Capítulo 11 #2
—De recuerdos —dijo Alex, fascinada, mirando la caverna de arriba abajo.
Todos los colchones tenían bultos bajo los que se acumulaban piedras brillantes y relojes de oro, muñecas remendadas y ositos de peluche.
Alex se quitó la mochila y la abrió para mostrarle a Kaida los objetos—. Yo los llamo mis tesoros.
La chica sonrió.
—Es una cosa propia de dragones, ¿sabes? Los chicos de mi antigua escuela decían que era rara por conservar tantas cosas. Pero no sé… me hace feliz tenerlas por aquí.
Subieron otra escalera para llegar a la guarida de Alex.
Se trataba de una cámara de tres paredes de piedra con un solo mueble: una cama gigante sobre la que se extendía un grueso edredón de cuadros escoceses.
La guarida desprendía un olor a calma dulce, como el té de menta, y en ella reinaba un silencio extraño, ya que el susurro de las cascadas lo acallaba todo.
Alex se tumbó sobre la cama, abrazada a la mochila.
—Venga, pues —dijo Kaida, que se subió de un salto junto a ella y comenzó a menear las piernas de aquí para allá—. Quiero que me cuentes la historia de cada uno de ellos.
Así que Alex comenzó a repasar todos sus tesoros, nerviosa al principio y luego más entusiasmada, animada por la curiosidad de Kaida.
La mugrienta moneda de una libra que según su padre cayó del cielo el día que ella nació, el recorte de periódico que había pegado a la nevera y estaba dedicado a alguien llamado «doctor Bumhead», o sea, cabezaculo.
Con cada nuevo tesoro, Alex temía que Kaida se aburriera, pero en ningún momento lo hizo; la muchacha tenía los ojos clavados en los objetos como si fueran una pantalla de cine.
Cuando acabaron llegando a la carta de su padre, Alex la dejó a un lado y Kaida tuvo la cortesía de no preguntarle por ella.
—¿Qué es eso? —preguntó Erik, que estaba subido a la escalera, con los brazos cruzados sobre el borde de la guarida—. «Para Alex, en su decimoctavo cumpleaños», leyó en voz alta.
—Disculpa… —Kaida se bajó de un salto de la cama—. Pero no necesitamos a molestos chicos humanos acechando nuestras guaridas por la noche. —Le brillaron los ojos con picardía—. A menos que a alguien le apetezca un tentempié de medianoche.
Erik fijó una sonrisa sobre ella.
—He traído esto. —Tiró un costal de ropa sobre la cama—. Las ha cosido Mog y Gwinnie acaba de terminar con los últimos encantamientos.
—¿Encantamientos? —repitió Alex.
—Para que no se hagan trizas cada vez que te transformes.
—Oh, hum, gracias —dijo Alex, mirando la ropa, incómoda.
—Vale, pues lárgate —dijo Kaida, espantando al muchacho—. Tenemos cuestiones dragoniles muy importantes que comentar. Además, creo que estoy comenzando a tener hambre de nuevo.
Erik hizo una falsa reverencia y desapareció al bajar la escalera. Alex lo observó salir pavoneándose de la cueva mientras ella palpaba unos pijamas de seda plateada.
—Kaida, hum… —Una pregunta llevaba reconcomiéndole todo el día, pero no había dejado de ignorarla porque había otras cuestiones que parecían mucho más urgentes—. ¿Cómo, hum…, cómo podemos transformarnos en dragón?
—No nos transformamos en dragón —contestó Kaida distraída, admirando la piedra con forma de pato—. Somos dragones. Es solo que podemos adoptar una forma humana.
—Ya… pero ¿por qué? Oliphos me ha contado que los dragones no han sido siempre capaces de hacerlo.
—Oh… —Kaida se incorporó y se acarició el mentón, pensativa—.
Bueno, hubo una guerra. Una guerra mala, mala de verdad, entre los humanos y los dragones, hace tres mil años.
Ellos ya no querían compartir el mundo con nosotros, porque nos temían.
Y, aunque los dragones somos, bueno, dragones, había muchos más humanos, y descubrieron todo tipo de métodos ingeniosos para acabar con nosotros.
Kaida dejó la piedra con forma de pato, y se examinó las uñas con expresión seria y triste.
—Los humanos dieron a los dragones la oportunidad de rendirse.
Pero uno de ellos era el dragón más malvado, violento y astuto que hubiera existido, y se negó, y lideró a sus dragones una y otra vez en la batalla, quemando todo lo que veían.
Y en ese momento quedaban muy pocos dragones, ¡íbamos a extinguirnos!
Así que las Fadas, que es como llamaban a las hadas por entonces, bueno, decidieron que ya había suficiente.
Lanzaron un hechizo inmenso, el mayor que se hubiera hecho, llamado el Gran Ensalmo, que dividió el mundo entre los Reinos Exteriores y los Reinos Ocultos, lugares mágicos a los que los humanos no podían acceder.
Donde todas las demás criaturas podrían vivir tranquilas.
—¿Y eso detuvo la Guerra?
—Sí. Pero las Fadas también quisieron asegurarse de que, si los humanos llegaban a entrar en los Reinos Ocultos, la Guerra no volvería a comenzar.
Así que, cuando lanzaron el Gran Ensalmo, nos dieron a los dragones formas humanas para que pudiéramos disfrazarnos.
E incluso los dragones más despreciables se dieron cuenta de que era la única manera que teníamos de sobrevivir.
Y todos nos escondimos, y la mayoría lo hicimos tan bien que nos olvidamos de quiénes éramos en realidad.
Así que ahora podría haber montones de dragones ahí afuera que no saben que lo son.
Los llamamos «durmientes» y Oliphos quiere volver a despertarlos a todos, de manera que algún día quizá lleguemos a tener un número parecido al de hace tantos años.
Alex frunció el ceño, pensando en el cráneo del museo secreto de Pups.
—Ese dragón tan malvado no se llamaría Drak Midna, ¿verdad?
Kaida se clavó las uñas en las rodillas y asintió con rigidez.
—Pero no vayas diciendo su nombre por aquí. Podría contarte algunas historias, pero ninguna de las dos quiere sufrir pesadillas y tú tienes que descansar para las clases de la mañana.
Alex suspiró. Hubiera preferido hablar sobre guerras terribles y dragones malignos antes de preocuparse por lo que le esperaba al día siguiente.
—Kaida, ¿y si… y si no puedo transformarme?
La chica se desprendió de los zapatos con sendas patadas y se recostó, apoyando la cabeza en las manos.
—No seas tonta, pues claro que podrás… hoy has estado a punto.
—Pero… ¿la mayoría de niños tiene problemas para descubrir la manera de hacerlo?
—¡Claro, algunos! Ahora deja de preocuparte. —Se apresuró a bajar a su guarida y regresó al cabo de unos instantes con una funda de almohada llena de souvenirs —. Me toca a mí —anunció.
Así que se quedaron sentadas en la cama y Alex escuchó con ganas la historia de cada uno de esos objetos, como el peine de madera reluciente que la madre de Kaida solía usar para cepillarle el pelo cuando estaba triste.
Pan y Shanks se sumaron a ellas con unos restos de comida que les habían robado a unos alevines.
Y, mientras la tarde se difuminaba y el tiempo pasaba a fluir de manera extraña, Alex descubrió que una calidez se extendía por su cuerpo.
Era una sensación que llevaba años sin experimentar debidamente, desde los tiempos en que su padre y ella entraban con prisas a casa en las frías noches de invierno y ella se quedaba escuchando sus divagaciones junto al fuego, comiendo sin parar hasta que sentía que iba a explotarle el estómago, riéndose sin parar hasta que sentía el corazón lleno a rebosar.
Demasiado cansados para bajar a sus guaridas, Pan y Shanks se quedaron dormidos en el suelo, y Kaida, hecha un ovillo al pie de la cama de Alex.
Ella apoyó la cabeza sobre la almohada y reparó, por debajo de la caída del agua, en una melodía tan grave que parecía que fuera la montaña misma la que la estuviera entonando.
No tenía letra y era triste, pero sin embargo, de alguna manera, también era esperanzadora.
—¿Qué es eso? —preguntó Alex mientras se le cerraban los párpados poco a poco.
Kaida soltó un bostezo enorme.
—Es Oliphos —farfulló—. A veces sale a volar de noche por encima de la isla.
Alex sonrió, sintiéndose a la vez agotada y feliz bajo el peso de ese día. Se imaginó volando y se durmió con el sonido de la canción del dragón.