Capítulo 13 #2
Shanks recorrió el pozo cojeando y lanzando gruñidos de irritación, mientras su sangre chisporroteaba al contacto con el suelo.
El aire se arremolinó a su alrededor y se transformó en humo, y el chico salió tambaleándose con una mano en el vientre y apartándose el cabello pelirrojo de los ojos.
No había señales de sangre. De hecho, no había señales de ningún tipo.
—¡Eso ha dolido, montaña de estiércol de mantícora! —le gritó a Pan, que también se había transformado y hacía batir las pestañas con expresión inocente.
—¿Está… está bien? —preguntó Alex.
—¡Ah, leí sobre este tema anoche! —dijo Pups—.
Al parecer, puede sentir el dolor, pero no es ni por asomo tan terrible.
Su forma de dragón se está curando, así que la herida se cerrará en unas pocas horas, pero si vuelve a transformarse antes comenzará a sangrar de nuevo.
Y supongo que tendrá que hacerlo, ya que el combate no ha terminado.
Alex volvió la vista hacia las antorchas llameantes.
Si Pan conseguía un punto más, le tocaría a ella combatir.
Buscó a su alrededor con la mirada, preguntándose si podría escabullirse mientras los demás estaban distraídos con la pelea.
Sus ojos se encontraron con los de Rannock, que ladeó la cabeza y articuló las palabras: «Ni se te ocurra».
—Erik —dijo ella en un susurro—. Ayer no pude transformarme. ¿Cómo va a resultarme más sencillo si tengo a un dragón enorme avanzando hacia mí con pasos pesados?
Pero el muchacho ahora observaba a Pups con expresión recelosa.
—Hum, ¿señor Poppin?
—Doctor —le corrigió Pups—. Doctor Poppin. Quiero decir, doctor Puppinsworth.
—Sus amigos le llaman Pups —murmuró Alex con frialdad, en el momento en que el gong sonaba de nuevo.
Shanks, a quien le chorreaba sangre del vientre, cargó contra Pan.
—La cosa esa de la Filacteria —dijo Erik—. Si todo el mundo ha sabido de su existencia desde hace siglos, ¿cómo es posible que nadie la haya encontrado nunca?
Pups se frotó el mentón.
—Bueno, mucha gente la ha encontrado. A lo largo de la historia, hombres y mujeres y dragones, cualquiera que tuviese hambre de poder, se han asesinado entre sí luchando por ella. Han estallado guerras para conseguirla.
Alex parpadeó, mirando a Pups. Las guerras y asesinatos de la Antigüedad eran una distracción la mar de entretenida en comparación con el combate que la esperaba.
—¿Y siempre se pierde de nuevo?
—¡Exacto! Cada vez que se propaga el rumor de que la han encontrado, se produce el caos y, cuando el polvo acaba asentándose, solo los muertos podrían decir adónde ha ido a parar la Filacteria. Me recuerda a una…
Pups continuó hablando como una cotorra y no tardó en pasar a contarles el verano de la infancia que pasó en la granja de su tío, disparando contra las perdices. Erik tiró de Alex hacia sí.
—Tú que puedes hablar con los muertos… —le dijo en un susurro.
Ella parpadeó.
—Solo he hablado con un cráneo de dragón, y la verdad es que tampoco diría que fuese una conversación. He tenido charlas mejores con la curiosa mancha que tengo en el techo de mi habitación.
—¿No has oído lo que ha dicho Pups? Solo los muertos podrían decir adónde ha ido a parar la Filacteria. ¿Y si tú pudieras averiguar dónde está? Y encontrarla antes de que lo haga Drak Midna…
Unos escalofríos recorrieron los brazos de Alex.
—Oliphos me dijo que ya se encargaría él. En cualquier caso, si…
Su voz se apagó, pues se había dado cuenta de que todo el mundo la miraba de repente. Abajo, Pan se alejaba pavoneándose del cuerpo caído y escamoso de Shanks, con el pecho hinchado por el orgullo.
Alex tragó saliva. Le supo a vómito.
Kaida le dio una palmada en la espalda.
—No te pasará nada. Nadie espera que ganes. Esto es solo para, ya sabes, darle un empujoncito a tu forma de dragón.
—Pero ¿y si no aparece?
La chica se encogió de hombros.
—Entonces siempre habrá una próxima vez.
Alex se quedó mirándola.
—¿Segura?
Kaida puso los ojos en blanco y a continuación le dio un codazo no demasiado suave para encaminarla hacia el pozo. Bajó la escalera con el corazón acelerado y las piernas rígidas y pesadas. Todo aquello le parecía irreal.
Paseó la mirada a su alrededor en busca de su rival. El pozo apestaba a humo y el barro estaba tan blando que sintió que se le hundía la bota izquierda. Tiró de ella para liberarla y ahogó un grito al darse cuenta de que llevaba varios instantes mirándolo sin advertir que ya estaba allí.
Ferox estaba plantado con la misma quietud de las columnas que le rodeaban, observándola como haría un lobo con su presa. Dio dos pasos al frente y de repente saltó. Alex pegó un grito y se cayó de espaldas en el barro, y los demás se rieron con alegría.
Entonces sonó el gong.
Un trueno ensordecedor desperdigó las hojas caídas mientras un humo negro brotaba con fuerza de la piel de Ferox.
Cuando se dispersó, era un dragón con las escamas del color verde de los pantanos, más grande que Pan o que Shanks, con los antebrazos de un gorila, el hocico plano y unos ojos negros y malvados.
Alex dio media vuelta y corrió, se metió derrapando detrás de una columna. Los niños volvieron a reírse.
—¡Puede olerte, Alex! —le gritó Erik—. No puedes esconderte de él… ¡Sigue corriendo!
—Chico —le espetó Rannock—. ¡Nada de ayudas!
Alex salió disparada de detrás de la columna y rodeó el borde del pozo. A sus espaldas, la cola de Ferox rasgaba la tierra como un arado.
—Venga —susurró ella con urgencia, esperando que el dragón que llevaba dentro pudiera oírla—. Sal.
Pero no notó nada. No se le retorció el estómago. No le salió humo de la piel. Un palo grande cayó ante sus pies con un chapoteo.
—¡Úsalo! —le gritó Erik desde lo alto—. ¡Dale un buen porrazo!
—Chico —gruñó Rannock—, si no dejas de interferir en los asuntos de los dragones, pronto volveremos a tener un solo humano en Skralla.
Alex se agachó para recoger el palo. Le llegó un olor a tempestad, un hedor a carne rancia. La tierra se estremeció y ella gritó mientras el mundo entero se quebraba a su alrededor.
Ferox estaba rugiéndole al oído.
Se alejó de él tambaleándose, convencida de que le habían estallado los tímpanos.
Ferox cerró la boca con un ruido sordo, húmedo y pesado, pero el eco de su rugido seguía retumbando como una sirena en su cabeza.
Esgrimió el palo, dispuesta a lanzárselo a la cara plana y puntiaguda, pero Ferox volvió a abrir las fauces y reveló una amplia garganta dentada, parecida a la boca de un tiburón, con un destello de color naranja en lo más hondo.
Alex gimoteó. Se le resbaló el palo de las manos y cayó al suelo.
Entonces —lo habría jurado—, el dragón sonrió.
Dio media vuelta e hizo girar la cola con un zumbido grave. Alex notó el impacto en las piernas, con la fuerza de la roca que cae por la ladera de la montaña. El pozo entero cayó de lado. Su cabeza se golpeó con fuerza contra el barro.
Unas estrellas blancas cruzaron su campo de visión y, de repente, había dos ejemplares de todo. Un par de sombras alargadas convergieron en una sola: Rannock la miraba furiosa, pasándose la lengua por los dientes en un gesto de decepción.
—Ya es suficiente por hoy, corderilla. Pero no te preocupes. Voy a convertirte en una bestia fuerte e indestructible. —Sus ojos se agrandaron, aterradores—. Aunque tenga que matarte en el intento.