Capítulo 24
A lex se quedó mirando al chico ante sus pies mientras la lluvia le alisaba el pelo y le limpiaba la sangre negra entre los dedos. Ella tuvo la sensación de que caía resbalando por el lateral del tejado.
—Hay que moverse —dijo Erik, poniéndose en cuclillas, y se llevó una mano al costado, como si aún notara los agujeros de bala—. Antes de que nos encuentren.
Alex se apoyó contra una chimenea.
—¿Por qué… por qué… por qué no me lo contaste?
Él se miró los pies, avergonzado.
—No podía. Se supone que no debía hacerlo.
—¿Se supone? —Alex arrugó la nariz—. ¿Y eso qué significa?
Pegó la Filacteria al cuerpo, y Erik la siguió con una mirada urgente, ávida, temerosa. La deseaba. Más que ninguna otra cosa. Ella dio un paso a un lado e interpuso la hilera de chimeneas entre ambos. Recordó las palabras de su madre con un escalofrío:
«Es lo que mejor se le da a Drak Midna. Encuentra a niños dragón y los convierte en herramientas para que cumplan sus órdenes».
—La otra noche me dijiste que, cuando eras un huérfano aquí, en Undwin, alguien bondadoso te acogió. Que te dio un futuro. Pero no te referías a Oliphos, ¿verdad? Fue otro quien te encontró. Antes de venir a Skralla.
Erik se puso en pie con problemas.
—No hay tiempo para esto.
—¡DÍMELO! —rugió Alex, y Erik se encogió al ver el fuego que llameaba entre los labios de ella.
—Me… —El muchacho tragó saliva, con los ojos cargados de tristeza—. Me mandó a Skralla hace dos años. Para que espiara a Oliphos y a los Skarren-Har.
De repente, Alex sintió que no podía mirarle. Seguía notando esa sensación cálida y familiar en el seno de su corazón, y tenía la certeza de que procedía de Erik, de que la Filacteria la había guiado hasta su espíritu de dragón. Pero esa calidez era una cruel mentira.
—Es lo mejor que puede pasar —dijo Erik en un susurro. Ella notó que la miraba—. En cuanto Drak Midna tenga la Filacteria, todo cambiará.
Alex cerró los ojos y rogó porque, al abrirlos de nuevo, todo tuviera sentido.
Pensaba que podía confiar en Erik por encima de cualquier otra persona, más incluso que en Oliphos o Kaida.
Durante todas esas semanas en Skralla, él se había encargado de animarla a que escupiera fuego, a que combatiera a Ferox. Él había… él había…
—El primer día me dijiste que, si tenía la capacidad de hablar con los muertos, podría encontrar la Filacteria. —Alex abrió los ojos al fin y se atrevió a mirarlo—. Fuiste tú el que me metió la idea en la cabeza. Y esta noche has sido tú quien ha dejado abierta la puerta a Undwin, ¿verdad?
—Pensé que querrías ir en su busca, después de lo que pasó con tus tesoros.
—¿Así que te has pasado todo este tiempo utilizándome?
—espetó, avanzando hacia él—. Y también mataste a la oveja de Mog.
Y al hipogrifo de Graddax. Un momento… —Se detuvo—.
La escama negra. Tu escama. ¿Me…? —Sintió un retortijón de asco en el pecho—.
¿Me la pusiste en el pelo? ¿Para que los demás pensaran que yo era el dragón negro?
Erik se frotó la nuca.
—Todos sabían ya que podías hablar con los muertos.
Era la manera más sencilla para evitar que la gente sospechara.
Nadie debía enterarse de nada… pero entonces ese alevín se cruzó en nuestro camino.
¡No pude dejar que viera lo que pasaba! Pero no quise pegarle tan fuerte. Y yo no maté a esos animales.
—¡Oh, sí, claro! —gritó Alex—. ¿Por qué debería creer nada de lo que me digas?
Él se apartó de otra rociada de llamas.
—De verdad quería ayudar a que te transformaras.
¡Y sigo pensando lo mismo! Todo lo que he hecho…
Mira, tú no lo entiendes. Drak Midna no es malvado.
Solo quiere que se haga justicia con los dragones.
—Bajó la vista hacia las calles de Undwin, con gesto de desprecio—.
Por lo que nos hicieron los humanos. Fue bueno conmigo cuando nadie más lo había sido.
¡Me quiere más de lo que llegaron a quererme mis padres!
Y, cuando le dé eso, se… —Erik miró la Filacteria, en la mano de Alex, y por primera vez sonrió: fue una sonrisa esperanzada, ausente—. Se sentirá muy satisfecho.
Alex estrechó la caja con fuerza contra el pecho.
—No te la llevarás a ninguna parte.
—Es por el bien de todos los dragones, Alex —gruñó Erik, y sus ojos se iluminaron de entusiasmo—. ¡Podríamos dársela juntos! Nadie le comprende de verdad, pero yo sí. Ya verás, te lo demostraré. Sé que ha hecho cosas malas, pero solo cuando era necesario.
Se quedaron mirándose, sin moverse.
Una parte de Alex deseaba empujarle al vacío mientras que otra solo quería llorar.
—Sabías lo mucho que deseaba volver a ver a mi padre —dijo en un susurro.
No podía creer que hubiera usado algo tan personal en su contra. Era como si hubiera sido él mismo quien había quemado la carta de su padre.
Erik entornó los ojos.
—¿Y qué harías si encontraras el espíritu de tu padre? ¿De verdad quieres que siga dando vueltas, murmurando cosas sin sentido para sí mismo, como Cindraw?
—Yo… yo solo quiero hablar con él. Para despedirme.
Erik la observó con expresión seria.
—No malgastes toda tu vida buscándolo, Alex.
—No me digas lo que tengo que hacer —le espetó ella—. Tú…
Se detuvo al oír unas botas que pisaban algo metálico. Un hombre alto con mangas abullonadas y una faja de esmeraldas subía por una escalera desde la calle. Tenía el enorme mostacho chafado por la lluvia.
Emory Steen les dirigió una cálida sonrisa.
—Menudo alboroto has montado ahí abajo, chico dragón —le dijo a Erik, y entonces reparó en el hilo de humo que salía de la boca de Alex—.
Ah, dos dragones. —Bajó la vista hacia sus manos y abrió mucho los ojos, maravillado—.
Y ahí está la Filacteria —susurró, pero parpadeó para dejar de lado esa distracción—.
Ha sido una… una conversación muy interesante.
¿Qué has dicho, muchacho? ¿Que «en cuanto Drak Midna tenga la Filacteria, todo cambiará»?
Imagina lo que dirá la gente cuando se lo cuente.
Siempre he sabido que los dragones de Skralla estaban compinchados con él.
—No, eso no es… —comenzó a decir Alex.
Entonces, sin perder la sonrisa, Steen se llevó un tubo de acero a los labios, lo apuntó contra Alex y sopló.
Algo la golpeó en el costado. Alex resbaló hasta la mitad del tejado y, cuando recuperó el equilibrio de nuevo, vio a Erik parado donde ella había estado un momento antes.
El muchacho tragó saliva con los ojos muy abiertos y atemorizados. Se llevó una mano al cuello, del que sobresalía un dardo con una pluma de color azul.
Alex trepó hasta él mientras un líquido helado le llenaba las entrañas.
—¿Qué has hecho?
—El veneno de Impyr —contestó Steen—. Y tengo suficiente para los dos. —Colocó un segundo dardo en la cerbatana.
Alex no le dio la oportunidad. Se lanzó hacia delante y expulsó un chorro de llamas amarillas.
Steen se envolvió en el abrigo, riéndose.
—¡Ya puedes esforzarte al máximo, el abrigo tiene un hechizo!
Pero el fuego no dejaba de brotar y Steen gruñó mientras las llamas rodeaban los bordes del abrigo, prendían en sus guantes y le chamuscaban el mostacho. Se agachó y se escondió rodando detrás de las chimeneas.
—Vamos, Erik —gimió Alex, tomándole de la mano y tirando de él en dirección a la escalera—. Ese veneno es… es… —No se atrevía a contárselo—. Tenemos que volver a Skralla, rápido.
Pero Erik seguía mirando furioso a Steen.
—He dicho rápido —gruñó ella, empujándole hacia la escalera.
Bajó después de él. Erik saltó cuando quedaban tres metros para llegar al callejón, se tambaleó y cayó contra la pared.
—¡Erik! —gritó Alex.
La piel del muchacho ya estaba teñida de verde. Y unos hilos negros se expandían desde el punto en que el dardo le había perforado la piel.
—Aguanta —le dijo Alex, con el estómago en un puño, mientras le quitaba el dardo con cuidado.
Lo tiró al canalón.
Algo intentó arrebatarle la Filacteria con poca fuerza.
—Para ya —le dijo entre dientes; le apartó la mano de una palmada y se guardó la caja en el bolsillo.
Él resbaló un poco por el muro y Alex exhaló, aterrorizada. Cindraw no había durado mucho después de que la envenenaran, y era un dragón de mayor edad y tamaño que Erik.
—Debería transformarme —dijo él—. El veneno está en mi forma humana.
Alex negó con la cabeza, desconsolada.
—El veneno de Impyr es mágico. Se… —Tragó saliva—. Se extenderá también por tu forma de dragón. Se inventó para matarnos.
—Bueno… —Erik esbozó una leve sonrisa—. Si lo hago, porque lo hago, y si no… —murmuró, e hizo una mueca de dolor.
Un ruido de botas resonó al frente de la calle. A Erik comenzó a salirle humo de los brazos.
—No hay tiempo para peleas, Erik. Debemos huir. Tú tienes que conocer una manera rápida de llegar a Skralla…
Él asintió con debilidad y la guio hacia otro callejón a la vuelta de la esquina, donde asustaron a dos hadas que estaban peleándose por los restos de un cubo de basura volcado. Erik cayó de rodillas y avanzó a gatas hacia una tapa de alcantarilla.
—Las cloacas —resolló.
Alex vio por encima del hombro unos uniformes brillantes, unos rostros enrojecidos. Levantó la tapa, que liberó un hedor a verduras podridas, excrementos de rata y cosas peores. Desplegó la escalera y Erik bajó tambaleándose tras ella.
Escupió fuego para iluminar un ancho túnel, cuyas paredes tenían una gruesa capa de mugre verdosa.
Un trueno retumbó entre ellas; de repente, un aroma a lluvia y hogueras acabó con el hedor.
El dragón negro pasó al lado de Alex. Era del tamaño de un elefante, pero mucho más ágil, y lanzaba fuego hacia la oscuridad que tenían delante.