Capítulo 19
A Alex le vibraba todo el cuerpo con electricidad mientras volvía corriendo a su guarida.
Saltó por encima de troncos caídos, se estampó contra el suelo del bosque, pasó al lado de otros cenizones que roncaban en el barro.
Junto a la caverna se encontró a Shanks, que dormía en su forma de dragón bermejo con tres escamas verdeazuladas de Pan y un mechón de su cabello rubio en el hocico, y a la propia Pan, que se había hecho un ovillo en el ala de su amigo.
Alex supuso que se habrían aburrido de pelearse con el grupo de Ferox durante la noche y que, en lugar de eso, la habían tomado el uno contra la otra.
Puesto que no había nadie más cerca, intentó atarse a la cama con torpeza, pero no tardó en rendirse y se desplomó sobre el colchón.
Dio lo mismo; de todos modos estaba demasiado inquieta para dormirse, así que se quedó tumbada entre sus tesoros y observó las motas de luz lunar en el techo de la guarida mientras repasaba su plan.
El entusiasmo no tardó en desaparecer. El plan era una estupidez.
¿Cómo podía enfrentarse a un dragón si no lograba transformarse?
Se volvió y un trozo de roca se le clavó en el costado.
Un meteorito. Lo había comprado en la tienda de un museo con su paga, para recordarse a sí misma el momento en que ella y su padre se quedaron hasta tarde en la tienda de campaña, contemplando los meteoritos que atravesaban veloces el cielo con rastros azulados.
Alex cogió la piedra, la apretó con fuerza y se estremeció al sentir frío de repente.
Allí fuera, en alguna parte, había dos dragones: uno de ellos había asesinado a su padre y el otro había ordenado ese asesinato, y ella no sabía por qué y ni siquiera tenía ni idea de qué aspecto tenían.
No podían librarse: ¡tenía que hacer algo!
Se sentía débil, pequeña y desamparada, pero deseaba ser fuerte y terrible.
El sol tardó una eternidad en salir y Alex se impacientó esperándolo. Salió de la guarida bajo la pálida luz del amanecer y avanzó con pesadez hacia la Casa. Erik estaba en la puerta, masticando una tostada ruidosamente, con unas oscuras ojeras.
—¿Has dormido bien? —preguntó, animado, y los dos se echaron a reír.
Alex sintió que la tirantez en su pecho se aflojaba un poco, que el entusiasmo regresaba.
La idea de enfrentarse a un dragón no le parecía tan terrorífica sabiendo que Erik estaba de su lado.
Le ayudó a ponerse en pie y le siguió por la escalera de caracol hacia las profundidades del Trastero.
Incluso adormilada se maravilló ante su tamaño y belleza: era una cascada imposible de joyas que brillaban bajo los grandes rayos de sol que se colaban por los pozos de luz del techo.
Encontraron a Pups ya vestido en la cima del Trastero, sentado con las piernas cruzadas en el centro de una pila de libros que tenía forma de volcán, como si hubiera estado leyéndolos y tirándolos a un lado al acabar.
—¡Ajá! ¡Alex, qué placer, y también Edwin! —Brincó feliz por encima de los libros y sirvió té en tres tazas bañadas en oro. Alex tuvo la sensación de que no recibía demasiadas visitas—. ¿Has leído las páginas nuevas que te mandé?
—Oh, sí —dijo Alex, aclarándose la garganta.
Las páginas yacían en ese momento en una pila inestable junto a su cama, y ella se había dedicado a hacer aviones de papel con ellas y a tirarlas por la caverna para que Kaida probara a alcanzarlas con sus llamaradas—.
Pero, en realidad, tenía la esperanza de que pudieras ayudarnos.
—Pups se irguió, ansioso—. Q-quiero ser capaz de combatir como un dragón.
El hombrecillo frunció el ceño y soltó una tosecita cortés.
—Bueno, la mejor manera de luchar como un dragón sería transformarse en un dragón.
Un caluroso cosquilleo de vergüenza le subió a Alex por el cuello.
—No puedo transformarme. Cuando lo deseo, al menos. Pero, si logro derrotar a un dragón en un tumultoso, sabré que soy capaz de hacerlo. A ver, en cualquier caso, eso es lo que creo… Debes tener cosas por aquí que puedan ayudarme.
—¡Lo encontré! —brotó la voz de Erik, procedente de la inmensa torre de estanterías. Estaba señalando el resplandeciente cetro de Rackabimbus—. Esto servirá: dijiste que podía obligar al dragón a recuperar su forma humana.
—¡No, no, no puedes llevártelo! —gritó Pups, corriendo hacia él—. Oliphos me mataría. Además, ha hecho que el hada le ponga un hechizo de protección a la vitrina. —Hizo tamborilear los dedos sobre el cristal y chilló cuando unos chispazos de color azul le chamuscaron la mano.
Alex se encogió de hombros.
—De todos modos, me sentiría como si estuviera haciendo trampas. La cuestión es derrotar a los dragones en su propio juego, no cambiando las reglas por completo.
Pups sujetó el bastón con fuerza. Por un instante, Alex temió que fuera a echarlos a gritos, pero entonces sus ojos brillaron con picardía.
—¿Qué te parece esto? —preguntó, poniéndose uno de los guantes plateados hechos por las hadas que Erik había usado en su última visita.
Pups dejó la taza, apuntó con la palma de la mano hacia ella y la taza se elevó por encima de su cabeza. El hombre miró a Alex como si esperara un elogio.
—No sé —dijo ella, protegiéndose los ojos mientras Pups resoplaba. La taza estalló de repente—. Creo que solo debería poder hacer cosas que estén al alcance de un dragón. Ya puedo escupir fuego, y ahora puedo volar, y…
Erik se aclaró la garganta.
—¿Volar? —Pups se acarició el bigote, receloso—. Y, exactamente, ¿cómo puedes volar?
—¡Con esto! —gritó Erik, levantando las alas de hada mecánicas de un escritorio, como si hubieran estado allí en todo momento—. Las vimos el otro día… ¿Te parece bien si las cogemos prestadas?
—Oh, bueno, supongo que sí, si os sirven. ¿Qué son?
Alex inspeccionó el resto de la fila.
—Supongo que lo único que me falta es una manera de golpear… y hacer daño. Pero ya sabes… —Se dio cuenta de que Erik le sonreía—. Solo un poco.
—Hum, bueno, esto cubrirá esa necesidad concreta. —Pups rebuscó en un cofre y le mostró, orgulloso, una brillante espada de color azul con una gema roja en la empuñadura—. Es un diseño de los orcos, los mejores espaderos de todos los Reinos Ocultos. ¡Y mira!
Dejó caer la espalda sobre un enorme volumen. Siguió un estallido de luz y unas chispas eléctricas danzaron sobre su tapa. Se incendió y quedó reducido a cenizas en un segundo.
—Siempre había odiado ese libro —dijo Pups—. Conocí a su autor y es más tonto que un trol. Ten. —Le entregó la espada a Alex—. No podrás perforar las escamas de un dragón, pero le provocarás un susto desagradable.
Ella la hizo silbar en el aire. Era ligera como una brizna de hierba.
—Perfecto —dijo, intercambiando una sonrisa traviesa con Erik.
Ya estaba lista: disponía de las alas, del fuego y, a partir de ese momento, también de las garras. Así iba a derrotar a un dragón.
Erik metió la espada y los dos conjuntos de alas de hada en un saco, y se dirigió con prisas hacia la escalera. Alex estaba a punto de seguirlo cuando se le ocurrió una idea. Miró el volcán de libros de Pups y se volvió hacia él.
Al hombre se le pusieron los ojos como platos de inmediato, producto del pánico.
—Ni por asomo —dijo, con rotundidad—. No vamos a hablar más de… de esa cosa. Oliphos me arrancará…
—No pasa nada. ¡No quiero hablar de eso!
—se apresuró a decir Alex—. O no demasiado.
Es solo que, bueno, anoche me encontré el cráneo de Cindraw junto a la playa.
Y pude hablar con ella como antes, pero también pude verla.
Pude ver… su espíritu. Solo quería saber…
El espíritu de un dragón, bueno, ¿siempre…
siempre se queda cerca de su cuerpo? Ya sabes, me refiero a después de morir.
Pups retrocedió un paso con lentitud.
—Alex, los grandes misterios de la vida y la muerte van más allá de lo que pueda saber un distinguido académico como yo mismo.
—Pero… pero debes de saber algo, ¿no? Tú… —Observó a Erik, que subía la escalera, e intentó imaginarse la manera en que él lidiaría con una situación como esa—. A fin de cuentas, tú eres un académico muy distinguido. —Se obligó a sonreírle con dulzura—. Los otros draquis no dejan de decirlo.
A Pups se le sonrojaron las mejillas.
—Bueno… quizá sepa una cosa o dos. —Se aclaró la garganta—.
No es que sea sencillo estudiar el espíritu de un dragón.
Y no he encontrado ningún registro que hable de dragones con una hechicería como la tuya y que pueda indicarnos lo que sucede con el espíritu después de la muerte.
Hubo humanos, claro, hace mucho tiempo. Pequeños brujos malvados que practicaban la magia mortal.
Incómoda, Alex se tiró del cuello de la camisa mientras pensaba en la oveja muerta de Mog.
—Y, hum, ¿escribieron algún libro?
Pups asintió con expresión sombría.
—Oh, sí. Instrucciones para reanimar a los muertos, para prolongar la vida. —Se estremeció—. Cosas abominables. Y, lo que es peor, muy mal escritas. Durante la Guerra, muchos de ellos buscaron maneras sencillas de matar a los dragones, algo que estaba muy de moda en ese momento.
—¡Eh! —La voz de Erik resonó desde arriba—. ¿Vienes o no?
—¡Un momento! —gritó Alex—. Solo, hum, quería ver si había algo que pudiera usar como pista —añadió, y Pups frunció el ceño, confundido—. Así que… ¿descubrieron algo sobre el espíritu de los dragones?
Pups se dejó caer sobre una pila de libros y se secó la frente con un pañuelo de seda.
—Hicieron experimentos con ellos… Exploraron maneras oscuras de controlarlo: el espíritu de los dragones vivos y el de los muertos. Buscaron una forma que simplemente les permitiera arrancarle el espíritu al dragón mientras seguía vivo.
Alex sintió que se le revolvía el estómago.
—Eso es horrible.