Capítulo 12
A l despertar, Alex se encontró con un par de ojos oscuros a pocos centímetros de la cara.
—Vístete —le dijo Kaida en un susurro, mostrándole la dentadura al sonreír—. Hoy vas a convertirte en un dragón.
Alex se incorporó en la cama. Tenía la sensación de haber dormido cien años. Durante la noche se le había caído la manta; se frotó los brazos entre escalofríos y a continuación ahogó un grito. Las quemaduras de la tarde anterior habían desaparecido.
—¿Nunca te habías dado cuenta de que, cuando te quemas, te curas con rapidez?
Alex se miró la cara interna de los brazos, maravillada ante la suavidad de su piel.
Intentó recordar otras veces en que se hubiera quemado, al acercarse demasiado a la hoguera del campamento mientras asaba los malvaviscos con su padre, o cuando le prendió fuego a una ensalada durante uno de los frecuentes intentos fallidos de su madre y ella por cocinar.
Su madre montó un buen jaleo, besó la herida y se la cubrió con vendas.
¿Lo había hecho solo para ocultar la rapidez con que iban a curarse?
—Nunca… nunca he tenido la oportunidad de averiguarlo.
Kaida sonrió y le pasó la pila de ropa que Erik le había dejado la noche anterior: unos calcetines gruesos, unos pantalones, una túnica y una capa grande, todo de color verde oscuro y hecho de lana hirsuta.
Al vestirse, por alguna razón Alex se sintió mayor, más importante.
Kaida iba vestida igual, pero llevaba un broche triangular de plata azulada para mantener la capa en su sitio.
—Oh, esto… Sí, es tradición ponerte la primera que se te cae.
Alex se inclinó hacia ella. El triángulo centelleaba como el mar bajo la luz del sol veraniego.
—Es precioso —dijo, y ahogó un grito al darse cuenta—: Pero ¿es…?
—Una de mis escamas, sí. ¡Ahora ven! Hoy Rannock va a ponerte a prueba y, antes, quiero mostrarte algo.
Tiró de Alex para que pasara por encima de Pan y de Shanks, que seguían despatarrados en una explosión de rizos rubios y pelirrojos.
Al bajar vio unos niños que se asomaban desde sus camas con un rastro de humo en la nariz.
En el exterior, un grupo de delfines brincaba camino del amanecer del color de las mandarinas.
—Come.
Alex le dio las gracias con la boca llena por el panecillo que Kaida le había embutido en ella mientras la muchacha la guiaba por el sendero rocoso en dirección al bosque.
La nieve se había derretido durante la noche para revelar un mundo de hojas oscuras que goteaban como grifos estropeados y arbustos de escaramujos de color rojo, brillantes como caramelos hervidos, con el aroma de la hierba cubierta de rocío.
Alex vio la destartalada casa elevarse por encima de las copas de los árboles hacia la mitad de la montaña, doblada como un anciano somnoliento.
Algo más arriba, en el mismísimo pico torcido, vio a Oliphos, que bebía té y leía un libro sentado al lado de una pequeña cueva.
Kaida la hizo entrar en un claro embarrado donde había un granero cubierto de musgo, un aserradero de gran tamaño y doce altos panales. Unas ovejas trotaban en torno a los pies de Mog, que estaba reparando una mesa de la cena que alguien había partido por la mitad.
—¡Buenos días, Mog! —le gritó Kaida, y el gigante se llevó un dedo a los labios y señaló hacia la puerta abierta del granero.
Gwinnie dormía en su interior, rodeada por un círculo de flores. El hada gimió y se volvió, murmurando algo que sonó a palabrotas en un idioma desconocido. Las flores se marchitaron.
Kaida condujo a Alex por un sendero en espiral que subía por la isla, y se tomó su tiempo para ir mostrándole las cosas con que se cruzaban.
El viejo roble en el que Pan y Shanks se habían construido una vez una casa, que quemaron en el transcurso de una discusión.
El torrente impetuoso en el que los alevines componían arcoíris al hacer hervir el agua con el aliento, compitiendo a ver cuál era más grande.
Un charco junto al pie de Alex se onduló, y treinta niños o más pasaron en estampida camino del desayuno. Kaida empujó a Alex en dirección a un círculo de anchas piedras negras.
—Aquí es donde nos sentamos a dar clase —le explicó, y se puso a contar con los dedos—: Demonología, Monstruología, Hechicería, Ignición, Historia, Matemáticas…
—¿Matemáticas?
—Sí, Matemáticas. Aquí no solo aprendemos a aletear… Los dragones son las criaturas más listas de la Tierra, y los Skarren-Har tienen que ser más inteligentes aún para lidiar con las situaciones peligrosas con las que suelen encontrarse.
—¿Skarren-Har? Un momento, ¿los dragones estudian matemáticas?
Kaida se rio.
—Los dragones prácticamente inventaron las matemáticas, Alex. Fuimos nosotros quienes se las enseñamos a los humanos para comenzar.
—Pero… a mí se me dan fatal —dijo Alex, y Kaida se rio de nuevo antes de cogerla del brazo.
—Mira por dónde pisas.
Ante ellas se abría un despeñadero que caía hasta un estrecho pasaje en el que se alineaban unos túneles a oscuras. Alex oyó gruñidos y gorgoteos húmedos procedentes del otro lado de los barrotes de acero.
—¿Más alevines? —preguntó en un susurro.
—No. Es el zoo de Graddax. Ahí abajo tiene monstruos de todo tipo.
Nosotros aprendemos a domarlos. Bueno, domar no es la palabra más adecuada.
Es más bien… ¿Sabes cuando dos perros se enfrentan y no dejan de gruñirse hasta que uno de ellos demuestra que está al mando?
Pues es algo así. Vale, ya casi hemos llegado a la última parada, que probablemente sea la mejor.
Habían alcanzado la linde del bosque y tenían delante una parte pedregosa y gris de la montaña donde las cabras mordisqueaban las matas de hierba.
Por debajo se elevaba un montículo inmenso de roca que brotaba de la isla como si fuera un hermano gemelo de tamaño más pequeño.
En su cima había un cráter enorme, que a ojos de Alex parecía un feo y enorme ojo que contemplara las nubes.
—Eso es el Buche —le explicó Kaida—. Es donde se celebran los tumultosos.
Antes de que Alex pudiera preguntarle qué era un tumultoso, Kaida se volvió y la sujetó por los hombros.
—No te muevas, ¿vale? Y no te asustes… no pienso hacerte daño. ¿Estás preparada?
Alex parpadeó.
—¿Para qué?
Kaida retrocedió un paso y examinó el espacio herboso que la rodeaba.
—No podré hablar. Me cuesta mucho con una boca y una lengua tan grandes, y con tantos dientes. Aún no he dominado la manera de hacerlo. Vale, ¿estás lista?
Alex levantó la mano de golpe.
—¡No, espera!
Pero ya estaba en marcha. El aire se estremeció.
Las cabras salieron huyendo. Unas diminutas gotas de lluvia aparecieron en torno a Kaida, como planetas en órbita que reflejaban los tonos verdes del bosque.
Lazos de humo se enroscaron en sus brazos, sus piernas, su cabeza.
Lo último que vio Alex de ella fueron sus pícaros ojos de color marrón.
Retumbó un trueno. Los pájaros se dispersaron. La nube de humo se convirtió en un remolino cada vez más hinchado.
Entonces, un hocico puntiagudo se abrió paso a través de él. Y unos labios reptilianos. Unos ojos de pupila vertical y azulada. Una cabeza descomunal, dura como el hierro, sacudió los cuernos para despejar el humo. Y allí estaba, toda ella.
Kaida era más grande que un caballo de carreras, y eso sin contar las alas.
Esbelta y elegante, tenía unas escamas tan suaves y plateadas que parecían brillar con una luminosidad lunar y nacarada.
Dio unos pasitos hacia delante sobre sus cuatro patas con garras y Alex se acordó de los ciervos del bosque: gráciles, precisos, hasta que una de las patas dio una sacudida torpe, como si Kaida no acabara de controlar la extrañeza de su cuerpo de dragón.
Levantó la pata delantera y, con un dedo índice alargado y escamado, hizo una seña para que Alex se adelantara.
Pero ella no pudo moverse. Se quedó mirando los ojos del dragón, que era algo ajeno, animal, en el que no quedaba nada de la chica. Oyó el aliento que se deslizaba por su garganta como un grupo de serpientes.
El dragón ladeó la cabeza y, usando la otra pata, escribió con letras grandes en el barro:
NO MUERDO .
A Alex le costó creerlo: ya había un charquito de saliva dentro de la letra D.
Dio un pequeño paso al frente y el aire se volvió más cálido.
El dragón enroscó su largo cuello en torno a ella, sus escamas se sacudieron como ruidosos abalorios, y la empujó hacia un lado con el hocico.
A Alex se le subió el corazón a la garganta al darse cuenta de lo que Kaida quería de ella.
Levantó una mano temblorosa y la colocó contra el dragón. Las escamas estaban calientes, como guijarros que hubieran permanecido al sol. Una profunda vibración recorrió las yemas de sus dedos.
«PUM-PUM. PUM-PUM».
—Los latidos de tu corazón —dijo en un susurro.
Un humo negro recorrió las escamas de Kaida. La electricidad hizo que Alex sintiera un cosquilleo en la piel. La nube se encogió hasta adoptar la forma de una chica y, cuando desapareció, Kaida estaba otra vez allí, parpadeando con alegría.
—¿Lo ves? No ha sido tan terrible, ¿verdad?
Alex tragó aire con respiraciones profundas y frenéticas.
—No… en absoluto —resolló—. Eso… eso era… eso era tan…
—Nada de «eso», Alex. Era yo.
—¿Te duele cuando lo haces?
—Bueno, no es que sea algo cómodo. Acostumbrarse a ser mucho más grande resulta más extraño que doloroso, supongo. Además, cuando me transformo otra vez en chica a veces me olvido de que ya no tengo cola. Es como que… pego un salto al darme cuenta de que no está allí.
—Pero ¿te sientes diferente?
—Hum, me siento como… más salvaje, ¿sabes?
Alex no lo entendía.
—Pero, cuando te transformas, ¿sigues siendo tú la que está ahí dentro?