Capítulo 17
E sa noche lo celebraron.
La cena fue un asunto ruidoso y caótico, que degeneró en un combate de comida antes de que llegaran siquiera los postres.
Las mesas se arrojaron entre sí montones de pan majado y, cuando las migas se asentaron, todos hicieron que Alex se pusiera de pie en una mientras Pan y Shanks se erguían sobre los cuartos traseros y le daban manotazos con las garras.
Kaida le dijo que se trataba de una tradición cuando alguien hacía algo genial, como transformarse por primera vez o ganarse una piedra de fuego, y Alex se aferró a la cadena como si le fuera la vida en ello mientras la sala se inclinaba a su alrededor en una bruma de rostros que coreaban su nombre, sonrojada por la vergüenza y la satisfacción.
Después de cenar, los cenizones salieron tambaleándose a la oscuridad; vigorizados por las natillas, el medu y el pastel de manzana, se dedicaron a hacer la rueda por la playa y a reírse como hienas bajo un ocaso arremolinado de tonos de violeta oscuro.
En un primer momento, Alex los siguió vacilante, sin saber muy bien cómo podía encajar en su salvajismo.
Entonces, Kaida la tomó de la mano y no tardó en ponerse a gritar de alegría al mismo volumen que todos los demás, conmovida por las emociones del día, con la misma dicha ligera y caudalosa que había experimentado después de saltar al estanque.
Se formaron varios grupos. Unos cenizones volaban y se perseguían entre sí alrededor de la isla, otros se fueron a la cama entre bostezos.
Alex, Pan, Shanks y Kaida chapoteaban sin preocuparse de nada en el bajío, lanzando chorros de fuego a las alturas.
El de Pan era de color azul; el de Shanks, de un naranja cobrizo, y el de Kaida, del blanco de la luz de las estrellas.
Todos ellos vitorearon cuando Alex exhaló una ráfaga que se desplegó sobre el mar como un narciso enorme y brillante.
No tardaron en quedar exhaustos por haber escupido tanto fuego, y se tumbaron en la arena, debajo de una densa nube de humo. Al poco, Pan y Shanks estaban roncando y Kaida hablaba en sueños y murmuraba algo sobre sus padres.
Pero Alex estaba demasiado emocionada para dormir y se quedó tumbada, sonriendo a las estrellas. No sabía bien qué había cambiado en ella cuando se lanzó al estanque, pero Erik tenía razón. Se había vuelto más dragonil.
Se incorporó y miró su brazo desnudo, con la piel de gallina, deseando que apareciera el humo.
—Venga —dijo en un susurro—. Sal. No te tengo miedo.
Pero no pasó nada y Alex se tumbó de nuevo, ignorando la decepción. Al fin y al cabo, estaba agotada. Quizá solo necesitaba descansar e intentarlo de nuevo al día siguiente.
—Bien hecho.
Alex rodó sobre sí misma: Erik estaba parado allí, iluminado por la luna. Se puso en pie de un salto.
—Lo viste, ¿verdad? Escupí fuego y me salió un chorro enorme, y no me dio miedo. Sentí que era… lo correcto. Pero lo viste, ¿no?
Erik esbozó poco a poco una sonrisa.
—Sí, lo vi. —Hizo un gesto hacia el mar—. Vamos, creo que acaba de pasar una ballena grande nadando por aquí.
—¿Una ballena? No he visto nunca ninguna, ¡vamos!
Él entornó los ojos.
—Estás un poco acelerada, ¿eh?
Pero Alex ya había echado a correr por la playa, buscando en el chapoteo de las olas una cola o un chorro de agua.
—Creo que vienen con la esperanza de encontrar a Oliphos —dijo Erik—. A veces se pone a cantarles. Alex, ¿estás bien?
Ella se había detenido allí donde la playa se volvía negra y pedregosa para mirar la cueva oscura que tenía al frente. Se arrebujó en la capa mientras una brisa helada le recorría los huesos. Pero no se debía al viento, sino que era una voz.
«El mar, el mar. Siempre me ha encantado el mar».
—¿Adónde vas? —le preguntó Erik mientras ella se apresuraba a atravesar el trecho de piedras resbaladizas y se asomaba al interior de la cueva.
El cráneo la esperaba allí, en la negrura, con los cuernos rozando el techo.
«El mar, el mar, el mar».
Su voz iba y venía con las olas.
—¿Hola? —dijo Alex, y su vocecita resonó en la cueva—. Te llamas Cindraw, ¿verdad? Yo soy Alex. Ya, hum… ya hablamos una vez.
Al oír eso, el cráneo se quedó en silencio. Erik llegó a su lado y se quedó perplejo al ver el cráneo.
—¿Cuándo han dejado esto aquí?
«El mar, el mar. Siempre me ha encantado el mar. Siempre me ha encantado… ¡La tienen! ¡Los vi! ¡Se la llevaron!».
Alex dio un paso en dirección al cráneo.
—¿La Filacteria? ¿Cuándo lo viste?
«¡Hace un momento!».
Alex frunció el ceño.
—Pero eso no es posible, a menos que…
Se quedó en silencio, con un nudo en la garganta, y tomó a Erik por el brazo.
—C-creo que no sabe que está muerta.
Erik abrió mucho los ojos en la oscuridad.
«Oigo correr el agua. ¡Muy fuerte!».
Alex frunció el ceño y miró el mar a sus espaldas, que estaba más tranquilo de lo normal esa noche.
—Cindraw, ¿qué más oyes? ¿Qué ves?
El cráneo guardó silencio un instante.
«Oigo las gaviotas. Veo la luz de la luna ondularse sobre el agua. Huelo a barro y pescado».
Mientras hablaba, su voz se fue volviendo más profunda, más medida y reflexiva. Alex reparó en la débil capa de luminosidad que flotaba sobre el cráneo y que era más sólida con cada palabra que decía.
«Veo las nubes de humo que salen de las chimeneas. Oigo… el zumbido de las alas de las hadas».
Alex parpadeó y le contó a Erik lo que acababa de oír.
—¿Chimeneas y hadas? —dijo él—. Eso suena a Undwin.
«Veo una gran raíz de color gris por encima de mi cabeza. Veo una cajita dorada, con dragones plateados en el costado».
Alex sintió un escalofrío en el cuello.
—¿Quién la tiene, Cindraw?
«Un dragón. No sé quién… No lo había visto nunca. Pero espera, ¿quién es ese otro dragón? Lo conozco, ¿no? ¿Quién es? ¿Por qué no lo recuerdo?».
La luminosidad en torno al cráneo de Cindraw se había convertido en una máscara de escamas de color verde, las cavidades oculares se habían llenado de una luz anaranjada, el hocico se retorcía, pensativo, mientras hablaba.
En las sombras que había más allá del cráneo, Alex entrevió un cuello alargado, unas alas y un cuerpo que se elevaba y caía con su aliento imaginario.
Estiró el brazo para tocar una escama, pero su dedo solo encontró el hueso.
—Erik… la veo —susurró Alex, incrédula—. Es… es su espíritu, tiene que serlo. ¿Tú lo ves?
El chico negó con la cabeza, paseando la mirada entre ella y el cráneo. Alex no supo identificar si estaba fascinado o asustado.
—Bueno, ¿y qué dice? ¿Quién tiene la Filacteria?
«Es Azzar. Azzar es quien persigue al otro dragón… Reconocería esas escamas rojas en cualquier parte. ¡Tengo que hacer algo!».
—Dice que un dragón llamado Azzar está persiguiendo a quien tiene la Filacteria. Espera… ya había oído ese nombre antes. Creo que Pups lo cita en las páginas que me mandó.
Erik miraba el cráneo con una expresión que podría haber roto el cristal.
—Azzar es… la Muerte Roja. El asesino de Drak Midna. —Tragó saliva—. Cuando quiere que alguien muera… manda a Azzar para que se encargue. Pregúntale lo que pasó a continuación.
Alex dio otro paso hacia el cráneo.
—¿Adónde se llevaron después la Filacteria, Cindraw?
«¿Después? No hay ningún después. ¡Se escapan! ¿Por qué no puedo moverme! Espera, ¿quién es ese? ¿Quién eres? No, no… no puede ser. ¡No puede ser!».
—¿Qué estáis haciendo?
Alex y Erik dieron un salto, y se volvieron para encontrarse con que Ferox estaba parado en la entrada de la cueva, con Ingil y Brinno y un grupo de cenizones detrás de él.
—Os he visto —dijo Ferox, con los ojos desorbitados de horror—. Estabas hablando con el cráneo. Estabas haciendo magia mortal otra vez, ¿no?
—No, solo estábamos…
—¡Y con el humano! —Ferox levantó un dedo acusador—. Vosotros dos siempre estáis escapándoos juntos. ¿Te dijo él que mataras a esos animales?
Fue directo hacia Alex. Erik se cruzó en su camino, pero era un muchacho huesudo y delgaducho en comparación con Ferox, que lo apartó de un empujoncito.
—¡Eh! —espetó Alex—. No lo toques.
El humo brotó de sus labios y, con él, llegó una lengua de fuego parpadeante. Ferox entornó los ojos.
—Así que al fin estás preparada para pelear conmigo, ¿eh? Vamos a verte, pues. Venga. Transfórmate. ¡Y así podrás recibir lo que te mereces por lo que hiciste!
—Ya te lo he dicho, Ferox: no sé lo que me hago cuando me transformo de noche… Estoy dormida.
—Bueno, pues ahora no estás durmiendo.
—Ferox, ¿a qué vienen esos gritos? —preguntó una voz adormilada desde el exterior. Kaida apartó a Ingil y los demás para pasar con Pan y Shanks, y ayudó a Erik a levantarse del suelo—. Esta noche estamos de celebración. No lo estropees con una pelea.
—No sé qué estamos celebrando —contestó Ferox—. Escupir fuego no es nada.
—Sí que es algo —dijo Kaida—. Si Alex puede controlar el fuego, no tendrá problemas para controlar su transformación.
Ferox se pasó la lengua por los dientes.
—Bueno… será mejor que lo descubra rápido, ¿no?
—Ferox —dijo Kaida, en tono admonitorio, y Erik y ella intercambiaron una mirada nerviosa.
Alex frunció el ceño.
—¿Qué ha querido decir? ¿Por qué os habéis mirado de esa manera?
Ferox se encogió de hombros como si nada.
—Si queréis saber mi opinión, es una estupidez ocultarle este secreto.
—¿Qué secreto me estáis ocultando? —gruñó Alex, y Ferox clavó en ella una mirada salvaje.
—Si no das con la manera de controlar tu transformación…
—Ferox, no —pidió Erik.
—Cállate, humano. Voy a contárselo.
—No —dijo Kaida, apartando a Ferox de un empujón—. Deja… deja que lo haga yo. Lárgate de aquí, Ferox.
El aludido salió de la cueva pavoneándose con alegría. Alex notó el pulso en los oídos cuando Kaida la sujetó por los hombros, con unos ojos grandes que brillaban en la oscuridad. Tuvo la seguridad de que estaba a punto de recibir una muy mala noticia.