El amanecer de los dragones (Dragonborn 1) Capítulo 14 #2
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Capítulo 14 #2

—Es hermoso.

—No digo el cielo. —Shanks sacudió el dedo—. Eso.

Algo estaba trepando por el otro lado del muro.

Un tentáculo grueso y cubierto de forúnculos se deslizó por su cima, húmedo y agitado, y tiró del resto del cuerpo: era una figura gris, limosa, de diez pisos de alto, con matas de tentáculos allí donde debería haber tenido los brazos, y con grupos de ojos claros y brillantes que parecían huevas de rana.

Alex recuperó el sabor de la cena en la boca. Al otro lado de la calle, los niños lloraban. Kaida se recostó como si nada contra la puerta.

—Siempre hay algún monstruo, demonio o lo que sea atacando Undwin —le explicó con ligereza, como si el ataque de un monstruo tuviera la misma importancia que un pequeño chaparrón.

La piedra se agrietó cuando uno de los tentáculos escarbó en el muro; entonces, la criatura rompió un trozo del tamaño de una casa y lo lanzó contra la ciudad. Alex ahogó un grito, pero el trozo de pared se detuvo de repente en el aire y se disolvió en la nada.

—Los magos de la ciudad —dijo Pan—. Pero el verdadero espectáculo está por llegar.

Las calles se llenaron de vivas y vítores cuando una decena de aviones pasaron a toda velocidad por el cielo y asustaron con la vibración de sus propulsores a las hadas, que echaron a volar.

Eran rechonchas y robustas como gaviotas gordas, y las adornaban colores vivos, como si fueran envoltorios de caramelos.

—¡Mirad, ahí está Emory Steen! —gritó la niña pequeña del otro lado de la calle, y señaló hacia un avión violeta cuyo bigotudo piloto saludaba a su público con una gran sonrisa.

La noche se llenó con la explosión tartamuda de las balas, que fueron a estrellarse contra el monstruo como una tormenta de granizo.

A este no pareció importarle demasiado, y levantó una enorme extremidad cadavérica por encima del muro para plantar su pata ungulada dentro de la ciudad.

El suelo tembló. Alex olió el hedor a aguas negras.

—Su piel es demasiado gruesa para esas armas —dijo Shanks mientras los niños al otro lado de la calle volvían a lamentarse.

En lo alto, la luz de las farolas parpadeó. Una estalló en una cascada de cristales. Una ráfaga de viento hizo que Alex perdiera el sombrero y una sombra se propagó sobre los adoquines.

Un rugido enorme llenó el cielo.

Alex levantó la vista y se lo encontró ahí mismo, tan cerca que pudo distinguir las escamas de color gris acerado de su vientre y las garras curvas con que daba golpecitos sobre los tejados.

—¡Es Varrock! —gritó Pan, ansiosa.

—No, es Haskir —la corrigió Shanks—. Mira, tiene pinchos de color verde en el lomo.

El dragón se elevó a más altura, quedó oculto tras las ondulaciones nubosas y los chispazos de los relámpagos.

Entonces se dejó caer con las alas pegadas a los costados, mientras los aviones se desperdigaban para apartarse de su camino.

Abrió las mandíbulas y la lanza de fuego rojizo que salió disparada de su boca golpeó al monstruo en el pecho.

La criatura chilló como un cerdo y cayó contra el muro. La piedra crujió con el golpe.

Alex miraba asombrada. El monstruo era más grande que el dragón, el doble por lo menos, y sin embargo tuvo la seguridad de que sus pútridos ojos parecían asustados. Manoteó el muro para saltar por encima de él y se esfumó, perseguido por el vuelo del dragón.

Alex se abrazó el pecho, donde su corazón latía disparado.

—¿Eso va a… va a…?

—Él —dijo Kaida.

—¿Él va a matarlo?

—No. El monstruo solo ha venido porque odia a los humanos… Les pasa a la mayoría. Pero unas buenas llamaradas suelen servir para que dejen de volver. Los Skarren-Har nunca matan si pueden evitarlo.

—Los… Skarren-Har —dijo Alex en un susurro.

Kaida le apretó la mano.

—Convertirse en un dragón no es solo cosa de hacer ruido y provocar el caos.

Los Skarren-Har realizan un trabajo extenso e importante.

Mantienen el equilibrio en los Reinos, viajan allí donde hay algún peligro, ¡allí donde hay gente indefensa que los necesita!

—Enderezó la espalda, orgullosa, y se cogió la piedra de fuego que le relucía en el cuello—.

Para eso nos entrenamos todos, para poder llevar el orden y la justicia y…

¿Queréis dejar de bostezar? —Se volvió de golpe hacia Pan y Shanks—.

Vosotros solo sois felices cuando estáis haciéndoos pedazos, pero a algunas nos importa poder salvar el mundo.

Shanks soltó otro gran bostezo.

—Venga, vámonos a dormir antes de que se ponga a entonar su propia banda sonora.

Los demás volvieron a entrar en Skralla, y Alex se aprestaba a seguirlos cuando vaciló, al escuchar los aleteos cada vez más lejanos del dragón. Una constatación extraña y feliz se extendió por su interior pero, antes de que pudiera verbalizarla, un intenso cosquilleo le subió por el cuello.

Pudo sentir cosas. Susurros que le hacían estremecer los huesos, que recorrían su piel como hormigas.

Había palabras, pero en exceso, y a un volumen demasiado bajo para que pudiera comprenderlas.

Se sintió igual que cuando Cindraw se dirigió a ella en el museo de Pups, pero esas voces sonaban más enojadas, parecía que estuviera escuchando una discusión al otro lado de la pared. Intentó discernir lo que decían, solo…

—¿Y a ti qué te pasa? —dijo una voz.

Alex se sobresaltó y descubrió a Erik sentado en el alféizar de una ventana, por encima de la puerta.

—¿C-cómo has llegado ahí arriba?

Él tiró una manzana al aire y la cogió de nuevo.

—He subido flotando, llevado por mis propios pensamientos positivos —dijo con sequedad. Mordió la manzana e hizo un vago gesto con la mano en dirección a la ciudad—. ¿Qué te ha parecido?

Alex miró por encima de los tejados, hacia el humo que se elevaba en lo alto por el fuego del dragón. Aunque los susurros seguían allí, era más fácil ignorarlos cuando Erik estaba cerca.

—No puedo creer que haya una ciudad entera aquí de la que nunca he sabido nada. Es… increíble.

—Bah… —Erik escupió una semilla de manzana—.

Undwin no es tan genial como la pintan. Yo me crie aquí, ¿sabes?

Antes de irme a Skralla, era un pobre huérfano muerto de hambre.

—Sonrió con malicia—. Y eso quiere decir que tienes que compadecerte mucho de mí.

Bueno, ¿qué tal te ha ido en tu primer día?

Alex se encogió de hombros.

—Aún me pitan los oídos del rugido de Ferox, me duele todo el cuerpo y tengo tanta hambre que podría desmayarme.

—Al menos no estás muerta —dijo Erik con optimismo, y entonces le lanzó la manzana a medio comer.

Alex la atrapó y se rio.

—Gracias, pero nada de lo que como se me queda en el estómago.

Erik entornó los ojos, receloso.

—A mí me pareces bastante feliz.

—Es que estaba preguntándome algo… Mi padre siempre intentó ayudar a los demás.

Le llevaba la compra a la anciana de la casa de al lado y los miércoles trabajaba como voluntario en la tienda de caridad.

Una vez salvó a un abejorro que había quedado atrapado en una telaraña…

¡Le limpió de las patas toda la porquería de la tela con un cepillo de dientes!

Pero… —Un nuevo rugido procedente de más allá de la muralla de la ciudad hizo que se sacudieran los cristales de las ventanas—.

Pero era un dragón, así que… seguro que también era un Skarren-Har.

Seguro que estaba ahí fuera, salvando el mundo.

Erik puso los ojos en blanco.

—Me parece que eso es un montón de trabajo duro —dijo, sacándose una segunda manzana del bolsillo—. Si yo fuera un dragón, me iría a volar en libertad y haría lo que me diera la gana.

Alex contempló el horizonte, ese firmamento nocturno de tamaño y brillo imposibles. Tuvo la sensación de que podía ver los pasos de su padre frente a ella y que solo tenía que seguirlos. Sonrió.

—Voy a ser un dragón, Erik. Un dragón poderoso de verdad. Voy a ser un Skarren-Har y ayudar a la gente.

Erik asintió con la cabeza, pensativo, y le dio un gran mordisco a la manzana.

—Entonces será mejor que comiences a entrenar, ¿no?