Capítulo 15 #2
Cuando no estaban entrenando, comiendo o peleando, podían explorar Skralla por todas partes.
A última hora de la tarde, Alex salía con Pan, Shanks y Kaida al bosque en busca de huevos de ave que asar en su fuego, o iban a explorar las numerosas habitaciones polvorientas de la Casa y se inventaban las reglas de los montones de juegos de mesa antiguos que encontraban, a los que les faltaban la mitad de las piezas.
Después se subían al tejado a beber medu caliente y observar las estrellas, o se ponían las capas de color rojo y se iban a Undwin con la esperanza de llegar a vislumbrar a los Skarren-Har.
Los cenizones tenían prohibido aventurarse más allá de la calle que había frente a la puerta de la trocha; solo los tizones tenían esa libertad, mientras que los alevines no podían salir para nada, no fuera que intentasen comerse a alguien.
Alex no salió a explorar de verdad hasta esa tarde, cuando Oliphos se los llevó a hacer allí una clase de Historia.
—¡Vamos, animalillos! —dijo, haciéndoles gestos alegres para que avanzaran por la calle.
Había cambiado su ropa de viaje por un chaleco y una pajarita de color rojo, lo que le daba un aire de distinción académica.
Les hizo doblar la esquina y Alex se quedó mirando, fascinada, un concurrido mercadillo, lleno de casetas iluminadas en las que se apilaban las flores y las ruedas de queso y los frascos de pociones mágicas, las camisetas dobladas y las zapatillas deportivas de segunda mano.
Un hombre se quitó la chistera para saludar a una mujer de ojos inyectados en sangre y colmillos (un orco, según le dijo Kaida) mientras un gigante clavaba un póster en el lateral de un edificio: la foto de un hombre con un enorme bigote rizado y una sonrisa deslumbrante.
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Pan tiró de ella hasta el puesto de flores para mostrarle un narciso que soltó una risita cuando ella le acarició las hojas.
A continuación, Shanks la arrastró hasta un ogro feliz que servía postres y cuya corpulenta figura se tambaleaba tanto como sus elaborados púdines.
Alex estaba encantada de que la llevaran de un lado al otro; la aliviaba que ninguno de ellos pareciera molesto porque hubiera fracasado esa mañana en su intento por escupir fuego.
—Mira por dónde pisas —dijo una voz, y Alex descubrió a Erik a su lado, que le hizo rodear una gran mancha grumosa de color gris en los adoquines.
—¿Qué es eso? —preguntó, examinando el polvillo plateado que se elevaba de ella.
—Excrementos de hada.
Alex le fulminó con la mirada.
—Estás de broma… —dijo, y entonces vio a las dos hadas que los observaban con expresión traviesa desde un tejado, como si hubieran estado esperando que pisara la mancha—. Oh… ya veo que no estás de broma.
Dos niños pequeños salieron a un balcón, cogieron unas piedras de un frasco en cuya etiqueta se leía comida de hadas y las tiraron contra las hadas.
—¡Eh, no hagáis eso! —gritó Erik—. Aquí las tratan peor que a las palomas —le contó a Alex—. Pero, cuando pasé hambre, fueron las hadas las que compartieron los restos de su comida conmigo. La gente actuaba como si yo no existiera, pero ahora que no tengo la ropa agujereada es otra historia. Mira.
Atravesó el mercadillo, y Alex vio que los vendedores le sonreían e ignoraban a los clientes para alborotarle el pelo.
—¿Cómo tienes el hombro, Harold? —le preguntó Erik a uno con alegría—. Dile a Mary que aún me debe lo de la comadreja —le dijo a otro, y a continuación le tiró una moneda a un viejo mendigo que tocaba el acordeón.
Alex pensó que se comportaba con demasiada naturalidad para ser alguien que aseguraba sentir aversión por ese lugar. Skralla era de los dragones, pero Undwin parecía ser el territorio de Erik.
—Bueno, ¿quieres saber cómo lo he hecho? —preguntó, luciendo su sonrisa torcida.
—¿Cómo has hecho el qué?
Él se inclinó hacia ella y le dijo en un susurro:
—Cómo logré llegar a Skralla.
Alex entornó los ojos, recelosa.
—Y piensas contarme la verdad, ¿no? ¿Bajaste por la chimenea detrás de Papá Noel?
—No, lo que hice fue… un momento: ¿quién es Papá Noel?
En fin… —Señaló a los cenizones que tenía delante—.
Pasé siglos intentando averiguar quiénes eran esos huérfanos tan especiales, con sus capas de color rojo.
¿Cómo era posible que estuvieran tan bien alimentados, tan bien vestidos, cuando yo iba vestido con harapos?
Así que seguí a un grupo, esperé a que uno se apartara del resto y… ¡bam!, le golpeé con uno de estos.
Cogió una seta que había en un tiesto y la apretó en la dirección de la gallina que estaba en el puesto contiguo. Esta liberó una bruma de esporas de color violeta y la gallina se desmayó de inmediato.
—Me apoderé de su capa y su sombrero, y entré en Skralla detrás de los otros.
Alex intentó reprimir una sonrisa.
—No te creo.
—Pregúntaselo a él… Fue Gerrix, que es un tizón ahora. Aunque es probable que sienta demasiada vergüenza para reconocerlo.
—Qué conveniente —dijo ella, apurándose a seguir a Oliphos y al resto, que habían doblado la esquina.
Se unió a ellos en lo alto de un prolongado trecho de escaleras.
Undwin se abría ante sus miradas como un libro troquelado.
Era una ciudad reluciente, rebosante, que parecía estar tensando sus costuras.
Los árboles frutales estallaban como fuegos de artificio a través de los tejados rotos, las palomas picoteaban las peras y las manzanas caídas para desperdigarse en grupo cuando las perseguían las bandadas de hadas y de gatos feroces y fuertes cubiertos de cicatrices.
Por encima de los edificios flotaban, ondeando bajo la brisa, farolillos de papel sujetos por hilos, y Alex ahogó un grito al ver que también había edificios flotantes; casas en ruinas, cubiertas por la hiedra, que desfallecían de tanto en tanto, como si la magia que las mantenía en el aire hubiera comenzado a fallar.
Pero la mirada de Alex se vio atraída de inmediato hacia el centro de Undwin, donde un enorme tocón de color gris se elevaba a tanta altura que su sombra se proyectaba hasta la mismísima muralla de la ciudad.
Esa visión la entristeció. Tenía la poderosa sensación de haber llegado a alguna parte demasiado tarde.
Se apretujó junto a Kaida para ver mejor.
—¿Qué le pasó al árbol?
—¿Y bien? —dijo Oliphos, paseando una mirada expectante por el resto de alumnos—. ¿Quién quiere contárselo a Alex?
Shanks levantó la mano entusiasmado, pero Pan saltó para bajársela. Mientras se entretenían peleándose, Kaida contestó:
—Es el tocón del Viano —dijo—. Era el árbol más antiguo del mundo, y la principal fuente de magia para las Fadas.
Pero entonces, para detener la Guerra entre los dragones y los humanos, realizaron el Gran Ensalmo y dividieron el mundo entre los Reinos Exteriores y los Reinos Ocultos, y permitieron que los dragones adoptaran forma humana.
Pero eso requirió de una cantidad tan grande de magia que el Viano… bueno… pues…
Todos miraron el árbol muerto y Alex sintió en su interior el error que representaba. Le recordó al Viejo Roble partido de su bosque, en casa.
—Se marchitó y se murió —remató Oliphos—. Y, con su desaparición, la luz de las Fadas, que debería haber brillado para siempre, menguó también.
Bajaron la escalera detrás de él y desembocaron en un río que corría cargado de agua, atravesado por puentes tan serpenteantes que Alex pensó que las aves se marearían al observarlo desde lo alto.
En sus orillas lodosas, una decena de niños avanzaban con dificultad, armados con sacos, recogiendo zapatos viejos y relojes rotos que el agua había llevado hasta allí.
—Ese es el Medioamigo, el río más largo de Gran Bretaña.
—Yo pensaba que era el Severn.
—Es el mismo, que entra y sale de los Reinos Ocultos.
Alex contempló los guijarros de brillante luz solar en la superficie del río.
—Medioamigo es un nombre extraño para un río.
—Se debe a que ayuda a la gente, como un amigo, trayéndoles pescado, viajeros y demás. Pero a veces también se vuelve feroz, como un enemigo…, y con tanta rapidez que podría aplastarte la cabeza contra una piedra.
Alex escudriñó los puentes y se dio cuenta de que muchos de ellos no llegaban a la otra orilla, sino que se detenían a medio camino.
Sin embargo, por alguna razón la gente seguía recorriéndolos.
En el mediopuente más cercano a ella, una multitud iba en un sentido —un tapiz humano coronado por sombreros de todo tipo: bombines, gorras de béisbol y boinas de punto— y, de alguna manera, una segunda multitud volvía en el sentido opuesto después de materializarse en el aire a través de un arco que había al final.
—¿Es una trocha?
Erik asintió con la cabeza.
—En Undwin hay muchísimas, porque la ciudad perteneció a las hadas.
Llegan a todos los puntos de los Reinos Ocultos.
Y a los Exteriores también… Mira. —Señaló otro arco que tenía grabadas las palabras LONDRES ESTE —.
A Undwin la llaman «la Ciudad entre Ciudades».
Con los documentos adecuados, puedes usarla para llegar casi a cualquier parte.
El puente más cercano estaba repleto de gente, de vacas y de carros tirados por caballos en los que se apilaban ropa, verduras y sacos hinchados que dejaban caer granos de cereal sobre los adoquines, que los cerdos se apresuraban a engullir.
Unos niños trepaban a las altas farolas a lado y lado, haciendo carreras para ver quién llegaba antes a la cima.
Un hada pasó disparada junto a ellos en un torbellino de alas y patas pálidas con garras.
Los niños se rieron y le tiraron piedras.
—¿Por qué hacen eso? —preguntó Alex—. Las hadas detuvieron la Guerra… ¡Deberían tratarlas bien!
—Ya, bueno, tampoco es que las consideren personas, ¿verdad? —dijo Erik—. El Viano no fue lo único que se vio afectado por el Gran Ensalmo. Al usar toda esa magia, las hadas se volvieron un poco, bueno… raras.