El amanecer de los dragones (Dragonborn 1) Capítulo 16 #2
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Capítulo 16 #2

Alex lo miró, incómodo.

—¿El dragón puede volver a transformarse después?

Pups se encogió de hombros.

—Para serte sincero, no estoy seguro de que haya llegado a usarse alguna vez.

Erik abrió un cofre que había al lado de Alex, hurgó ansioso en su interior y se puso a examinar un extraño aparato mecánico con dos largas correas de cuero.

Había bibliotecas enteras de libros abiertos por el suelo, por lo que era evidente que Pups había estado ocupado.

Alex dio un paso hacia él y le habló entre susurros.

Los dragones tenían mejor oído que los perros y nunca se sabía quién podía estar escuchándolos.

—No habrás encontrado nada más acerca de, ya sabes… —Articuló la palabra «Filacteria».

Pups hizo un gesto de dolor.

—Ah, bueno, probablemente es mejor que no hablemos de… —se aclaró la garganta—, de ese objeto en particular. Después de la discusión de hace unas semanas, Oliphos vino a hablar otra vez conmigo. Sus amenazas fueron bastante… originales.

Sus ojos se posaron por un instante en un libro que había en el suelo e intentó meterlo debajo de la cama con una patadita en absoluto sutil.

—Entonces sí que sabes algo… —dijo Alex—. Venga, Pups, ¿qué ha sido de «todo conocimiento debe transmitirse»?

Pups hizo una mueca. Por un momento dio la impresión de que estuviera luchando contra una fuerza magnética.

—De acuerdo. Pero tenéis que guardar el secreto.

Se estremeció al oír el rugido de un dragón a lo lejos y conectó un viejo gramófono que descansaba sobre el escritorio que tenía al lado. Una vivaz melodía de antaño comenzó a crepitar.

—He encontrado un relato escrito en 1584 por un monje llamado Hermano Berrywinkle —dijo—. Veréis, Berrywinkle era en secreto un mago y detestaba a los dragones, pues pensaba que eran siervos del mal. Según este libro, la Filacteria obró en su poder durante un corto período de tiempo.

—¿En serio? —preguntó Alex, sintiendo un acceso de emoción.

—Sí, en serio… ¿Por qué habría de contarte esto si no fuera verdad? En cualquier caso, la estudió con detenimiento y descubrió que…

Un aullido. Un traqueteo. Alex miró boquiabierta unas alas de hada que habían brotado del aparato mecánico que Erik tenía entre las manos.

Estaban hechas de segmentos de metal azulado y resplandeciente, y batían contra su cara como una polilla enojada.

Él apretó un botón con fuerza y el aparato volvió a absorber las alas.

—Lo siento —dijo, avergonzado, y siguió rebuscando en el cofre.

—Bueno, ¿y qué encontró Berrywinkle? —preguntó Alex en un susurro.

—Pues que resulta que la Filacteria no acaba de ser lo que todo el mundo se imagina —contestó Pups—. Dentro no hay ningún ejército, sino un mapa.

Alex parpadeó; por alguna razón se sentía decepcionada.

—¿Un mapa? ¿Un mapa de qué?

—De espíritus de dragones. Verás, el espíritu del dragón se encuentra en su interior, es invisible.

Pero dentro de la Filacteria hay un mapa vivito y coleando de todos los dragones del mundo, que muestra el brillo de sus espíritus como si fueran estrellas, sin importar dónde se hallen en ese momento.

—Pero ¿eso no parece muy peligroso, verdad?

Pups levantó una ceja.

—Bueno, debería serlo. Con ese mapa, Drak Midna podría encontrar a todos los durmientes del mundo y despertarlos.

—¿Y no es algo bueno a fin de cuentas? Mejor eso a que disponga de un ejército.

—No, ¿es que no lo ves? Ellos son el ejército. Se dice que Drak Midna es un maestro de la seducción, de la manipulación. Podría despertar a los durmientes, hacer que abracen su causa y conseguir un ejército de dragones con el que destruir la raza humana.

Alex frunció el ceño.

—Oliphos no permitiría que eso pasase.

—Oliphos es solo un dragón y los Skarren-Har, unas pocas decenas. Nadie sabe cuántos durmientes hay ahí fuera… ¡Podrían ser diez mil, un millón! ¡Sus alas podrían tapar el sol!

Un escalofrío recorrió a Alex.

—Entonces… tenemos que encontrar el mapa antes de que lo haga Drak Midna, ¿no? Quizá podríamos volver a tu museo y yo podría intentar hablar de nuevo con el cráneo de Cindraw… y ver si puede contarnos dónde vio por última vez la Filacteria.

—No caerá esa breva. Oliphos ya ha saqueado mi museo. —Pups señaló una caja enorme con una etiqueta donde ponía COSAS QUE PUPS CONSIGUIÓ DE MANERA ILÍCITA —. Se niega a decirme dónde ha puesto el cráneo. En cualquier caso, Alex, creo que sería mejor que dejáramos todo esto en manos de Ol…

¡CRASH!

Alex y Pups dieron un salto mientras una pila de libros salía volando en medio de una nube de polvo y se desplomaba hacia las profundidades de los tesoros que tenían bajo sus pies.

Con el brazo extendido, Erik miraba conmocionado el extraño guante que se había enfundado. Estaba hecho de muchas piezas pequeñas de plata y emitía un resplandor tan azulado como el de las alas de las hadas.

—Lo siento, no sabía que haría eso. Yo…

Erik estornudó después de que se le metiera el polvo en la nariz, y una nueva y potente ráfaga de aire salió disparada del guante. Unos papeles sueltos giraron en el interior de unos diminutos huracanes.

—¡Cuidado con esos! —dijo Pups, cogiendo las hojas al vuelo—.

Son los últimos capítulos que he escrito de mi libro.

—Le arrancó el guante a Erik de la mano y se lo puso—.

Esto requiere de un tacto delicado. —Extendió la palma en dirección a un libro de color rojo que estaba en el suelo y este se levantó metro y medio en el aire—. ¿Lo ves?

Erik frunció el ceño.

—De todos modos, aquí estamos perdiendo el tiempo. Ninguna de estas porquerías mágicas te ayudará a transformarte, y estos tampoco. —Dio unos golpecitos al libro flotante de color rojo—. Le estás dando demasiadas vueltas.

—¿Y tú qué sabes? —dijo Alex—. No eres ningún dragón.

Erik se ofendió y, por un instante, ella pensó que iba a gritarle. Él tomó aire.

—Ven conmigo… Yo arreglaré todo esto. —Se dirigió hacia la escalera de caracol.

Alex y Pups se miraron, confundidos.

—Hum, ya que te tengo aquí, ¿por qué no te llevas mis últimos capítulos?

Me gustaría saber lo que opinas. —Le ofreció las hojas de papel, pero entonces reparó en las manos manchadas de barro de Alex y los retiró—.

Le pediré al hada que te los deje al lado de la cama.

Oh, Alex, por favor, no le cuentes a nadie lo que hemos hablado hoy aquí.

Confía en mí: no les pasa nada bueno a quienes se relacionan con…

esa cosa. —Pups tragó saliva—. Lo único que los monjes encontraron del Hermano Berrywinkle fue una montañita de ceniza.

Alex se disponía a preguntar algo más, pero Pups subió aposta el volumen del gramófono, así que ella suspiró y siguió a Erik de vuelta a la Casa.

Las cadenas del Zampador crujían bajo el peso de un desayuno alborotado. Alex pasó veloz frente a la puerta para evitar miraditas y atrapó a Erik en el claro del bosque que había por debajo de la Casa, junto a un acantilado con una caída vertical.

Erik estaba parado de cara a ella, con los dedos entrelazados, tan quieto que Alex soltó una tímida risita.

—Tienes toda la pinta de estar a punto de impartirme una lección.

Él la miró a los ojos.

—Sí —dijo, e hizo un gesto hacia el oscuro estanque que había abajo, rodeado de frailecillos y de arbustos espinosos—. Salta.

—¿Qué? —Alex se acercó hasta donde se atrevió al borde del acantilado con un nudo en el estómago. Había casi quince metros de caída, era más alto que cualquier trampolín que hubiera visto—. ¿Por qué?

Erik frunció el ceño.

—¿Cómo que por qué? ¡Porque es divertido!

Alex volvió a mirar hacia abajo y los frailecillos la observaron entre parpadeos expectantes, como si fueran un público que había pagado una buena suma por asistir al espectáculo. O quizá solo buscaran vengarse por lo de Puff-Puff, pensó Alex.

—Pero… ¿y si no caigo en el agua? El viento podría apartarme de mi trayectoria, o… o…

Erik gimió, echando la cabeza hacia atrás, lo que sacudió sus rizos de color castaño.

—¿Lo ves? Ese es tu problema. Siempre estás pensando pensando pensando. —Le dio un golpecito con el dedo en la cabeza—. Estás atrapada dentro de tu propio cerebro.

Alex le apartó el dedo de un manotazo.

—Bueno, lo siento si no puedo pasar en todo momento de mi cerebro, como tú.

—¿Te das cuenta? ¡Eso está mejor! —dijo Erik, sonriendo—. Venga, ahora hazlo.

Alex le echó un vistazo nervioso al estanque, preguntándose si no habría rocas dentadas por debajo de la superficie del agua.

—¿Me haré daño?

Erik se encogió de hombros.

—Quizá un poco. No mucho. Deja de pensar en ello.

—Pero… ¿cómo me ayudará esto a transformarme?

—¿Lo ves? Sigues pensando demasiado. Solo tienes que saltar. ¿No confías en mí?

—La verdad es que no.

—¿Por qué no?

—¡Porque me estás pidiendo que salte por un acantilado!

Erik puso los ojos en blanco.

—Estás demasiado tensa, ese es tu problema. ¿Cómo va a encontrar el dragón su camino cuando tienes el cuerpo lleno de nudos?

—Pensaba que mi problema era que estoy encerrada dentro de mi cerebro.

—Es el mismo problema. Tienes que relajarte.

—¿Cómo se supone que debo hacerlo?

Erik se encogió de hombros.

—Yo logro hacerlo. Y, a diferencia de ti, no soy un dragón.

Cuando duermo, siempre tengo que mantener un ojo abierto.

De hecho, nadie sabe dónde lo hago, porque una vez Ferox me metió un gusano verruga venenoso en la cama.

Ahora presta atención: no creo que Rannock lo esté haciendo bien.

Ella quiere que mires hacia dentro, cuando deberías estar mirando hacia fuera.

—Señaló el borde del acantilado—. Miras hacia atrás cuando deberías estar mirando hacia delante.

No necesitas la rabia, ni el miedo ni lo que sea.

Te hace falta otra cosa. Se llama… se llama…

bueno, en realidad no conozco la palabra, salvo que, bueno… necesitas ser más dragonil.

—Oh, eso es muy útil —dijo Alex, malhumorada—. ¿Y, a todo esto, desde cuándo eres un experto en dragones?

Erik le clavó una mirada hosca y decepcionada.