Capítulo 16 #3
—No hago gran cosa en esta isla además de observaros a todos.
—Eso explica que los cubiertos no estén nunca limpios.
Erik le dio un puñetazo en el hombro.
—Deberías tomarte esto en serio. No, espera… no deberías tomártelo en serio. Ese es tu problema.
—Oh, qué bien, otro problema.
—¿Sabes qué? Creo que en realidad no quieres aprender a transformarte.
—¡Sí! Pues claro que quiero… sobre todo si eso hace que mi dragón deje de matar cosas por la noche.
—¿Sí? Pues yo creo que, si de verdad lo desearas, ya lo habrías hecho. Si yo fuera un dragón, me transformaría así. —Hizo chasquear los dedos, pero no produjo ningún sonido—. Así. —Lo intentó de nuevo y se miró los dedos, furioso y molesto.
Alex levantó una ceja.
—Quizá transformarse no sea tan sencillo, al fin y al cabo. Y, además, ¿qué pasa si me transformo y de verdad soy un dragón maligno y asesino que usa la magia mortal? Quizá más bien debería intentar no transformarme…
—¡Oh, decídete de una vez! Es todo un desperdicio. ¡Imagínate lo increíble que debe ser volar, planear por el cielo sin preocupación! ¿Cómo es posible que no quieras transformarte?
—¡Sí que quiero! Creo.
Erik negó la cabeza con fuerza.
—No. Tienes demasiado miedo. Ese es tu problema.
—Oh, ¿quieres dejar de decirme cuáles son mis problemas?
Dicho lo cual, Alex se desprendió de la capa, de las botas y de los calcetines. Se acercó al borde del acantilado y saltó.
Un latido sonó atronador dentro de su cabeza y transcurrieron mil instantes minúsculos antes de que volviera a oír. Toda una vida para pensar.
«He cometido un error terrible».
Vio el estanque oscuro. Vio los ojos pequeños y brillantes de los frailecillos. Sus pies pisaron la nada.
Entonces cayó, y fue como si la tierra la hubiera arrancado del aire para tirar de ella hacia sus profundidades.
El viento aullaba y ella chilló, y se le subió el corazón a la boca.
Vio nubes, las copas de los árboles, sus ramas, la hierba, las piedras.
El dolor se abrió paso por las plantas de sus pies camino de las piernas.
Había fallado.
No había caído en el agua, se había estrellado contra el suelo y no tardaría en morir.
Entonces todo explotó. Alex se atragantó con el agua que irrumpió en su nariz, la fuerza del viento quedó silenciada por el rugido de las burbujas profundas. Todo a su alrededor era una oscuridad limosa. Pataleó y salió a la superficie, donde tragó aire, agradecida.
—Lo he conseguido. Estoy… estoy…
Alex comenzó a reírse, se apartó el pelo húmedo de los ojos mientras pataleaba para mantenerse a flote. Estaba bien. Estaba muy bien. Una sensación cálida y maravillosa la atravesó pese al frío gélido del agua, y llegó acompañada de una idea.
«Si he podido hacer esto, puedo hacer cualquier cosa».
—¡Venga, ¿no piensas saltar?! —le gritó a Erik.
El chico sonreía, y no parecía ser capaz de desprenderse de esa expresión.
—Pues claro que no. Solo un idiota saltaría desde esta altura.
—¿Qué? —gritó Alex, indignada—. ¡Venga, no seas cobarde!
Pero Erik se limitó a hacer un gesto vago con la mano y se alejó del borde.
—¡Eh! ¡Erik! ¿Sabes qué? Estás demasiado tenso. ¡Ese es tu problema!
De repente, el chico volvió a aparecer, corriendo a toda velocidad. Saltó del borde y cayó con elegancia. Alex se apuró a nadar hacia atrás, temerosa de que se estrellara contra ella.
En el último momento se detuvo de golpe en el aire y se quedó flotando a poco más de un metro por encima de su cabeza. Alex lo miró perpleja y entonces reparó en el par de alas de hada batientes que le salían de la espalda.
Se rio.
—Pups se pondrá furioso cuando descubra que se las has robado.
Erik levantó la mano para mostrarle un segundo par a juego.
—Pues se enfadará con los dos.
—¡Eh! —oyeron un grito desde arriba. Pan los miraba con recelo desde lo alto del acantilado, apartándose la melena rubia de la cara—. Ya me parecía que erais vosotros dos los que gritabais. Date prisa, Alex… llegas tarde a clase y Rannock está furiosa.
—Pues qué novedad —refunfuñó Alex mientras Erik la ayudaba a salir del estanque.
—Bien, a ver si nos quitamos esto de encima —gruñó Rannock mientras arrastraba a Alex de nuevo hacia el mar—. ¿Con qué comenzamos hoy? ¿Rabia? ¿Vergüenza? Debes estar sintiendo mucha, con tres muertes a tu espalda.
Alex hizo rechinar los dientes y se afianzó contra la corriente. Volvió la vista hacia la playa, donde vio las miradas furiosas y familiares de los cenizones. La expresión de desdén de Ferox. La sonrisa esperanzada de Kaida.
Y allí, en un acantilado paralelo a la costa, vio a Erik, que la saludó con la mano y saltó con un grito de alegría hacia el mar.
Los cenizones observaron la enorme columna de agua espumosa, vieron salir a la superficie el cabello pringoso y los ojos brillantes del chico, y negaron con la cabeza con desaprobación.
—Qué muchacho tan raro —dijo Rannock con un suspiro—. Ahora, Alex, pongámonos manos a la obra.
Ella paseó la mirada por el mar que la rodeaba, sintió el frío miedo que le lamía la piel. Respiró hondo: el estómago le borboteaba.
Entonces cerró los ojos y se imaginó cayendo. Se imaginó estrellándose contra el estanque oscuro y saliendo a la superficie entre risas.
«Puedo hacer cualquier cosa».
El estómago le rugió con estruendo. Abrió mucho los ojos al darse cuenta de lo que pasaba. Era tan sencillo como respirar. Era respirar. Echó la cabeza hacia atrás, abrió la boca.
Y de ella brotó una ola amplia y brillante de fuego amarillo, que se derramó sobre el agua.
Las llamas chisporrotearon hacia el aire, saltaban como peces brillantes.
Alex las contempló, maravillada, antes de buscar a Rannock con la mirada.
Se dio cuenta de que no estaba por ningún lado y se le encogió el corazón.
—¡Rannock!
Unas alas oscuras se desplegaron por debajo de las llamas y las extinguieron con una sola batida. Rannock sacó su cuerpo inmenso del mar.
—BIEN —bramó, clavando sus ojos inyectados en sangre sobre Alex—. Ahora podemos comenzar con tu entrenamiento de verdad.
Se oyó un estruendo de pies que chapaleaban cuando Kaida y los demás se precipitaron hacia ella y la hicieron caer bajo una montaña de fuertes palmadas y abrazos brutales.
Alex se rio y recorrió la costa con una mirada esperanzada en busca de Erik, deseosa de que estuviera allí para compartir con ella la victoria.
Pero él se había ido.