Capítulo 16
D os días después apareció muerto un hipogrifo.
Graddax había acudido al zoo para dar a las criaturas el desayuno habitual de abadejos y anguilas cuando vio unas plumas que se agitaban en una cuadra cuyos barrotes de hierro se habían derretido hasta convertirse en muñones.
Dentro encontró al hipogrifo, o más bien lo que quedaba de él: los cuartos traseros de su parte de caballo. De pelaje marrón con topos blancos.
Se corrió la voz y la mayoría de los draquis se mostró de acuerdo en que había sido obra de Alex, que había matado al hipogrifo igual que a la oveja de Mog, y probablemente también al frailecillo de Zola.
Lo más demoledor fue la noticia de que Gwinnie se había desmayado cuando acudió a investigar. El hedor a magia mortal era abrumador.
A la hora del desayuno, Ferox estrelló un plato contra el suelo para concitar la atención del comedor y exigió que, a partir de entonces, ataran a Alex cada noche.
Si de alguna manera rompía las cuerdas, dijo, sabrían que se había transformado en sueños.
Kaida replicó tirándole una patata a la cabeza y, mientras los dos se peleaban, el resto decidió ponerlo a votación.
Alex se quedó con la mirada fija en el regazo, con las mejillas ardientes por la vergüenza, mientras los demás levantaban la mano.
Perdió la votación por dieciocho cenizones a tres, así que Kaida, Pan y Shanks se comprometieron solemnemente a encargarse de atarla cada noche con un grueso pelo de mantícora.
A partir de ese momento, las muertes cesaron.
—Nada —dijo Kaida con tristeza, al entrar en la guarida de Alex.
Había transcurrido una semana desde que encontraran a la oveja de Mog y Kaida había tomado la costumbre de volar cada mañana por la isla, en busca de alguna criatura que pudiera haber sido asesinada durante la noche.
O de cualquier cosa que demostrara que Alex era inocente—.
Bueno, había un ratón de campo muerto —añadió—, pero solo olía a zorro.
Alex se envolvió en las sábanas, sintiendo la presión de la vergüenza sobre el pecho.
Era ella entonces. Su dragón había matado cosas…
¡Le pasaba algo malo, pues claro que sí!
Esa debía de ser la razón por la que había intentado matarla en su primera noche en Skralla.
Se imaginó el rostro macilento de Mog, las lágrimas formando riachuelos lodosos a sus pies.
Quizá su madre había acertado al mantenerla oculta.
No era por su propia protección, sino por la del resto del mundo.
—Estúpido dragón —masculló.
—No pasa nada —dijo Kaida mientras la desataba—. Supongo que tu parte de dragón se está portando mal porque se ha cansado de la reclusión. En cuanto controles las transformaciones, todo irá bien.
—Pero no lo consigo. ¡Todos actúan como si tuviera que acabar sucediendo, pero no es así! Ha de haber algo que pueda hacer.
—Ya lo descubrirás —dijo Kaida—. Sé que será así.
Dicho lo cual, se fue a desayunar, pero a Alex no le apetecía sentarse en el Zampador mientras los demás se contaban chismes negativos sobre ella, sobre el dragón negro portador de la muerte.
Sintió ganas de darle puñetazos a su almohada…
como si sus compañeros no estuvieran siempre mordiéndose entre sí, y prendiendo fuego a las cosas, y persiguiendo al primer animal que se cruzara en su camino; si alguno de ellos fuera sonámbulo, con toda probabilidad habría hecho lo mismo que ella. Solo que sin la maligna magia mortal.
Consideró la posibilidad de quedarse en la cama todo el día.
En vez de eso, fue a buscar flores al bosque y se atrevió a emprender el viaje por los túneles sinuosos en que los alevines tenían sus guaridas.
Dejó las flores sobre la almohada de Zola y se le encogió el corazón al ver los dibujos que cubrían los paredes y que mostraban a la niña y a Puff-Puff juntos.
A la hora de la comida, Alex fue a disculparse ante Graddax, un hombre que medía más de dos metros y tenía una gran barba blanca, que gruñó algo sobre lo difícil que era encontrar huevos de hipogrifo y se negó a mirarla.
Encontró a Mog arreglando un candelabro de techo que se había roto en el vestíbulo.
Gwinnie, que estaba sentada sobre su hombro, la fulminó con sus cuatro ojos.
—No es culpa tuya, encanto —dijo Mog después de que Alex le ofreciera una disculpa nerviosa—. No es más que tu naturaleza, ¿verdad? Aún estás aprendiendo.
Le dio unos golpecitos suaves en la cabeza y, por alguna razón, eso le dolió más que si le hubiera gritado o se hubiera puesto a llorar.
Así que le pidió a Erik que le enseñara a limpiar los canalones de la Casa —una labor que solía realizar Mog— y se pasó la tarde recogiendo musgo limoso y hojas podridas, hasta que se le descascarillaron las uñas.
Al volver a la guarida vio que alguien había cogido la escama negra, se la había clavado a la capa y la había dejado encima de su cama, para que la mirara de manera acusadora.
Esa noche, Alex vivió la vergüenza de tener que dejar que Pan y Shanks volvieran a atarla.
El pelo de mantícora le provocaba picores pese a estar por encima del pijama y detestaba que Ferox e Ingil fueran a asegurarse de que la habían amarrado bien.
Lo peor de todo, no obstante, era la vocecita en su cabeza que le decía que las cosas tenían que ser así.
Que se lo merecía por lo que había hecho.
Alex no durmió nada. Decidió que lo primero que haría por la mañana sería ir en busca de Oliphos.
Ya era suficiente: iba a transformarse y, si alguien podía ayudarla, sin duda sería él.
Así que, en cuanto Kaida la desató, salió corriendo hacia la Casa, donde se encontró a Erik holgazaneando sobre una mesa, encima del fregadero lleno de platos sucios que debería haber estado limpiando.
—Oliphos no está aquí. —Soltó un gran bostezo, como el de un gato—. Lleva unos días en un viaje de negocios relacionado con los Skarren-Har.
Decepcionada, Alex hundió los hombros.
—Espera, ¿qué hay de Pups?
—¿Pups? Está abajo, en el Trastero. ¿Qué quieres de él? Es un pirado.
—Bueno, sabe mucho sobre dragones, ¿no? ¿Y no dijo Oliphos que ahí abajo hay todo tipo de cosas mágicas de la Antigüedad? ¡Quizá haya algo que pueda ayudarme! ¿Cómo se llega hasta allí?
Erik hizo rotar las piernas, se bajó de un salto de la mesa y le hizo un gesto perezoso con la mano para que lo siguiera.
La condujo por el vestíbulo y giró a la izquierda antes de llegar a la puerta de Undwin.
Bajaron por una escalera de caracol donde oyeron el eco de sus propios pasos.
Al mirar hacia abajo, cegada por la luz, Alex tuvo que protegerse los ojos con la mano.
Al fondo había una cámara gigante, llena hasta arriba de una montaña de tesoros innumerables.
Colecciones arcoirisadas de piedras preciosas resplandecientes, pilas de espadas brillantes que parecían las púas de un puercoespín, exquisitas venas formadas por broches de plata y collares de cristal.
Y libros, sobre todo libros: más de los que nadie podría llegar a leer en cien vidas.
Había una montaña bajo cada montaña: se trataba de una pila de riquezas tan inmensa que cabría haber esperado encontrarse a un dragón enorme y poderoso sentado encima de ella.
En su lugar vieron a Pups, que leía sentado en una silla de escritorio con una tambaleante montaña de doce tazas de té a sus espaldas.
—¡Ah! —dijo, alegre, y al ponerse en pie resbaló sobre unas monedas doradas—. ¡Alex, Errol, un placer!
—Erik —le corrigió el chico.
—¡Esperaba que vinierais a visitarme! —dijo Pups, acercándose a ellos con energía juvenil.
La montaña estaba cubierta de senderos y escaleras, como el interior de una mina, y en las paredes de la cámara se alineaban unas enormes estanterías chirriantes donde se había realizado un pequeño esfuerzo para organizar las cosas—.
¿No es increíble? Todo lo que queda de la vieja cultura dragonil: su historia, su sabiduría…
todo lo que se pudo salvar de la Guerra, y se han limitado a tirarlo aquí.
Oliphos me ha encargado que lo catalogue todo, ¿os lo podéis creer?
Ay, ojalá tuviera más… Alex, ¿te pasa algo? ¡He visto a troles más animados!
Erik y Alex se miraron.
—¿No te has enterado? —preguntó Erik—. De, bueno…
—No paran de matar animales por la noche —dijo Alex, afligida—. Y mi dragón es el responsable.
—Tú crees que lo es —dijo Erik.
—Todo el mundo lo cree.
Pups se pasó una mano por la cara.
—Llevo días sin salir del Trastero. Es… —Examinó a Alex, preocupado—. Eso es bastante inquietante.
—Necesito controlar a mi dragón —dijo ella—. He pensado que quizá tendrías algo aquí que me pueda ayudar. Ya sabes… una perla de sabiduría dragonil antigua o algo parecido.
—Ah, bueno, no estoy muy seguro de eso. El problema es que la mayoría de los libros que hay aquí se escribieron antes del Gran Ensalmo, antes de que los dragones recibieran su forma humana. Vamos a rebuscar un poco.
Pups hizo girar su bastón como si fuera la batuta de un director de orquesta.
Parecía mucho más animado que cuando llegó a Skralla y se limitaba a soltar tosecitas.
Lo siguieron por el sendero en dirección a un grupo de estanterías tan grandes que parecían casi un edificio por sí solas.
Sobre ellas se alineaban librerías y cofres del tesoro y, en cierto lugar, una cama por hacer, en la que, a juzgar por el pijama de seda de color violeta, dormía Pups.
Alex se acercó a mirar una vitrina alta de vidrio y se encontró con el cetro dorado que había visto por primera vez en el museo de Pups.
—Ah, es el cetro de Rackabimbus —dijo Pups—. Es muy poderoso.
—¿Y qué hace?
—Oh… —Pups soltó una risita—, lo gracioso es que hace exactamente lo contrario de lo que deseas. Obliga al dragón a adoptar forma humana. Los magos lo construyeron hace mucho tiempo, temiendo una segunda guerra con los dragones.