El amanecer de los dragones (Dragonborn 1) Capítulo 11
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Capítulo 11

A h, veo que os habéis conocido —dijo Oliphos con alegría, apareciendo entre los árboles por delante de Mog—.

Encontré a Rannock en un orfanato de Cardiff, oh, hace mucho tiempo, ¿verdad?

Había estado a punto de quemar la clínica veterinaria que había en el edificio de al lado.

¡Créeme, nunca había visto unos cachorros tan asustados!

Y… un momento. —Olisqueó el aire—. Rannock, ¿estabas en forma de dragón?

—No pienso consentirla —gruñó Rannock—. Esta chica es un dragón… Debe saber el aspecto que tienen.

Oliphos se quitó la capa y se la pasó a Alex por los hombros. Era cálida y pesada, y olía a tierra horneada. Ella le dio las gracias en un susurro.

—Lamento que tu transformación fuera tan, bueno… aterradora. ¡No te culpo por haber salido por patas! —Oliphos soltó una risita mientras le daba unas palmadas en el hombro.

Alex logró esbozar una pequeña sonrisa.

—¿Siempre será así?

—Oh, no, en absoluto. Muy pronto te transformarás como quien pestañea y entonces podrás seguir aprendiendo a ser un dragón como es debido. Inmenso, poderoso…

—Valiente —retumbó Rannock, que fijó una mirada cómplice sobre Alex.

La chica no supo bien si intentaba animarla o criticarla. Rannock le parecía perturbadora incluso en su forma humana, y no se debía solo a su aspecto feroz. La miraba como si conociera todos sus secretos, como si no pudiera ocultarle nada. Era incómodo, porque le recordaba a su madre.

Oliphos condujo a Alex de vuelta a la Casa. Los niños habían vuelto a entrar; Alex se estremeció al ver unas inmensas siluetas bailar al otro lado de las ventanas. «Los dragones dominan el miedo», se dijo a sí misma.

Oliphos le quitó el tapón a la botella que llevaba en el bolsillo y le dio la vuelta. El coche cayó y fue creciendo por el camino con un estrépito como de cacerolas y sartenes. Abrió la capota e hizo una mueca cuando los gases subieron hasta su cara.

—Ya te acostumbrarás a Rannock —dijo, tosiendo—. Se toma su trabajo con mucha seriedad.

Alex la observó avanzar hacia ellos aplastando la maleza. Se sintió como si la acechara un tigre.

—¿Y cuál es su trabajo, exactamente?

—Es tu maestra.

Alex tragó saliva.

—¿Quieres decir que… que tú no nos darás las clases?

—Oh, bueno, yo doy alguna clase de Historia cuando tengo un momento.

Pero ella es la que os guiará de verdad.

Rannock se encarga sobre todo de enseñar a los cenizones, los draquis de tu edad.

Graddax enseña a los alevines, los bribonzuelos que siempre están correteando de aquí para allá, creando problemas.

Y Bonburra enseña a los tizones: los adolescentes, a los que encontrarás contemplando su propio reflejo.

—Pero… ¿qué debo hacer si comienzo a transformarme de nuevo?

—Alex, aquí estás rodeada de dragones. Nosotros te ayudaremos. Ahora… —De repente, el coche se sacudió.

Alex dio un paso hacia atrás.

—Hum… creo que tu coche acaba de estornudar.

Oliphos rodeó el vehículo para dirigirse al maletero y lo abrió de un puñetazo. Un anciano cayó de él.

—¡Pups! —gritó Oliphos.

El acicalado pelo blanco del anciano se había convertido en una maraña de nudos, como si le hubiera afectado la explosión de un laboratorio científico.

Le costó ponerse en pie, mientras se quitaba la nieve del chaleco, y mostraba los ojos enloquecidos y maravillados.

Miró a los niños, que habían salido en tropel para ver qué era todo aquel jaleo.

—Es aquí, ¿verdad? Esto es Skralla…

Oliphos lo miraba boquiabierto.

—¿Cómo… cómo lo has hecho?

—¿Tú qué crees? —Pups le dirigió una sonrisa demente—. Me metí en el maletero mientras sermoneabas a la chica delante de mi tienda.

Se oyó un rugido a lo lejos y Pups soltó un chillido de miedo, pero acto seguido comenzó a reírse.

—Oh, qué bien —dijo Rannock—. Has dejado que otro apestoso humano entre en Skralla.

—¿Apestoso? ¡Esta colonia me la regalaron en el Palais-Royal de París! —Pups sacó el bastón del maletero—. Lo sabía. Las piezas no encajaban. —Señaló a Oliphos—. Tú no encajabas. Pero, por supuesto, se debe a que eres un dragón. ¡Todos lo sois! ¡Ay, si el mundo se enterara! ¡Qué día tan feliz!

Le dio un abrazo a Oliphos, quien le cogió por las solapas y lo estampó contra el coche.

—Maldito idiota… ¿no te das cuenta de que, ahora que estás aquí, no puedo permitir que te marches?

—¡Ja! ¿Y por qué querría irme a cualquier otra parte? ¡Estoy en el lugar más mítico de la Tierra! Alguien podría decirme que ha ido a nado hasta la Atlántida y yo me reiría en su estúpida cara.

—Quizá no tardes demasiado en encontrarte también en el fondo del mar —dijo Rannock con un gruñido—. O de mi estómago.

Pups soltó una carcajada, que se convirtió en una horrible tos seca.

—Oh, sería un final de lo más adecuado, ¿verdad? El viejo Pups, engullido por un dragón, ¿os lo imagináis? ¡Casi vale la pena que sea así, aunque sea solo para contarlo!

La tos pudo con él y tuvo que apoyarse en el lateral del coche. Oliphos y Rannock intercambiaron una mirada.

—No —dijo ella con firmeza—. Este es Archibald Puppinsworth. ¡Este hombre escribió un libro entero intentando revelar los Reinos Ocultos!

—En realidad, me cuidé mucho de no hacerlo. Pero en mi próximo libro, bueno… —Se calló al ver la mirada que le dirigía Oliphos—. Habrá algo que pueda hacer para pagar por mi estancia aquí…

Oliphos suspiró.

—Podríamos ponerle a trabajar en el Trastero, supongo. Allí abajo hay un montón de cosas pendientes de clasificar y yo no tengo tiempo de hacerlo.

A Pups le tembló el bigote por la ansiedad.

—¿El Trastero?

—Está debajo de la montaña. Los dragones hemos perdido la mayor parte de nuestra fortuna, pero cuando recuperamos algo lo guardamos allí. Ahora… está un poco desordenado.

Pups parecía tan emocionado como un labrador cuando le dicen que va a salir de paseo.

—Habrá un montón de antiguas reliquias, supongo… Y de oro… Y de libros…

—Hay artefactos mágicos de valor incalculable —contestó Oliphos—. Intenta huir con ellos y te asaré como a un malvavisco.

Una mano cálida se posó en la muñeca de Alex.

—Vámonos —le dijo Kaida—. Dejemos a los viejos con sus cosas de viejos.

Condujo a Alex montaña abajo, donde se encontraron a Pan y a Shanks tirándose bolas de nieve.

Pan lanzó una con tanta fuerza que Shanks cayó de espaldas; entonces, ella gruñó y arrastró a Pan por las piernas.

Comenzaron a darse patadas y puñetazos con saña hasta que Kaida los levantó del suelo, con los puños llenos de pelo enmarañado.

—¿Queréis dejarlo ya de una vez? Perdónalos, para ser grandes amigos la verdad es que se odian.

Se pusieron en marcha los cuatro; Kaida, Pan y Shanks avanzaban al frente, atravesando el bosque por un camino sinuoso, y los amigos las rociaban de nieve cada vez que golpeaban las ramas de los árboles.

Unas figuras diminutas atravesaban la playa a sus pies como llamitas bailarinas, gritando de alegría, riéndose, estallando en forma de humo, convirtiéndose en sombras reptilianas que se perseguían unas a otras por el cielo.

—¡Date prisa, tortuga! —le dijo Kaida.

Alex sintió un asomo de calidez. Nunca la habían llamado «tortuga», pero Kaida había hecho que sonara de manera cariñosa.

—¿Adónde vamos?

—¡A la cama! —anunció Kaida.

Alex se sorprendió riéndose. Tenía la sensación de que ese día había durado veinte años; las camas y el sueño pertenecían a otra vida, a otro mundo.

Pero, al pensar en ella, toda la extrañeza de esa jornada le cayó encima de golpe.

Le fallaron las rodillas, como si estuviera avanzando a través de una masa de gelatina.

Pan y Shanks jugaban a saltar por encima de las piedras a lo largo de un sendero rocoso que serpenteaba en dirección a la orilla.

Gracias a la plateada luz de la luna, Alex vio que en la parte montañosa se abría una cueva alargada, como si la isla hubiera abierto la boca para tragarse el mar.

Llegó junto a los demás, que se habían detenido frente a ella.

Y se quedó boquiabierta.

Ante sus ojos se abría una amplísima caverna con musgo y flores silvestres de color violeta.

El agua caía de los túneles superiores formando unas cortinas resplandecientes y creando unos estanques cristalinos donde retozaban las focas y los frailecillos.

Entre las cascadas se alojaban decenas de acogedores huecos, apretujados como las ventanitas de un calendario de Adviento.

Y dentro de cada uno de ellos había una cama de gran tamaño.

—Estas son nuestras guaridas —dijo Kaida, orgullosa.

—¿Vi-vivimos aquí? —preguntó Alex.

Abajo, un zorro la observaba desde su propia madriguera.

—¡Sí! Vamos… Mog y Erik te han construido una nueva cama. Bueno, ha sido Mog, mientras Erik se dedicaba a holgazanear y escupir huesos de cereza a los frailecillos.

Avanzaron con estrépito por un pasillo pegado a la pared de la cueva. En la otra punta del mismo, Alex reparó en un túnel del que brotaban unas risotadas agudas y terribles. Parecía que una manada de hienas hubiera inhalado unos globos de helio.

—¿Qué hay ahí abajo?

Los demás siguieron su mirada y Shanks se estremeció.

—Los alevines.

—No hay nada peor que un niño de cuatro años capaz de transformarse en dragón —dijo Pan, y tomó la mano de Alex para dirigirle una mirada de gran seriedad—. Que no se te ocurra bajar nunca.

Subieron por una escalera entre las guaridas; cada hueco estaba ocupado por una cama sin hacer, y el suelo quedaba oculto por un grueso ecosistema de calcetines tirados, pantalones manchados de barro y tazas de té a medio beber.

Pan y Shanks se metieron adormilados en sus guaridas, mientras que Kaida señaló una que estaba aún más desordenada.

—Esa es la mía —dijo, y Alex ahogó un grito.

Por debajo de su cama sobresalía un montículo de juguetes y joyas de plástico, de lápices de labios vacíos y monedas brillantes.

—Ah, sí —dijo Kaida—. Son mis souvenirs . Son como una especie de…