El amanecer de los dragones (Dragonborn 1) Capítulo 22
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Capítulo 22

O liphos le trajo de la Casa una bandeja con sopa y le dijo que podía quedarse allí todo el tiempo que quisiera.

Ella logró darle un mordisquito al panecillo, pero en algún momento debió de quedarse dormida, porque lo siguiente que supo fue que se acababa de despertar y estaba contemplando el brillo de la luna.

Alex tanteó con las manos, sin saber por qué, y entonces tragó aire de sopetón. Había vuelto a buscar sus tesoros. Intentó recordar las palabras que Oliphos le había dicho antes. Entonces le había parecido que estaban muy claras, pero en ese momento…

Se hundió en la silla. No se sentía como un amanecer, ni como un sueño ni tampoco como una promesa. No se sentía como gran cosa.

«La Filacteria. Debo conseguirla. ¡Tengo que lograrlo!».

La voz era un cosquilleo sobre su cuello parecido al de las gotas frías de lluvia. Cindraw volvía a murmurar para sí misma.

«¡LA FILACTERIA!».

—Cállate ya —gruñó Alex mientras cogía una almohada de la cama de Oliphos y se tapaba los oídos con ella para apagar el sonido.

Pero no sirvió de nada. Las palabras estaban en sus huesos y en sus pensamientos, y se removió en la silla, pero no desaparecieron.

La Filacteria. Un mapa de todos los espíritus de dragón, los vivos y los muertos.

Se puso en pie y a continuación se sentó de nuevo.

No, no podía, era una estupidez; incluso Erik creía que ir en su busca era demasiado peligroso.

«No pienses en ello, tú no te muevas de aquí», se dijo a sí misma, o quizá fuera la voz admonitoria de Erik, que sonaba en su cabeza.

Se puso las botas y se ató los cordones.

—Tengo que intentarlo, Erik —dijo en un susurro, imaginándoselo con el ceño fruncido, hosco y reprobador.

Se apuró a salir de la cueva, antes de tener tiempo de detenerse.

La oscuridad de Skralla se derramó ante sus pies; el bosque danzaba en silencio al son de la brisa y sus pasos desanidaban guijarros que rebotaban de manera ensordecedora al caer montaña abajo.

Alex hizo una mueca de dolor, temerosa de despertar a algún draqui que estuviera dispuesto a acusarla de nuevos crímenes nocturnos.

Pasó junto a la Casa y Mog, que roncaba tumbado de espaldas, rodeado por sus ovejas, y se quedó rígida cuando una gran ala batió entre los árboles.

La cresta dentada del lomo de Rannock se elevó y cayó; tenía los ojos cerrados.

Alex dio un amplio rodeo y saltó por encima del desfiladero que había encima del zoo.

El sonido de las olas ganó intensidad. La voz ganó volumen.

«Tengo que conseguirla… ¡No puedo fallar!».

Alex avanzó por la arena plateada y llegó a la boca de la cueva. Allí, en la penumbra, descansaba el cráneo, como si estuviera esperándola.

—¿Cindraw? —dijo, pero el cráneo seguía murmurando, frenético.

«¡Más rápido, más rápido, tengo que ir más rápido!».

Alex entró en la cueva. Respiró hondo.

—Ne… nece… —Las palabras salieron a trompicones—: Necesito que me lo cuentes todo acerca de la Filacteria.

«La Filacteria, la Filacteria, la Filacteria».

—Sí —dijo Alex, sin saber bien si Cindraw la había oído o no—. ¿Puedes contarme con exactitud dónde estabas cuando la viste por última vez?

«La Filacteria, la Filacteria, la Filacteria».

—Por favor, tengo que saberlo. Es importante, de verdad.

«La Filacteria, la Filacteria, la Filacteria».

—¡ESCÚCHAME! —gritó, y una llamita brotó entre sus labios.

De repente, el cráneo dejó de murmurar.

Alex parpadeó y sopló para alejar el humo de su cara. Se quedó mirando el cráneo, sus inmensas cuencas oculares vacías, incapaz de sacudirse la sensación de que también la observaban.

—El otro día dijiste que viste a Azzar perseguir a otro dragón que tenía la Filacteria. Estabas en Undwin cuando pasó eso, ¿verdad? Tengo que saber adónde se la llevó.

Quedó a la espera; el martilleo de su corazón le palpitaba en los oídos.

Pero el cráneo guardó silencio; tanto, que Alex temió que el espíritu de Cindraw lo hubiera abandonado por completo.

Se dejó caer al suelo, avergonzada por haberse hecho ilusiones, por haber pensado que un cráneo podría ayudarla a encontrar a su padre.

Cogió sendos terrones de arena húmeda y los lanzó, rabiosa, contra la pared de la cueva.

—Tú… Sé que tú…

Sorprendida, Alex se puso en pie de un salto. La voz del cráneo sonaba más firme, más consciente. Una débil luminosidad comenzó a relucir en torno a él y fue cobrando el brillo de las esmeraldas. En las cuencas ardían hogueras de color anaranjado.

Los ojos de Cindraw en efecto la observaban.

—Me… —Tragó saliva—. Me llamo Alex. Ya… ya hemos hablado un par de veces.

Retrocedió al ver que el cráneo se elevaba… no, que Cindraw se elevaba sobre su cráneo, irguiéndose sobre unas patas de color verde brillante. Su cabeza inmensa se retorció de aquí para allá.

—¿Dónde estoy? —preguntó con voz agotada, confundida, como quien despierta después de un largo sueño.

Alex se quedó mirándola, fascinada y asustada por lo que acababa de hacer.

—En… en Skralla.

—¿Skralla? Pero si hace un momento estaba en Undwin.

Alex hizo una mueca, notando una punzada de compasión. Cindraw seguía sin ser consciente de que estaba muerta.

—Ya lo sé. Viste la Filacteria.

—¡Sí! ¿Cómo he vuelto hasta aquí? Esto no está bien, tengo que irme. ¡La Filacteria no debe acabar en manos de Drak Midna!

Dicho lo cual, el enorme espíritu saltó por encima de Alex y sus alas traspasaron las paredes de la cueva.

—¡Espera! Necesitas mi ayuda.

Cindraw resopló.

—¿La ayuda de un draqui?

Batió las alas y a Alex se le cayó el alma al suelo al ver que levantaba el vuelo hacia la montaña.

—¡No! —le gritó—. ¡No te vayas!

El aire que las separaba se difuminó. Cindraw rugió al sentir que algo tiraba de ella hacia atrás, como un perro sujeto por una correa. Se estrelló en silencio contra el suelo. Se desenroscó, se cernió sobre Alex y le mostró los dientes.

—¿C-cómo lo has hecho? Tengo que llegar a Undwin.

Se volvió, su cola serpenteó mientras avanzaba en zigzag entre los árboles, pero de nuevo se vio arrastrada hacia atrás contra su voluntad. Alex recordó las palabras de Pups:

«Algunos espíritus quedan atrapados después de la muerte, son incapaces de pasar página: permanecen aprisionados en sus restos mortales, o ligados a objetos o lugares que tuvieron un significado especial para ellos».

Quizá Cindraw no podía alejarse demasiado de su cráneo… El dragón gruñó y rasgó el aire con las garras, esforzándose por superar un muro invisible. Alex avanzó unos pasos y Cindraw también se tambaleó hacia delante.

Entonces se detuvo; un muro de nada le bloqueaba el paso.

—¿Qué es esto? ¿Cómo puedes…? —Cindraw entornó los ojos en un gesto que anunciaba peligro—. No te pareces a ningún draqui que haya conocido.

Se volvió hacia Alex e intentó tocarle el hombro con una garra: la traspasó.

—Eres… eres una especie de aparición —dijo Cindraw, cuyas escamas se erizaron molestas—. No tengo tiempo para esto.

Miró al frente de nuevo e intentó escabullirse montaña arriba, pero de nuevo cayó hacia atrás como si hubieran tirado de su cuerpo.

Alex corrió tras ella y vio que el espíritu del dragón iba dando saltitos de frustración, se detenía una y otra vez, y solo podía moverse cuando la chica llegaba a su altura.

La Casa apareció al fin al otro lado del bosque. La enorme figura de Rannock se cernió sobre ellas.

—¡Rannock! —gruñó Cindraw, ansiosa, y batió las alas para llegar junto al otro dragón—. ¡Rannock! He visto la Filacteria… Tenemos que reunir a todos los Skarren-Har que sea posible. ¡Despierta!

Pero Rannock no se alteró. Cindraw ladeó la cabeza.

—Es… es incluso más grande que antes. ¿Cómo puede haber crecido tanto desde esta mañana? —Cindraw levantó la cabeza por encima del bosque—. ¿Y qué hace un hada durmiendo en ese árbol? Las hadas no viven en Skralla.

Alex se estremeció bajo el sentimiento de culpa mientras veía a Cindraw encajar las piezas. ¿No habría sido más caritativo que la hubiera dejado murmurando en la cueva?

—Por favor —dijo en un susurro—, llévame al lugar donde viste por última vez la Filacteria. Nadie… —Alex tragó saliva y se le encogió el corazón en el pecho. Tuvo que obligarse a decir estas palabras—: Nadie más puede oírte.

Cindraw se quedó quieta, clavó la vista en Alex y parpadeó una sola vez, como hacen los reptiles. Volvió a mirar a Rannock, posó una garra en sus escamas y ahogó un grito cuando la traspasó. Alex nunca había oído a un dragón ahogar un grito.

—Puedo acompañarte a Undwin —le dijo.

El espíritu de Cindraw se veía con tanta claridad que podría haber estado viva. Sacudió la cola una vez.

—No. Despierta a Rannock… ¡Despiértalos a todos! Necesitaremos dragones que puedan luchar.

Alex intentó hablar, pero tenía la boca seca.

—Escucha, cuando viste a Azzar esa noche… Eso no ha sucedido ahora mismo. Fue hace unos años, creo. Pero…

Alex se calló cuando Cindraw posó su mirada en ella. Una mirada incómoda, inhumana. Entonces miró a Rannock y luego a la Casa mientras las espinas de su lomo se estremecían.

—Vi a Mog colocar esa veleta el otro día —dijo, y guardó silencio durante unos instantes—. Ahora está muy oxidada.

Hundió las alas. Dejó la cola quieta. Bajó la cabeza al suelo.

—He llegado demasiado tarde. Ya debe de tener la Filacteria. Dispuse de la oportunidad de obtenerla y… y fracasé.

Alex estiró el brazo, dejó los dedos tan cerca del cuello de Cindraw que le habría tocado las escamas de haber podido. De alguna manera, el dragón se dio cuenta y sus ojos de color naranja se movieron hacia ella.

—Quizá no —dijo Alex—. ¿Y si el otro dragón logró escapar?

—Nadie escapa de Azzar —espetó Cindraw, levantando la cabeza y lanzando una mirada furiosa a la luna—. ¡No logro recordarlo! —gruñó—. ¿Por qué no puedo recordar lo que pasó?

—Vamos a Undwin… quizá te ayude a, ya sabes, a hacer memoria.