Capítulo 17 #2
—Alex, la primera vez que te transformaste, tu espíritu de dragón se despertó.
Es como que… —Kaida miró a su alrededor en busca de las palabras adecuadas—.
Encendió el fuego de tu interior. Pero, si no descubres la manera de controlar la transformación pronto, bueno…
el fuego volverá a apagarse. —Respiró hondo—.
Y nunca más podrás transformarte de nuevo.
Alex retrocedió un paso. Miró a Kaida, luego a Pan y a Shanks, y por último a Erik, que fueron agachando la cabeza uno tras otro. Ya no notaba ningún pulso. El tiempo parecía haberse detenido.
—¿Por… por qué no me lo dijisteis?
—No teníamos permiso —contestó Kaida, incapaz de mirarla a los ojos—. Son las normas de Oliphos. La presión es demasiado grande.
Alex se abrazó con fuerza.
—¿Le… le ha pasado a alguien antes?
—Sí, a un cenizón, el año pasado. Matthew. Llegó a transformarse una vez, de hecho, pero entonces fue como que perdió el control y ya no pudo hacerlo de nuevo. La transformación le dio demasiado miedo. Así que volvió a vivir con sus padres. Para ser, bueno, un…
—Un humano —dijo Ferox entre dientes desde fuera.
—¡Te he dicho que te largues! —exclamó Kaida.
Los demás se miraban los pies con expresión seria. Parecía que el muchacho hubiera muerto.
—¿Cuánto… cuánto tardó? —preguntó Alex, intentando que la miraran a los ojos—. ¿Cuánto tardó? —repitió.
—Pues… unas seis semanas —dijo Erik en un susurro.
Alex cerró los ojos con fuerza. Hasta donde ella sabía, habían pasado cuatro semanas desde su primera transformación.
Se llevó una mano al vientre. Durante todo ese tiempo había temido al dragón de su interior.
Pero en ese momento le parecía tan frágil, tan etéreo…
como aquel gorrión herido del que su padre y ella habían cuidado dentro de una caja de cartón.
—No pasa nada —dijo Kaida—. Vas a transformarte. Todos te ayudaremos a conseguirlo.
Alex frunció el ceño. Todo el mundo llevaba semanas diciéndole lo mismo, pero hasta ese momento solo Erik la había ayudado de verdad, y ni siquiera era un dragón. Se oyó un trueno y el mundo exterior se llenó con el crujido de unas alas y unas sombras que barrían la playa iluminada por la luna.
—Son los Skarren-Har —dijo Shanks, que había salido a ver el cielo—. Oliphos debe de haberlos convocado para una reunión.
—¿Estás bien, Alex? —le preguntó Kaida con suavidad.
Ella negó con la cabeza. Se sentía como si la cueva fuera cada vez más pequeña, y los susurros de Cindraw no dejaban de golpear contra su mente.
«¡Se la llevan! ¡Debo detenerlos!».
—T-tengo que salir.
Se dirigió tambaleándose hacia la boca de la cueva, pero Ferox le cerró el paso.
—No —rugió—. Lo hemos votado, ¿recuerdas? Tienen que contenerte. ¿Y si te vas a caminar y te quedas dormida?
—¡Oh, déjala en paz, Ferox! —dijo Kaida entre dientes—. Está disgustada.
—Pues con más razón: ¡no podemos permitir que esta noche esté fuera de control por la isla!
—¡Deja que se vaya, Ferox!
Kaida se acercó a él, enseñándole los dientes, con unos hilillos de humo elevándose de sus labios.
—Vamos —le susurró Erik y la tomó de la muñeca, aprovechando la distracción para tirar de ella y sacarla de la cueva.
Pan y Shanks empujaron a los demás cenizones y su piel no tardó en comenzar a desprender humo.
«¡Encuéntrala! ¡Encuéntrala! ¡ENCUENTRA LA FILACTERIA!».
Los gruñidos infantiles se volvieron más graves. La piedra crujió mientras Kaida y Ferox salían rodando de la cueva en sus formas de dragón, las garras desprendiendo arena en su esfuerzo mutuo por rasgarse la parte suave del vientre.
—Tenemos que irnos —dijo Erik entre dientes—. Cuando se ponen así, son peores que los perros salvajes.
Pan sujetaba con las mandíbulas el cuello de Brinno, y Shanks estaba aporreando la cara de Grash con su cola espinosa. Ingil también se había transformado: era un dragón de piel clara y ojos rojos, alargado y liso como un geco. Al ver a Alex y a Erik, corrió por la playa hacia ellos.
—¡Corre! —gritó Erik, y los dos salieron a la carrera cogidos de la mano, saltando por encima de las aguas pantanosas que querían absorberlos y los troncos caídos.
Los gruñidos de Ingil los seguían, agudos y dotados de una extraña alegría, y Alex ahogó un grito de alivio al sentir la cálida luminosidad de la Casa al frente. Los demás no les harían nada con Oliphos cerca.
—Sé dónde podemos escondernos —dijo Erik.
Los dos entraron jadeando y, sin dejar de correr, subieron los escalones de dos en dos.
La Casa olía a humo y tormenta —más incluso de lo habitual— y, en el piso de arriba, Erik la arrastró a una diminuta habitación llena de cajas cubiertas de polvo.
Alex miró dentro de una de ellas y se encontró centenares de viejos juguetes hechos de madera y hojalata: los tesoros de los niños que habían vivido en Skralla mucho tiempo atrás, supuso.
—¿De quién son? —preguntó, pero Erik se llevó un dedo a los labios.
—Ya que estamos aquí, podríamos… —Se puso en cuclillas e hizo fuerza para levantar un tablón suelto del suelo, y luego otro, hasta que tuvo espacio suficiente para meterse por el agujero.
—¿Adónde vas? —le preguntó Alex en un susurro, pero él desapareció.
Siguió a Erik y se metió en una cámara de techo muy bajo repleta de telarañas.
La piedra parecía desmigajarse bajo sus dedos.
Se arrastró contoneándose para llegar junto a Erik, que tenía la cara iluminada por un haz de luz anaranjada procedente de una rendija en la piedra.
Él rodó hacia un lado para que ella pudiera mirar por la hendidura.
Debajo había una sala oscura, llena de decenas de hombres y mujeres de gesto adusto, con los rostros iluminados por una única vela y las llamas que destellaban en sus labios.
Las paredes crujían, las diminutas nubecillas de humo se acumulaban en las esquinas y los copos de ceniza dejaban agujeros chamuscados en los sillones.
Alex tuvo la seguridad de que sus formas de dragón se encontraban muy cerca de la superficie, preparadas para emerger en un santiamén.
El humo se coló por la rendija del techo y estuvo a punto de toser por su culpa.
—La reina Barralug y sus troles están provocando problemas de nuevo —dijo una mujer robusta y pelirroja, con un remolino de tatuajes en la cara—.
Siguen aventurándose fuera de Muln y van a Ben Nevis, donde se zampan a los escaladores.
Le di un aviso, pero insiste en que no tienen comida suficiente en su reino.
Siguió un retumbo grave y reflexivo, y una sombra enorme surgió de la oscuridad.
—Las hadas de Muln cultivan muchas cosas en sus huertos y jardines —dijo Oliphos—. Quizá se las podría persuadir para que comerciaran con Barralug… en cuyas cuevas crecen esas setas de cristal que son un poderoso ingrediente para la magia de las hadas.
—Las hadas nunca entrarán en tratos con los troles —dijo la mujer.
Oliphos se volvió hacia un hombre de barba rubia y trenzada.
—Varrock, tú tienes amigas entre las hadas. ¿Por qué no compruebas si dan las alas a torcer? Pero, ya sabes, con suavidad…
—Yo sigo limpiando después de la invasión demoníaca de Doncaster —dijo Varrock—. Las vacas están dando leche negra.
—De acuerdo, entonces haremos un pequeño cambio: Settrix, tú te encargas de Doncaster y que Varrock vaya a hablar con Barralug y las hadas. ¿Os parece bien? Bueno, ¿quién es el siguiente? ¿Sí, Haskir?
Un joven con los ojos de color verde claro y la piel trigueña se inclinó hacia delante sobre el sillón. Alex recordaba su nombre: era el dragón que había visto en su primera visita a Undwin.
—Estoy preocupado por Undwin —dijo, juntando las manos—.
Los humanos se están hartando de depender de nosotros para su protección.
Adoran a ese piloto sediento de sangre que es Steen, y este persuade cada día a más gente de que los Skarren-Har no somos de fiar…
, de que en secreto somos leales a Drak Midna.
Quiere convertirse en el próximo Gran Maestre; imaginaos lo que podría pasar si gana las elecciones.
Oliphos asintió con pesadez.
—Ajá, Steen lleva tiempo con ganas de pelea. Asegura ser descendiente de Artor, uno de los caballeros de la Antigüedad, los grandes asesinos de dragones. Los hombres como él no llegan a ser felices hasta que superan a sus antecesores.
Una mujer enorme se levantó de su silla haciendo chirriar la madera. Alex tragó saliva con dificultad.
—Yo no daría una sola escama por Undwin —gruñó Rannock—. Si no desean nuestra ayuda, que así sea. Dejad que los monstruos aplasten su ciudad.
—¿Para que puedan desparramarse por las innumerables trochas que hay en Undwin y debajo del Viano, y llegar a todos los rincones de Gran Bretaña?
—preguntó Oliphos—. Sé que odias a los humanos, Rannock, pero forman parte de este mundo, igual que nosotros, y la mayoría de ellos tiene un corazoncito bondadoso.
No te preocupes, Haskir: estoy vigilando Undwin.
Bueno, ¿quién quiere hablar a continuación?
Después de hacer la pregunta, el propio Oliphos levantó la mano.
—¿Solo yo, pues? Bien, primero me gustaría decir que estoy muy contento de teneros aquí.
Todos vosotros sois dragones poderosos, nobles protectores de los Reinos, y me siento orgulloso de conoceros.
—Sonrió y se limpió una lágrima de la mejilla—.
En lo que a mí respecta, he continuado buscando a durmientes y a Drak Midna. Y tengo noticias en ambos apartados.
Los Skarren-Har se echaron hacia delante para escucharle. Alex y Erik tenían las cabezas pegadas para poder ver; no se permitieron respirar por si eso rompía el silencio.
—Hay un nuevo dragón en Skralla. Aún no ha escogido su nombre verdadero, está teniendo algunas dificultades para controlar la transformación.
—Alex se removió, incómoda—. Pero ella posee una hechicería muy notable.
Puede… —Oliphos se detuvo, como si no estuviera preparado para decir esas palabras.
Lo intentó de nuevo—: Puede hablar con el espíritu de los dragones muertos.
La sala se estremeció; el entusiasmo recorrió a los Skarren-Har como una ola.
—Increíble… —susurró Haskir.
—A través de ella podríamos recuperar la sabiduría de la Antigüedad —dijo Oliphos, con la voz cargada de emoción—. Nuestros antepasados que murieron en la Guerra. Mis… —Tuvo que detenerse de nuevo—. Mis amigos. Podría hablar con ellos. Quizá hasta podría curar sus espíritus perturbados.
La habitación volvió a quedarse en silencio, y Alex contuvo la respiración, ansiosa.
No había pensado nunca que su hechicería, hablar con los cráneos y hacer una extraña magia negra en sueños, fuera algo bueno, pero en ese momento se imaginó viajando a todas partes con Oliphos y aprendiendo de los dragones de la Antigüedad.
Sintió un destello de calidez por la esperanza de resultar útil, y captó algunas sonrisas vacilantes entre las severas expresiones de los Skarren-Har.
—Eso podría representar un problema para nosotros.
La voz, que había sonado fría y profunda, procedía de un hombre canoso con cicatrices que estaba sentado en un butacón de la esquina. Parecía más viejo que el resto de los presentes, pero la edad le había hecho fuerte y nudoso.
—Sé de alguien que valoraría ese poder. La historia está plagada de dragones que han muerto buscando la Filacteria.
Estoy seguro de que Drak Midna estaría encantado de hablar con ellos.
Deberíamos usar a tu dragón y encontrar la Filacteria antes de que lo haga Drak Midna.
O antes de que él mismo se lleve a la chica.
Alex estiró el brazo, nerviosa, y apretó la mano de Erik. No se le había ocurrido que Drak Midna pudiera ir a Skralla en su busca.
Oliphos negó con la cabeza.
—No pienso involucrar a una cría en la búsqueda de la Filacteria, Magathrax. Es demasiado peligroso.
—Y nadie secuestrará a un niño de Skralla mientras yo siga respirando —dijo Rannock.
Haskir volvió a inclinarse hacia delante.
—Las hechicerías suelen heredarse. ¿Quiénes fueron los padres de esa chica?
—Una humana —contestó Oliphos—. Y un dragón cuyo verdadero nombre ignoro… aunque sé que se hacía llamar William Evans antes de morir.
—¿Cómo murió? —preguntó Settrix.
Oliphos cruzó los brazos.
—Tampoco lo sé con seguridad. Aunque encontré un testigo: un muchacho llamado Ian, que tiene un gato encantador que se llama…
Rannock se aclaró la garganta.
—Oh, ajá, perdón. Bueno, Ian vio a un dragón volar hacia el interior de la tormenta la noche en que murió el padre de Alex.
—¿Y ese dragón era él? —preguntó Settrix—. Si era un dragón, ¿cómo pudo morir en una tormenta?
—Bueno, la cosa se complica un poco. Yo pensaba que era él pero, después de traer a Alex a Skralla, regresé al lugar para hablar con Ian y obtener una descripción mejor del dragón.
Me contó que tenía las escamas de color rojo oscuro y una cresta de altas espinas negras.
Con un patrón de color amarillo en las alas.
Los Skarren-Har tragaron aire al unísono. Alex notó sus propios latidos resonando por la piedra que tenía bajo los dedos.
—Solo pudo ser Azzar —dijo Magathrax.
Oliphos asintió con la cabeza.
—Ajá, la Muerte Roja. Creo que fue Azzar quien creó esa tormenta, para ocultar a ambos dragones de la vista.
Bien, no hará falta que os recuerde que la Muerte Roja solo obedece a un dragón.
Así que, si Azzar estuvo en la playa esa noche, bueno…
significa que Drak Midna hizo asesinar al padre de Alex.