Capítulo 13
A lex sintió que sus entrañas se volvían una especie de papilla fría.
—Un combate… de dragones. —Miró a Erik y luego a Kaida—. Pero yo no puedo participar, ¿verdad? Si aún no me he transformado…
—Entonces será mejor que aprendas, ¿no crees? —dijo Rannock—. Pero no sufras… no hay mejor manera de convertirse en dragón que enfrentándose a otro dragón.
Kaida tomó a Alex del brazo y la condujo a través de un puente de cuerda en dirección al Buche. Alex tuvo la sensación de que la arrastraban camino de su propio funeral.
—Está de broma, ¿verdad, Kaida? No voy a tener que pelear con un dragón, ¿a que no?
La chica se limitó a sonreír.
—No pasa nada. Ya lo verás cuando llegue la ocasión: en el momento en que estés ahí dentro y el dragón te fulmine con la mirada, tu cuerpo sabrá lo que tiene que hacer.
Llegaron a lo alto del cráter y Alex, nervioso, reprimió un eructo.
A sus pies había numerosos anillos de peldaños tallados con tosquedad y decorados con excrementos de gaviota.
Los niños conformaban un grupo risueño en el de abajo de todo, desde donde miraban hacia un gran pozo lleno de barro.
De él sobresalían en ángulos extraños dos decenas de columnas gruesas y entrecruzadas que poco a poco iban convirtiéndose en engranajes inmensos, con unas plataformas metálicas que brotaban de ellas como si fueran hojas.
—¿Para qué sirven?
—Para que el combate sea más interesante —contestó Kaida—. Ya sabes, para saltar desde ellas o para esconderse detrás y atacar a tu rival por sorpresa.
—Un ataque por sorpresa —susurró Alex, mientras una tos seca anunciaba la llegada de Pups.
—Bueno, ¿cómo están las apuestas? —preguntó el hombre, dejándose caer sin aliento al lado de Alex.
—Gana Hornpan, sin duda —dijo una chica dos filas por detrás—. Baleshanks puede lanzar fuego más lejos que nadie, pero es lento.
En el escalón más alto, Rannock le dio un puñetazo a un enorme gong herrumbroso y el tañido sordo hizo vibrar la piedra sobre la que estaba Alex.
Pan echó a correr y lanzó un agudo grito de guerra que de repente fue volviéndose grave.
Shanks separó los pies y los afianzó contra el barro, con los dedos curvos como garras.
De inmediato, ambos jóvenes quedaron envueltos en sendas nubes de humo crepitante.
Y entonces pasaron a ser dragones.
Pan seguía rugiendo cuando saltó de la pared de humo; las escamas de color verde marino, los ojos naranjas, una decena de cuernos espinosos que le salían de la nuca.
Galopó hacia Shanks a cuatro patas y él se irguió, abriendo las alas, con las escamas del color de la costra de una herida.
Alex parpadeó. Era de lo más aterrador y extraño ver a esa chica y a ese chico que habían pasado la noche al lado de su cama convertidos en monstruos silbantes y salivantes. Se inclinó hacia Erik.
—¿Cómo funciona esto? Quiero decir… que no se harán daño de verdad, ¿no?
Erik le dirigió una incómoda mirada de reojo.
—Las reglas son muy simples —dijo Kaida, desde el asiento de delante—. Gana el primero que alcance tres veces al otro: con un arañazo, con un mordisco o con una llamarada.
Poco más de un metro separaba a los dragones: Pan estaba a punto de estrellarse contra Shanks como un camión a toda velocidad.
En el último instante, este abrió las mandíbulas y un chorro de llamas brillantes salió disparado de ellas.
Falló por centímetros, ya que Pan había batido las alas una vez y se había escondido de un salto detrás de una columna.
—Pero… —Alex tragó saliva con dificultad—. No puedo sobrevivir a tres golpes de un dragón. Ni siquiera puedo sobrevivir a un golpe de dragón.
—Oh, no te pasará nada —dijo Kaida, dándole unas palmaditas desdeñosas en la rodilla.
Pan se dejó caer desde su posición elevada y golpeó a Shanks con la pata posterior; sus garras hicieron saltar chispas al repiquetear contra las escamas del chico. Shanks rugió con tanta fuerza que Alex tuvo que taparse las orejas.
—¡Extraordinario! —gritó Pups, aplaudiendo con fuerza—. ¡Qué espectáculo!
Rannock se volvió hacia las seis antorchas apagadas que tenía tras de sí y encendió una con el fuego de su boca.
—¡Hornpan! ¡Hornpan! —coreaban los cenizones mientras Pan se transformaba de nuevo en chica y les hacía una reverencia, con las mejillas sonrosadas y una sonrisa de oreja a oreja.
Shanks refunfuñó y, de una patada, mandó una piedra al otro lado del pozo.
—Erik, no puedo hacerlo —dijo Alex, temblando de manera terrible—. De ninguna manera…
—Tranquila. —Él le apretó una vez el hombro—. Descubrirás cómo transformarte cuando llegue el momento. Le pasa a todo el mundo.
—Ten, Alex —dijo Pups—. Esto te distraerá de la muerte inmin… Quiero decir, ejem… que anoche intenté escribir la introducción a mi nuevo libro y me encantaría saber lo que piensas al respecto.
Sonó el gong y Alex vio a Pan brincando con pesadez de una plataforma a otra, usándolas para protegerse de las balas de fuego que le lanzaba Shanks.
—Hum, no creo que este sea el momento más adecuado.
—Oh, vamos… me parece que te llevarás una agradable sorpresa.
Pups estampó una pila de papeles manchados de té contra ella. Estaban escritos a mano en varios colores, con numerosas correcciones en los márgenes. Alex leyó la primera línea, distraída, y luego tuvo que releerla.
—¿Crees… que alguien va a matarte?
Pups asintió con la cabeza, ansioso.
—Oh, estoy casi seguro de ello. Hay fuerzas oscuras ahí fuera, Alex…
gente a la que no le gustaría nada que la verdad sobre los dragones y la magia se filtrara más allá de los Reinos Ocultos.
Lo más probable es que acaben conmigo en el mismo momento en que se publique.
—Pups volvió a toser con dolor—. Lo harán ellos o la vejez, en todo caso.
—Si el libro va a hacer que te maten —dijo Erik, con un bostezo—, quizá mejor no lo escribas.
—Oh, no, tengo que hacerlo. La gente merece saber la verdad.
—Un momento… —Alex había saltado al final—. «Se trata de la historia de una chica». ¿Te… te refieres a mí?
—Eres un poco presuntuosa, ¿no? Pero sí, me refiero a ti. Toda buena historia necesita un personaje principal con el que ir… y, puesto que llegamos juntos a Skralla, me has parecido la elección más evidente. Le hablaré de los dragones al mundo a través de tu mirada.
—Espera… —Alex leyó la última línea—. ¿Crees que los dragones van a destruir a la humanidad?
—¡Por supuesto! —Miró a los demás y bajó la voz—.
Piénsalo: los dragones llevan siglos desperdigados por el mundo de los humanos, ignorantes en su mayoría de lo que son en realidad.
¿Cómo se llamaban? Ah, sí, los «durmientes».
Y han tenido hijos, y sus hijos han tenido hijos.
A estas alturas podría haber miles de dragones…
¡Millones! ¿Qué crees que pasará cuando los humanos se enteren?
No se limitarán a decir: «Oh, ¿te has enterado de lo de la señora Gillespie, la del número 21?
Pues sí, es un terrible monstruo escupefuegos, ¿no lo sabías?
¿Y si la invitamos a comer el domingo, para que nos ayude con el asado?
». ¡NO! Llegará la hora de salir con las antorchas y las horcas.
Será la guerra. Solo que, esta vez, los dragones vencerán.
Erik se incorporó, al parecer sentía un súbito interés.
—Pero… ¿no perdieron la última vez?
—Sí, pero entonces no podían adoptar la forma de los humanos.
Dime: ¿hay algo más terrible que un dragón?
¿Qué te parece un dragón que tenga el mismo aspecto que los humanos, que pueda acercarse a ti furtivamente y entonces…
¡fiuuu!, chamuscarte la cara? La humanidad no sabría a quién se está enfrentando hasta que fuera demasiado tarde.
—Entonces… quizá mejor que no cuentes que el mundo está lleno de dragones secretos… —dijo Alex.
—Bueno, me parece a mí que se enterarán muy pronto de todos modos, si es cierto que Drak Midna ha encontrado la Filacteria.
—¿Quieres dejar de hablar de Drak Midna? —dijo Kaida entre dientes, volviéndose sobre el asiento para fulminar con la mirada a Pups—. Vas a conseguir que te maten.
—Eso ya lo sé… ¿o acaso no has prestado atención a lo que he dicho?
El aire crepitó cuando Pan levantó el vuelo. Una lluvia de arenilla cayó sobre los asientos mientras se elevaba hacia la parte más alta del Buche y se dejaba caer en picado contra Shanks.
El público rugió. Pero Pan había calculado mal el ángulo y, con un chillido espantoso, fue a estrellarse contra una columna.
Su ala se desplomó y su cuerpo enmarañado cayó al suelo y provocó un estallido de barro por los aires.
Shanks se le acercó con suavidad, le dio un toquecito en el hocico con la cola y se ganó una llamarada.
—Hum, no se les da muy bien lo de volar, ¿verdad? —preguntó Pups.
—Es como ver a unas palomas beodas —dijo Erik.
—Volar es difícil —espetó Kaida—. Intentad hacerlo los dos con elegancia cuando peséis lo mismo que una furgoneta.
Nerviosa, Alex se frotó el pecho cuando el gong sonó de nuevo.
Shanks se elevó de inmediato por los aires con una gran sacudida de las alas, como para demostrarle a todo el mundo que al menos él sabía volar.
Pan siseó, se irguió sobre las patas traseras y batió las alas, lo que desató un feroz vendaval que dejó a Shanks girando sobre sí mismo sin control.
Cayó al barro junto a ella, y Pan levantó una garra y realizó un profundo surco en su vientre.
De él brotó un chorro de sangre negra que borboteaba como el alquitrán al hervir.
—¡No! —gritó Alex mientras los demás soltaban una ruidosa ovación y se encendía la segunda antorcha de Pan—. Está… sangrando.
—Es un rasguño de nada, se pondrá bien —dijo Erik, secamente—. Además, mira.