El amanecer de los dragones (Dragonborn 1) Capítulo 21
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Capítulo 21

E l tiempo transcurrió de manera extraña. Oliphos subió la montaña cargando con ella, pero tuvo la sensación de que el ascenso duraba semanas y meses. Estaba convencida de haber visto el sol ponerse y elevarse y ponerse de nuevo.

De repente se encontraba sola, y el cielo en el exterior estaba gris y oscuro.

Se descubrió sentada en un sillón blando, envuelta en una manta que parecía obra de Mog, en una pequeña cueva con vistas a Skralla.

Frente a ella había una cama repleta de libros y, a su lado, un armario de gran tamaño.

Por alguna razón, una luz caleidoscópica resplandecía en las paredes.

Alex parpadeó para alejar las lágrimas de los ojos y averiguó el porqué.

Las paredes estaban cubiertas de escamas de dragón colgadas de hilos, y destellaban aquí y allá, tan distintas entre sí como un copo de nieve de otro copo de nieve.

De repente, un rugido sacudió la cueva. Y la montaña.

Fue un bramido tan antiguo que tuvo la sensación de que la Tierra misma había despertado.

Las escamas tintinearon, deslumbrantes como arcoíris diminutos, y Alex se tapó los oídos, atrapada dentro de su cabeza con esas ideas tan pesadas.

Sus tesoros seguían derritiéndose. La carta continuaba ardiendo.

Respiró hondo, con dolor, y entonces se encontró a Oliphos parado justo en la entrada de la cueva.

—¿Qué ha sido ese rugido? —preguntó ella.

Él se sentó en la cama.

—Oh, bueno, solo hay un dragón en Skralla que pueda rugir así de fuerte.

He pensado que Ferox necesitaba que le recordaran que, incluso en su forma de dragón, no es más que un pajarillo en comparación conmigo.

Aunque ya estaba bastante asustado cuando le quité a Kaida de encima.

—Oliphos suspiró—. Lo siento mucho, Alex. Lo que ha hecho es una crueldad.

Ella logró esbozar una sonrisa débil e hizo una mueca al notar una nueva punzada de dolor. Estiró el brazo, se dio cuenta de que estaba buscando los tesoros y se apresuró a esconder ambas manos bajo la capa. Oliphos la miró a los ojos y pareció comprender lo que pasaba.

—¿De quién son? —preguntó Alex, señalando las escamas resplandecientes.

—Oh, ¿eso? Bueno, antes del Gran Ensalmo, era una señal de respeto regalar una de tus escamas a otro dragón. Una señal de amistad verdadera.

Alex se quedó mirándolas con una fascinación renovada.

—Tienes un montón de amigos.

La sonrisa de Oliphos flaqueó.

—Tenía un montón de amigos. Y, si alguien viniera aquí y derritiera estas escamas, mi dolor, mi rabia, serían… bueno, supongo que serían tan intensas como lo que tú estarás sintiendo ahora.

Alex se frotó el pecho.

—Y-ya no siento tanta rabia.

Oliphos se dirigió a una mesa, sirvió una taza de medu de una jarra y la calentó con una lengua de fuego de su boca.

—Tus tesoros eran fragmentos de tu pasado. Y, ahora que ya no existen, tienes la sensación de que tu pasado también ha desaparecido. Como si te hubieras alejado más aun de tu padre.

Puso la taza entre las manos de la chica y, aunque ella no bebió, sí agradeció el calor. Y asintió con la cabeza.

—El pasado puede ser reconfortante, ¿verdad? —preguntó Oliphos, sentándose de nuevo—. Si lo sabré yo, que tengo mucho más pasado que la mayoría. —Paseó una mirada cariñosa por la cueva—. Miro estas escamas y es como si mis amigos volvieran a estar aquí, conmigo. Mi familia.

Tocó con la mano dos escamas que había junto a su almohada, una de color verde vivo y la otra del color de las hojas caídas, el mismo de su capa.

—Nací durante la Guerra. No tuve demasiado tiempo para conocer a mis padres como es debido antes de que los, bueno…

—Se quedó en silencio y, a continuación, consiguió sonreír—.

Pero recuerdo que a mi madre le encantaba ver la puesta de sol.

A veces me subía a su espalda, porque por entonces yo no era más que un escuálido alevín, y volaba hacia el ocaso a toda velocidad.

—Oliphos se palmeó la rodilla, sus ojos se arrugaron al reír—.

¡Nos lo pasábamos en grande! Perseguíamos los remolinos rosados y anaranjados del horizonte, íbamos tras el sol para que no pudiera ponerse nunca y tuviera que quedarse allí para siempre, grande, hermoso y brillante.

Suspiró, se llevó las manos al regazo y se quedó largo rato contemplando el suelo. Al levantar la cabeza, sus ojos estaban húmedos.

—Después de la muerte de mis padres, a veces intenté volver a perseguir la puesta de sol.

Pero… —Una lágrima rodó por su mejilla—.

Ya no era un juego. Tenía la sensación de que, de alguna manera, si lograba volar a la velocidad suficiente, alcanzaría el ayer.

—Miró hacia el exterior de la cueva, en dirección a las nubes y al sol poniente—. Para poder volver a volar con ella.

Se quedó en silencio, observando el horizonte, y frunció el ceño.

—Entonces se lanzó el Gran Ensalmo, y la Guerra terminó.

Los pocos dragones que quedaban se dispersaron y se escondieron, y yo me encontré convertido en uno de los últimos supervivientes de nuestra raza.

Y me pasé muchísimo tiempo deambulando, sin saber adónde dirigirme.

El único lugar al que de verdad deseaba ir era el ocaso, pero siempre se hallaba fuera de mi alcance.

Porque el sol tiene que ponerse, Alex. Y tardé cientos de años en encontrar la fuerza que necesitaba para volver la cabeza y darme cuenta de que hay algo en el mundo, oh, más hermoso incluso que el ocaso.

Tomó las escamas de sus padres en la mano y cerró los ojos. Nuevas lágrimas cayeron por sus mejillas. Dejó que las escamas regresaran con un tintineo contra la pared y se volvió para mirar a Alex.

—¿Qué crees que decía la carta de tu padre?

Ella parpadeó. Con dolor, se imaginó el sobre e intentó ver por enésima vez en su interior. Las palabras en la parte frontal estaban escritas con una letra peor incluso que la suya: a menudo bromeaba con su padre por su caligrafía.

—Antes de dormirme, escribo versiones de la carta en mi cabeza —contestó—.

A veces está llena de consejos paternos, ya sabes, en plan que siempre hay que comprar un desatascador antes de que lo necesites.

—Logró sonreír—. O contiene un montón de pistas complicadas que conducen a un tesoro enterrado.

O… —La sonrisa desapareció mientras un sollozo de dolor crecía en su pecho—.

O trata sobre todas las cosas que esperábamos hacer cuando yo fuera mayor.

Escalar montañas. Inventarnos historias sobre árboles de aspecto extraño, cosas así.

—Se calló, temerosa de echarse a llorar si continuaba hablando.

Oliphos sonrió.

—Ajá. Sus esperanzas para el futuro, pues. ¿Sus sueños?

Alex asintió con la cabeza y Oliphos se acarició la barba, pensativo. De repente, su mirada se posó veloz en ella.

—Creo que ya sé por qué no logras transformarte en dragón.

Alex se estremeció.

—¿Lo… lo sabes?

—Cuéntame otra vez lo que pasó tu primera noche aquí, cuando estuviste a punto de transformarte.

—N-no lo sé. Comenzó a pasar, pude notar el dragón en mi interior, y me pareció tan grande, peligroso y aterrador…

—Pero el dragón de tu interior eres tú, Alex. Y eso significa que, si tienes miedo, él también lo tiene. No creo que el dragón sea lo que temes, la verdad es que no.

Alex miró su taza, el reflejo lodoso que se ondulaba en la superficie del líquido.

—Entonces… ¿a qué le tengo miedo?

—Al cambio. No a transformarte en un dragón, sino al cambio que te traerá el día de mañana.

Al fin y al cabo, el futuro que vendrá no es el mismo que tu padre soñó en su carta.

—La cama crujió al ponerse Oliphos en pie—.

Por eso tus tesoros son tan importantes para ti.

Con ellos puedes esconderte del futuro. Puedes perseguir el ocaso hacia el pasado.

Pero, Alex, si le damos la espalda al gran horizonte que se abre ante nosotros, nos perderemos las maravillas que el nuevo día nos tiene reservadas.

—Pero… —Alex tragó saliva después de que otro sollozo la asaltara de repente—. Pero yo no quiero ese futuro. ¡Yo quiero su futuro: el de la carta! De otro modo, él habrá desaparecido. ¡Habrá desaparecido para siempre!

Oliphos atravesó la cueva y posó la mano en el brazo de su sillón.

—Alex, cuando nos abrimos al futuro no abandonamos el pasado. A fin de cuentas, el futuro no es la muerte del pasado. Es la promesa de ese pasado que se ha vuelto real.

—¿Y qué hay de las promesas que el pasado le hizo a él? —Alex bajó la vista, intentando imaginar el sobre entre sus manos—. ¡Quería hacer muchas cosas, y ninguna pasará nunca!

Descubrió que Oliphos, que aún tenía lágrimas en los ojos, se había puesto en cuclillas a su lado.

—Alex, esa carta no era el futuro que esperaba tu padre.

—¡Sí que lo era! —gritó ella.

—No —insistió él con calma—. No lo era. —Le puso una mano sobre el hombro—. Tú eres la promesa de futuro que se le hizo a tu padre. Todo lo que él fue, todo lo que deseó, vive en ti ahora mismo.

Oliphos se puso en pie, anciano, salvaje y poderoso, con los ojos brillantes de pena y de bondad.

—Así que, por favor, Alex, no temas el amanecer. Abrázalo. Tu padre soñó con un amanecer y ese amanecer eras tú.