Capítulo 10 #2
—Ajá, es lo que tienen los dragones. —Le dio la mochila—. Ahora volvamos a donde haga un poco más de calor.
Ella dio un paso para seguirlo, pero entonces levantó la mirada hacia la Casa, hacia el grupo de niños sonrientes de ojos delirantes, con el pelo sucio y apelmazado. Se oyó un nuevo rugido terrible en el cielo.
Alex miró por encima del hombro y volvió a fijarse en los niños.
Entonces dio media vuelta y comenzó a correr montaña abajo.
—¡Alex! —ladró Oliphos.
Ella pasó a la carrera entre los árboles, se tropezó con un pedrusco, rodó por encima de él y resbaló por un canal de lodo.
Oyó el sonido de unas botas pesadas a sus espaldas: Oliphos.
Le dedicó una última mirada a la Casa, pero no podía pensar en nada más que en las venas negras de su carne ardiente, en los rugidos que intentaban desgarrarla al salir.
Si eso era lo que implicaba transformarse en un dragón, Alex no quería serlo.
—¡Espera! —gritó Erik, saltando con agilidad el pedrusco para aterrizar a su lado—. ¡Un momento!
—¿Sabes pilotar la barca? —le gritó Alex—. ¿Puedes sacarme de esta isla?
—Podría, pero ¿adónde vas a ir? Vuelve a la Casa y…
Sus palabras se perdieron porque Alex tropezó. Se cayó, rebotó, siguió cayendo, se rasguñó con espinas y piedras mientras rodaba, y acabó aterrizando de bruces, intentó tragar un aire que no acababa de entrar.
Se estremeció cuando las hormigas se arrastraron sobre sus manos y los ratones pasaron disparados junto a sus pies por los charcos de luz de luna. De repente, el aire olía a tormenta. El bosque estaba en silencio.
Algo irrumpió entre los árboles. Un trozo de carne plateada que golpeó el barro y se desplomó a su lado. Un tiburón. O su cola, al menos. El resto del cuerpo se lo habían arrancado de un mordisco.
—Oigo tu corazón, ¿sabes?
La voz rechinó en la oscuridad a un volumen tan alto que parecía encontrarse justo al lado de sus orejas; era profunda y áspera como el sonido de dos piedras que chocaran entre sí. Alex escudriñó las sombras.
—¿Quién… quién eres?
—Oigo tu corazón, que da saltitos como el de un pajarillo tembloroso, niña, niñita, niñita asustada.
—No… no estoy asustada —mintió Alex, que también oía su propio corazón, y la fuerza con que latía, a la vez que notaba el sudor frío que resbalaba por su nuca.
—¿No? —preguntó la voz, con un asomo de diversión—. Entonces, ¿por qué corrías?
Alex tragó saliva y se volvió en busca de la voz. Notó una palpitación lenta más allá del chaparrón: «Pum-pum, pum-pum».
—Yo también oigo tu corazón —dijo en un susurro.
—Bueno, el mío es mucho más grande que el tuyo.
Entonces lo vio. Entre dos altos robles. Un círculo que desprendía el brillo rojo de un rubí, con una hendidura negra tan afilada que parecía haberse hecho con un cuchillo. Y que la miraba con furia.
—Apestas, niña. Apestas a… a bosque. Pero no a este.
Alex se quitó la mochila y la estrechó contra el pecho.
—¿Qué llevas en esa bolsa?
Alex abrió la boca, luego la cerró.
—Sí, cuesta pensar cuando el terror se adueña de ti, ¿verdad? La expresión de tu rostro me recuerda al conejo que me he zampado a la hora de la comida. Y a los otros cuatro que me he tomado de postre.
Alex comenzó a alejarse poco a poco del ojo. Su talón tocó algo duro como la piedra; se volvió, se estremeció y se aferró a la mochila con más fuerza.
Una cola había salido culebreando de las sombras a sus espaldas. Estaba cubierta de escamas negras nudosas y arrugadas como los árboles, de bordes dentados, y cada uno de ellos parecía capaz de sajar su piel.
—Te aferras a esa mochila como si fuera lo único que impide que salgas flotando —dijo la voz.
Siguió un bufido repentino, y Alex sintió que la oscuridad absorbía el aire que la rodeaba—.
Hum, hay muchas cosas ahí dentro. Huelen a ti.
¿Las acunas contra tu cuerpo cada noche?
Son aromas muy diversos. Huelo… playas de arena, cuevas musgosas y, ah, ese bosque de nuevo.
Una habitación infantil, la loción de afeitado de un hombre…
Oh, eso ha sido interesante. Se te ha acelerado el corazón en ese momento.
Por el hombre, supongo… ¿Es importante para ti?
El párpado inferior se curvó hacia arriba, como si su dueño estuviera sonriendo.
—¿Tu padre, quizá? Sí, sí… tu corazón lo confirma. ¿Dónde está?
Alex resopló. No dijo nada.
—Muerto, pues. Qué triste. ¿Cómo murió?
—Se… se ahogó. Se ahogó salvando vidas.
—¿Era humano, entonces?
—No… Era un dragón.
—¡Un dragón! Bueno, bueno. Es complicado que un dragón se ahogue, pero puede pasar.
¿Quizá un kraken lo hundió en las profundidades cuando intentaba salvar un barco que se hundía?
O un leviatán, quién sabe: hay tantas cosas terribles en el mar…
Debió ser un dragón poderoso, sin duda. Cuesta creer que este ratoncillo tembloroso sea su hija.
¿Sabes siquiera lo que es un dragón, niña?
Alex no podía hablar; solo observaba la cola a su espalda, que se elevaba y caía con lentitud. El frío y el miedo le habían vaciado la mente.
—Yo te lo contaré, ¿de acuerdo? —El ojo se abrió mucho, la cola dio un latigazo de emoción—.
El dragón es la criatura más poderosa que existe.
El dragón es fuego, y vida, y muerte. El dragón es el amo del cielo, el amo de los demás animales, y, cuando ruge, el mundo entero tiembla. Así que dime, niña: ¿eres un dragón?
Alex notaba el peso de la ropa empapada por la lluvia. Sentía el corazón duro y dolorido.
—Yo… —Tragó saliva—. No lo sé.
Siguió otro bufido.
—Has intentado transformarte esta noche, ¿verdad?
Huelo el humo en tu piel. Has intentado transformarte, pero seguro que te ha dado demasiado miedo.
Demasiado miedo. —Su gruñido sonó como el borboteo de un pozo profundo—.
Eso no va a salir bien. Los dragones no sienten miedo.
Los dragones son el miedo, así que tú no eres un dragón.
Alex se puso la mochila a la espalda; las correas se agitaban en sus manos temblorosas. Quería ser como su padre. Su padre habría sido valiente.
Miró desafiante al ojo.
—No tengo miedo.
—¡ENTONCES DEMUÉSTRALO!
Los árboles crujieron, y la tierra se sacudió y una sombra pasó por encima de Alex, engullendo la luz de la luna. La chica cayó de espaldas y gritó con tanta fuerza que sintió que se le rasgaba la garganta.
Sobre ella había un rostro hecho con el material de las pesadillas.
Hecho con mil escamas como mil esquirlas de metal herrumbroso.
Hecho con una sonrisa amplia y maligna, repleta de un sinnúmero de dientes amarillos, de la que caían cables de baba.
Cuatro cuernos inmensos se retorcían en lo alto de su cabeza; tenía una melena leonina de vello enmarañado y pringoso por la sangre del tiburón, y unos ojos rojos que brillaban, salvajes y enormes, como los de un perro enloquecido.
Alex gimió cuando el dragón le dio un empujoncito con su hocico afilado. Le apestaba el aliento a hierro y a carne podrida.
—Demuéstralo —dijo—. O huye, niña. Corre a tu casa. Es una lástima que no puedas volver a casa con tu papá.
Un fogonazo de rabia atravesó a Alex, que escarbó en el barro hasta que sus dedos se cerraron en torno a una piedra. La lanzó con todas sus fuerzas contra el hocico del monstruo.
Y la piedra rebotó con un traqueteo contra las escamas como habría hecho un guijarro contra una pared de hierro.
El dragón retrocedió con rapidez, demasiada para ser tan grande. Extendió las alas, que crujieron como el cuero.
Alex cerró el puño en torno a la piedra. El monstruo abrió las rendijas que eran los agujeros de su nariz y por ellas escaparon unos hilillos de humo y pequeñas llamaradas como puñales. Alex notaba el martilleo de su corazón en los tímpanos.
—Hay algo más que deberías saber acerca de los dragones.
Nos encanta contar mentiras. —Plegó las alas, se posó sobre las ancas traseras.
Cerró de golpe los agujeros de la nariz—.
Los dragones sí que sienten miedo, niña.
Pero lo dominamos, igual que dominamos a todas las demás cosas.
Hay fuego en tu interior, niña, me doy cuenta de ello.
Puedo enseñarte a dominarlo. A dominar tu miedo.
Oliphos va y viene, pero yo estoy al mando de esta isla.
¿Te gustaría aprender? —Dio un pasito hacia ella—. ¿Te gustaría aprender a ser un dragón?
Alex se atrevió a mirarlo a los ojos, que la observaban brillantes como dos charcos de sangre. Se le aceleró el corazón. Buscó con las manos las correas de la mochila. Notó la presión de sus tesoros contra la espalda, como si su padre la estuviera empujando con suavidad hacia delante.
Asintió con la cabeza.
Un rugido profundo brotó del interior del dragón, como si un trueno hubiera estallado en su vientre.
Unos escalofríos eléctricos recorrieron su cuello arriba y abajo.
Entre sus escamas comenzó a salir humo… No, sus escamas se convertían en humo.
El dragón se estaba transformando en una tormenta, la cual se arremolinaba, enroscándose sobre sí misma cada vez con más fuerza.
Las escamas, las alas, las garras… todo había desaparecido.
La tormenta adoptó la forma de una figura sombría, y el viento se llevó la sombra.
Debajo había una mujer. Una mujer enorme, con una melena de pelo moreno y alborotado, el rostro brutal y feroz, los ojos azules como el relámpago.
—Bienvenida a Skralla —gruñó—. Me llamo Rannock.