El amanecer de los dragones (Dragonborn 1) Capítulo 23
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Capítulo 23

E l invierno había transformado el bosque de Alex en un mundo de cristales oscuros. Volvió la mirada hacia el agujero del que había salido, un agujero que había visto mil veces con anterioridad, pero que siempre había tomado por la madriguera de un tejón.

Dio un paso vacilante al frente. La hierba estaba tan escarchada que se rompió bajo su bota.

La cabeza le palpitaba, llena de ideas. ¿Cómo?

¿Cómo era posible que Cindraw, entre todos los lugares posibles, la hubiera conducido hasta allí?

Había recorrido todo ese camino para encontrar la Filacteria, para encontrar a su padre, y se hallaba de nuevo al principio de todo.

Frente a ella estaba el Viejo Roble, cuyo tronco partido seguía tumbado donde lo dejó y cuyo tocón estaba espolvoreado de nieve harinosa. Frunció el ceño, preguntándose por la extrañeza de todo ese asunto. Había atravesado los restos de un árbol roto y en ese momento estaba parada delante de otro.

La voz de su padre le habló desde la profundidad de sus recuerdos. «El Viejo Roble no se alimenta de agua y nutrientes. Las hadas del bosque dejan oro y piedras preciosas entre sus raíces, para sustentarlo y que crezca con fuerza».

Se le aceleró el corazón. Una idea insensata y delirante se había adueñado de ella, y no se atrevió a detenerse para ponerla a prueba.

Se dejó caer junto al tocón y pegó las manos al suelo, que estaba helado.

Sopló una llama para ablandarlo y se puso a cavar con los dedos.

Separó la tierra con cuidado, tiró de las raíces, de un bloque de piedra.

Nada. Excavó frenética, lanzando los guijarros a un lado, terrones llenos de cochinillas.

—No, no, no… —gimió.

Pasaban los minutos y tenía los dedos congelados. Tenía que estar allí. No había otra posibilidad. De no ser así, no sabría dónde buscar. Se hizo un corte en la palma de la mano con una piedra afilada. Reprimió las lágrimas.

Tocó algo metálico.

Se quedó sin aliento mientras sus dedos se cerraban alrededor de una cajita.

La sacó del agujero y la sostuvo en alto, a la luz de la luna.

La miró como si fuera a desvanecerse en cualquier momento.

Era más pequeña que una manzana. Ligera como una bellota.

Con un dragón plateado en cada una de sus caras doradas.

Alex le dio la vuelta, buscando la manera de abrirla. Hundió las uñas en sus bordes. La sacudió, desesperada, pero no produjo ningún sonido. «¿Dónde está mi padre?», pensó, pero no sirvió para nada.

—¿Dónde está mi padre? —susurró.

Alguien gimió al otro lado del tocón, como si hubiera despertado de una pesadilla. Un crujir de hojas, el susurro de la tela. Alex avanzó con cuidado, rodeando el árbol, y se encontró a su madre apoyada contra él.

Se quedó rígida y escondió la Filacteria con el cuerpo.

La visión hizo que se le encogiera el corazón: su madre parecía vieja y abatida; tenía ramitas en el pelo, los labios azules por el frío.

En su regazo descansaba su tetera favorita, la que mostraba la foto de los tres en el lateral.

Alex estaba a punto de hablar cuando su madre se frotó las manos y escupió fuego contra el suelo.

—No…

Retrocedió tambaleándose, observando el hilo de humo que salía de la boca de la mujer y se enroscaba en el aire. Sus ojos se encontraron.

—¡Alex! —gritó su madre, poniéndose en pie de un salto para apagar el fuego con el zapato. Alex nunca había visto una llama de ese tono de rojo. Rojo como la sangre. Ella le sonrió, y la vejez desapareció de su rostro—. Has vuelto. ¿C-cómo estás?

El fuego seguía danzando en el suelo y Alex no podía dejar de mirarlo. Tenía la sensación de que su cabeza era un saco demasiado pequeño, cuyas costuras estaban rompiéndose.

—Eres un dragón —dijo en un susurro—. Mamá, eres… ¡eres un dragón!

La mujer pateó la nieve para tapar el fuego.

—Yo… yo… —Miró a Alex, pero al parecer no sabía qué decir.

Alex se llevó una mano a la cabeza. El suelo y el cielo habían intercambiado su posición.

—¿C-cómo es posible que seas un dragón? Pensaba que lo era papá…

Nerviosa, su madre recorrió el extremo de la bufanda con los dedos.

—Bueno, en realidad, la cuestión es que… los dos éramos dragones, Alex.

Ella se quedó mirándola, intentando hacerse a la idea, pero las piezas no encajaban. Su madre, tan controlada, tan cuidadosa, tan sólida. Los dragones eran salvajes e intrépidos y libres, así que no podía ser uno de ellos.

Se volvió, no quería verla más. En la parte baja de la colina vio el agujero del que había salido.

Una desagradable constatación se desplegó en su mente.

—Dos dragones —susurró, paseando la mirada entre el agujero y la última y minúscula ascua de llama rojiza.

Cindraw había visto a dos dragones correr por las raíces del Viano. Y uno de ellos era…

Sintió un doloroso retortijón en el estómago.

—Alex, ¿qué pasa? —le preguntó su madre, mientras ella se alejaba poco a poco.

Construir la frase le llevó tres intentos. Tenía los labios helados por el frío y el miedo.

—Eres Azzar, la Muerte Roja.

—Oh.

Su madre se desplomó y no dijo nada más; se limitó a juguetear con la bufanda, envolviéndose la pálida mano con ella una y otra vez.

Alex negó con la cabeza: no, era imposible. Su madre no podía ser un dragón, y mucho menos al que temían todos los demás dragones.

Pero, entonces, ¿por qué no decía nada?

—Alguien vio a Azzar entrar en la tormenta la noche en que murió papá —dijo Alex, manteniendo un tono duro y robótico, para no echarse a llorar—. Oliphos me dijo que Azzar mató a papá.

Su madre abrió mucho los ojos por el horror.

—¿Ma-matarle? Palomita, ¿por qué iba yo a…? —Lanzó un prolongado suspiro y una lágrima rodó por su mejilla—. Intenté salvarle.

Alex apretó los puños.

—Todo el mundo dice que Azzar es un asesino.

—¿De verdad crees que Oliphos no ha matado dragones antes? —espetó ella, y volvió a sentarse con otro suspiro.

—No lo entiendo… Delante de Oliphos te comportaste como si fueras humana.

Su madre soltó una risa amarga.

—Pues claro que sí. Estuve a las órdenes del mismísimo Drak Midna… ¿Crees que Oliphos se hubiera comportado de una manera tan chispeante y cálida como lo hizo de haber sabido quién era yo en realidad?

—Pero ¿por qué? —Alex tuvo la sensación de que podía atragantarse con las palabras—. ¿Por qué ayudaste a Drak Midna, que es tan malvado?

Su madre recostó la cabeza contra el tocón.

—Sí, lo es. El dragón más malvado, taimado e invencible que haya conocido. Y sé lo que me digo, porque yo también soy un dragón malvado, taimado e invencible. Cariño, tú tuviste suerte de que te encontrara Oliphos. A mí me encontró Drak Midna.

Alex desplazó los pies para no perder el equilibrio.

—Pero ¿y tus padres? Me contaste que murieron pocos años antes de que yo naciera.

—Oh, bueno… no fueron tan pocos, en realidad.

—Su madre se encogió de hombros—. Uno de ellos debió ser un dragón, pero nunca averigüé cuál de los dos, y no estoy segura de que ellos mismos lo supieran.

Fueron unas personas horribles. —Miró el cielo, resentida—.

Entonces apareció él. Me contó que los humanos habían estado a punto de acabar con nosotros, que había que destruirlos.

Yo era una niña de once años y él fue tan bueno conmigo que… le seguí. Hubiera dado la vida por él.

Miró a Alex, como desafiándola a que se lo discutiera.

—Es lo que mejor se le da. Encuentra a niños dragón y los convierte en herramientas para que cumplan sus órdenes.

—N-no lo entiendo. Todo el mundo habla como si Azzar llevara mucho tiempo por aquí, pero solo tienes cuarenta y cinco años.

—Cuarenta y tres, Alex —la corrigió su madre con expresión severa—.

Y bueno, de hecho, soy un poco mayor que eso: los dragones envejecen más lentamente que los humanos.

Pasé décadas al servicio de Drak Midna. Él me hizo fuerte.

Me llevó a creer en mí misma y en su causa.

Y solo cuando me mandó matar a un dragón muy concreto…

descubrí a alguien capaz de hacer que cambiara de idea.

—Levantó la tetera y pasó la mano por la imagen impresa en su lateral—.

Alguien por quien hubiera valido la pena dar la vida.

Alex frunció el ceño. De repente entendió por qué su madre coleccionaba teteras, por qué montaba siempre tanto jaleo con ellas. Eran sus tesoros.

—Pero… te peleaste con papá. En el Viano.

Su madre entornó los ojos.

—¿Cómo lo sabes?

—Tanto da. Sé que lo perseguiste y que acabaste aquí.

—Bueno —ella se aclaró la garganta—, nuestra relación era complicada. Al fin y al cabo, yo tenía que cazarle. Debió de ser hará… unos diecisiete años. Drak Midna pensó que tu padre conocía el paradero de… —Su madre se removió, incómoda—. De algo muy importante para él.

Alex apretó los dedos contra la Filacteria, que ocultaba a sus espaldas.