Capítulo 20 #2
Kaida y el muchacho regresaron con rapidez a sus asientos. Alex accionó las alas.
—¡Usa la velocidad! —le gritó Kaida—. ¡Eres más ágil que él: haz que se canse!
Alex se elevó hacia las alturas y un remolino rabioso la siguió al levantar Ferox el vuelo.
—¡Vigila! —gritó Pups, y Alex se apartó de golpe hacia la izquierda.
Una ola de calor pasó de largo junto a ella. Oyó el chisporroteo de la garganta de Ferox y se lanzó hacia la derecha, hizo una mueca de dolor al notar que el pelo de sus brazos desaparecía chamuscado. Ferox rugió, molesto, y Alex notó otro chorro de calor. Se apartó hacia la izquierda.
Y la llamarada se derramó sobre su pierna.
La multitud se puso en pie. Alex vio que Pups se llevaba las manos a la boca, vio que Kaida saltaba al Buche, vio que Rannock encendía una segunda antorcha. Pero no oía a ninguno de ellos. Alguien le estaba gritando en ambos oídos.
Era ella misma.
Alex cayó. Sus alas tenían problemas, emitían el zumbido desesperado de una mosca atrapada.
Unas manos cálidas la sujetaron por la pierna que no se había quemado y tiraron de ella, le quitaron las correas de cuero de las alas.
La de la derecha estaba negra y retorcida, despedía chispas con un chisporroteo en su esfuerzo por batir.
Alex miró a Erik, sin saber bien si lo que salía de su boca eran palabras o gritos. Un alivio frío se extendió por su pierna cuando le aplicó más ungüento en la quemadura. Ella sollozó de gratitud y el dolor fue menguando hasta que por fin pudo pensar de nuevo.
—¡No hacía falta que usaras tanto fuego! —gritó Kaida hacia el otro lado del Buche, donde Ferox estaba sentado con las piernas cruzadas, humano de nuevo, y tiraba una ramita al aire con una sonrisa satisfecha.
—Debe de haberse quedado con la manera en que te movías —dijo Erik—. Esa tercera llamarada no ha ido hacia el lugar en el que estabas, sino hacia el que te dirigías. Es más listo de lo que parece.
—Dame eso —dijo una voz musical, y Gwinnie le arrebató el ungüento a Erik de las manos—. Lo estás empeorando… Se le infectará.
El hada pasó las manos resplandecientes por encima de la quemadura de Alex y tejió una red de luz dorada, y ella observó fascinada que la carne enrojecida y crepitante recuperaba la palidez habitual.
Erik cogió el segundo par de alas de hada de la bolsa y le pasó las correas por los hombros.
Alex levantó la mirada. Las nubes grises de la mañana se habían abierto para revelar un sol brillante y ardiente.
—Tengo que usar mi velocidad en su contra, pero no puedo hacerlo si me ve, me oye y me huele. ¡Un momento! —Se dejó caer en el barro y se puso a rodar hasta que quedó cubierta por el lodo: una capa gruesa y viscosa de color marrón grisáceo.
—Y yo aquí, desinfectando la herida —dijo Gwinnie.
—Esto ocultará mi olor, ¿verdad? —Alex parpadeó para quitarse el barro de los ojos—. Tengo que eliminar la mayor cantidad posible de sus sentidos.
Erik parecía impresionado.
—Bueno… esperemos que su sentido del sabor no entre en juego. Espera, ¿para qué necesitas eso? Están estropeadas.
Alex había cogido las alas rotas y había pulsado el botón de retraerlas antes de meterse el aparato en el bolsillo.
—He tenido una idea.
Sonó el gong, un gemido infeliz que hizo que se le revolviera el estómago.
Ferox volvió a abalanzarse sobre ella y su rugido fue un repelente eructo de dicha surgido de las profundidades de su cuerpo; unos hilillos de saliva salieron volando de sus dientes.
Alex se elevó y voló en zigzag entre las columnas perseguida por el dragón, dejándose caer de vez en cuando como un halcón y escondiéndose en los pequeños huecos entre los paneles giratorios, intentando que sus movimientos fueran lo más azarosos posible para que Ferox no pudiera predecir dónde iba a aparecer a continuación.
Ascendió siguiendo el lateral de una columna y parpadeó al salir a la luz del sol. Dio varias vueltas al Buche, viendo a Ferox lanzar silbidos y aletear en su esfuerzo por mantener su ritmo. Voló más alto, por encima del público, por encima del Buche, directamente hacia el resplandor del sol.
Por último se posó en la cima de la columna más alta, desconectó las alas y observó los movimientos ruidosos de Ferox en el Buche, a sus pies.
El dragón la buscaba desesperado, como un tiburón enloquecido por el olor a sangre.
Alex sujetó la espada con una mano y el segundo equipo de alas de hada en la otra.
Apretó el botón del aparato y lo dejó caer hacia Ferox.
Este levantó la vista mientras las alas cobraban vida y batían con torpeza. Las siguió a ciegas, deslumbrado por el sol, dando dentelladas de frustración. Alex lo vio pasar bajo sus pies, calculó su velocidad. Intentó encontrar el momento exacto.
«¡Ahora!».
Se imaginó cayendo hacia el estanque de aguas oscuras y el resto fue sencillo.
Saltó, el viento le azotó las orejas y aulló en sus oídos mientras caía como una piedra.
Los niños ahogaron unos gritos e intentaron avisar a Ferox, pero eso solo pareció confundirlo y comenzó a mover la cabeza de aquí para allá.
Alex sujetó la espada con fuerza, los ojos fijos en su rival, el corazón acelerado.
Y quizá fue ese corazón lo que Ferox oyó, porque volvió la cabeza en el último momento. Vio a Alex, abrió las fauces.
Pero era demasiado tarde.
Alex encendió las alas, lo que frenó su caída lo suficiente para que pudiera levantar la espada y dejarla caer con fuerza sobre el cuello de Ferox, que gimió de dolor mientras unos garabatos de electricidad recorrían veloces sus escamas.
Ella se elevó de su lomo antes de que pudiera golpearla con la cola. Ferox cayó al suelo y se estrelló contra él como una furgoneta al caer por un precipicio. Siguió una oleada de humo y volvió a convertirse en un muchacho que yacía en un cráter de barro con forma de dragón.
Alex no oía nada más que su propio aliento. Algo parecía haber absorbido todo el sonido del mundo.
Entonces, Pups levantó de golpe el bastón.
—¡Bravo! ¡Formidable! ¡MAGNÍFICO!
Pan y Shanks comenzaron a vitorearla. Mog lanzó un silbido que perforó sus oídos. Incluso dragones como Drikken y Brinno lanzaban hurras y golpeaban el aire, mientras que los alevines gritaban de alegría.
Erik tenía las mejillas sonrosadas, no podía quitarse la sonrisa de la cara.
Al final, los aplausos se acallaron y todas las cabezas se volvieron hacia Rannock, que tenía una expresión pétrea, impenetrable. Por un momento, Alex temió que no fuera a concederle el punto.
Entonces, a través de la luz del sol, vio que la mujer se volvía y escupía una llamarada para encender una de las antorchas que tenía por encima de la cabeza.
La de Alex.
Y los aplausos volvieron a comenzar.
—¡No es justo! —gritó Ferox—. No la he visto por culpa del sol. ¡Ha hecho trampa!
—No, no es así —dijo Rannock—. Ha usado su ingenio contra ti. Venga, la pelea no ha acabado.
Alex revoloteó hasta llegar al suelo y se desplomó, hecha un bulto jadeante. Erik corrió para ayudar a que se incorporara.
—Creo que… me va a estallar… el corazón —dijo, y chilló cuando Kaida cayó sobre ella y la abrazó con fuerza, sin importarle la gruesa capa de barro.
—¡Ha sido increíble! —gritó la chica—. Mira la estúpida cara de Ferox. Es obra tuya.
Al otro lado del pozo, Ferox mantenía una discusión feroz con Ingil, el rostro retorcido como el de un tigre al gruñir.
—Pero no creo que vaya a funcionar por segunda vez. —Alex dirigió una mirada sombría a las dos antorchas que le faltaban por encender—. O una tercera.
Cerró los ojos con fuerza. «Venga, transfórmate, transfórmate, transfórmate», le susurró a su dragón, esperando que los martillazos de su corazón lo despertaran. Pero, al imaginar que se transformaba, vio la sinuosa forma negra, las pupilas verticales de color amarillo, y sus entrañas se enfriaron.
—Quizá pueda…
Pero sonó el gong y Ferox ya avanzaba pisando fuerte hacia ella con las mandíbulas bien abiertas.
Iba mucho más rápido, como un toro en estampida, y Alex se elevó y en un instante su mundo pasó a constar de los rostros borrosos de la gente, el crujido de las alas de dragón y su propio aliento atemorizado.
Se agachó y se escabulló veloz y se lanzó en picado, pero notaba a Ferox tras ella en todo momento, olía el hedor a putrefacción de su aliento, notaba el hormigueo del calor cuando le lanzaba otra llamarada.
No sabía con seguridad si su mente aguantaría mucho más esa sucesión interminable de fintas, caídas y acelerones, fintas, caídas y acelerones.
—¿Qué se siente? —gritó por encima del hombro—. Un dragón tan feroz, derrotado por una niñita con alas de hada.
Ferox rugió de manera salvaje y una sensación de calor subió de repente por el cuello de Alex, que se agachó en el momento en que un brillante chorro de llamas pasaba por encima de su cabeza. Kaida soltó un taco y Pups manifestó a gritos su indignación por encima del estrépito del gentío:
—¡Qué vergüenza! ¡Qué ignominia!
Alex tragó saliva. Si la llamarada le hubiera dado, era bastante posible que no hubiese sobrevivido. Se arriesgó a mirar a Ferox y lo vio en sus ojos: la rabia le había calado por completo. Ya ni pensaba.
Atravesó el Buche y fue directa a la columna del centro.
En el último momento se hizo a un lado, y entonces oyó un golpe, un gemido, el sonido de las escamas al rascar contra el hierro.
En su ansiedad por perseguirla, Ferox se había estrellado contra uno de los paneles giratorios de la columna.
Su ala había quedado atrapada en el mecanismo y él gruñía y gimoteaba mientras intentaba liberarla del engranaje.
En el momento en que lo consiguió, Alex se situó con rapidez a su espalda y le golpeó la pata con la espada con la fuerza suficiente para que brotaran algunas chispas.
—De acuerdo, de acuerdo, ¡SENTAOS TODOS! —rugió Rannock.
La mujer acababa de encender la segunda antorcha de Alex y el público estaba desatado. Shanks había subido a Pan sobre sus hombros y la chica escupía su fuego hacia el cielo. Pups ejecutaba un extraño baile de la victoria. Mog hacía malabares usando a unos alevines.
Alex miró hacia arriba, y sonrió a Kaida y a Erik, pero frunció el ceño al ver que Ingil volvía a bajar al Buche cargada con una funda de almohada abultada.
Avanzó arrastrando los pies, fulminando con una mirada resentida a Ferox, que se estaba transformando en humano.
Dejó caer la funda ante él y regresó enojada a su asiento.
El aplauso fue apagándose: el público observaba a Ferox, confundido. Alex sintió un escalofrío de incertidumbre.
Ferox levantó la funda mientras el sudor resbalaba por su cara. Miró a Alex con odio.
—Si tú puedes traer cosas a una pelea, yo también.
Metió la mano en su interior y sacó un trozo de madera de deriva tallado con forma de zorro.
Luego, una brújula. Un cordel. Un soldadito de juguete.
Le dio la vuelta a la funda y cayeron el segundo walkie-talkie , una piedra con forma de pato; recuerdos preciosos que se esparcían como la basura al vaciar el cubo.
—¡NO! —gritaron Erik y Kaida a la vez.
—¡Ferox! —bramó Rannock—. ¡Ni se te ocurra!
Él examinó los objetos que había sobre el barro con una sonrisa repugnante.
—Si me deshago de estas cosas humanas, quizá al fin se convierta en dragón.
Alex soltó un pequeño gemido. El corazón le latía con tanta fuerza que era doloroso. Miró a Ferox a los ojos.
—Por favor… Ferox. Por favor, no les hagas nada.
Este la miró y levantó la vista hacia la multitud. Un destello de indecisión atravesó su rostro. Retrocedió un paso y Alex sintió una oleada de alivio.
Entonces bajó la mirada hacia los tesoros, se relamió los labios y escupió fuego sobre ellos.
Alex chilló. El soldadito de juguete se desconchó de inmediato, ardió y se convirtió en humo y ceniza.
El pato de piedra se fundió y quedó convertido en un charquito gris.
La brújula burbujeó y comenzó a gotear latón fundido sobre el cordel, y la foto de su padre se disolvió sin que quedara nada de ella.
Uno tras otro, sus tesoros fueron muriendo.
Y entonces Alex vio la carta, que flotaba sobre la mancha borrosa de calor. Serpenteó en el aire, dirigiéndose hacia ella, y por un instante pensó que al menos podría salvarla.
Pero una de sus esquinas se estaba quemando y, cuando llegó hasta ella, no era más que unos copos grises que se agitaron entre los dedos con que intentaba asirlos.
Unos sonidos horribles brotaron de su boca.
Sollozos desesperados, con forma de arcadas, inéditos en ella desde la muerte de su padre.
Ya había echado a correr, gritando, sin importarle que Ferox hubiera comenzado a transformarse.
La tormenta que se cernía sobre ella se convirtió en un dragón y saludó su llegada con una sonrisa torcida.
Alex blandió la espada con un grito furioso y Ferox hizo que esta saliera por los aires dándole un capirotazo con una sola garra.
A continuación, la mandó al otro lado del pozo con un barrido de su cola.
Alex cayó redonda sobre la espalda y silenció el Buche. Todo lo que podía oír eran sus propios sollozos. Cuando abrió los ojos, vio a los demás a través de un velo de lágrimas, sentados con solemnidad como los asistentes a un funeral.
Alientos de pánico. Zapatos salpicando barro. Erik corría hacia ella, pero Alex temió quebrarse por completo si le decía algo. Su padre había desaparecido, de verdad y para siempre. Había desaparecido y ya nunca más podría recuperarlo.
Entonces Erik se detuvo, y Alex oyó otros pasos, más pesados, a un lado. Unas manos amables la levantaron y la sostuvieron mientras lloraba contra una capa cálida y el hombro firme que había debajo.
—No pasa nada, Alex —dijo Oliphos—. No pasa nada.