Capítulo 12 #2
—¡Pues claro que sí! —Kaida extendió los brazos—.
Solo que un yo diferente, si eso tiene sentido.
Ya lo verás… Tú también te sentirás distinta cuando tengas cuchillos en vez de dedos y un lanzallamas en la garganta.
Además, tendrás la tremenda y genial sensación de que de repente todo es posible, ¿lo entiendes?
Alex seguía sin pillarlo.
—Y si es tan genial, ¿por qué no eres siempre un dragón?
—Porque los dragones son tan grandes y poderosos que consumen toneladas de energía con solo existir.
Tienen que comer mucho más… lo cual no está tan mal, porque me gusta comer, pero también tienen que dormir mucho más, lo cual es terrible.
Una vez me pasé la mayor parte de un viernes con forma de dragón y luego estuve todo el fin de semana durmiendo.
¿Quién tiene tiempo para eso? Al parecer hay algunos dragones en los clanes que nunca adoptan la forma humana, y tienen que pasarse la mayor parte del tiempo durmiendo en sus cuevas.
Verás, sienten un odio tan intenso hacia los humanos que no quieren parecerse a ellos.
Oh, hablando de humanos, ¡mira, ahí hay uno!
Está pasando el rato en un árbol, como sus ancestros peludos.
Erik estaba tumbando en las ramas que tenían sobre la cabeza, dándole un bocado a una manzana. Kaida le sonrió y a continuación le tiró una piedra que pasó junto a su oreja.
—Has fallado —dijo Erik.
—Porque he querido —contestó Kaida, que se agachó a coger otra piedra.
En ese momento cayó de su túnica un dije dorado que llevaba colgado del cuello con una cadena. En él había tres huequitos y uno de ellos contenía una esfera de cristal, como una canica, cuyo interior giraba sin descanso.
Alex parpadeó, fascinada.
—¿Es fuego lo que tienes ahí dentro?
—Ah, sí, es mi piedra de fuego —contestó Kaida, tocándola con cariño.
—¿Cómo la conseguiste?
—Bueno…
A Kaida se le sonrojaron las orejas. Era la primera vez que Alex la veía avergonzarse.
—Graddax se la dio cuando ella era un alevín —dijo Erik desde arriba, antes de escupir una pepita de manzana—. Es el dragón más joven en ganarse una piedra de fuego en los últimos mil años, o algo así.
—Pero… ¿qué es?
—Te la dan por hacer algo muy especial —dijo Kaida—. Solo pueden entregarlas Oliphos o alguno de los tres maestros. Rannock es muy agarrada con las suyas, y conseguir una de manos de Oliphos es aún más raro.
Alex se descubrió fascinada por la llamita, por la manera en que danzaba como una palpitación feroz.
—Bueno, ¿y cómo conseguiste la tuya?
Avergonzada, se puso a juguetear con un mechón de su pelo.
—Eché a un feo basilisco que se había escapado del zoo de Graddax y que se había metido en nuestras guaridas mientras dormíamos.
Cuando me desperté, ya tenía a Pan en la boca.
Así que me transformé, lo ahuyenté y Graddax me dio esto.
Tengo la esperanza de que Rannock me dé otra pronto, y entonces solo me faltará una de Bonburra o de Oliphos.
Alex miró los dos huecos vacíos.
—¿Qué pasa si consigues las tres?
Kaida se mordió el labio.
—Bueno, tienes que conseguirlas para convertirte en uno de los Skarren-Har.
—¿Qué es un Skarren-Har? —preguntó Alex.
Kaida había pronunciado esa palabra tan maravillada, con un entusiasmo tan grande en los ojos, que Alex fue consciente de que no había nada que la chica deseara más en la vida.
—¡Buenos días, Alex! —la saludó alguien con alegría, y ella vio que Pups subía renqueando por la colina, vestido con un traje de tweed violeta y unas botas de excursionismo que parecían quedarle demasiado grandes, sin dejar de anotar algo en la libreta mientras hablaba.
El hombre parecía incapaz de dejar de sonreír y Alex temió de repente que la avergonzara delante de Erik y de Kaida—.
¡Menuda aventura esta! He tenido que arrancarme un pelo del bigote al despertarme solo para estar seguro de que no era un sueño.
El resto de los cenizones llegó caminando con pesadez procedente de la Casa, relamiéndose aún el desayuno de los labios. Ferox hacía rotar los enormes brazos como si estuviera preparándose para un combate de boxeo, y se mostró asqueado al reparar en Pups.
—¿Qué hace un humano aquí?
—Dos humanos, en realidad —dijo Erik, estirado como un gato en su rama, y sonrió—. Pero entiendo que te cueste contar, Ferox.
—Te partiría por la mitad de un mordisco si pensara que me saldría con la mía —gruñó Ferox.
—Entonces supongo que estoy a salvo… ¿Qué posibilidades hay de que pienses algo?
—Quería ver por mí mismo cómo son las clases para dragones —dijo Pups, que expulsó una tos húmeda contra su pañuelo de seda antes de blandir el bolígrafo—. Bueno, ¿cuál de vosotros es el draqui más fuerte, pues?
Pups contempló esperanzado a los cenizones, que le devolvieron una mirada hostil. Se estremeció, como la gallina al darse cuenta del error que ha cometido al meterse en la madriguera de unos zorros, y se colocó detrás de Alex.
—Ejem, quería preguntarte… ¿Has podido darle alguna vuelta a lo que pasó en mi tienda?
Alex sintió una punzada de pánico.
Oliphos le había dejado muy claro que no debía contarle a nadie lo del cráneo y, además, ella tampoco quería que la gente se enterara. El recuerdo de la voz aterrorizada de Cindraw seguía deslizándose por sus huesos.
Kaida paseó una mirada curiosa entre los dos.
—¿Qué pasó?
—Oh, nada —contestó Alex, dirigiendo una significativa mirada de furia al hombre, que asintió con la cabeza y pareció comprender que debía cerrar la boca.
—Habló con el cráneo de dragón que tengo en el museo.
—¡Pups! —exclamó Alex entre dientes.
—Mis disculpas, tienes razón; lo que he dicho no es del todo correcto. El cráneo se dirigió antes a ella.
Los niños la miraron, asombrados. Alex retrocedió un paso, las mejillas sonrojadas, temerosa de que de repente la encontraran repugnante. Hablar con cosas muertas no parecía una actividad demasiado noble y dragonil.
—¿Ha-hablaste con los muertos? —preguntó Shanks.
Alex tragó saliva.
—Bueno, hablé con un muerto.
Pan abrió mucho los ojos, emocionada.
—¡Pero eso es increíble! ¡Debes de tener una hechicería!
Los demás murmuraron ansiosos, y Alex se atrevió a esperar que no la encontraran repulsiva.
—Hum, ¿qué es una hechicería?
Kaida la sujetó por los hombros y la sacudió como si fuera un regalo navideño sin abrir.
—Son unos poderes dragoniles de lo más raros.
¡La cenizona Natasha puede lanzar hielo en vez de fuego!
Y el padre de Wirricrow puede provocar terremotos con su rugido.
Y luego está Oliphos, claro: los dragones suelen vivir unos trescientos años, ¡pero él lleva tres milenios dando vueltas por el mundo!
Shanks rodeó a Alex, examinándola con curiosidad, como si así fuera a descubrir el poder que se adhería a su ropa.
—Bueno, ¿y qué te dijo el dragón muerto?
Ella se tiró nerviosa de un mechón de pelo.
—Se supone que no puedo contarlo.
—Algo sobre que Drak Midna quiere encontrar la Filacteria y usarla para dominar el mundo.
—¡Pups! —espetó Alex—. Se suponía que era un secreto.
—Oh, lo siento, es solo que, bueno… creo que todo conocimiento debe transmitirse.
—Golpeó el bastón contra el suelo—. ¡Y estoy cansado de que la gente me diga que no es así!
La cuestión es que el hombre a quien le compré el cráneo no supo decirme cuánto tiempo llevaba muerto el dragón.
Por lo que sabemos, Drak Midna podría haber encontrado ya la Filacteria.
—Levantó la vista hacia el cielo—. Aunque, la última vez que me fijé, las llamas no habían engullido aún el mundo.
Los demás niños miraban con curiosidad tanto a Pups como a Alex.
—¿Qué es una flacteria? —preguntó Hornpan.
—Una caja mágica —contestó Ferox—. Oí a los dragones de mi clan hablar de ella. Se supone que contiene un ejército.
—¡Sí, es justo eso! —exclamó Pups, con aspecto de estar impresionado—.
Fue Wigberto el Loco que, en el año 69 d.
C., realizó una gran profecía: que quien poseyera la Filacteria controlaría a un ejército de tamaño inimaginable.
Bien, yo mismo no suelo prestar mucha importancia a las profecías, pero luego acertó con la erupción del Vesubio, diez años después.
—El Vesubio nunca entró en erupción —dijo Ferox—. Todo el mundo sabe que fue Drak Midna quien quemó Pompeya.
—Un momento, ¿para qué necesita Drak Midna un ejército? —preguntó Brinno—. Es el dragón más grande del mundo. Oliphos y él cuentan con la misma hechicería: Oliphos es inmenso porque lleva mucho tiempo vivo, pero Drak Midna es aun más viejo, así que debe de ser más inmenso todavía.
—Me han contado que una vez se comió un castillo entero —dijo otro chico, con autoridad.
—No seas idiota, Grash —dijo Shanks—. No hay ningún dragón tan grande. Si lo fuera no sería tan reacio a mostrarse.
—Quizá es tan grande que no puede mostrarse —dijo Erik.
—¿Y tú qué sabrás, humano? —gruñó Ferox.
Erik se encogió de hombros.
—Quizá es consciente de que asustaría a la humanidad y la obligaría a ir a la Guerra contra él.
—Fijo que eso te encantaría, ¿eh? Otra guerra para acabar del todo con nosotros…
Erik sonrió y le dio un mordisco a otra manzana.
—No me importaría un poco de paz y tranquilidad.
—¡Callaos todos!
Rannock avanzaba con decisión hacia ellos, con el tormentoso cabello moreno ondeando a sus espaldas.
—En fila, venga, rápido. —Sus ojos se posaron de repente en Alex—. Tú, ven aquí.
Alex tragó saliva y miró a Kaida en busca de ánimo. Dio un paso nervioso al frente.
Rannock se cernió sobre ella.
—¿Qué estás haciendo?
—Hum, me ha dicho que viniera…
—¿Y tú te limitas a obedecer, ovejita?
—Yo… bueno… yo…
—Los dragones no obedecen órdenes. Nadie puede mandar sobre un dragón.
Rannock se llevó los brazos a la espalda y sacó dos grandes palos. Tiró uno a los pies de Alex.
—Recoge ese palo.
Alex lo miró, parpadeando.
—No.
Siguió una ráfaga de aire y la chica chilló al notar un estallido de dolor en la coronilla.
—Si lo hubieras recogido podrías haberte defendido con él.
—¡Me ha dicho que no obedeciera órdenes!
—Eso era una sugerencia, no una orden —dijo Rannock—. Los dragones también tienen que ser sabios. Los dragones tienen que ser duros. Todos te temen. Todos irán a por ti, desde el trasgo más diminuto hasta el demonio más poderoso. Y, los peores de todos…
Giró sobre sí misma y le dio un puñetazo al manzano. Erik cayó entre sus brazos. Lo sostuvo ante sí cogido del cuello de la camisa.
—Son estos.
Los niños se rieron mientras Erik se debatía inútilmente para escapar.
—Mi trabajo es conseguir que seáis duros. —Rannock tiró a Erik a un lado—. Tan duros que nada pueda haceros un solo rasguño. Tan duros que…
Vio que Pan y Shanks se decían algo entre susurros. Cogió una de las manzanas que había caído al suelo y la tiró con fuerza contra la frente del chico.
—¡Auch! —se quejó Shanks—. Ya hemos oído este discurso cien veces… ¡Tienes más palique que Oliphos!
—Bueno, quizá podríais probar que habéis prestado atención y mostrarnos lo duros que sois… —Rannock clavó una sonrisa malvada sobre Shanks—. Creo que Hornpan te ha derrotado las últimas… cuatro veces, ¿no es así, Baleshanks?
Los demás se frotaron las manos, expectantes, mientras Pan y Shanks medio corrían, medio se peleaban para llegar a una de las sogas que se mecían y que conducían al Buche.
—Después, la chica nueva nos mostrará lo que es capaz de hacer.
Erik tosió un trozo de manzana, con los ojos desorbitados.
—¿Qué? ¡No está preparada para un tumultoso!
—Hum, ¿qué es exactamente un tumultoso? —preguntó Alex.
La palabra le sonaba cálida y reconfortante pero, a juzgar por la expresión de Erik, debía de significar todo lo contrario.
—Oh, no hay nada de lo que preocuparse —le dijo Rannock, dándole unas palmaditas tranquilizadoras en el hombro—. Es solo un combate entre dragones, eso es todo. Mano a mano.