El amanecer de los dragones (Dragonborn 1) Capítulo 19 #3
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Capítulo 19 #3

Alex se recuperó y regresó cojeando a la posición inicial.

Estaba pensando en la noche anterior, cuando Erik había hecho la imitación de un dragón que a todas luces consideraba aterradora, pero que había provocado que a las mujeres de un balcón bajo sus pies se les subiera el vino a la nariz de las risas.

—Perdón, es solo que, hum… Acabemos con esto.

Los días eran tan duros como siempre, pero las noches les pertenecían.

Cada velada, en cuanto el salvaje banquete llegaba a su fin y en la caverna de los cenizones comenzaban a sonar los terribles ronquidos infantiles, Alex y Erik se escapaban a Undwin y se elevaban sobre un mundo de ventanas iluminadas por el fuego y el humo de chimeneas.

—No puedes dejar de moverte en ningún momento —le dijo Erik mientras pasaban por encima del techo de cristal de una sala de baile de color miel, donde adultos con traje y vestidos de noche bailaban en un círculo feliz.

Sacó un tirachinas y se puso a tirarle piedrecitas a Alex, que se movía veloz para esquivarlas, intentando llegar hasta Erik para golpearle con un palo.

—¡Ay! —chilló cuando un guijarro le impactó en el tobillo—. Eso ha dolido.

—Sí, he oído que las piedras y el fuego de dragón duelen más o menos igual. ¡Venga, sigue moviéndote! Un buen tumultoso es como un baile.

Alex miró a la gente bajo sus pies y estuvo a punto de decir que no creía que los dragones supieran bailar el vals cuando otra piedra la golpeó en el hombro.

Después de entrenar durante cinco noches, tenía una decena de moretones nuevos y una marca con forma de gallo en el vientre, debida al choque con una veleta.

Pero, al cabo de una semana, Alex podía perseguir a Erik por el cielo, sortear el aluvión de guijarros y hacerle un barrido de piernas con el palo.

Él le dirigió una mirada de extremo orgullo.

Agotados y hambrientos, fueron volando en busca de comida.

Se acomodaron en un tejado para compartir una bolsa de patatas fritas y observar a cuatro hadas que se peleaban por una tostadora robada.

Había tantas estrellas y su brillo era tan intenso que centelleaban como fuegos artificiales sin fin, y se reflejaban sobre el Medioamigo como si una segunda noche se hubiera abierto en la tierra.

Alex sonrió, recordando la vez en que su padre y ella observaron los meteoritos, y por su cuerpo se propagó un bienestar que nada tenía que ver con las patatas.

De repente se oyó un grito terrible.

—¿Qué ha sido eso? —susurró; el agotamiento había desaparecido de golpe.

Erik miró a su alrededor, confundido.

—¿Qué ha sido el qué?

—¡Ese grito! —contestó Alex, y entonces reparó en el ceño fruncido de su amigo.

Que Erik no lo hubiera oído quería decir que…

Alex miró hacia los restos del Viano. Si se concentraba, lograba oír los susurros rabiosos procedentes de sus raíces, donde yacían enterrados los esqueletos de los dragones.

Pero el grito había surgido de un punto más cercano y, al bajar la vista hacia el Medioamigo, la captó de nuevo: una voz grave y amarga, que avanzaba al mismo ritmo que la corriente.

—Hay algo en el río —dijo en un susurro, activando las alas.

Se lanzaron juntos hacia él, esquivando de camino la tostadora que les habían arrojado.

Un pesquero de arrastre avanzaba por el río con un enjambre de personas a bordo; lo llevaban hacia un amplio hangar hecho de hierro corrugado. Una lona inmensa cubría la mayor parte de su cubierta y, en algunos lugares, una sustancia negra como el alquitrán asomaba crepitante.

«¡Apartaos de mí, insectos insensatos! ¿Creéis que podéis hacerme daño?».

—¿Estás bien? —preguntó Erik mientras Alex se llevaba una mano a la cabeza.

—Sí, creo que sí… ¡Ay!

«¡SENTID MI FUEGO!».

—Hay… hay un dragón muerto muy enojado debajo de esa lona —dijo Alex, con un escalofrío de ansiedad. Si seguía sangrando, el dragón debía llevar poco tiempo muerto. ¿Y si era uno de los Skarren-Har, o incluso Oliphos?

Alex bajó hacia el hangar, se posó con ligereza en su tejado y abrió poco a poco una claraboya para mirar en su interior.

El lugar retumbaba de actividad. Unos hombres amarraron el pesquero con gruesas sogas, mientras otros retiraban con cautela la lona.

Las hélices se detuvieron con un quejido en el momento en que numerosos hidroaviones pintados de colores brillantes entraban también meciéndose sobre las aguas: una decena, cuatro decenas.

Los pilotos se pusieron a conversar con alegría mientras se quitaban los guantes y las gorras, y lanzaron vítores cuando al fin levantaron la lona.

Escamas oscuras iluminadas por la luz de la luna.

Los dientes al descubierto. Un ala que se hundía en el agua.

El dragón yacía sobre su lomo, las garras curvadas con fuerza contra el pecho, como un gorrión muerto.

En las zonas por las que rezumaba la sangre negra le faltaban cúmulos de escamas, y tenía los ojos abiertos, paralizados en una expresión de furia. Las moscas danzaban a su alrededor.

Alex intercambió una mirada de horror con Erik. Había llegado a pensar que los dragones eran indestructibles; ver a uno muerto parecía un grave error, como si se hubiera desafiado a la naturaleza misma.

—¿Quién es?

—No… no lo sé.

«No, ¿cómo es posible? ¿Por qué no arden? ¡No, NO!».

Un hombre alto se bajó de un salto de un hidroavión de color violeta. Tenía una mirada dura y cortante, y un enorme mostacho rubio que se rizaba y le llegaba hasta las orejas.

—Emory Steen —susurró Erik.

Steen caminaba como un hombre convencido de su importancia, sobre unas botas de cuero que chirriaban con cada paso, vestido con unas mangas abullonadas de color violeta y una banda de esmeraldas.

Hizo una reverencia teatral en el momento en que alguien entraba al hangar: un hombrecillo calvo que llevaba una capa roja forrada de piel y un pesado medallón de oro.

Al ver al dragón muerto, se llevó las manos a la cabeza.

—Oh, no. Oh, Steen, terrible idiota, ¿qué has hecho?

Steen le estrechó la mano.

—Quinby, ¿cómo te va, viejo chorizo? —Hizo un gesto hacia los hombres que había en el hangar—. Un poco de intimidad, por favor, chicos…, ha llegado el segundo del Gran Maestre. Ay, cielos, pareces malhumorado, Quinby. Espero que mi mensajero no te haya despertado.

Quinby se había puesto tan rojo como su capa.

—Has matado a un dragón. ¡A UN DRAGÓN!

—Bien, antes de que te estalle la vena de la frente, no te preocupes. No es ninguno de los Skarren-Har ni pertenece a ninguno de los clanes. Es solo un loco solitario que nos atacó a mis muchachos y a mí mientras explorábamos la campiña.

—Ah, entonces os atacó, ¿dices? Qué inoportuno. Ningún dragón sería tan estúpido para atacar Undwin. ¿Qué crees que pasará cuando Oliphos averigüe esto?

Steen se encogió de hombros.

—No se enterará… Lo arrojaré a las raíces del Viano con los demás. Aunque poner su cabeza en el comedor de mi casa daría para un buen tema de conversación.

Quinby se irguió, intentando ponerse a la altura de Steen y fracasando en el intento.

—Podría arrestarte, ¿sabes? El Gran Maestre me ha otorgado poderes plenos y estará de lo más…

—Ay, Quinby, no sabes parar, ¿verdad? ¿Y qué le importa un dragón al Gran Maestre, al fin y al cabo? Son criaturas malignas en las que no se puede confiar.

—Es posible que algunos sean así, pero los Skarren-Har siempre nos han defendido.

—Un dragón es un dragón, Quinby.

—No —espetó el hombrecillo—. ¡Nuestro acuerdo con Oliphos nos beneficia a todos, y lo has puesto en peligro solo para pavonearte! ¿De verdad estás tan desesperado por ser el nuevo Gran Maestre que tienes que matar dragones para conseguir los votos de la gente?

Steen observó a Quinby durante unos instantes. Su sonrisa acabó por desaparecer.

—Yo no me pavoneo. Todo lo que hago es por la ciudad. —Dio un paso al frente y se inclinó hasta que su mentón quedó a un centímetro de la coronilla del otro—. Me han llegado voces que dicen que Drak Midna está muy cerca de encontrar el tesoro que lleva tres mil años buscando.

Los ojos de Steen se desplazaron veloces por el hangar; Alex y Erik se agacharon para quedar fuera de su campo de visión.

Quinby se había puesto muy pálido.

—La Filacteria —dijo en un susurro.

—Precisamente. La profecía de Wigberto el Loco está a punto de hacerse realidad.

En cuanto Drak Midna la consiga, en cuanto reúna al ejército que necesita para borrar a la humanidad de un plumazo, ¿de verdad crees que Oliphos y los demás mantendrán su lealtad hacia nosotros?

¿Que escogerán a los humanos por encima de los dragones?

Quinby retrocedió un paso, nervioso.

—Eso es ridículo.

—Los humanos se han ablandado durante estos últimos siglos, viejo amigo. Dependemos en demasía de los Skarren-Har. —Se dio una palmada en el pecho—. Pero por mis venas corre la sangre de los grandes matadragones del pasado.

Quinby puso los ojos en blanco.

—¿Quieres ir al grano?

Steen hizo un gesto hacia el dragón muerto.

—Lo de esta noche ha sido en realidad… un vuelo de prueba.

Los dragones no son lentos y estúpidos, como los hipogrifos o los basiliscos: son veloces, y solo los pilotos con más talento pueden aspirar a volar mejor que ellos.

Por suerte, somos esa clase de pilotos. El problema es su fuego.

Un dragón adulto puede disparar llamas a más de treinta metros de distancia y con una anchura tal que son imposibles de evitar.

Pero ¿ves esos artilugios tan astutos en lo alto de mis aviones?

Alex siguió su dedo y vio que todas las naves tenían un aparato de color negro soldado a su parte superior, hecho de piezas de metal enganchadas.

—Mira.

Quinby chilló al ver que Steen se sacaba una pistola del abrigo y la disparaba contra su propio avión. Alex se tapó los oídos para protegerse del estruendo del balazo.

Pero no se oyó el tañido de la bala al golpear contra el metal. La superficie del avión se onduló con una luminosidad anaranjada; seguía en buen estado, intacto.

—Ingenioso, ¿eh? Es un artilugio de las hadas, de cuando la Guerra.

Hice que unos magos insufribles trastearan con ellos para mí.

Por supuesto, la magia de las hadas se alimenta por completo de unos símbolos ridículos, así que tiene sus gajes, pero aun así…

el fuego de dragón no puede atravesar los escudos ni sus garras tampoco.

He puesto a prueba ambas cosas esta noche.

Con estos escudos, mis muchachos y yo podemos proteger la ciudad de los monstruos.

—Miró al dragón muerto—. De cualquier monstruo.

No necesitamos a los Skarren-Har. Y, si se alinean con Drak Midna, bueno… estaremos preparados.

Quinby fue paseando la mirada entre un avión y el siguiente con el ceño fruncido con fuerza, como si estuviera calculando los problemas que iban a provocarle. Esgrimió el medallón de manera amenazadora.

—Escúchame, Steen: no pienso arriesgar tres mil años de paz por el bien de tu campaña política. Cuando vuelva mañana, espero que eso haya desaparecido. —Señaló el dragón—. Y esas máquinas de las hadas, también. Buenas noches.

Dicho lo cual, giró sobre sí mismo y se marchó enojado del hangar. Steen mantuvo la sonrisa hasta que Quinby hubo desaparecido, y entonces la borró de la cara.

—Eso ya lo veremos, viejo chorizo —murmuró, antes de coger una llave inglesa y lanzar un silbido a sus hombres.

Alex contemplaba con tristeza al dragón, que no dejaba de farfullar las mismas palabras una y otra vez:

«No me derrotarán… No me derrotarán… No me derrotarán».

Sus escamas resplandecían. Al principio, Alex pensó que era solo la luz de la luna, pero entonces una silueta enorme y plateada se elevó del cadáver y expandió las alas translúcidas.

Se abalanzó contra el avión más cercano, lo atravesó en su caída y comenzó a dar latigazos con la cola mientras recorría desenfrenada el hangar.

«¿Por qué no te rompes? ¿Por qué no ardes?».

Alex sintió una oleada de piedad y deseó poder ayudarlo. ¿Sería el espíritu de su padre así: distraído, desesperado, atrapado en el momento de su muerte?

Los ojos de Erik seguían posados en las ametralladoras y las arponeras, todas ellas inmensas, que estaban sujetas a las alas de los aviones.

—¿Crees que Steen habla en serio? —preguntó en un susurro—. ¿De verdad provocaría una pelea con los Skarren-Har?

Se volvió, y Alex siguió su mirada más allá de la ciudad, mucho más allá de su gran muralla. Allí, en el horizonte, descansaba una mota diminuta de oscuridad.

—Skralla —murmuró ella.

Parecía tan frágil, tan solitaria, que de repente ansió ser fuerte para poder defenderla.

Alex apretó los puños.

—Estoy preparada, Erik. Voy a luchar mañana por la mañana. —Se señaló las alas—. Lucharé como un dragón.

Erik frunció el ceño.

—Pero mañana te enfrentas a Ferox… que es el mejor luchador de todos.

—Bien —dijo Alex—. No veo el momento. Tengo que ser capaz de transformarme; si no, ¿para qué sirvo? Oh, lo siento, Erik. Solo quería decir que…

—No te preocupes. Lo entiendo.

Alex se puso a juguetear, nerviosa, con el palo que tenía en la mano.

—¿C-crees que puedo ganar, Erik? ¿Crees que estoy preparada?

Erik se alejó de ella, acariciándose la barbilla mientras pensaba.

De repente dio media vuelta con el tirachinas en la mano y Alex vio que un guijarro viajaba ya disparado hacia ella.

Se apartó de una sacudida por instinto, y el proyectil golpeó contra el techo con el tañido de una campana de iglesia.

Erik sonrió a la luz de la luna.

—Estás preparada —dijo, tomándola de la mano y poniendo en marcha las alas mientras los hombres de Steen gritaban bajo sus pies, alertados por el sonido. La sonrisa del chico se volvió avergonzada—. ¿Hacemos una carrera de vuelta a Skralla?