El amanecer de los dragones (Dragonborn 1) Capítulo 10
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Capítulo 10

A Alex le picaba todo. Los hilillos de humo se habían convertido en llamas que ardían en sus brazos desnudos como hogueras diminutas. Tenía la sensación de que sus huesos eran demasiado grandes y pesados para el resto del cuerpo.

—¡Se está trasformando! —exclamaron Pan y Shanks con alegría, dando saltos ansiosos sobre el banco—. ¡Se está transformando!

—No, no, no, no puede ser —dijo Alex, a la que se le revolvió el estómago con el balanceo de la mesa.

Tuvo la seguridad de que estaba a punto de devolver.

—No pasa nada. —Kaida le apretó la mano—. Pronto serás un dragón. No tengas miedo.

Pero Alex lo tenía. Estaba empapada en su propio sudor, además de convencida de que la cadena sobre su cabeza se había roto y de que la mesa iba a estrellarse contra el suelo.

—Tenemos que sacarla fuera —dijo Erik—. No sabemos su tamaño. ¡Quizá no tenga el espacio suficiente para transformarse!

Kaida frunció el ceño.

—¿Que no habrá espacio? Es de nuestra edad, ¿qué tamaño crees que puede llegar a tener?

Con solo pensar en la nieve, Alex sintió que se le refrescaba la piel. Intentó agarrarse a la escalera, pero el valle que la separaba de sus dedos trémulos era cada vez mayor.

—¡Gwinnie! —llamó Erik—. ¡Ayúdala a bajar!

Unas alas zumbaron y cuatro ojos negros y brillantes fulminaron a Alex.

—No me quemes este vestido tan bonito, dragoncilla —le dijo Gwinnie entre dientes, tirando de ella para levantarla del banco con sus brazos gélidos.

A Alex se le cayó el alma a los pies al notar que caía. Era demasiado pesada para el hada, ¡iba a desplomarse!

Unas manos cálidas la sujetaron por las piernas. Los niños se habían puesto en pie para ayudar a Gwinnie, y fueron pasándose a Alex, de una mesa a la siguiente, hasta que llegó al suelo.

—Gracias —susurró ella, o imaginó hacerlo.

Sus pensamientos estaban nublándose como la leche cuajada. Eructó y un ascua diminuta cayó al suelo.

—No te opongas —le dijo Kaida, tomándola del brazo—. Será mucho más fácil.

En el vestíbulo pasaron junto a un espejo y Alex vio a una niña diminuta devolverle una mirada desamparada, con la piel pálida como la ceniza.

—¿Me estoy muriendo? —le preguntó en un susurro a Erik.

—Solo te estás transformando.

—Pero… ¿me dolerá?

—No, para nada —contestó Kaida, pero Alex se dio cuenta de que le mentía.

Algo caliente se agitaba en su interior, como una serpiente que se desenroscara al despertar. Allí había más fuego, fue consciente de ello, y eructó de nuevo para intentar expulsarlo.

—Hum… lo siento —dijo, avergonzada de repente—. Cuando pase, ¿qué será de mí?

—¿De qué estás hablando? —preguntó Kaida, con una sonrisa desconcertada—. Serás tú misma. Tú eres el dragón.

—Creo… creo que no estoy preparada para ser un dragón.

—No pasa nada —le dijo Erik—. Oliphos está por aquí, en alguna parte, y el resto también. Todo irá bien.

Unos pasos atronadores los siguieron por el vestíbulo entre gritos de ánimo:

—¡TRANSFORMACIÓN! ¡TRANSFORMACIÓN! ¡TRANSFORMACIÓN!

—¡Callaos todos! —gritó Kaida—. ¡Dadnos un poco de aire!

Unas ondulaciones recorrieron la piel de Alex, que se pasó la mano por encima y notó una especie de piedrecitas duras y dentadas por debajo. Se agarró a Erik con más fuerza.

—¿Y si dejo de ser yo misma?

Pensó en los demás niños, que se habían deshecho de sus antiguos nombres. Ella no quería perder el suyo. Se lo había dado su padre.

—Seguirás siendo tú —contestó Erik—. ¿Dónde está Oliphos? —gritó hacia el vestíbulo.

—¡Está hablando con Mog fuera! —dijo Shanks, asomándose a la puerta.

—¡TRANSFORMACIÓN! ¡TRANSFORMACIÓN! ¡TRANSFORMACIÓN! —siguieron coreando los otros hasta que Kaida escupió una llamarada de color blanco al aire.

Luego, se callaron de golpe.

Y, en el silencio, Alex oyó que el leve latido de su corazón se aceleraba con rapidez.

Y entonces…

«PUM-PUM. PUM-PUM».

Retumbaba en su interior a un volumen tan elevado que los tablones de madera del suelo parecían repiquetear bajo sus pies.

—Noto… noto un latido.

—Es el tuyo —dijo Kaida, ansiosa—. Tu otro latido.

Entonces llegó un rumor, como el de un motor silencioso pero que fue sonando cada vez más alto, hasta que Alex pudo oírlo con claridad. Un gruñido ronco y reptiliano que procedía de su propia garganta.

—Eso está bien —dijo Kaida—. ¡Suéltalo, tú puedes!

Se le llenó la boca de saliva. Reparó en el brazo de Erik y de repente se maravilló ante lo jugoso y delicioso que parecía; algo delgaducho y nervudo, quizá, pero delicioso de todos modos. Erik hizo chasquear los dedos delante de sus ojos.

—¡Eh! —le dijo con firmeza, pero con un asomo de sonrisa—. ¡Ni se te ocurra intentar comerme!

—¿Cómo puedo hacer que pare? —preguntó ella.

Tenía la sensación de que unos dedos duros que rezumaban lava estuvieran escarbando en su interior, por todo su cuerpo. Un hedor a carne frita le llenó la nariz.

Entonces, el ruido más horrible que hubiera escuchado nunca le perforó los tímpanos, fue un chirrido que ahogó sus ideas.

Alex chilló y se tapó las orejas, pero no le sirvió de nada: el rugido surgía de su interior, era una ondulación que se repetía como las olas que rompen en un mar embravecido.

Su cuerpo parecía demasiado frágil, demasiado pequeño.

Demasiado pequeño para el dragón que contenía.

—Quiere salir —dijo en un susurro.

Kaida le tomó las manos.

—Eres tú, Alex. El dragón eres tú.

—No parece que sea yo —gimió Alex—. Parece que quiera asesinarme.

—¡Sus ojos! —gritó una niña, emocionada, agarrándose del brazo del niño que estaba a su lado—. ¿Lo habéis visto? ¡Se han vuelto de color amarillo!

—Esto está durando demasiado —gruñó Ferox, impaciente.

—Oh, vete volando al sol —espetó Erik mientras entre él y Kaida ayudaban a Alex a dirigirse hacia la puerta.

Nada más salir, Alex suspiró al notar que el viento frío la envolvía y calmaba el hervor de su piel.

—¡Algo no va bien! —gritó Erik hacia la oscuridad—. ¡La transformación no está funcionando!

Unos pasos pesados aplastaron la nieve. Unas manos fuertes la levantaron.

—Alejaos todos —dijo una voz que sonó como un trueno amable—. Dejad sitio.

Alex levantó la vista y se encontró con los ojos de Oliphos.

—¿Qué pasa? —le preguntó en un susurro. El humo salía de ella a trompicones, como un motor que no acabara de arrancar—. ¿Por qué no funciona?

Gritó cuando un punzada de dolor atravesó súbitamente sus hombros… No, sus hombros se estaban clavando en ella, los huesos presionaban, se esforzaban por salir.

—Mis hombros… —gimió.

—Son tus alas —le dijo Oliphos—. Han pasado demasiado tiempo plegadas con fuerza. Escúchame, Alex: tu forma humana y tu forma dragonil se están peleando. Una tendrá que ganar pronto o…

—¿O qué?

Oliphos la sostuvo entre sus brazos. La ansiedad en sus ojos quizá fuera lo más aterrador que Alex hubiera visto esa noche.

—Tu cuerpo humano no podrá soportar esto durante demasiado rato más. La transformación tiene que llegar pronto a su fin o… o te quemará.

Alex soltó un aliento temeroso, bajó la vista y miró las venas que asomaban formando un dibujo de diamantes oscuros en el dorso de sus manos. Oyó el chisporroteo sordo de su piel y vio que su sudor se transformaba en vapor.

—Alex, ¿estás preparada para transformarte?

Oyó un nuevo y terrible rugido, y no supo si procedía del bosque o de su interior.

—Alex —dijo Oliphos con urgencia—. ¿Estás preparada?

Ella negó con la cabeza.

—Entonces quiero que pienses en un recuerdo. En algo que te reconforte. Aférrate a él. ¿Puedes hacerlo por mí?

Su padre. Tumbado en el bosque, al lado del Viejo Roble, mirando la lluvia de meteoritos.

Pero no le veía la cara, la escena entera estaba desvaneciéndose, como si intentara arrebatarle ese recuerdo a un fuego que ardía con fuerza.

Unos dedos cálidos le apartaron el pelo de la cara y, por un instante, pensó que su padre estaba allí, con ella.

Cuando levantó la cabeza y miró, descubrió, en cambio, que se trataba de Oliphos.

—No me acuerdo de nada. Ni siquiera de mi padre.

Volvió a notar el olor a carne quemada y gimió al darse cuenta de que procedía de sí misma.

—No… no…

Oliphos miró a los demás niños con gesto inquisitivo.

—Su mochila… ¿dónde está?

—¡La ha dejado en la mesa! —oyó la voz asustada de Erik.

—¡Gwinnie! Ve a buscarla lo más rápido posible. ¡Mog! Hazme un agujero.

El gigante se plantó junto a ellos con un paso inmenso, metió las dos manos en la nieve y excavó un agujero profundo. Oliphos metió a Alex en él y Mog la roció con nieve. Se oyó un chisporroteo, como cuando metes una cacerola caliente debajo del agua.

Gwinnie salió disparada por una de las ventanas y le dejó la mochila al lado.

Alex buscó en su interior con unas manos por las que goteaba la nieve derretida.

Sacó una piedra con forma de pato y, al instante, el recuerdo se le presentó con toda claridad: estaban subiendo a una montaña bajo la llovizna de una tarde de abril, los dos solos, y se protegieron de la lluvia en una cueva musgosa donde su aliento se elevaba formando signos de interrogación.

Comieron sándwiches pastosos de pepino y entonces encontraron la piedra que los estaba esperando con un misterioso centelleo en su parte posterior.

El nudo de su estómago se liberó. De repente, el fuego desapareció de su piel y dejó atrás un escozor que iba y venía. Los últimos hilillos de humo se perdieron en la neblina, y ya no olía más que a tierra húmeda.

Levantó la vista. La Casa entera se había vaciado para averiguar lo que pasaba, los niños la miraban con expresiones en las que se mezclaban la ansiedad y la decepción. Alex sintió una punzada de vergüenza, como si todos la hubieran visto desnuda.

—Te curarás con rapidez —dijo Oliphos, levantándola de la nieve. La piel del brazo se estaba pelando ya, y la herida estaba agrietada y enrojecida como una quemadura que se hubiera hecho dos días antes—. Tu espíritu de dragón te ayudará.

Alex se limpió la nieve de la ropa.

—Me-menudo susto.