Capítulo 15
A lex tenía la convicción de que Skralla intentaba asesinarla.
Aunque las quemaduras se curaban con rapidez, no pasaba lo mismo con el resto de sus heridas, así que su cuerpo se había convertido en un diario viviente del tiempo que había pasado en la isla.
En el brazo izquierdo lucía una red de cortes profundos debidos al tropezón en el tumultoso del jueves anterior, cuando chocó contra las escamas de Ingil.
El ojo morado causado por el ala de un alevín nervioso había comenzado a supurar pus verde (cuya mera visión hizo que Pups se desmayara).
Tenía las piernas cubiertas de moretones pulposos como ciruelas pasas, porque Rannock la obligaba a subir y bajar corriendo la montaña cuando los demás tenían clase de vuelo, y se resbalaba y caía todo el rato entre el barro y las zarzas.
Cada vez que lo hacía, Mog la recogía y la devolvía a la carrera.
—Tú puedes, pequeña —le decía el gigante, echándole un vistazo al enorme reloj que usaba como reloj de bolsillo—. ¡Esta vez podrías batir el récord!
—¡El récord de sangre perdida! —murmuró Alex antes de caerse de nuevo.
La isla estaba a punto de quedarse sin espacio para seguir escribiendo en su cuerpo.
Se despertaba cada mañana temerosa de lo que le depararía la jornada, con una almohada sobre la cabeza para ahogar los gritos y los chillidos que le llegaban desde abajo: los sonidos de la tradicional batalla matutina entre los cenizones y los alevines más pequeños, que se colaban para zambullirse en las cascadas, asustar a los frailecillos y robar la ropa que los cenizones lavaban en las fuentes termales.
—¡No te preocupes! —le dijo Kaida durante el desayuno, dándole una palmada amistosa en la espalda que sin duda le hizo saltar algunas costras—. Lo solucionarás pronto. ¡Solo llevas dos semanas aquí!
—Dos semanas… —susurró Alex en dirección a sus gachas mientras la mesa se balanceaba con violencia a izquierda y derecha porque Pan y Shanks estaban haciendo su tercer pulso de la mañana.
¿Solo habían pasado dos semanas? Dos semanas de que la acarrearan por el Buche como si fuera el juguete masticable de un perro.
Dos semanas de temer los paseos en solitario por la isla, no fuera que un alevín fuera a tenderle una emboscada entre las sombras.
Dos semanas y aún no había logrado transformarse en dragón.
Después del desayuno, Rannock les hizo bajar por la montaña hasta la orilla occidental, donde una manada de focas contemplaba ansiosa el mar.
De las aguas se elevaban tres decenas de altas columnas coronadas por unos inmensos círculos metálicos, que el paso del tiempo había vuelto de color verde.
Los tizones tenían clase de vuelo y planeaban con elegancia de un círculo al siguiente antes de zambullirse en las profundidades del mar como haría un monstruoso martín pescador.
—Quedaos aquí, todos —gruñó Rannock, y se adentró en el mar—. Alex, ven.
Ella dio un paso vacilante al frente, notó el frío de las olas en los tobillos y se preguntó qué tipo de lección nueva y cruel sería aquella.
—Venga —le espetó Rannock.
Alex miró ansiosa a Kaida y avanzó hasta que el agua le alcanzó por la cintura. A Rannock apenas le llegaba por encima de las rodillas.
—Hum… ¿qué estamos haciendo? —preguntó Alex, tambaleándose bajo el movimiento de la corriente.
Rannock se aclaró la garganta y escupió al agua.
—¿Tú qué crees? Vamos a hacer que te transformes.
Pero esta vez lo intentaremos… con un método más suave que el tumultoso.
—Dijo la palabra «suave» como si hasta ese momento nunca antes la hubiera usado—.
Me han dicho que escupiste fuego por accidente…
bueno, ahora lo harás a propósito. Eso te acercará a tu forma de dragón.
Alex sintió la punzada de los carámbanos que tenía en las entrañas. Un pez grande pasó rozándole uno de los pies descalzos.
—¿Por eso estamos en el mar? ¿Para que no le prenda fuego a nada?
Rannock parpadeó.
—Hum, eso habría sido algo inteligente, ¿verdad?
No. Es porque, según Oliphos, le tienes miedo al mar.
Cuando seas un dragón te rodeará el miedo de aquellos que desearán hacerte daño.
—Separó las piernas y las afianzó para no perder el equilibrio con las olas—.
Tienes que afrontar ese miedo. —Respiró hondo—.
Llevarlo hasta aquí abajo. —Se dio una palmada en la plancha de hierro que tenía por vientre—.
Tu espíritu de dragón vive en tu estómago, niña.
Así que aliméntalo. Dale tu miedo, tu rabia, tu vergüenza, tu odio.
Esas cosas no deben dominarte, sino que el dragón es quien las domina a ellas.
Alex se llevó una mano al vientre. No notaba ningún dragón allí, solo las escasas cucharadas de gachas que Kaida la había obligado a comer, y que en ese momento se retorcían y le subían por el esófago.
—Hazlo —gruñó Rannock—. Siente el miedo.
Alex frunció el ceño, insegura. Si para escupir fuego solo hiciera falta sentir miedo, a estas alturas ella ya habría quemado la isla entera.
—Ahora, niña. Inspira y mételo dentro.
Alex miró el agua que la rodeaba. Imaginó que eran olas embravecidas que se cernían sobre ella con fuerza como lobos salvajes y veloces. Respiró hondo y sintió que el miedo retumbaba al bajar por su garganta.
Le sonaron las tripas.
—Bien. Ahora la rabia.
Alex se tocó el vientre, sorprendida. Estaba funcionando.
Así que a continuación pensó en su madre, en la manera en que le había ocultado la verdad durante tanto tiempo, en que la había tenido escondida del mundo.
Se imaginó sola en su habitación, noche tras noche.
Quizá, si su madre le hubiera contado la verdad, podría haber ido a Skralla mucho antes y no habría sufrido nunca todo ese miedo.
Sintió una sacudida repentina en las entrañas. Le llegó un sabor a humo.
—¡Tú puedes, Alex! —le gritó Kaida desde la playa.
A su lado, Pan y Shanks la vitoreaban.
—¡Silencio! —ladró Rannock—. Ahora, la vergüenza.
Alex dirigió una mirada resentida a la maestra, que le respondió con una sonrisa horrible.
—¡Rápido!
Así que pensó en su padre. En el hecho de que hubiera estado solo ahí fuera aquella noche, atrapado en el frío mar. Luchando por salvar vidas mientras ella estaba cómodamente arropada en la cama. Ni siquiera llegó a decirle adiós.
Su estómago se revolvió como una cacerola en ebullición, le ardían las mejillas. Su cuerpo entero parecía estar vibrando.
—Odio… —oyó el susurro de Rannock, que abrió mucho los ojos a la expectativa.
Pero a Alex no se le ocurrió nada. No recordaba haber odiado a nadie, haber odiado de verdad. Ni siquiera a su madre cuando se ponían a discutir. Su padre le había dicho que no debía odiar nunca. Su padre, que había muerto en el mar mientras ella estaba tumbada con toda comodidad en la cama…
—Rápido, Alex, o lo perderás.
Pero no pudo pensar más que en el mar, que tiraba de su padre y lo alejaba de ella.
En su mente, Alex pataleaba sin descanso para seguirlo, pero la corriente era demasiado fuerte, y él se había convertido en una mota, y por alguna razón se le estaban cayendo los tesoros de los bolsillos a decenas, y no le quedaba nada, nada, nada…
—El miedo está volviendo, Alex —gruñó Rannock—. Domínalo, rápido.
Nada. Nada.
Nada más que la oscuridad que se enroscaba en torno a ella, arrastrándola consigo mar adentro. Pero, al bajar la vista, vio que ni siquiera era la corriente: tenía escamas y garras, y abrió los ojos para mirarla con furia. Unas pupilas amarillas como dos rendijas horribles.
—¡DOMINA EL MIEDO, ALEX!
—¡NO! —gritó ella, y en un instante habían desaparecido: su padre, sus tesoros, las pupilas de color amarillo.
La gris luz del día estalló a su alrededor y sintió mucho frío, estaba helada. Sus lágrimas eran como gotas rodantes de nieve.
Se llevó una mano al vientre. Los calambres habían desaparecido, como si su llanto hubiera extinguido las llamas. Espiró y un hilillo de humo le salió de la boca.
Rannock lo siguió con la mirada y sus labios se curvaron mientras el humo se desvanecía en el viento.
—Prueba de nuevo.
Pero Alex estaba exhausta. Las lágrimas seguían brotando y lo único en lo que podía pensar era: «Él ya no está. Él ya no está. Él ya no está». Escondió la cara entre las manos.
—¡Ya es suficiente! —gritó Kaida, que avanzaba chapoteando hacia ella.
—Yo decidiré cuándo es suficiente —dijo Rannock, inclinándose tanto hacia ella que Alex olió su aliento a hollín—. ¿Por qué lloras? ¿Crees que los dragones lloran, niña? ¿Crees que lograrás transformarte algún día si sigues siendo una cría tan miedosa, patética y…?
—¡BASTA!
Los peces se dispersaron con la transformación de Kaida. El agua cayó a chorros de sus alas plateadas. Su hocico se detuvo a centímetros de la cara de Rannock y le mostró los dientes.
La maestra sonrió y le dio una palmada orgullosa en el cuello, como si Kaida fuera un purasangre premiado.
—¿Ves, Alex? Los dragones son así. De acuerdo, lo intentaremos de nuevo mañana. Además, tengo hambre.
Dicho lo cual, el mar entró en erupción y Rannock se elevó dando bandazos, produciendo un ruido ensordecedor al batir las alas. Kaida se transformó de nuevo, tomó la mano de Alex entre las suyas y la condujo de vuelta a la playa, donde los cenizones las observaban ansiosos.
—Es demasiado humana para ser un dragón —dijo Ferox con una amarga expresión de desprecio en el rostro.
Alex sintió un hormigueo en las mejillas. Las olas lamían su cuerpo y bajó la vista hacia sus manos temblorosas.
¿Cómo podía dominar el miedo y convertirse en dragón si era ese mismo dragón lo que temía?