El amanecer de los dragones (Dragonborn 1) Capítulo 23 #3
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Capítulo 23 #3

Las garras escarbaron bajo su cintura para levantarla. El dragón la atrajo hacia sí y ella olió el hierro en su aliento. Intentó arrebatarle la Filacteria de las manos, pero sus zarpas se movían con demasiado torpeza.

—No hagas eso —gruñó Alex—. ¿Quién eres?

Pero la criatura le contestó solo con un rugido gutural y silbante, sin apartar la vista de la caja. Se relamió los labios con su gruesa lengua. Sus garras la sujetaron con tanta fuerza que a Alex se le quedaron dormidas las piernas.

Ella respiró hondo y le roció la cara con fuego.

El dragón la soltó y rugió mientras las llamas se derramaban por sus escamas. Alex salió disparada y saltó sobre los adoquines, sobre la cola del dragón, mientras el humo le brotaba de los labios y recorría la callejuela.

Los hombres vociferaban en las calles al frente, sus gritos sonaban por encima de la lluvia y del aullido de las hadas.

El rugido del dragón había llamado la atención.

Alex corrió a toda velocidad, se agarró a una farola para ayudarse a girar por una esquina cerrada y se encontró con que la calle estaba bloqueada por una decena de soldados uniformados con rayas rojas y azules, y unos cascos con plumas amarillas.

—¡ALTO!

Alex miró la furia oscura de los cañones de sus armas.

—T-tengo que volver a casa —dijo.

Su aliento se elevó dejando un rastro de humo.

—¡Es el dragón! —gritó alguien.

—Quietos… ¡Quietos! —sonó una voz, y un hombrecillo calvo con una capa húmeda de color rojo salió a toda prisa de las sombras, resoplando—. ¿Quién eres, niña? —le preguntó Quinby—. ¿Estás en el grupo de Oliphos? No es buena idea que estés…

Sus ojos se posaron en la Filacteria que Alex llevaba en la mano, en los dragones plateados de sus laterales. Quinby siguió moviendo los labios, pero de ellos no salió ninguna palabra.

—Bueno… —dijo al fin—. ¿Qué llevas ahí?

—N-no es nada —contestó Alex.

Nervioso, Quinby se puso a juguetear con el pesado medallón que llevaba al cuello.

—Nada, ¿eh? Bueno, en ese caso dámela. Ahora.

—¿Por qué la quieres? —espetó Alex.

—Porque, si existe la más mínima posibilidad de que sea lo que creo que es, no debería encontrarse en manos ni de un dragón ni de una niña.

Alex no se movió un centímetro. Quinby les hizo un gesto a los soldados, que levantaron los rifles al unísono.

—Rápido, dragón…, dámela. Las balas vuelan demasiado rápido para que tengas tiempo de transformarte.

Alex bajó la vista hacia la Filacteria y se preguntó si de verdad sería tan indestructible como le había dicho su madre.

Entonces, una sombra barrió la calle, y Quinby y los soldados se desvanecieron bajo unas alas negras como la tinta al volcarse. Un momento después estaban chillando.

Alex observó boquiabierta el caos móvil de garras, dientes y plumas amarillas, y salió corriendo por un callejón.

Un crujido sonó con fuerza por encima de su cabeza y una loseta de pizarra se hizo añicos junto a sus pies.

Levantó la vista con una mueca hacia el chaparrón y vio que nuevas losetas caían sueltas de los tejados, y que una cola negra se mecía en el hueco entre los edificios.

Se frotó el pecho. La sensación seguía allí —caliente, insensata—; menguaba cada vez que el dragón la dejaba atrás y se encendía cuando ella lo atrapaba.

La sensación era el dragón, y, por un extraño y maravilloso momento, Alex comenzó a sentirse esperanzada por mucho que fuera imposible, por mucho que él hubiera muerto.

«Los dragones son los seres más poderosos que hayan existido —le había dicho Pups—, y la muerte no representa el final para ellos».

¿Y si la Filacteria lo había traído de vuelta?

Alex se detuvo, tambaleante, al ver que otros diez soldados avanzaban entre la brumosa llovizna y la apuntaban con los rifles.

—¡Detenedlos, detenedlos! —se oyó el grito estridente de Quinby a lo lejos.

El suelo se estremeció bajo los pies de Alex. Una cola alargada giró e hizo salir volando el cartel de una tienda.

El dragón se interpuso entre Alex y los soldados con las alas bien desplegadas, y las escamas de filo letal y negras como el petróleo.

Los rifles ladraron.

—¡NO! —gritó Alex y, sin pensarlo, se lanzó hacia delante, e intentó situarse entre el dragón y los soldados.

Pero no fue lo bastante rápida. El dragón tembló. Un hedor a pólvora llenó el aire. Sangre negra chisporroteó en los adoquines.

Sin importarle la posibilidad de hacerse un corte en los dedos con las escamas, Alex tiró de la cola del dragón.

—¡Vamos! —le gritó mientras los hombres recargaban sus rifles. Entró corriendo en una callejuela y el dragón la siguió volcándose, con el movimiento fluido de una serpiente—. ¡Transfórmate! —le gritó Alex—. ¡Estás sangrando por todas partes!

Unas botas resonaron con pesadez a sus espaldas.

Alex ahogó un grito cuando unas garras frías la levantaron.

Una canaleta se desprendió mientras el dragón cargaba con ella por el lateral del edificio entre tumbos y sacudidas.

La dejó con un cuidado sorprendente y, a continuación, se desplomó sobre el tejado.

—¡Transfórmate, rápido! —gritó Alex, mientras su sangre alquitranada goteaba sobre la pizarra.

La sensación en su interior era muy intensa —audaz y vertiginosa— y, por la manera en que la miraba, tuvo la certeza de que el dragón la conocía.

Sujetó la Filacteria con fuerza y observó esperanzada la transformación de la criatura.

Las esquirlas de bala repiquetearon al caer sobre el tejado. El viento barrió el humo.

Pero debajo yacía un muchacho, no un hombre. Un muchacho que miró a Alex con unos ojos que en ese momento eran del color de la miel. Enloquecidos, aterrorizados.

Erik.