Capítulo 24 #2
Ella corrió tras él, esquivando las manchas chisporroteantes de sangre que le caían de los costados, saltando por encima de su cola cada vez que esta se sacudía.
De repente, Erik tropezó y la piedra de la pared se rompió con su caída.
Con un gemido grave, golpeó la tapa de alcantarilla que tenían sobre sus cabezas e hizo que saliera rodando con estrépito.
—Tendrás que volver a transformarte, Erik. Eres demasiado grande, no cabes.
Erik levantó la cabeza y lanzó un rugido, molesto. Tenía las comisuras de los ojos turbias y Alex se preguntó si el veneno no habría pasado ya de su forma humana a la de dragón.
—Erik, transfórmate —le dijo con firmeza.
Él retrocedió, le rugió malhumorado y latigueó con la oscura lengua de un lado al otro.
—¡Transfórmate ya! —le gritó ella, al oír pasos en el túnel a sus espaldas. Habían dejado un rastro muy fácil de seguir—. ¡Erik, transfórmate ahora mismo!
Él le mostró los dientes. Un gruñido grave subió por su garganta. Tenía los ojos desorbitados, llenos de dudas. Tenía miedo, constató Alex.
—Erik, si queremos volver a Skralla tienes que transformarte. —Le puso una mano sobre el hocico—. Voy a cuidar de ti, ¿vale? Quizá yo no pueda confiar en ti, pero tú sí puedes confiar en mí.
Erik gimió y enroscó el cuerpo, la cola y el cuello entrelazados, las alas plegadas, como si intentara volverse lo más pequeño posible.
Estiró una garra y, por un instante, Alex no supo por qué, pero entonces se dio cuenta de que quería que se la tomara.
Ella estiró el brazo. Las escamas temblaron bajo sus dedos.
Entonces, los gruñidos cesaron. Una tormenta diminuta barrió al dragón y en su lugar quedó un niño pálido, tembloroso y asustado, que cayó entre los brazos de Alex.
—Vamos —dijo ella, recurriendo a toda su fuerza para conducirlo hasta la escalera—. Sube, yo te sigo.
Llegaron con dificultades a lo alto y tragaron aire al desplomarse en la calle, delante de la Escuela Billingsley.
Les llegó un eco de voces rabiosas procedente de las cloacas, y Alex sostuvo a Erik contra sí mientras avanzaban tambaleándose a través de los charcos y entraban en la calidez de la Casa.
—¡Ayuda! —gritó Alex, cerrando de golpe la puerta tras ella—. ¡Ayudadme!
El vestíbulo se llenó de humo cuando Erik volvió a convertirse en dragón. Su cuerpo quedó encajado entre las paredes.
—¡Qué ocurre! —se oyó un grito y, al pasar por debajo del ala de Erik, Alex se encontró con Rannock, que se cernía sobre ella.
—¡Es Erik! —chilló—. ¡Necesita ayuda!
Rannock abrió mucho los ojos, conmocionada, y entonces miró hacia la puerta. Un puño la golpeaba con fuerza al otro lado, en la calle.
—¿Qué estabais haciendo ahí fuera? ¿Os han seguido? —Le mostró los dientes—. Mog, ve a buscar al hada.
El gigante, que estaba fuera, encorvado, mirando por la puerta principal, sacudió la mano inmensa y Gwinnie entró revoloteando.
—Lanza un hechizo a la trocha —le dijo Rannock—. Que no pueda entrar nadie.
Gwinnie miró a Erik, furiosa.
—Ese es el dragón —dijo entre dientes—. ¡El que mató a la oveja de Mog!
—¡Ayúdalo, es el veneno de Impyr! —gritó Alex mientras Erik se rascaba la cara con las garras—. Gwinnie, es Erik.
El hada retrocedió en el aire, con remolinos de color rojo y negro en las alas.
—No. No, Erik no es un dragón.
—¡La trocha, Gwinnie! —ladró Rannock.
Voló hacia la puerta y dibujó sobre su superficie unos símbolos dorados que giraron y encajaron entre sí como el mecanismo de una compleja cerradura.
Erik se sacudía como un loco, con los ojos desorbitados y enloquecidos, y Alex no supo si se debía al dolor de las balas o al veneno o al miedo a que los demás lo vieran transformarse.
—Erik, transfórmate de nuevo —le pidió Alex—. Gwinnie tiene que tratar el veneno.
Mog se puso de rodillas junto a él.
—Shh, no pasa nada, dragoncito —dijo, acariciándole el cuello.
Un relámpago danzó por encima del chico y del gigante, aunque a este último no pareció importarle, y Erik se transformó en un niño enfermizo y delgaducho, con los ojos medio cerrados. Mog lo levantó con una mano y lo llevó hasta el Zampador, donde lo colocó con cuidado sobre la mesa más baja.
—Tan frágil… —susurró el gigante con voz ronca.
Gwinnie entornó los cuatro ojos observando el agujero en el cuello de Erik.
—Puedes detenerlo, ¿verdad? —le preguntó Alex—. ¡Tienes que hacerlo!
—Silencio —pidió el hada entre dientes, y dibujó un símbolo dorado en torno a la fea herida de color negro.
Mog puso el meñique sobre el hombro de Alex: le pesaba, pero era reconfortante.
Deseaba que ese momento llegara a su fin y que el día se acabara, para que Erik pudiese volver a ser feliz, cometiera travesuras y siguiera vivo.
Pero los segundos continuaban pasando y, mientras contemplaba cada aliento minúsculo del muchacho, le aterrorizaba la posibilidad de que fuera el último.
—Es un traidor. —Los labios de Rannock se curvaron mientras clavaba una mirada furiosa en Erik—. Ha estado ocultándonos la verdad. Debe ser un espía de Drak Midna.
Alex abrió la boca para protestar, pero al final la cerró. Rannock posó la vista en ella.
—¿Y tú?
Alex frunció el ceño y entonces se dio cuenta de lo que le había preguntado.
—No, pues claro que no.
Rannock la examinó durante un instante más y a continuación asintió con la cabeza, en apariencia satisfecha.
Alex se sobresaltó cuando Erik emitió un largo gemido de dolor.
Gwinnie movió los dedos y esbozó un hilo de líquido verde rutilante entre su cuello y el centro del símbolo centelleante que había formado.
—Ese dardo era para mí —dijo Alex en un susurro—. Erik me apartó de un empujón y el dardo le alcanzó a él. Es una buena persona, pero creo que está un poco confundido.
El muchacho gimió mientras Gwinnie le extendía un ungüento de color violeta sobre la herida a la vez que murmuraba cosas en un idioma extraño y rítmico.
De repente, Erik se quedó quieto. Alex ahogó un grito y se dejó caer junto a él, solo para ver que su pecho comenzaba a elevarse y a caer con un aliento calmo.
Gwinnie plegó las alas en un gesto de alivio.
—Creo que está bien.
—¿Crees? —repitió Rannock, mirando a Erik como si no le importara que siguiera vivo o se muriese.
—Mi padre siempre ha sido el mejor curandero de la familia —contestó el hada—. Pero he desarmado el hechizo que le dejó el veneno.
Alex tocó la mano del muchacho y se alegró de notarla caliente.
—Qué monstruito tan duro… —dijo Mog, que se sacó un pañuelo del bolsillo del abrigo y lo extendió sobre Erik como si fuera una manta.
Se oyó el retumbo de un trueno procedente del exterior y el batir de unas alas de dragón.
—¿Y ahora qué pasa? —gruñó Rannock, y se volvió hacia Alex—. Cuando regrese, vas a contarme todo lo que ha sucedido ahí fuera.
Salió furiosa del vestíbulo y Alex se quedó al lado de Erik mientras Gwinnie recogía las pociones y Mog se echaba a dormir en una esquina.
Alex ahogó un grito al ver que Erik abría los ojos, después de parpadear varias veces, y los paseaba por el techo como si estuviera mirando las estrellas. Al fin se encontraron con los suyos.
—¿Qué haces aquí? —preguntó, y su voz fue como el susurro de la brisa fría entre las hojas—. Te mentí.
—Sí. Pero eres mi amigo, así que… —Alex se encogió de hombros, sin saber qué más decir.
Erik logró esbozar una sonrisa.
—¿En serio?
—Creo que sí. A ver, tengo ganas de pegarte un puñetazo, y quizá unas patadas, pero esta noche me has salvado la vida.
Y no creo que se te dé tan bien mentir para que todo haya sido teatro.
Pero… hay una cosa que no logro entender.
La otra noche, después de espiar a los Skarren-Har, yo quise ir en busca de la Filacteria de inmediato y tú me dijiste que no lo hiciera.
Pero no lo pillo: ¿no es eso lo que tú querías?
Querías que yo consiguiera la Filacteria para poder robármela.
Así que ¿por qué me dijiste que no fuera?
Erik intentó incorporarse, hizo una mueca de dolor y volvió a tumbarse.
—Porque es más importante que aprendas a transformarte. No quería que perdieras tu yo dragonil para siempre. —Bajó la voz hasta que se convirtió en un susurro casi inaudible—. Él se enfadaría tanto conmigo si se enterara…
Alex frunció el ceño al recordar lo que le había dicho en el tejado de Undwin.
—Erik, ¿de verdad crees que Drak Midna te quiere?
—Pues claro que sí. —Rodó, gruñón, sobre un costado y el pañuelo de Mog se cayó.
Alex volvió a taparle con él y pensó en su madre, una niña solitaria a la que Drak Midna había acogido para convertirla en un monstruo. No permitiría que Erik cometiera el mismo error.
—No estoy segura de que una persona que te manda a un lugar como este para mentir, robar y ponerte en peligro…, que no deja que seas tú mismo… No creo que una persona así te quiera de verdad.
Erik volvió la cabeza y la fulminó con la mirada.
Ella le aguantó esa mirada hasta que la expresión de él se suavizó.
Siguió un largo silencio y, de vez en cuando, Erik parecía quedarse dormido y acababa haciendo una mueca de dolor.
De repente se le desorbitaron los ojos y fue como si hubiera despertado de un sueño y se hubiera dado cuenta del lugar en el que se encontraba.
—¡DRAK MIDNA! —gritó—. No, no, no. —Sujetó la mano de Alex con fuerza entre las suyas—. No, él está… él está… él está…
Pero había vuelto a ponerse pálido, tenía la mirada extraviada. No podía hablar, solo articulaba en silencio las mismas palabras una y otra vez: «Drak Midna, Drak Midna, Drak Midna».
—¡Algo va mal! —gritó Alex.
—Aún debía quedar algo de veneno —dijo Gwinnie, que le obligó a abrir la boca para introducir en ella un sirope de color plateado y se puso a esbozar un frenesí de símbolos dorados en su cuello.
Erik se sacudió y volvió a caer sobre la mesa, con la cabeza hacia un lado.
—¿Está bien?
Gwinnie le puso una mano en el cuello.
—Creo que ya no queda más.
Alex hundió los hombros, aliviada. Se puso en cuclillas junto a la mesa y no dejó a Erik solo; estuvo apretándole la mano cada vez que él tardaba en respirar, suspirando cuando al fin lo hacía.
Entonces, convencida al fin de que estaba bien, posó la cabeza sobre los brazos y se puso a escuchar el suave ronquido de Mog.
Pasaron varios minutos antes de que buscara en el bolsillo y se diese cuenta de que la Filacteria ya no estaba allí.