Capítulo 14
L os tumultosos prosiguieron durante toda la mañana, hasta que el pozo de barro quedó cubierto de escamas de dragón y de chorretones de sangre negra y crepitante.
Con una mano en el vientre, que aún notaba tembloroso, Alex observó a Kaida atravesar como un rayo el Buche y agujerear el ala de Minnox, y a Brinno arrojar a Grash hacia los asientos superiores.
Dio gracias cuando el espectáculo llegó a su fin y se apresuró a recorrer cojeando el tambaleante puente de cuerda para volver a la montaña.
Se sintió doblemente agradecida por el hecho de que Kaida fuera la única que la vio vomitar en el mar.
—Venga —le dijo la chica, dándole una palmada alegre en la espalda—, vamos a rellenar ese estómago.
A la hora de la comida, Erik y Gwinnie repartieron inmensas bandejas de patatas y lubinas asadas que Alex contempló insegura, pues se le revolvían las entrañas cada vez que la mesa se balanceaba.
Al cerrar los ojos veía a monstruos malignos que se arrancaban trozos entre sí, y al abrirlos tampoco era que la cosa mejorase mucho.
En el Zampador se vivía el mismo escándalo que la noche anterior, y la única mesa que no iba de aquí para allá era la que tenían justo debajo, donde una decena de alevines de aspecto serio rodeaban a una niña pequeña y la reconfortaban con palmaditas torpes mientras ella lloraba sobre la sopa.
—¿Qué le pasa a Zola? —preguntó Shanks.
—El frailecillo que tenía como mascota… —contestó Pan, rociándoles con los copos de patata que escaparon de su boca—. Algo ha acabado con él esta noche. Se lo ha encontrado en la playa.
—No, Puff-Puff… —gimió Shanks—. ¡Justo el otro día me hizo una demostración de que había aprendido a saltar a través de un aro!
—Hum… ¿y qué podría haber acabado con él, exactamente? —preguntó Alex.
Kaida se encogió de hombros.
—Un zorro. Un tiburón. ¿Otro alevín, quizá?
Pan y Shanks descendieron a la mesa de abajo e intentaron animar a Zola deletreando palabras groseras con el humo de sus bocas. Alex se obligó a comer media patata mientras se imaginaba al frailecillo muerto.
—¿Qué toca esta tarde? —le preguntó a Kaida, con la esperanza de que se tratara de una de las clases que le había mencionado por la mañana, como Historia o incluso Matemáticas: algo seguro y aburrido.
—Doma de Monstruos —dijo Kaida, y la patata volvió a subírsele a la garganta.
El monstruo las esperaba abajo, junto al zoo.
Graddax lo había arrastrado desde su cuadra: una mantícora, de mayor tamaño que el esqueleto que Alex había visto en el museo de Pups, que gruñía y salivaba mientras lanzaba las garras contra los barrotes de su jaula.
Uno tras otro, los cenizones se fueron enfrentando a ella en su forma de dragón, mientras Rannock criticaba cada uno de sus movimientos.
La mantícora era tan grande como ellos, pero más rápida, más feroz, con su astuta cabeza de león y una cola de escorpión que te picaba a la velocidad del rayo y clavaba su veneno paralizante en la piel más suave del vientre.
A Pan le picó tantas veces que no podía mover las piernas, mientras que a Grash le arrancó de cuajo con la boca uno de los pinchos de la espalda.
Solo Ferox y Kaida tuvieron algún éxito.
El primero la noqueó con una ráfaga de aire procedente de sus alas, y la chica la igualó en velocidad y a continuación le mordió la cola, pero solo consiguió recibir un picotazo en el paladar.
Alex esperaba al final de la cola, entre temblores febriles, pero, cuando llegó su turno, Rannock se interpuso.
—Os estáis esforzando demasiado —dijo, abriendo mucho los brazos.
En un instante se había transformado en dragón y se abalanzaba sobre la criatura, soltando un rugido que hizo temblar la tierra. La mantícora gimoteó, abatió las orejas y se tumbó de vientre. Rannock paseó la mirada por todos sus alumnos con los ojos inyectados en sangre.
—Os estáis peleando con ella —espetó, con una voz que era un volcán en erupción—. Como si fuera vuestro igual. ¡No tenéis que combatirla: tenéis que dominarla! ¡Demostradle que sois un dragón!
—Para ti es fácil decirlo —se quejó Shanks—. ¡Eres como diez veces más grande que ella!
Rannock soltó un siseo grave y, con un remolino de humo, recuperó la forma humana. Dio un paso hacia la mantícora, que se volvió y salió corriendo en busca de refugio.
La maestra entornó los ojos mirando a Shanks.
—Demuéstrale que eres un dragón.
Esa noche, Alex se dio cuenta de lo mucho que echaba de menos a su madre.
Pan y Shanks estaban peleándose por el último muslo de pollo, Ferox y sus amigos hacían que su mesa se balanceara con tanta fuerza que esta chocó contra la de unos tizones y provocó un estallido de vajilla.
En la mesa de encima de su cabeza, Rannock, Bonburra y Graddax daban puñetazos contra la mesa, entre ruidosas carcajadas, mientras se les caía la comida de la boca.
Alex frunció el ceño y se limpió las migas de la cara.
Hasta los profesores estaban como una chota.
Una parte de ella deseaba que su madre apareciera en ese instante, que los acallara a todos con la severidad de su mirada y les ordenara que pusiesen fin a todo ese sinsentido.
Como aquella vez que pilló a cuatro adolescentes tirando huevos contra la casa de la señora Wiggins por Halloween y los obligó a limpiar todo lo que habían ensuciado.
Alex sonrió al recordar las mejillas de color escarlata de los chavales, la manera en que murmuraron con boca pequeña «Lo sentimos, señora».
Tenía la esperanza de que, fuera lo que fuese que su madre estuviera haciendo en ese momento, se encontrara acompañada de sus amigas, y no sentada a solas con su colección de teteras.
Una mano cálida tocó la suya.
—¿Estás bien?
Kaida la observaba con preocupación.
—No… —Alex tragó saliva—. No estoy segura de que deba estar aquí. No se me da bien ser un dragón.
Kaida paseó la mirada por el caos que las rodeaba.
—A mí también me pareció un poco demasiado al principio. —Frunció el ceño, pensativa—. Ven… quiero enseñarte algo.
Tomó a Alex de la mano y la guio en el descenso de la mesa.
Curiosos, con moretones frescos, Pan y Shanks las siguieron.
Kaida abrió el paso por el vestíbulo en dirección a una gran puerta de color negro que había en la parte posterior de la Casa y se detuvo junto a una hilera de ganchos en los que colgaban unas capas rojas y unos sombreros de ala ancha.
—Póntelos —le dijo, tirándole un sombrero y una capa.
Alex acarició la suavidad del algodón con gesto inseguro y, a continuación, se abrochó la capa en torno al cuello.
Al levantar la vista se encontró a tres niños inmaculados que lucían capas rojas y grandes sonrisas.
Casi se parecían a Kaida, Pan y Shanks, pero tenían el rostro rechoncho y el pelo apelmazado; hasta el olor a tierra había desaparecido.
—Es un encantamiento bastante sofisticado, ¿no crees? —dijo Pan, haciendo una delicada reverencia, y estampó a Shanks contra la pared cuando se rio de ella.
Se oyó un lamento grave y prolongado, como el de una sirena de niebla, que hizo traquetear el buzón de la puerta negra.
—¡Oh, es el momento perfecto! —chilló Pan, saltando por encima de la pierna con la que Shanks intentaba ponerle la zancadilla, y guio a Alex hacia la puerta, que Kaida se apresuró a abrir para revelar…
—Un momento, ¿cómo…? —dijo Alex.
Una calle.
Cruzó el umbral, parpadeando asombrada ante el mundo que se abría a su alrededor.
Farolas de luz pálida. Ventanas iluminadas por el titileo del fuego del hogar.
Adoquines brillantes por la lluvia. Se volvió y, en vez de la destartalada Casa, se encontró con un edificio austero y nada atractivo. En la puerta había un letrero:
ESCUELA BILLINGSLEY PARA HUÉRFANOS TRASTORNADOS. PROHIBIDO EL PASO
Alex miró a los demás, acurrucados en la entrada, las capas rojas, los rostros angelicales de los que salían nubes de aliento helado.
—¿La puerta es una trocha? —preguntó, y le contestaron con unas sonrisas traviesas. Estaba a punto de preguntarles si habían regresado a Londres cuando algo pasó disparado sobre sus cabezas con un aullido enfermizo, efervescente y dichoso que le hizo cosquillear la piel—. ¿Qué ha sido eso?
—Un hada salvaje —dijo Shanks—. Les gusta anidar en los tejados.
Una familia salió con prisas de la casa de enfrente. Todos ellos iban envueltos en bufandas y abrigos pesados. Cinco niños miraron ansiosos el cielo, como si esperaran una exhibición de fuegos artificiales.
—Personas… —dijo Alex en un susurro—. ¿Cómo es posible que haya gente aquí? ¡Si hay hadas en el cielo!
—Estamos en Undwin —le explicó Kaida—. La Ciudad Secreta. Muchísima gente vive aquí.
—Pero pensaba que me habías dicho que el Gran… el Gran Espasmo…
—El Gran Ensalmo —la corrigió Kaida.
—Pensaba que me habías dicho que todos los humanos se habían quedado en los Reinos Exteriores.
Ella se encogió de hombros.
—Algunos de ellos no tardaron en encontrar la manera de entrar de nuevo. Hay seres humanos viviendo desde hace miles de años en Undwin, pero lo mantienen en secreto porque no quieren que el lugar se llene de gente. Oh, pase lo que pase, no le cuentes a nadie quiénes somos en realidad.
—¿No saben que existen los dragones?
—Sí que lo saben —dijo Kaida—. No son como los humanos de los Reinos Exteriores: saben que no somos un mito. —Señaló el edificio a sus espaldas—. Pero no tienen ni idea de que aquí hay una trocha secreta que conduce a una isla llena de los nuestros.
Shanks palmeó la espalda de Alex.
—¡Mira!
Ella siguió su dedo a lo largo de la calle y fue dejando atrás hileras de tejados oscuros moteados por la luz de la luna, hasta llegar a un muro altísimo que se extendía por el horizonte.
Por encima de este había un firmamento nocturno que Alex no había visto nunca: una cortina negra perforada por un millón de estrellas y cubierta por el estallido cambiante de unas nubes de color violeta.
Suspiró, fascinada.