El amanecer de los dragones (Dragonborn 1) Capítulo 22 #3
77%

Capítulo 22 #3

—Ah, aquí estuve a punto de atraparlos —dijo Cindraw, que avanzaba con zancadas veloces, sin detenerse nunca a pensar la dirección que debía tomar—. Discutían de manera extraña, como si se conocieran. Yo me limité a seguir los rugidos y el fuego. ¡Aquí a la izquierda, rápido!

A la vuelta de la esquina, los huesos de dragón desaparecieron.

Los humanos no habían matado a tantos para llenar todas las raíces, o quizá no se habían atrevido a aventurarse tan lejos, por si se perdían.

A Alex comenzaron a dolerle los pulmones de tanto correr.

Pasaron al lado de un último esqueleto, que yacía con las alas plegadas.

Parecía más nuevo que los otros, menos cubierto de polvo, y además estaba intacto. O casi.

Le faltaba el cráneo.

Alex se detuvo, miró el esqueleto y levantó la vista hacia el espíritu de Cindraw.

—¿Por qué te has parado? —le gruñó el dragón, volviendo la cabeza, confuso.

—¿R-recuerdas más cosas a partir de aquí? —le preguntó Alex.

—¡Pues claro que sí! —le espetó Cindraw, como si Azzar y el otro dragón estuvieran a punto de escaparse.

Alex miró el esqueleto descabezado. Cindraw debía de haber muerto allí y sencillamente no se había dado cuenta, de manera que su espíritu había continuado con la persecución.

«Aprisionados en sus restos mortales, o ligados a objetos o lugares que tuvieron un significado especial para ellos».

Siguió a Cindraw por unos túneles que se desviaban hacia abajo, hacia la izquierda, hacia la derecha, de nuevo hacia abajo, hurgando en las profundidades del mundo. Alex comenzó a sentirse como si hubieran dejado atrás la realidad y estuvieran corriendo por la grietas que la atravesaban.

Entonces, después de lo que le pareció una hora, llegaron a un vestíbulo amplio y alargado, con un techo alto en forma de bóveda. Al final de este había una pequeña puerta metálica.

—Entraron por ahí —dijo Cindraw, que avanzó una pata pero vaciló—. Pero no los seguí. —Mostró los dientes, molesta—. ¿Por qué no lo hice?

Alex volvió la vista, pensando en el esqueleto de Cindraw, que había quedado tan atrás, y se preguntó si los huesos no la habrían mantenido amarrada, impidiéndole que pudiera ir más allá. Las alas del dragón se estremecían sin descanso; estaba desesperada por seguir adelante.

—La encontraré —dijo Alex, y los ojos naranja de Cindraw se posaron de inmediato en ella—. Te lo prometo. La encontraré y me aseguraré de que Drak Midna no lo consiga nunca. No te quedes en el pasado, en estos túneles vacíos. Tiene que haber… —Hizo una pausa—. Otro lugar al que puedas ir.

Cindraw bajó la cabeza, examinó a Alex con detenimiento, como si acabara de reparar en ella.

—Tu hechicería —dijo al fin.

Alex asintió con la cabeza.

—Por eso puedo hablar contigo.

Cindraw resiguió la parte superior de su cuerpo con el hocico.

—No, es algo más —dijo, y sus grandes ojos se posaron en los de Alex. Por primera vez, Cindraw sonrió, una expresión poco habitual y curiosa en un dragón—. Es la esperanza.

Alex bajó la vista.

—Escucha, deja que consiga la Filacteria. Ya… ya no debes preocuparte por ella. Has hecho más de lo que te tocaba.

Cindraw la observó durante unos instantes, mientras su ruidoso aliento llenaba la cámara pero no producía el menor eco. De repente se irguió: ahogó un pequeño grito de sorpresa, de emoción.

—Puedo notar el cielo.

—¿En serio? —preguntó Alex, insegura.

No podían estar más lejos del cielo en aquel preciso momento.

—Noto que me llaman desde arriba. —Cindraw volvió la cabeza hacia el techo—. Debo irme.

—¿Al… al cielo? —preguntó Alex, y la sonrisa del dragón se ensanchó, y sus ojos se llenaron de una dicha ansiosa.

—A todas partes.

Y, aunque tampoco supo bien por qué, Alex sonrió también.

Cindraw se irguió sobre las patas traseras y desplegó las alas.

Y en un instante se transformó; no en una forma humana, sino en una luz azul y plateada tan vasta que Alex sintió su calidez en la piel, tan brillante que tuvo que cerrar los ojos.

Cuando volvió a abrirlos, Cindraw había desaparecido.

«¡Pasa a volar por las alturas, por encima de los bosques, a través de los mares, para siempre! Suma su voz a la gran canción del mundo. Libre de adversidades».

—Libre de adversidades —dijo Alex en un susurro, con una sensación extraña en el pecho, de tristeza y maravilla entrelazadas.

Se estremeció; sin Cindraw allí, de repente tenía frío y notaba los incontables dolores y arañazos que recorrían su cuerpo.

La puertecita estaba allí, al frente.

Alex se dirigió hacia ella con los puños cerrados y la mandíbula en tensión. No oía nada más que el martilleo minúsculo de su corazón, su respiración ligera pero pesada, sus pasos calmados pero ensordecedores. Jamás había pensado que el silencio pudiera ser tan ruidoso.

Abrió la puerta.

Y parpadeó, sorprendida. Porque al otro lado había un muro de suelo blanco, un extraño corte transversal de raíces retorcidas y lombrices que se sacudían.

Cerca de la parte inferior había un agujero.

No, un túnel. Alex se puso en cuclillas: al final se veía una luz debilísima.

Respiró hondo, comenzó a avanzar a gatas.

La tierra crujía a su alrededor, el viento frío le golpeaba la cara, notaba entre los dedos las hojas húmedas y podridas.

Se escurrió por el túnel y se descubrió rodeada de árboles. Mil olores diferentes le llenaron la nariz y reconoció hasta el último de ellos.

Estaba en su bosque.