El amanecer de los dragones (Dragonborn 1) Capítulo 20
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Capítulo 20

E sa mañana, Alex a duras penas pudo subir la escalera a la hora del desayuno. Tenía el estómago tan revuelto como una de esas mesas que se balanceaban de aquí para allá. Mientras tanto, Pan y Shanks discutían quién iba a ganar su tumultoso.

—¿Estás bien? —le preguntó Kaida—. Pareces más pálida de lo normal.

—Estoy bien —mintió Alex, que saltó asustada cuando un plato aterrizó frente a ella.

Era una pila de tortitas empapadas en miel y mantequilla.

—¿Por qué a nosotros nunca nos das tortitas? —se quejó Shanks.

—¿Crees que ha sido idea mía? —espetó Gwinnie, flotando en el aire junto a ellos. El hada dibujó un símbolo garrapatoso y dorado en el aire y una tortita salió disparada hacia los labios cerrados de Alex—. Erik dice que tienes que comer algo.

—¿Por qué hoy? —Kaida se asomó, recelosa, a la bolsa que Alex tenía a su lado—. ¿Qué hay ahí dentro?

—Oh, nada —contestó ella—. Tomad.

Pasó las tortitas para compartirlas con el resto de la mesa y se obligó a comer una.

Pero tenía la boca tan seca que fue como si masticara papel.

No quería que el desayuno llegara a su fin, pero al poco estaba avanzando penosamente con los demás montaña abajo.

Erik le susurraba tácticas al oído izquierdo, pero estas salían disparadas por el derecho.

Llegaron a los puentes de cuerda y vieron el Buche, que crecía en uno de los costados de Skralla como una verruga fea e inmensa.

—Buenos días, patitos —dijo Rannock, luciendo una gran sonrisa forzada que borró de su rostro al instante—. Bien: Ferox, Alex, comencemos por quitarnos de encima el circo de rigor. Un momento… —Rannock frunció el ceño al ver la bolsa de Alex—. No puedes traer nada a un tumultoso.

—¡En realidad sí que puede! —se oyó un grito.

Pups bajaba corriendo por la montaña con un libro en alto. Se tropezó, se cayó por una cascada de barro y aterrizó ante los pies de Rannock.

—He leído el manual de cabo a rabo —farfulló mientras Alex y Erik le ayudaban a ponerse en pie—. Y no hay nada que lo prohíba. Las normas se redactaron antes del Gran Ensalmo, así que nunca tuvieron en cuenta que un dragón pudiera tener forma humana.

Rannock gruñó, le quitó la bolsa a Alex de las manos y miró en su interior.

—Si combates con un dragón de esta manera, lo único que lograrás es que se enfade. Esta vez quizá no te libres solo con un par de ojos morados.

Alex tiró de la bolsa para recuperarla.

—Voy a luchar y voy a ganar —dijo, esforzándose mucho por aparentar confianza.

Rannock se quedó mirándola y una sonrisa peligrosa se desplegó con lentitud por su rostro.

—¿De verdad, corderilla? Bien, de acuerdo. Pero intenta no perder las orejas, ¿vale?

Alex parpadeó.

—¿Las orejas?

—Cuando todo esto se acabe y estés tirada en el suelo, aplastada y quemada, sería una pena que no pudieras oír cuando te diga: «Te lo dije».

Los cenizones se rieron y atravesaron con rapidez, entre empujones, los puentes de cuerda que llevaban al Buche. Erik palmeó a Alex en el hombro.

—Tú acuérdate del plan, ¿vale?

—¿Que no me prenda fuego?

Erik sonrió.

—Exacto.

El chico siguió a los demás y Alex cruzó el puente del medio, mirando hacia arriba para no bajar la vista hacia el mar, hasta que se plantó ante las inmensas puertas de hierro.

Los niños ya estaban en el Buche, riéndose, rugiendo el cántico grave y constante de «FERRRRRROX, FERRRRRROX».

Alex notaba los brazos y las piernas blandos y endebles, como las extremidades de un gatito cansado.

—Es tu última oportunidad para salir —le dijo a su vientre, pero nada contestó.

«Pues claro», pensó ella. Y, arrastrando los pies por el barro, llevó la mano hacia la puerta y la empujó.

El pozo estalló ante ella, oscuro, lodoso, gris; las columnas de piedra giraban con el lamento propio de la maquinaria que no ha sido lubricada.

Ferox ya estaba en el otro extremo, el pecho enorme expandiéndose mientras soltaba un bostezo enorme de aburrimiento, y volvió la cabeza de repente cuando los demás lanzaron vítores ante la llegada de Alex. Al reparar en su bolsa sonrió.

—Ahí llevas la bandera blanca, ¿no?

Alex se puso en cuclillas y sacó las alas de hada y la resplandeciente espada de orco. Los draquis se quedaron en silencio mientras se ajustaba las correas de cuero en torno a los hombros. Pulsó el botón del aparato y las alas se pusieron en marcha con la sacudida habitual.

A Ferox se le borró la sonrisa de la cara de golpe. En los asientos superiores, Kaida abrió mucho los ojos, incrédula. Brinno y Grash resoplaron entre las manos.

—¿Qué está haciendo? —exclamó Ingil.

Hasta las gaviotas parecían reírse.

Alex se sonrojó tanto que fue como si se le hubieran quemado las mejillas. Buscó a Erik en los asientos y le encontró observándola con el ceño fruncido por la determinación. Asintió con la cabeza y Alex notó que un poco de fuerza volvía a ella.

—No va en serio, ¿verdad? —gritó Ferox—. ¿Y se supone que tengo que luchar con ella estando así? No se puede permitir.

Rannock se dirigió dando zancadas hacia el gong.

—Al parecer, nuestros ancestros no esperaron nunca que se pudiera caer tan bajo. ¿Alguien puede ir en busca de Gwinnie? Necesitaremos su magia sanadora muy pronto.

Levantó un puño carnoso hacia el gong. Alex sintió deseos de gritar —¡no estaba preparada!—, pero ya era demasiado tarde. El gong sonó con un temblor escalofriante.

Y obtuvo un trueno por respuesta. Al instante, una nube de humo había envuelto a Ferox y un borboteo sordo surgía de su interior. Era grave y húmedo, como salido de la garganta de un sapo monstruoso.

Luego, Ferox salió en estampida del humo, hecho una montaña de músculos, escamas y púas.

Alex respiró hondo y se elevó por los aires, y tanto Pan como Shanks lanzaron un «ooh» mientras ascendía por encima de los asientos, mirando a Ferox y sujetando la espada con ambas manos.

Las risas cesaron. Los niños observaron en silencio.

Ferox levantó la vista, furioso, y sus ojos pequeños y malignos parpadearon.

Abrió la boca rocosa y disparó un chorro de llamas contra ella.

Alex se apartó a un lado con velocidad, esquivó una segunda llamarada y una tercera, imaginando que eran los guijarros del tirachinas de Erik, atreviéndose a soñar.

Sabía por experiencia propia que escupir fuego era agotador; no tenía problema alguno en pasarse todo el día esquivando esas llamas para al final acabar cayendo en picado y atacar a Ferox cuando este estuviera exhausto.

Pero el dragón debía haberse dado cuenta de eso mismo, porque cerró la boca con un golpe seco. Hundiendo las garras en una de las columnas, se encaramó con pesadez a su costado y a continuación se separó de ella, haciendo un movimiento de barrido con las alas que generó un huracán de hojas caídas.

Y echó a volar.

Alex apretó los dientes. Siempre se le antojaba tan extraño, tan erróneo, que algo tan grande pudiera elevarse de esa manera… Pero las alas de Ferox no lograban coger impulso; cada batida violenta hacía que subiera, pero de inmediato volvía a caer.

Alex miró a Erik y decidió probar uno de sus planes de ataque.

Se dejó caer en picado, pasó por debajo de Ferox y apareció por detrás de él, se elevó dibujando un amplio círculo y repitió la maniobra.

Se escondió detrás de una de las plataformas giratorias y observó a Ferox mover la cabeza, inmensa y torpe, de aquí para allá, como un perro que se buscara la cola.

Había perdido su rastro.

Con una mano, Alex se empujó para alejarse de la plataforma en dirección al dragón. Oía el zumbido de sus alas. Tensó la mandíbula y se concentró en una sola escama verde del muslo del dragón. Levantó la espada por encima de la cabeza.

Entonces, Ferox se volvió, sus ojos negros la atravesaron y le mostró su centenar de dientes. Alex había pasado el tiempo suficiente entre dragones para saber cuándo uno de ellos sonreía.

Iba a demasiada velocidad, no podía frenar. Ferox elevó una garra y, con cuidado, con delicadeza, le arañó el vientre.

—¡No! —chilló Kaida.

El Buche se llenó de aullidos de ansiedad y de aprobación, con el lamento de Pups y la cruel risa de Ingil.

Alex tragó saliva y bajó la vista hacia la túnica rasgada. Una línea roja se marcaba con claridad por encima de su ombligo.

Ferox plegó las alas y se dejó caer sobre el barro. Arriba, Rannock encendió una de las antorchas con una lengua de fuego. Uno a cero.

—¡Alex! —gritó Erik, que saltó de su asiento y llegó resbalando junto a ella en el momento en que se posaba en el suelo—. Oh. Oh, no. —Su rostro palideció—. A ver, en realidad no tiene tan mala pinta.

Ella se tambaleó, mareada de repente. Parecía manar un montón de sangre. A Erik le temblaron las manos mientras desenroscaba la tapa de un tubito y le untaba un ungüento de color gris y olor apestoso en la herida.

—Es una medicina de las hadas —le dijo.

Alex se estremeció de frío y a continuación notó que el dolor disminuía.

—¡La próxima vez quizá no sea tan amable! —rugió Ferox, que había recuperado la forma humana y se paseaba arriba y abajo, golpeándose el pecho con los puños.

Alex examinó su piel, que se había cerrado y le picaba.

—Pensé que le tenía de verdad.

—¡Ha hecho como que no te veía! —dijo Kaida, que había bajado corriendo junto a ellos—. ¡Cualquier dragón puede oír el ruido de esas alas a un kilómetro de distancia!

—¡Las alas! ¡Tienes razón! —Alex apretó el botón de su espalda, con lo que las alas se introdujeron en el aparato y dejaron de zumbar—. Pero eso significa… que no puedo pillarlo por sorpresa… pero tampoco atacarlo de frente…

—¡Venga! —gruñó Ferox—. Quiero luchar contra un dragón.

El público se había triplicado en número y el ruido que hacía se había multiplicado por diez. Debía haberse corrido la voz por la isla: alevines y tizones habían subido al Buche, y Mog estaba junto al borde del cráter, apartando a dos alevines que habían comenzado a pelearse.

—Buena suerte —le dijo Erik en el momento en que Rannock volvió a golpear el gong.