Capítulo 19 #2
—Oh, algo infame de verdad, ¿no? —Estampó el zapato contra el suelo—.
¡Una afrenta al orden natural! Verás, los dragones son resultado de que los elementos cobren vida: el fuego en su aliento, el viento en sus alas, la roca en sus huesos.
Las tormentas que bailan según su voluntad.
—Pups miró a Alex sobrecogido y ella sintió que se sonrojaba—.
Los dragones son los seres más poderosos que hayan existido, y la muerte no representa el final para ellos, ni mucho menos.
Cuando un dragón muere, su espíritu se une a la naturaleza.
¡Pasa a volar por las alturas, por encima de los bosques, a través de los mares, para siempre!
Suma su voz a la gran canción del mundo.
Libre de adversidades —dijo Pups, y añadió en un susurro—: Sin sufrimiento.
El hombre se quedó callado y Alex se dio cuenta de la intensidad con que le latía el corazón. Deseaba creerle por encima de cualquier otra cosa, pero…
—Cindraw no parece, hum, haberse librado del sufrimiento.
—Ah, bueno, algunos espíritus quedan atrapados después de la muerte, son incapaces de pasar página: permanecen aprisionados en sus restos mortales, o ligados a objetos o lugares que tuvieron un significado especial para ellos.
Eso es exactamente lo que los magos esperaban encontrar, la manera de hacer caer al espíritu del dragón en una trampa, de atraparlo para siempre.
Supongo que el miedo hace que la pobre Cindraw siga unida a sus huesos.
El miedo a que Drak Midna haya encontrado la Filacteria.
Alex se puso en cuclillas a su lado, temerosa de seguir hablando por si no recibía la respuesta que deseaba.
—Pero… ¿los demás espíritus están ahí fuera, en alguna parte?
—¡Pues claro! Por mucho que lo intentaran esos magos, el espíritu de un dragón es indestructible. Y se esforzaron mucho, créeme. Incluso… —Pups frunció el ceño—. Alex, ¿te pasa algo?
La chica estaba temblando.
—No, estoy… estoy bien. —Resopló. Las lágrimas hacían presión en las comisuras de sus ojos, el corazón casi le dolía de la fuerza con que latía.
Su padre estaba ahí fuera, en alguna parte.
Lo único que tenía que hacer era encontrarle—.
¿Lo ves? Te lo dije, Pups: sabías algo. ¡Eres un académico distinguido!
—Oh, bueno… —Pups se puso a juguetear con los botones del chaleco—. En realidad es a los libros a quienes deberías dar las gracias.
—¡Gracias, libros! —exclamó ella con alegría, y corrió hacia la escalera.
Su mente se disparó mientras subía los escalones de tres en tres: encontraría la Filacteria y, con ella, también a su padre. Y, cuando aprendiera a transformarse, ¡simplemente desplegaría las alas y recorrería el mundo volando para verle!
—¿Por qué estás tan contenta? —le preguntó Erik cuando ella le alcanzó en el piso de arriba. El chico abrió mucho los ojos cuando, sin darse cuenta siquiera de lo que hacía, Alex le abrazó con fuerza—. ¿Qué… qué pasa?
—Oh, nada —susurró Alex—. Es solo que… gracias por ayudarme, eso es todo.
Erik, que parecía sentirse muy incómodo, se zafó de los brazos de Alex.
—Vamos, tenemos que encontrar un lugar donde puedas entrenarte.
Alex salió brincando tras él, sintiéndose como si flotara, y pasaron junto al Zampador.
Era el día libre de Gwinnie, así que Oliphos estaba preparando el desayuno; cantaba con alegría y batía una cuba del tamaño de una bañera llena de huevos mientras Pan y Shanks lavaban los platos entre gruñidos, probablemente a modo de castigo por lo que hubieran roto durante su pelea.
Los demás Skarren-Har estaban sentados en las mesas más bajas y los draquis los observaban sobrecogidos.
A juzgar por sus miradas vidriosas, Alex supuso que la reunión se había prolongado hasta bien entrada la noche.
Alex saludó con la mano a Kaida, deseosa de correr hacia ella y contarle las razones de su buen humor.
—Eh, ¿me estás escuchando? —preguntó Erik, haciendo que se volviera para ponerse de cara a él—. Mira, no sé lo que te acaba de contar Pups, pero tienes que concentrarte. Es… —Su mirada se posó en el suelo—. Es posible que no dispongamos de mucho tiempo.
Alex parpadeó, y la felicidad que sentía en su interior se enfrió. Asintió con la cabeza de manera forzada. Erik tenía razón.
—Deberíamos entrenar en un lugar donde nadie pueda vernos. Ya sabes, por el factor sorpresa.
Erik se acarició el mentón y miró por encima del hombro hacia la gran puerta negra al final del vestíbulo. Una sonrisa lenta y pícara se abrió paso en sus labios.
—Entonces sé con exactitud lo que vamos a hacer.
Para su gran alivio, Alex no tenía que luchar en el tumultoso de esa mañana. Se quedó sentada con Erik en los escalones del Buche, hablando entre susurros, mientras Kaida y Brinno se peleaban bajo sus pies.
—No podré atacarlos de frente —dijo Alex mientras Kaida lanzaba una dentellada y el cuello de Brinno se le escapaba por unos centímetros—. Tendré que rodearlos.
—Sí, pero incluso así… no pierdas de vista su cola. Mira cómo la mueve Brinno. Una barrida y pierdes el combate, y quizá incluso las piernas.
La mañana prosiguió entre estallidos de violencia.
Ferox ganó a Hornpan, Grash a Ingil, y, durante todo ese tiempo, Alex y Erik estuvieron estudiando sus movimientos como diligentes ornitólogos.
Alex experimentaba un terror frío y familiar cada vez que dos dragones chocaban entre sí, y se esforzaba mucho en no demostrarlo.
Asentía con seriedad mientras Erik esbozaba complejos planes de ataque en su libreta: unas flechas garrapatosas y unos dragones mal dibujados, y una figura de palo diminuta con una espada.
Alex se quedó mirando la figura, que parecía la de un enano en comparación con el dragón que tenía al lado.
—Yo no tengo las orejas tan grandes —se quejó, tapándoselas con el pelo.
Esa noche, como era habitual, Kaida ató a Alex a la cama.
Cerca de una hora más tarde, la chica oyó unos pasos cautos en el húmedo suelo de piedra y el chirrido de la escalera.
Erik la desató y salieron en silencio de la caverna, subieron la montaña, entraron en la Casa y se dirigieron hacia la gran puerta negra.
—Pensaba que la cerraban con llave durante la noche —dijo Alex, y Erik le sonrió y le mostró una llave.
—Gwinnie me hizo el favor de sacarla flotando del bolsillo de Graddax. Es útil contar con una amiga que pueda hacer magia.
Salieron al frío de la noche de Undwin. El aire estaba estancado y olía a humo, en comparación con el fresco aroma a tormenta de Skralla. Erik la condujo por una estrecha escalera, señalándole las heces de hada con que se encontraba, hasta llegar a un tejado de chimeneas torcidas.
—¿Preparada para intentar volar? —preguntó, pasándole un par de alas de hada.
Alex miró nerviosa hacia abajo y se puso las correas; el aparato mecánico se le clavó entre los omóplatos.
—Bueno, ¿qué tengo que hacer? —preguntó, y Erik sonrió y le dio un golpecito en la espalda.
Alex oyó un zumbido rabioso junto a los oídos, una ráfaga de aire frío en el cuello, y gritó al notar que el tejado parecía catapultarla hacia las alturas.
Ascendió como un rayo, la ciudad daba vueltas a su alrededor en un borrón de estrellas y farolas encendidas.
Algo pasó silbando a su lado y unas manos la sujetaron por los brazos e hicieron que se detuviera de golpe.
A Erik, sus propias alas le alborotaban el pelo al batir.
El muchacho estaba haciendo un esfuerzo muy serio por no reírse.
Alex frunció el ceño.
—Ojalá te coma un dragón.
—Bueno, siempre puedes intentar hacerlo tú, en cuanto hayas averiguado la manera de transformarte.
El secreto del vuelo está en los hombros, que es donde se controlan las alas.
Relájate. —Se tumbó con las manos en la nuca y se alejó flotando poco a poco—.
Déjate llevar por la corriente. Si te pones muy tensa, volarás a trompicones.
—A… trompicones —repitió Alex en un susurro, recuperando el aliento.
—Venga. —Erik le puso una mano en la espalda para guiarla y los dos comenzaron a aletear juntos—. ¿Lo ves?
Alex bajó la mirada hacia sus pies colgantes y notó una efervescencia en el estómago, como si hubiera tragado purpurina. Era una sensación maravillosa; se notaba ligera, como si nadara en el aire, y la acompañaba la misma emoción vertiginosa de cuando había caído hacia el estanque del bosque.
Erik se adelantó y juntos planearon sobre la ciudad, zarandeados por una brisa fría y susurrante.
Hicieron carreras alrededor de las torres del reloj, de las veletas giratorias.
Pasaron veloces por encima de las cabezas de una multitud enorme que desfilaba al son de unos tambores ensordecedores: un carnaval de miles de personas, con antorchas y máscaras monstruosas y maliciosas.
Una manada de hadas chillonas los vio y comenzó a perseguirlos por debajo de los tendederos de la ropa, por encima de las chimeneas, y Alex no supo bien si estaban jugando o pretendían comérselos.
Se tratara de lo uno o de lo otro, Erik lanzaba gritos de alegría y se reía, y no dejó de hacerlo ni siquiera cuando los niños intentaron derribarlos tirándoles piedras, habiéndoles confundido quizá con hadas, mientras unos hombres barbudos y borrachos los animaban a gritos.
La ciudad era salvaje, peligrosa, extraña y amistosa, igual que el río que la atravesaba.
Alex volvió la cabeza para mirar a Erik mientras volaban y a continuación bajó la vista hacia el Medioamigo, del que la separaban unos trece metros y cuyas aguas lodosas corrían en la misma dirección que ellos.
Sonrió.
—Estamos dejándonos llevar por la corriente.
—¿Por qué sonríes? —bramó Rannock. Por segunda vez esa mañana, Ingil acababa de lanzar a Alex al otro lado del Buche; estaba tumbada de lado y un nuevo ramalazo de dolor le recorría el brazo derecho—. ¿Qué gracia puede tener que estés fracasando otra vez?