Capítulo 22 #2
Las fosas nasales de Cindraw se abrieron y cerraron, sus gruesos labios se retorcieron mientras reflexionaba. Alex se sentía como si la contemplara un lobo.
Entonces, el dragón asintió con la cabeza y Alex se obligó a esbozar lo que esperaba que fuera una sonrisa tranquilizadora.
A continuación, se dirigió en silencio hacia la Casa y abrió la puerta con cuidado para que sus goznes no chirriaran.
Cindraw volvió la vista hacia Rannock y avanzó con paso moroso hacia Alex.
Era demasiado grande para caber en el vestíbulo.
Con una sacudida, Alex recordó que no tenía la llave de la puerta trasera.
Erik se había encargado siempre de abrirla, y era consciente de que el muchacho nunca participaría en algo así.
Además, ni siquiera tenía ni idea de dónde dormía: nadie lo sabía.
Estaba preguntándose si Gwinnie podría abrírsela usando la magia cuando reparó en la brisa que llegaba del otro extremo del vestíbulo.
La puerta ya estaba abierta.
Alex se apresuró a salir, casi riéndose de la suerte que había tenido. Quizá Erik había salido solo y se había olvidado de cerrar tras de sí…
—¡Cindraw, aquí fuera! —gritó.
El espíritu salió a la calle, menos a través de la puerta que a través del edificio entero, y dirigió una mirada severa más allá de los tejados.
La pacífica noche de Undwin se desplegaba ante sus ojos.
Una bandada de hadas las observaba desde arriba y Alex se estremeció, ansiosa, temiendo que intentaran acabar con ella, una niña que caminaba sola en mitad de la noche.
Pero, en vez de eso, formaron una piña e hicieron rechinar los afilados dientes.
Alex hubiera jurado que no era ella a quien miraban, sino a Cindraw.
—Por aquí —gruñó el dragón.
Alex la siguió por las calles, pensando que debía decir algo para mostrarse cortés, pero sin saber qué.
—Bueno, hum, ¿eres, quiero decir si eras, quiero decir si eres…? —Hizo una mueca y comenzó de nuevo—: ¿Rannock y tú sois amigas?
Cindraw resopló.
—Rannock no tiene amigas. Pero es un dragón poderoso. Las dos éramos cenizones cuando llegamos a Skralla… y yo no paré de intentar demostrar que era mejor que ella. Pero no era así, claro. De haber querido, Rannock podría haberse convertido en la mejor entre los Skarren-Har.
Al fin llegaron a la orilla del Medioamigo, que estaba en silencio a excepción de un bullicioso pub llamado El Ganso Salado, frente al cual se mecía una decena de hidroaviones.
Cindraw se sentó sobre las ancas traseras, se quedó como una estatua con la mirada fija en el otro lado del río.
Alex sintió que se le aceleraba el corazón.
—Este es el lugar. Estaba parada aquí mismo. —Cindraw miró a su alrededor y entonces se dejó distraer por el agua.
Alex se acercó a ella y miró también. Su propio reflejo estaba allí; el pelo moreno y embarrado y la ropa desgarrada, y también aparecía la luna brillante. Pero en el agua no se veía reflejado ningún dragón.
—¿Sabes? La verdad es que pensaba que la muerte sería más interesante —dijo Cindraw con voz profunda y distante.
—Lo… lo siento —dijo Alex, de corazón.
—Oh, no es importante. Nada es importante, excepto encontrar la Filacteria. Bien, estaba parada aquí, ah, pero no tenía este aspecto en ese momento.
Plegó las alas con fuerza y se transformó… no dentro de una nube de humo, sino en remolinos de luz azul plateada, y se convirtió en una joven de pelo rubio y corto, pequeña para ser una de los Skarren-Har. Se miró, se pellizcó la nariz y se tiró del lóbulo de la oreja.
—Qué gracioso, había olvidado que tenía este aspecto.
Hizo un gesto de desdén con la mano y paseó la mirada penetrante por la otra orilla del río.
—Se había avistado a la Muerte Roja por todas partes del mundo; temíamos que Drak Midna estuviera planeando algo.
Me informaron de la presencia de un dragón de color rojo aquí, en Undwin, pero resultó ser solo una hidra de gran tamaño y más enojada de lo habitual que había llegado nadando por el Medioamigo.
Justo había acabado de encargarme de ella cuando los vi… allí, allí mismo.
Señaló uno de los extraños mediopuentes que cruzaban el río.
—Por esa trocha irrumpieron dos personas, y se transformaron de inmediato en dragones.
Uno era Azzar: era imposible confundir esas escamas.
Al otro no lo conocía, era un adulto sin duda, con las escamas de color azul, y por alguna razón se movía a la misma velocidad que Azzar.
Estaban peleando o… ¿discutiendo, quizá?
Pero el dragón azul la tenía aferrada entre las garras.
Una caja dorada, con dragones plateados en los costados.
—Cindraw estiró la mano, como si pudiera regresar al pasado y tocarla—.
Estaba a punto de transformarme, de volar hasta allí y coger la Filacteria, pero entonces… pero entonces…
Se volvió de golpe y, por un instante, Alex pensó que había oído que se acercaba alguien. Pero allí no había nadie. Cindraw se llevó los dedos al pecho.
—¿Qué pasó?
La joven miró a Alex con incredulidad.
—Me… me dispararon —contestó en un susurro, y señaló un punto a unos tres metros de distancia—. Un simple hombre. De aspecto bastante normal y corriente, en realidad. Nadie que hubiera destacado en una multitud. Pero de alguna manera supe, lo supe, quién era por debajo.
Alex tragó saliva, temerosa de conocer ya la respuesta.
—¿Quién era?
—Oh, Drak Midna, por supuesto. Me disparó un dardo en el pecho.
—¿Un dardo? ¿Quieres decir, como un veneno?
—El veneno de Impyr. Una manera artera de matar a un dragón.
Si me hubiera disparado con una pistola, quizá habría tenido tiempo de transformarme y salvarme.
Pero el veneno de Impyr es mágico: se extiende por tu cuerpo, por los dos; salta a tu forma de dragón para que no puedas sobrevivir a él transformándote.
Cindraw parpadeó y miró hacia el río.
—Ya me notaba lenta, débil. Drak Midna se había largado y Azzar estaba a punto de desaparecer también. Persiguió al otro dragón hasta allí abajo. —Alex siguió el dedo de Cindraw hacia el otro lado del río, en dirección al inmenso tocón del Viano—. A sus raíces.
—Pero… Oliphos dijo que ese lugar es un laberinto inmenso.
—Un laberinto retorcido de complejidad infinita. Un dragón podría vagar por sus raíces durante un centenar de vidas y no vería más que una pequeña parte de ellas. Y al final de cada raíz hay una trocha.
Alex sintió que un frío océano burbujeaba en su interior.
—Pero, si se metieron ahí…, podrían haber acabado en cualquier parte.
Cindraw miró el Viano, afligida, y entonces se dejó caer de rodillas y hundió la cara entre las manos. Comenzó a murmurar inquieta, y sus palabras se hundieron con fuerza en la mente de Alex:
«¡Debo encontrarla, debo hacerlo!».
—¡ESPERA! —Cindraw se puso en pie de sopetón—.
No, un momento. Un momento, un momento. —Miró a Alex, asombrada—.
No morí aquí. Aún tuve tiempo, antes de que el veneno acabara conmigo, de asegurarme de que Azzar no consiguiera la Filacteria.
—Se rio—. ¡Así que me transformé! Sabía que sería más fuerte en mi forma de dragón, y mucho más rápida. ¡Vamos! Sígueme, dragoncito.
Un remolino luminoso y volvía a ser un dragón, que se precipitó hacia el río y lo cruzó volando a baja altura. Alex se dirigió al puente más cercano para seguirle el paso y vio que Cindraw volaba por encima de una verja alta de la que colgaba un cartel de gran tamaño:
¡ATENCIÓN! DAÑOS PROVOCADOS POR UN DRAGÓN . PELIGRO DE ESCOMbrOS
Alex se aupó para superarla y entró en la calle que había al otro lado; avanzó a la sombra del tocón del Viano.
Los edificios que la rodeaban se habían desmoronado por la mitad, como un pudin mal cocinado; las fachadas habían desaparecido para revelar hileras de dormitorios y baños abandonados, que en ese momento albergaban a hadas dormidas.
Frente a ella, Cindraw se arrastró por debajo de un amplio arco plateado construido dentro del Viano, que por alguna razón no estaba cubierto de excrementos de hadas, como todo lo demás.
Alex corrió tras ella, bajó una escalera y entró en un túnel de techo alto que se bifurcaba y que en cada extremo desembocaba en tres senderos.
Los techos parpadeaban como la luz de las estrellas, y a su alrededor había intricados murales, con miles de pequeñas figuras de hadas que bailaban, reían, lloraban y combatían, como si en esas paredes hubieran pintado la historia completa de las Fadas.
Podría haber sido un lugar hermoso, de no ser por los esqueletos de dragón.
Sus huesos oscuros yacían desperdigados por todas partes, alas, colas, costillas y cuernos, así que costaba identificar dónde acababa un esqueleto y dónde comenzaba otro. Se derramaban por los túneles, y muchos colgaban del techo con cadenas, o se apilaban contra las paredes.
Alex pasó por encima con cuidado, poniendo los pies en los espacios puntuales que se abrían entre ellos. No supo si todos susurraban o solo algunos: era un canto frío e interminable, del que captaba solo fragmentos de palabras aquí y allá.
«Venganza… Quemadlos a todos… Drak Midna…».
—Están muy enojados —dijo.
A su alrededor, las voces crecían, como si su intrusión las hubiera agitado.
Alex reparó en algo que se movía: los espíritus abandonaban los huesos con lentitud, trepaban unos encima de los otros como si fueran hormigas.
Un dragón gris, un dragón amarillo, un dragón blanco, un centenar de dragones, un millar.
—Todos estos dragones murieron en la Guerra —le dijo Cindraw—. Tienen buenas razones para estar enojados.
El dragón saltó hacia la oscuridad; por alguna razón, su forma resplandeciente no generaba ninguna luminosidad. Alex escupió una lengua de fuego que volvió dorados y titilantes los túneles que tenía frente a ella.