Capítulo 18
A lex se aupó para salir de la cámara, recorrió el pasillo tambaleándose y bajó la escalera medio cayéndose. Erik le hablaba, pero ella no le oía. Un pitido sin melodía zumbaba en sus oídos. Unas uñas gélidas le arañaban el corazón.
Su padre había sido asesinado.
Tropezó en el último escalón, empujó a Erik cuando este intentó ayudarla a levantarse. No quería que la viera de esa manera ni tener que hablar con él. Sabía que, si abría la boca, no haría más que gritar.
Salió trastabillándose de la Casa y corrió hacia el bosque. En su cabeza veía a su padre caminando por la playa hasta que un dragón rojo se dejaba caer aullando desde las nubes y se lanzaba hacia él con la boca bien abierta. Mientras tanto, una figura sombría observaba desde la oscuridad.
Se había pasado los dos años anteriores pensando que su padre había muerto por un terrible accidente. Pero no, no…
—Él… él mató… él mató a mi…
Se le revolvió el estómago. Echó la cabeza hacia atrás. Abrió la boca.
Y el fuego brotó disparado hacia el cielo.
El bosque se estremeció, las aves se desperdigaron en un nubarrón negro por encima del mar.
Se lo habían arrebatado. Ya no estaba. Había desaparecido.
Las hojas se enroscaron y se convirtieron en copos de ceniza, las ramitas crepitaron y, por un instante, Alex deseó que la isla entera se convirtiera en una llama.
Algo chilló entre los árboles. Un fardo plateado cayó de las ramas y volvió a elevarse con una sacudida, convertido en un borrón de alas.
—¡Gwinnie! —gritó Alex.
El hada levantó una mano brillante y esbozó un símbolo en torno a sí como una telaraña dorada. En el centro del dibujo comenzó a aullar un gran vendaval, que apagó el fuego.
—¿Pensabas que podrías acabar conmigo mientras dormía? —gruñó—. Soy la siguiente de tu lista, ¿no? Bueno, pues tu magia mortal no tiene nada que hacer contra mí.
El hada levantó un dedo reluciente y esbozó un nuevo símbolo dentado.
—¡Gwinnie, ha sido un accidente! —gritó alguien, y Erik cayó desde lo alto—. ¡Ella no sabía que estabas allí!
—¿Erik? —Al ver al chico, las alas de Gwinnie pasaron del rojo al azul—. Oh, bueno, hum… pero eso no es ninguna excusa.
—¡Lo siento, Gwinnie! —dijo Alex, pero el hada pasó a su lado resoplando.
Erik tocó su mano plateada y le susurró algo al oído. El hada arrugó la nariz, molesta, y se perdió revoloteando en la oscuridad.
Alex se volvió para ocultar las lágrimas; notaba un hormigueo de vergüenza en la piel.
Se sentó, hundida.
—¿Por… por qué querría Drak Midna matarle, Erik?
El muchacho negó con la cabeza lentamente.
—No lo sé.
Alex se arrastró hacia atrás hasta apoyarse en un árbol y se abrazó las rodillas.
—¿Pensaba contármelo Oliphos?
—Quizá —dijo Erik—. Quizá quería saber con seguridad lo que pasó.
Alex le dirigió una mirada furiosa.
—Estoy cansada de que la gente me oculte cosas.
Erik hizo una mueca y se frotó la nuca.
—Lo siento. Debería haberte contado, bueno… lo que pasará si no logras transformarte. —Fue a sentarse a su lado, y Alex cogió una piedra y la lanzó contra el bosque—. Podría ser solo un malentendido, ¿sabes? No tenemos ni idea del aspecto de tu padre, quizá también tenía las escamas rojas.
—¿Y espinas negras, y manchas amarillas en las alas? Sería una coincidencia bastante grande. Y ya has oído lo que han dicho: las tormentas no matan a los dragones.
Alex tamborileó con los dedos sobre su propia cabeza, preguntándose por qué querría alguien matar a su padre, que era un hombre dulce y bondadoso, y no pertenecía en absoluto al tipo de personas que discuten o hacen enojar a los demás.
Alex no concebía la posibilidad de que hubiera tenido enemigos, y de que entre ellos se encontrara el dragón más grande y peligroso del mundo.
Se inclinó hacia delante y de repente se puso en pie de un salto; se le había ocurrido una idea.
—¿Y si lo sabía?
Erik frunció el ceño.
—¿Si sabía qué?
—¿Y si mi padre sabía dónde está la Filacteria? Quizá Drak Midna intentó llegar a él para que se lo contara, pero papá se negó, o… o…
Se detuvo. ¿Qué importancia tenía eso ahora? Drak Midna lo había asesinado, y eso era todo. Su padre había muerto porque alguien quiso deshacerse de él; fue algo cruel, frío e inútil. Volvió a desplomarse al lado de Erik, cerrando los ojos. Ojalá hubiera tenido los tesoros consigo.
Las alas de Gwinnie zumbaron por encima de su cabeza; el sonido cesó al cabo de poco tiempo. Erik le puso algo entre los brazos. Ella abrió los ojos y ahogó un grito.
Su mochila.
Miró a Erik y, de repente, no le importó tener lágrimas en las mejillas.
—Gracias —le dijo en un susurro.
Estaban todos dentro: Gwinnie debía haber usado la magia para guardarlos con tanta rapidez y pulcritud. Se preguntó si Erik le había pedido que lo hiciera así. La carta de su padre estaba arriba de todo.
«Para Alex, en su decimoctavo cumpleaños».
Sintió un destello de esperanza en el pecho; una esperanza triste, sombría.
—¿Y si la respuesta está aquí? —dijo y puso el dedo en el sobre, la uña hurgando bajo la solapa, separándola muy ligeramente.
Pero no pudo hacerlo. No se lo impidieron las palabras de la parte frontal, sino el miedo a que allí no hubiera ninguna respuesta.
¿Y si se trataba de algún tipo de broma?
A su padre le encantaban las bromas tontas.
Hubiera sido propio de él esperar dieciocho años para soltar el remate de un chiste.
¿Y si abría el sobre y, de repente, ya no le quedaba nada que esperar? La carta era el único fragmento que restaba de su padre, el único fragmento que aún formaba parte de su futuro. La guardó en la mochila y la abrazó mientras la cerraba.
—No tuve la oportunidad de despedirme —dijo en un susurro—.
Ni… ni siquiera recuerdo lo último que le dije.
Yo estaba de mal humor porque mi madre no me había dejado acudir a la fiesta de cumpleaños de una niña de la escuela, y mi padre me había dicho que obedeciera.
El último día que pasé con él y lo malgasté enfurruñada. —Resolló—. Qué idiota.
Erik le puso una mano cálida y reconfortante en el hombro. Ella se secó las lágrimas.
—Tú… ¿tú conociste a tus padres, Erik?
Él le dirigió una sonrisa tensa.
—Los conocí. Pero… no los echo de menos. Por lo que me dices, no eran como tu padre. —Se encogió de hombros—. Pero alguien bondadoso acabó apareciendo. Me adoptó. Me ofreció un futuro.
Echó un vistazo a la Casa y Alex supo que se refería a Oliphos.
Se quedaron sentados en silencio, escuchando el susurro del mar y los ronquidos lejanos de Mog, el goteo-goteo-goteo de las hojas a su alrededor.
En ese silencio, Alex se dio cuenta de que oía a Cindraw, murmurando para sí junto al mar:
«¡No debe conseguirla! ¡No debe!».
—La Filacteria —susurró Alex, pensando en el espíritu resplandeciente que había visto en el interior de la cueva.
—¿Qué le pasa? —preguntó Erik.
Las palabras de Pups se agitaron en su memoria, electrizándola. Se puso en pie; estaba tan entusiasmada que le salieron nubecillas de humo con el aliento.
—¡Se puede usar la Filacteria para encontrar espíritus de dragón, Erik! Sirve para eso. —Señaló hacia la playa—. Y los espíritus no deben abandonar a los dragones cuando se mueren; de otro modo, ¿por qué seguiría Cindraw cerca de su cráneo?
Erik frunció el ceño.
—Vale. ¿Y?
Ella se puso en cuclillas y lo sujetó por los hombros.
—Si el espíritu de Cindraw sigue cerca, ¡quizá con el de mi padre pase lo mismo! Así que, si encuentro la Filacteria, podré usarla para dar con el espíritu de mi padre. ¡Y entonces podré hablar con él!
Por alguna razón, Erik no parecía compartir su entusiasmo.
—Pero tengo razón, ¿verdad? Solo hay que encontrarla… Deberíamos comenzar en Undwin, donde Cindraw la vio, por si aparece alguna pista.
Pero Erik se miró incómodo los pies.
—No creo que buscar la Filacteria sea una buena idea —dijo, y echó un vistazo a la Casa—. Deberías concentrarte en averiguar la manera de transformarte.
—Pero es que no puedo hacerlo. Además, si hablo con mi padre, quizá pueda ayudarme a solucionarlo. Siempre fue el mejor maestro para mí.
Erik se puso en pie; de repente estaba irritado.
—Es una estupidez. Aunque acabes encontrando la Filacteria, no sabes cuánto podrías tardar, sin hablar de lo peligroso que sería. Todos los que van en su busca acaban muertos, ¿recuerdas?
—Tengo que hablar con él, Erik.
—No, no tienes que hacerlo —dijo el muchacho, y Alex sintió una molesta punzada—. Tienes que descubrir la manera de transformarte.
—¿Por qué te importa tanto que lo haga?
—¡Porque eres tú y, si no lo averiguas pronto, perderás esa parte de ti para siempre! Eres un dragón poderoso, lo sé. Tienes que aprender a transformarte.
—¡Pero no sé cómo! —chilló ella, y una llama parpadeó entre sus labios.
Erik no se inmutó.
—¡Entonces averígualo! —le gritó también.
Alex parpadeó, aturdida por ese súbito estallido.
Dio media vuelta con las mejillas sonrojadas, deseosa de replicar con algo pero sin saber qué decir.
En lo alto, Gwinnie flotaba serena por el cielo, volando de espaldas al suelo para contemplar el parpadeo de las brillantes estrellas en el firmamento.
Alex arrastró la bota por el barro. Durante todo ese tiempo había tenido la sensación de estar siguiendo a su padre en una última aventura.
Pero, si no conseguía transformarse, todo eso desaparecería, se perdería para siempre.
Al no solucionar esa cuestión estaba decepcionando a su padre, a Erik, a todos.
Gwinnie pasó revoloteando de nuevo. La luz de la luna brillaba en sus alas de color claro.
Una idea comenzó a desplegarse en la cabeza de Alex.
—Erik —empezó a hablar, expresando la idea en voz alta mientras esta seguía cobrando forma—. ¿Te acuerdas de mi primer tumultoso, cuando me tiraste el palo para que golpeara a Ferox con él? ¿Existe alguna norma que diga que no puedo llevar otros objetos al Buche?
Erik frunció el ceño, los puños aún cerrados, como si hubiera estado esperando que la discusión se prolongara.
—N-no lo creo. ¿Por qué?
—Bueno, Rannock dijo que la mejor manera de transformarse en dragón consiste en pelear contra otro dragón. Así que eso es lo que tengo que hacer.
—Alex, no puedes pelear con otro dragón si no te transformas.
—Pero quizá no tenga que ser un dragón. Quizá solo necesite ser capaz de pelear como un dragón.
—Con cada segundo que pasaba se entusiasmaba más; las bocanadas de humo iban puntuando sus palabras—.
Aún tienes las alas de hada, ¿verdad? Pues puedo usarlas para volar.
Y estoy segura de que habrá otras cosas en el Trastero que pueda utilizar, ya sabes, para igualar las fuerzas.
—Giró sobre sí misma para encararlo—. Lo haré así: será como saltar de nuevo al estanque entre las rocas, solo que en un nivel superior.
Y, cuando lo consiga, seré capaz de transformarme. Sé que será así.
Erik tosió por el humo que salía de la boca de Alex.
—¿Vas… vas a enfrentarte a un dragón?
—No. —Alex sonrió—. Voy a derrotar a un dragón.