y Bonburra—. ¿Por qué está cerrada la trocha?

—Gwinnie la ha bloqueado por precaución —contestó Rannock—. ¿Qué pasa?

Haskir se dobló hacia delante, jadeando.

—Emory Steen está de camino hacia aquí… ahora mismo… con un centenar de aviones. Pretende atacar Skralla.

Graddax y Bonburra se taparon la boca. Rannock asió con fuerza una rama de árbol.

—Los humanos llevan siglos sin intentar atacar Skralla —dijo en un susurro—. Va… va a necesitar algo más que cien aviones.

—Sus aviones están protegidos por algún tipo de magia de las hadas.

—Un momento… —Rannock volvió la cabeza con violencia hacia Alex—. ¿Qué habéis hecho? —gruñó—. ¡No puede ser una coincidencia que el chico y tú hayáis llegado de Undwin y que ahora Emory Steen se presente ante nuestra puerta!

—Yo… —Alex tragó saliva—. He encontrado la Filacteria.

Graddax chilló. Bonburra cayó de rodillas. La rama se partió por la mitad bajo el puño de Rannock.

—¿Qué quiere decir que la has encontrado? ¡Una niña no va y se tropieza con la Filacteria!

Alex se sonrojó.

—Los muertos. Me enseñaron dónde estaba escondida. P-pensé que me ayudaría a encontrar a mi padre.

—¿Y Steen te vio con ella? ¡Por eso será que viene hacia aquí! —Rannock dio un paso lento y amenazador hacia la chica—. ¿Dónde está, Alex?

Ella se estremeció, sintiéndose pequeña y avergonzada bajo las miradas de los adultos.

—Ha… ha desaparecido.

Rannock la tomó del brazo, la acercó de un tirón y comenzó a palparle los bolsillos, la capa.

—¡No estoy mintiendo! —protestó Alex.

La mujer le clavó una mirada feroz.

—¿Cómo es posible que haya desaparecido?

—La… la tenía en el bolsillo y luego ya no estaba allí. —Intentó recordar la huida por Undwin, preguntándose si se le habría caído en las alcantarillas—. ¡Lo siento mucho, no debería haber ido en su busca!

—Silencio —le espetó Rannock—. ¿De qué nos sirven tus disculpas?

Se oyó un crujido de ramitas y un grupo de cenizones, de tizones y de algunos alevines preocupados salió del bosque. Tenían los ojos cansados y se habían vestido con prisas.

—Hemos oído un rugido —dijo Kaida—. ¿Qué pasa?

—¡Volved a la cama, todos vosotros! —les gritó Rannock y, al ver que no se movían, levantó los brazos y se transformó al instante—. ¡YA MISMO! —rugió.

La fuerza del grito hizo que se escabulleran.

Solo quedaron Kaida, Pan y Shanks, que se habían escondido detrás de un árbol y miraban a Alex de manera inquisitiva.

Rannock volvió a transformarse, se pasó las manos por el pelo alborotado y comenzó a pasearse de aquí para allá.

Alex no la había visto nunca tan agitada.

—Podrían estar aquí en unos minutos —dijo Haskir—. ¿Dónde está Oliphos?

Graddax negó con la cabeza.

—Combatiendo a un kraken gigante frente a las costas de Bournemouth. Cinco de los Skarren-Har se han ido con él.

Rannock resopló.

—Qué conveniente que un kraken haga que Oliphos se vaya de aquí justo cuando más lo necesitamos.

Bonburra entornó los ojos.

—Quieres decir que…

—Sí —dijo Rannock—. Intuyo que una garra maligna ha obrado todo esto, y estoy segura de saber a quién pertenece.

Un escalofrío recorrió a Alex mientras se palpaba el bolsillo vacío. «Steen», pensó para sí misma. ¿Se la habría quitado en Undwin? Y además había usado el veneno de Impyr, el mismo con el que asesinaron a Cindraw.

—No pensarás que Steen podría ser Drak Midna… —dijo en un susurro.

Los demás intercambiaron miradas nerviosas. Rannock hizo chasquear la lengua.

—Quizá. Pero lo más probable es que solo sea uno de sus peones, tanto si es consciente de ello como si no. Haskir, tienes que volar en busca de Oliphos lo más rápido que puedas.

—Puedo pelear.

—No. Necesitamos a Oliphos. No basta con que los derrotemos, tenemos que aniquilarlos. Que los humanos sepan lo que pasa cuando llevan la guerra hasta Skralla.

—¡Nosotros también podemos pelear! —dijo Kaida, saliendo de detrás del árbol, seguida de Pan y de Shanks.

—¡Os he dicho que os fuerais a la cama! —ladró Rannock—. Ninguno de vosotros tres va a pelear, no seáis ridículos.

—¡Pero podemos ayudar! —gritó Kaida—. Podemos volar contigo. ¡Los tres! ¡Destrozaremos sus aviones en pleno vuelo!

—No, Kaida —dijo Rannock, irritada, frotándose el puente de la nariz.

—¡Pero quiero hacer algo! —insistió Kaida—. No me importa que me hagan daño si con ello protejo a los demás. Estaré encantada de perder algunas escamas.

—¿CREES QUE ESO ME IMPORTA, KAIDA? —bramó Rannock, con los ojos muy abiertos y una expresión de furia—. ¿Lo crees? ¿Crees que a la vieja y asquerosa Rannock le importa un riñón izquierdo de trasgo que te hagan daño?

Los labios de Kaida perdieron el color.

—Yo… yo… —tartamudeó, pero no encontró nada que decir.

Rannock la sujetó por los hombros.

—Es lo único que me importa. Todo lo que hago es para manteneros a salvo.

Os he entrenado para sobrevivir, pero no estáis preparados para este enemigo.

Y daré hasta la última gota de mi fuego y de mi sangre para evitar que os alcance.

¡Gwinnie! —rugió—. ¿Puedes deshacer el hechizo de la trocha a Undwin?

Se volvió hacia la Casa. Mog estaba sentado ante la puerta, con el hada en el hombro. Gwinnie se estremeció.

—No… Faltan al menos algunas horas para que la magia se desvanezca.

Rannock hizo rechinar los dientes.

—Mog, si alguno de los humanos logra superarnos, te tocará a ti mantener a los niños a salvo. En cuanto puedas, condúcelos a Undwin y ve lo más rápido que puedas a la trocha secreta de la calle Kashti. Intenta no llamar la atención, no sabemos quién podría estar vigilando.

Mog se quitó el bombín y comenzó a darle vueltas, ansioso, en sus enormes manos.

—Se me da un poco demasiado bien llamar la atención. Pero Gwinnie puede pedir a las hadas de allí que nos ayuden si es necesario.

Gwinnie resopló.

—Las hadas de Undwin están todas locas. Aunque… lo haré si es necesario. Pero ¿qué hay de ti? —Tocó la mejilla del gigante—. No podemos dejarte en esta roca de mala muerte.

Mog se puso en pie, cerniéndose sobre todos ellos.

—Solo es una roca de mala muerte sin los niños —dijo, con un retumbo grave y sostenido—. Con ellos, es mi hogar. Así que me plantaré ante esta puerta, evitaré que los humanos os sigan y esperaré que esta roca vuelva a ser un hogar muy pronto.

Rannock asintió de manera aprobadora.

—Vamos a volar para recibir a esos aviones lo más lejos posible de aquí. Vamos. —Se volvió para mirar a Alex y al resto—. No confío en que no nos sigan. Graddax, ¿tienes sitio en el zoo?

Graddax se acarició la gran barba blanca.

—Aún tengo vacía la cuadra del hipo.

Rannock cogió a Alex y a Kaida y las arrastró montaña abajo.

Pan se transformó y gruñó y lanzó dentelladas a Graddax, que se había transformado también para cogerla por las peludas patas delanteras, mientras que Bonburra avanzó por el bosque tirando de la cola de Shanks.

Al llegar al zoo arrojaron a los cuatro juntos al interior de una estrecha celda que olía mucho a boñigas de caballo.

Rannock dio unos golpecitos en los barrotes con la uña del dedo.

—Después del incidente de la otra noche, hicimos que Gwinnie les lanzara un hechizo contra el fuego de dragón.

Miró directamente a Alex, que estuvo a punto de contestar que había sido Erik el que había derretido los barrotes, no ella, pero decidió que no era el momento.

—Y, por favor, no cometáis la estupidez de intentar transformaros… aplastaríais a vuestros compañeros de celda.

—¡Rannock! —Desesperada, Alex se aferró a los barrotes—. He visto la magia que protege los aviones de Steen. ¡El fuego no la superará!

—No hay hechizo lo bastante fuerte para repeler mi fuego —dijo la mujer antes de volverse para reunirse con Graddax y Bonburra.

Un trueno resonó en la isla y el aullido de una ventolera recorrió la cueva mientras el batir de alas de los maestros comenzaba a alejarse.

Alex golpeó la cabeza contra los barrotes. Frente a ellos había otras dos cuadras; la primera estaba vacía y la mantícora los observaba hambrienta desde la segunda.

—Todo esto es culpa mía. Los dragones y los humanos van a hacerse daño… Van a matarse entre sí, y la culpa es solo mía.

—¿Qué has querido decir con lo de que los aviones están protegidos? —preguntó Kaida.

Alex se dejó caer al suelo.

—Tienen unos artilugios de las hadas en la parte superior que detienen las cosas que podrían lastimarlos. Rannock y los demás están volando hacia una trampa.

Kaida se encogió de hombros.

—Bueno, si el artilugio está en la parte superior, ¿no se podría destruir de buen principio?

—No lo creo. El avión está protegido por la magia, así que es probable que el artilugio también. —Cerró los ojos, intentando pensar con claridad—. Tendría que ir a hablar con Pups al Trastero. Quizá se le ocurra alguna idea sobre cómo atravesar la magia de las hadas…

—Genial —dijo Pan—. Bueno, mientras estás allí, averigua si tiene la llave de esta celda, ¿vale?

—Eso no es nada útil, Hornpan —dijo Kaida—. Tiene que haber alguna manera de que podamos romper estos barrotes.

—Yo puedo sacaros de ahí —se oyó una voz.

Todos se quedaron callados. Un chico apareció entre las sombras de la cuadra de enfrente. Era alto y ancho, y tenía en los ojos la misma expresión que la mantícora. A Alex se le enfrió el pecho.

—Ferox… —dijo Shanks entre dientes.

—Tienes suerte de que estos barrotes se interpongan entre nosotros —espetó Kaida—. Oliphos se me llevó a rastras antes de que pudiera acabar de estamparte contra el barro.