Capítulo 23 #2
—Cinco años me pasé intentando localizar a Will…
por los Reinos Ocultos y por los Exteriores.
Tantos lugares, tantas trochas… No ha habido nadie a quien se le diera mejor encontrar a la gente que a mí y, sin embargo, nunca pude atraparle.
También… me molestaba que estuviera tan pagado de sí mismo por esa razón.
—Una sonrisa vacilante se abrió paso poco a poco en sus labios—.
Me dejaba notitas. Y las pocas veces que nos encontramos, bueno, a veces nos peleábamos y otras hablábamos.
Recuerdo que una vez lo perseguí hasta Praga, a un restaurante encantador…
—Dirigió una mirada melancólica a las estrellas—.
Y tuvo los arrestos de esperarme allí sentado, en una mesa para dos.
Yo sabía que aún no podía hacerle nada, pues necesitaba que me contara dónde estaba el tesoro de Drak Midna.
O al menos eso fue lo que me dije a mí misma.
Pero, poco a poco, pelea a pelea, fue convenciéndome de que no estaba haciendo lo correcto.
Tu padre siempre veía lo mejor de las personas.
Incluyéndome a mí. Entonces, un día encontró al fin la Filacteria.
Le seguí a Undwin. Lo perseguí. Creo que una parte de mí seguía deseando asesinarle, llevarle la Filacteria a mi amo y ver la felicidad en sus ojos.
Pero tu padre no dejó de hablar, siempre estaba hablando.
Y, cuando llegamos aquí —miró el bosque a su alrededor y sonrió—, me di cuenta de lo que deseaba.
Un lugar donde estar con él para siempre. Un lugar al que poder llamar casa.
Se quedó en silencio, tocándose y retocándose la bufanda, sin que la sonrisa abandonase su rostro.
Alex abrió la boca y, a continuación, la cerró. Había estado a punto de llamarla «mamá», pero la palabra ya no le parecía adecuada. No había conocido nunca al dragón que permanecía sentado ante sus ojos.
—¿Cómo murió papá en realidad? —dijo en su lugar, con voz fría e inexpresiva.
—¿De qué estás hablando, palomita mía? —La mujer dejó de juguetear con la bufanda y miró a Alex, sorprendida—. Ya sabes cómo murió. Entró en la tormenta. Salvó a esa gente de morir ahogada.
—Pero era un dragón. Las tormentas no matan a los dragones.
—Oh, bueno… habían pasado diez años desde que llegamos aquí y no se había transformado en todo ese tiempo.
Para serte sincera, no estoy segura de que aún tuviera esa capacidad.
Era tan feliz siendo humano aquí, con nosotras…
Creo que quizá había olvidado la manera de hacerlo.
Entonces, una noche me desperté y no estaba allí.
Tuve la certeza de que algo no iba bien.
Corrí hasta la playa, oí los gritos de pánico.
Me transformé, me dio igual que pudieran verme.
Me adentré volando en el mar para buscar a tu padre, pero… era demasiado tarde.
Se quedó callada y, durante un rato, ninguna de las dos dijo nada.
Alex recordó esa noche, cuando se despertó amodorrada en la cama y se encontró a su madre ante ella, empapada por la lluvia, cubierta de lágrimas.
Miró la tetera con la foto en el lateral, sus expresiones de felicidad.
Su padre las rodeaba a las dos con los brazos, estrechándolas contra sí con la fuerza de un oso, y acababa de decir algo que las había hecho llorar de la risa.
Alex deseó poder recordar cuáles habían sido sus palabras.
—Le… le echo de menos —dijo su madre en un susurro.
Alex la miró a los ojos y, por un instante, volvió a ser su madre de verdad, y sintió deseos de dejarse caer a su lado y abrazarla con fuerza.
—Entonces, ¿crees…?
—¿Alex? —Su madre se puso rígida—. ¿Qué tienes detrás de la espalda? —Se puso en pie, rodeó el tocón y vio el agujero que había hecho su hija. Su rostro perdió el último toque de color que le quedaba—. Dámela.
Alex sintió un cosquilleo en el cuello.
—No.
—Alex, tu padre y yo trajimos eso hasta aquí para escondérselo a Drak Midna. Desde que naciste he estado protegiendo dos cosas: a ti y esa caja. Drak Midna no debe conseguirla nunca.
—Y no lo logrará. Si está en Skralla, Oliphos podrá protegerla. Y usarla para encontrar más dragones. ¡Estará más a salvo que metida debajo de un árbol!
—Alex, no lo comprendes… Dámela. —Dio un paso, lento y cauteloso, hacia ella. Unas llamitas rojas titilaban en su boca—. Dámela ahora mismo.
—¿Acaso sabes lo que puede hacer? —preguntó Alex.
—Contiene un ejército, pero ¿qué importancia tiene eso? No hay nada en este mundo que Drak Midna desee más, así que no debe conseguirla nunca. Alex, escúchame… Tengo que contarte algo sobre él. Algo que nadie más sabe. Drak Midna es… es más débil de lo que todos creen.
Alex retrocedió otro paso.
—Entonces, ¿por qué le tienes tanto miedo?
—Porque, pese a esa debilidad, sigue siendo la criatura más peligrosa de la Tierra.
Pero, durante todos los años que pasó enseñándome, durante todos los años que le seguí, no vi nunca su forma de dragón.
Me dijo que era demasiado arriesgado que revelara su verdadero yo, que es demasiado grande y le verían.
Pero, en realidad, creo que no ha sido capaz de transformarse desde el Gran Ensalmo.
A Alex casi le entraron ganas de reírse.
—Entonces, ¿es solo un humano? ¿Drak Midna es solo… una persona?
—Se ha pasado tres mil años contando historias sobre su grandeza, temeroso de que los demás se dieran cuenta de lo débil que es en realidad.
Pero muchas de sus hazañas son solo eso: historias, mentiras.
La mentira ha sido siempre su principal don.
Lo cierto es que ha permanecido oculto, entrenando a niños como yo para que cumplieran sus órdenes, y buscando eso en todo momento. —Señaló la Filacteria.
—Si es tan peligrosa, ¿por qué no la destruisteis?
—Es indestructible, tiene un hechizo muy poderoso. Dámela.
Alex negó con la cabeza.
—Puede encontrar el espíritu de los dragones… Eso es lo que hace. Y yo puedo comunicarme con esos espíritus, así que podría usarla para volver a hablar con papá.
Su madre cerró los ojos con fuerza.
—Por favor, palomita, dámela.
—La necesito.
La mujer abrió los ojos de golpe con el rostro retorcido por la rabia. Alex tuvo la seguridad de verlo en sus ojos durante un instante: el dragón que su madre llevaba dentro.
—Dámela, Alex.
—No.
—No voy a pedírtelo de nuevo. ¡Por qué no haces nunca lo que se te pide!
Una llamarada de color rubí brotó de sus labios, azotó el aire y golpeó el dorso de la mano de Alex, que gritó de dolor mientras un calor ardiente le subía disparado por el brazo. Gimoteó y pegó la mano contra el suelo escarchado.
Su madre se llevó la mano a la boca.
—Oh, oh, cariño, lo siento. Lo siento muchísimo. Yo nunca… Es que no tienes ni idea de lo peligrosa que es esa caja. Yo no quería… Por favor, por favor, tú…
Pero Alex ya estaba en pie y bajaba la colina derrapando. Se dejó caer a gatas y se metió en la madriguera. El aliento atemorizado de su madre sonaba a sus espaldas.
—¡No, Alex, espera! No sabes lo que estás…
Su voz se interrumpió en el momento en que Alex atravesó la trocha retorciendo el cuerpo y entró en el amplio vestíbulo que había más allá. Corrió hasta el otro extremo de este y miró por encima del hombro. Su madre acababa de irrumpir por la puerta, tosiendo por culpa del barro.
—No me sigas —le espetó, sosteniendo el brazo quemado contra el pecho—. O te perderás aquí dentro.
Salió del vestíbulo a la carrera, prestando atención a la cháchara febril de los esqueletos de dragón, el faro que la guiaría a través del laberinto. Un hormigueo de emoción le subía y bajaba por la espalda mientras sostenía la Filacteria frente a ella.
—¿Dónde estás? —preguntó en un susurro.
Y, de inmediato, algo le contestó.
Fue una sensación cálida y familiar, acurrucada con comodidad en el interior de su pecho. No tenía un nombre para ella, pero era salvaje, cómoda y aventurera, como la sensación de estar sentada junto a una hoguera llameante después de haber avanzado a través del viento y la lluvia.
—Papá…
Miró por encima del hombro, prestó atención por si escuchaba los pasos de su madre y se sintió aliviada al no oír nada.
Entonces echó a correr de nuevo, con el corazón martilleándole ansioso mientras sujetaba la Filacteria con fuerza.
La sensación seguía allí, se intensificaba con cada paso que daba; Alex tuvo la seguridad de que llegaba de algún lugar cercano, más cercano de lo que habría podido esperar nunca.
Dejó atrás el esqueleto de Cindraw, pasó por debajo del arco, subió la escalera y salió a Undwin.
Chapoteó por los charcos iluminados por la luna y le frunció el ceño a una bandada de hadas que daba vueltas por las alturas, chillando como gaviotas dementes.
La sensación en su interior era muy cálida, no dejaba de volcarse hacia el exterior como una corriente eléctrica que le recorriera la piel. Se volvió, esperanzada.
—¿Papá?
Las ratas huyeron por el canalón entre sus pies, obstruyeron las rejillas mientras intentaban lanzarse hacia la alcantarilla. De repente, el aire olía a tormenta.
Algo le golpeó en las piernas; era duro y grueso como un tocón.
Alex gritó al salir disparada hacia delante; lanzó una mano hacia los adoquines y se aferró a la Filacteria con la otra.
Rodó sobre la espalda, respirando con pesadez, mientras una forma inmensa se estiraba hacia el cielo ante sus ojos y tapaba la luna con las alas.
La cabeza del dragón era alargada, estrecha como la de los cocodrilos, y sus ojos, de un color verde vivo y venenoso. Era más grande que Kaida, quizá incluso que Ferox, con una hilera de espinas elevadas y un pincho afilado en el hocico.
Tenía las escamas negras.
Alex sujetó la escama que mantenía la capa en su sitio. Por un extraño momento pensó que se le había aparecido su propio dragón.
—Eres… eres tú —susurró—. Eres quien mató a la oveja de Mog, quien hirió a Duncan. Quién… ¿Quién eres?