El amanecer de los dragones (Dragonborn 1) Capítulo 15 #3
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Capítulo 15 #3

Hizo una mueca al ver que dos hadas chocaban en el aire y caían entre risitas al río, de donde emergieron al cabo de unos instantes peleándose por el mismo pez.

—Pero Gwinnie parece normal… A ver, comparado con eso…

Erik se encogió de hombros.

—Hubo hadas que no se metieron en la Guerra ni en el Ensalmo. Se resguardaron y esperaron a que pasara lo peor. Probablemente fue la elección más inteligente —añadió.

Siguieron el río y se encontraron a los demás, que admiraban los coloridos hidroaviones que descansaban en el agua.

Una multitud se había congregado al lado de una nave de un chillón color violeta para escuchar al hombre vestido de un llamativo color violeta que se había subido a ella.

Era alto, tenía una sonrisa pícara y un mostacho rubio y rizado, las mangas abullonadas y una faja de esmeraldas resplandecientes.

—Emory Steen —gruñó Oliphos—. Huroncillo asqueroso.

—Dejad que os diga, amigos —gritó Steen a la multitud, llevándose ambas manos al pecho—, que me dan ganas de llorar cuando miro estas calles que antaño fueron grandes.

Las hadas las tratan como si fueran su lavabo privado.

Los orcos buscan pelea con nuestros valientes soldados.

¡Y cada gigante les quita el trabajo a doce hombres honestos y decentes!

Yo os pregunto: ¿qué ha sido de nuestra ciudad?

—Undwin no era vuestra ciudad para comenzar —murmuró Oliphos.

—Y, entonces, lo peor de todo: los monstruosos reptiles que vuelan de noche por encima de nuestros tejados haciendo como que nos mantienen a salvo.

—Steen dio un zapatazo—. ¡Cuando somos del todo capaces de protegernos a nosotros mismos!

¡Y, mientras tanto, caminan en secreto entre nosotros, luciendo rostros humanos!

Pero ¿cómo saber así cuántos son en realidad?

Así que votad por mí como Gran Maestre y me encargaré de…

Alex hizo una mueca y se abrazó a sí misma porque de repente se le había llenado la cabeza de voces aullantes. El volumen no hacía más que aumentar, le sacudía los huesos y, al final, pudo oír lo que decían:

«¡Drak Midna, Drak Midna!, ¡DRAK MIDNA!».

—¿Estás bien, Alex?

Ella levantó la vista y se encontró con que Oliphos la observaba con gesto de preocupación.

—Estoy… estoy oyendo voces de nuevo. Como aquella vez en el museo de Pups. Creo que salen de ahí. —Señaló el tocón enorme del Viano—. ¿Hay… hay cosas muertas en él?

Oliphos asintió con expresión triste.

—Hay dragones muertos. Cuando los humanos se establecieron en Undwin, también se trajeron sus trofeos.

—Se oyeron vítores. Emory Steen, que había acabado su discurso, se bajó del avión de un salto para dejarse abrazar por la multitud.

Oliphos cerró los puños con fuerza—. Los esqueletos de los numerosos dragones a los que habían matado durante la Guerra.

Las raíces del Viano están huecas, ¿sabes?

, son un laberinto retorcido e interminable, y cada una de ellas acaba en una trocha que lleva a alguna parte del viejo reino de las Fadas.

Pero, como tantas otras cosas, esas trochas han quedado olvidadas.

Ahora no es más que un cementerio. Alex, ¿cómo suenan?

Se volvió hacia ella, sus ojos de repente parecían esperanzados. Alex deseó mentirle, pero no pudo hacerlo.

—Suenan… como tristes, creo. Pero sobre todo enojadas.

Oliphos cerró los ojos. Hundió los hombros.

—Suenan enojadas. Bueno, muchos de esos dragones lucharon en el bando de Drak Midna y también estaban enojados en vida.

Una lágrima rodó por su mejilla y, de repente, Alex deseó poder ayudarle.

—Oliphos, sabes lo de, hum, la Filacteria…

—Él abrió los ojos de golpe—. Bueno, he estado pensando…

¿Y si pudiera ayudarte a encontrarla? Dijiste que todos los que van en su busca acaban muriendo.

¿Y si los muertos pudieran ayudarnos a encontrarla, antes de que lo haga Drak Midna? ¿Y si yo pudiera hablar con ellos?

Oliphos miró hacia el río, se quedó observando en silencio a los cenizones, que hacían cabrillas con piedras sobre la superficie del agua.

—Drak Midna es mi problema. Déjamelo a mí.

—Pero ¿y si de verdad está cerca de encontrarla? ¿O la ha encontrado ya? Puedo…

—Alex, espero que me perdones por decir esto, pero creo que estás buscando la manera de sentirte útil porque aún no has encontrado cómo transformarte, y eso ha hecho que te sientas, bueno…

Ella arrastró el pie por el suelo.

—Inútil —dijo, malhumorada—. Y esta mañana ni siquiera he podido escupir fuego. Nunca me transformaré en dragón.

Oliphos le puso una mano en el hombro con suavidad.

—El tema con la transformación, Alex, es que en realidad no te transformas. Ya eres un dragón. Solo necesitas la fuerza para darte cuenta de ello.

Esa noche, Alex se quedó hecha un ovillo en la cama, rodeada por sus tesoros, escuchando cómo caía el agua de las cascadas. Esperó hasta que los otros comenzaron a roncar y, entonces le dijo en un susurro al dragón que llevaba dentro:

—Sal, por favor. —El sonido de su propia voz hizo que se encogiera de miedo.

Sentía que era antinatural hablar en voz alta, de esa manera, pero no sabía qué más podía hacer.

Temía la transformación, que su piel comenzara a arder, el rugido terrible que había oído en su interior, pero aún le daba más miedo no transformarse.

Examinó la gruesa costra que tenía en la muñeca—.

Por favor, no estoy segura de que vaya a quedar algo de mí para la semana que viene.

—¿Alex?

Asomó la cabeza por el borde para mirar hacia la guarida de abajo y se encontró con Kaida, que estaba pasándose el peine de madera de su madre por el pelo.

—No hablaba con nadie —se apresuró a decirle—. ¿No puedes dormir?

La chica negó con la cabeza. Al lado de su rodilla había una foto enmarcada de sus padres, y Kaida se la metió, junto con el peine, debajo de la almohada.

—Creo que es una indigestión. Ya sabes, por la ostras que Mog ha traído para la cena…

Alex asintió con la cabeza.

—Sí. Vaya que sí, a mí me pasa lo mismo. —Se dio unos golpecitos en el vientre—. Una indigestión terrible —mintió.

Kaida tenía los ojos enrojecidos por haber llorado, y Alex estaba a punto de preguntarle si quería ir a dar un paseo cuando un aullido prolongado y profundo recorrió la cueva.

Los frailecillos chillaron, asustados. Los cenizones resoplaron humo por los agujeros de la nariz y se removieron en sueños.

Alex y Kaida se miraron, preocupadas.

—Eso no ha sido un dragón —dijo Alex en un susurro.

Bajaron la escalera deprisa, aún en pijama.

—¿ Quié-quieseso ? —se oyó la voz adormilada de Pan, cuyo cabello era una nube inmensa de rizos rubios.

El aullido sonó de nuevo y Shanks saltó de su guarida, cayó por la caverna pero se transformó en el aire y salió volando hacia el mar y luego hacia arriba, en dirección al bosque.

—Chuleta —dijo Pan, aturdida.

Avanzaron descalzas por el sendero sinuoso que rodeaba la montaña, chapoteando por el barro, seguidas de una fila de cenizones adormilados. Volvieron a oír el aullido espantoso: un gemido lastimero e interminable.

—Parece Mog —dijo Ferox, que estaba justo detrás de ellas con Ingil, su mejor amiga, una chica orgullosa y arrogante.

Por encima de sus cabezas, la silueta oscura de Shanks se iluminó en color naranja cuando escupió fuego.

—¡Ha dado con él! —dijo Kaida.

Encontraron a Mog en las profundidades del bosque, de rodillas, con el sombrero pegado al pecho.

—No tiene sentido llorar —murmuraba una y otra vez—. Es solo una oveja. Solo… solo una… tonta oveja. —Cerró los ojos con fuerza. Unas enormes lágrimas cayeron sobre el barro.

Había sido una oveja, aunque habría costado decirlo de no ser por los pelluzgones de lana que temblaban sobre lo que quedaba de ella. A Alex se le revolvió el estómago. Ninguno de ellos pudo mirar durante mucho rato.

—¿Quién ha hecho esto? —gruñó Kaida.

—¡Un alevín, tiene que haber sido un alevín! —contestó Pan—. Es probable que Duncan. Siempre está con un ojo puesto en las focas… ¡Seguro que también fue él quien mató al frailecillo de Zola!

—Tanto jaleo por una oveja… —murmuró Ferox, y Kaida lo fulminó con la mirada—. ¡Bueno, es que pensé que Mog se había hecho daño de verdad! —añadió el chico a la defensiva.

Todos dieron un salto cuando Gwinnie irrumpió entre los árboles, con las alas zumbando agitadas. Voló con rapidez hacia Mog y abrazó su enorme cabeza; entonces reparó en la oveja.

—¿Cuál de vosotros ha hecho esto? —preguntó, mostrando los dientes puntiagudos.

—¡Acabamos de llegar! —contestó Shanks.

Gwinnie paseó una mirada furiosa por los niños y olisqueó algo.

—El aire apesta a magia mortal. Esta no ha sido una muerte normal… Algo ha absorbido la fuerza vital de la oveja.

Mog soltó un gemidito.

—Bueno, a nosotros no nos mires —dijo Shanks—. ¡No sabemos nada de la magia mortal!

Algo gruñó entre los arbustos. Kaida se zambulló en ellos y regresó con un niño pequeño en brazos: el mismo al que Alex había visto saltar por la ventana la noche de su llegada. Estaba pálido, inconsciente, y tenía un moretón brillante en la frente.

—¿Lo veis? ¡Os lo dije! —dijo Pan—. Ha sido Duncan. Es un bruto de lo más chungo.

—Está herido —dijo Alex, que se puso en cuclillas para examinar el moretón.

Siseando, Gwinnie la apartó de un empujón. Su mano cobró un brillo dorado y con un dedo dibujó un extraño símbolo sobre los ojos del niño que permaneció sobre su piel como la luz de una bengala. Duncan se despertó de golpe y un aliento aterrorizado se condensó en la oscuridad.

—¿Has matado a la oveja de Mog? —espetó Gwinnie.

—¿Qué? ¡No, no lo haría nunca! He salido a practicar un poco más de vuelo… Graddax no deja de regañarme por agachar el ala izquierda.

—Duncan —dijo Kaida, señalando el moretón de su cabeza—. ¿Quién te ha hecho esto? ¿Lo has visto?

Él resopló.

—Sí, pero no he reconocido sus escamas.

—¿Ha sido un dragón? —preguntó Ferox, y Duncan asintió con la cabeza.

—Escamas negras. Espinas alargadas en el lomo.

Shanks se rascó la nariz.

—¿Yarrox? Tiene las escamas negras…

—Son más bien de color azul oscuro —observó Pan—. Y no tiene espinas. ¿Qué tamaño tenía? ¿El de un alevín?

Duncan negó con la cabeza.

—Más grande. Era mayor que un cenizón, quizá incluso que un tizón, pero no he podido verlo bien. Me he cruzado con él, me ha visto y me ha dado con la cola. Me… —El niño se aferró al brazo de Kaida—. Me ha asustado.

Ferox resopló.

—Era un dragón, así que claro que te ha asustado, canijo.

—No, pero es que… daba más miedo de lo normal. Había algo… algo cruel en él.

Alex vio que Gwinnie se dejaba caer de cuatro patas y olisqueaba la tierra.

—Hum, ¿los dragones pueden hacer magia? —preguntó Alex.

—Somos mágicos —dijo Kaida—, pero no podemos lanzar hechizos, como las hadas y los magos. Es más bien… un instinto. Como cuando alteramos el clima o hablamos con los animales. No había oído hablar nunca de un dragón que pudiera hacer magia mortal.

—Mentira —dijo Ferox, con expresión de seriedad en los ojos muy abiertos—. Ella puede hacer magia mortal.

Apuntó con un dedo a Alex, cuyo cuerpo se tensó de manera dolorosa. Notó que todos los demás se volvían para mirarla y retrocedió un paso.

—Puede hablar con los muertos —dijo Kaida—. No es lo mismo que… —se atrevió a echar un vistazo a la oveja— que esto.

—Pero no es tan diferente, ¿verdad? —preguntó Ingil—. Quizá su hechicería consiste en hacer magia mortal.

—Yo no he hecho nada —dijo Alex, rodeada de miradas—. ¡He estado en mi guarida todo el rato!

—¿Estás segura de eso? —preguntó Ferox—. He oído que en tu casa eras sonámbula. —Se volvió hacia los demás—. Seguro que ha venido dormida hasta aquí y se ha transformado. Mirad: ¡tiene el pijama mugriento, y también los pies!

—Todos tenéis el pijama embarrado —dijo una voz. Erik había aparecido con un trapo de cocina, que apretó contra la mano de Mog para que lo usara como pañuelo—. Sois draquis, os pasáis la mayor parte del tiempo cubiertos de barro.

—Todos la habéis visto hoy con Rannock —insistió Ferox—. Seguro que su forma de dragón se ha hartado de estar encerrada y ha tenido que desahogarse.

—Yo no… yo no…

Alex sintió la mirada oscura y furiosa de Gwinnie, los ojos entornados de Ingil y el resto de los cenizones.

Se había pasado toda la noche despierta, ¿no?

Recordaba a duras penas un sueño sobre hipopótamos que bailaban, pero estaba convencida de que lo había tenido la noche anterior. Nerviosa, se pasó una mano por el pelo.

Y tocó algo duro y afilado.

Alex frunció el ceño, tiró del objeto para liberarlo de sus rizos apelmazados y lo sostuvo en la palma de la mano, donde destelló bajo una mancha de luz lunar.

Una escama negra de dragón.

Levantó la vista y se encontró con que todos los demás contemplaban la escama y el mechón de su pelo que la envolvía.

—Yo… yo…

Ferox estampó el pie contra el suelo.

—Has sido tú —gruñó.

Hasta Kaida se había tapado la boca con la mano. Alex sintió que se le llenaba el estómago de agua helada. No, era imposible. No podía haber sido ella, pero…

Pero tampoco recordaba haberse transformado la otra vez. En el bosque, cuando partió el Viejo Roble y le dio un susto de muerte al señor Lowrie. Una sombra pasó por encima de todos los presentes y las hojas temblaron al viento. La tierra se sacudió y Rannock apareció entre los matorrales.

—¿Qué está pasando? —espetó al reparar en los restos de la oveja—. ¿Quién ha sido?

—Ella —dijo Ferox.

—¡Un dragón negro ha atacado a Duncan! —dijo Ingil.

—Y mira… —Brinno señaló la escama en la palma de la mano de Alex.

—Se ha transformado en sueños —dijo Ferox.

Rannock miró a Mog, que sollozaba en silencio contra el trapo de cocina de Erik, y luego a la oveja.

—Idos a la cama, todos vosotros.

—¿Qué? —Ferox se quedó mirando a Rannock, incrédulo—. Tienes que castigarla. ¡Deberías encerrarla antes de que lo vuelva a hacer!

Rannock examinó a Alex. Durante un instante cargado de extrañeza, ella se preguntó si su maestra no estaría impresionada por lo que había hecho.

—Ya se castigará a sí misma, estoy segura de ello. Hay un dragón en su interior, malvado y hambriento. —Rannock señaló los restos de la oveja—. Así que, si no quiere que esto pase de nuevo…, tendrá que aprender a controlarlo.